8 de agosto de 2003

Cancionero Indispensable para Patriadas

Discurso del método

Hubo una época en que teníamos escarapela, bandera, fechas patrias y un panteón de héroes más o menos admirables y respetados. Esa época puede ubicarse en la cronología general de todos, pero también en la personal de cada uno, en cuyo caso se llama infancia.

Las posibles y probables añoranzas no pueden traerla de vuelta, porque su requisito imprescindible es la candidez y –se sabe- el conocimiento y la experiencia son fenómenos irreversibles.

La Historia Seria de nuestros días, demasiado influida por el materialismo dogmático –especie de calvinismo sin Dios pero con su predestinación de hierro-, es la historia de las cabezas de ganado. Describe –con asepsia y rigor- los escenarios y los procesos. Los hombres aparecen, sí, como actores de una trama general que no deciden y que ni siquiera sospechan. La tarea del Historiador Serio es entonces descifrar los mecanismos secretos de la trama, desdeñando anécdotas y personajes.

Es una historia bilardista, porque privilegia el resultado por sobre las hazañas personales. Es una historia mayorista, porque no se detiene en el detalle.

El hombre de la calle prefiere otra historia: “La historia que le gusta a la gente”, como la llamamos con uno de mis amigos. En ella, no hay escenarios determinados, ni procesos irreversibles. Hay hombres que hacen, que dicen, que deciden, que ejecutan. Algunos –por genio, por valor, por azar, por elecciones- se destacan. No hay cómo llamarlos. El nombre “héroes” es demasiado griego y mitológico y militar. El devaluado y escolar “próceres” tiene el problema de que todos ignoramos parejamente su significado. “Caudillos” no es mejor, porque sólo define una especie del género.

En la primera mitad del siglo diecinueve, Tomás Carlyle escribió y publicó “De los héroes y del culto de los héroes”. Dice allí “La historia del mundo es la biografía de los grandes hombres”, nada más[1].

Se trata –es cierto- de una historia farandulera, porque prefiere la mínima anécdota personal al rigor. Se trata más bien de una historia chaupucera, pero eficaz.

Las canciones que integran esta colección participan de esta última idea. La primera de la serie, avisa desde la voz de Cafrune: La patria no se hizo sola, la soñaron unos cuantos y la ganaron después unos hombres de a caballo. Toda una petición de principio desalentadora para los cultores de la generación espontánea. No habrá aquí referencias a la situación socioeconómica del plata a principios del siglo diecinueve, no se hablará de la estructura agroexportadora ni de la elite ganadera. Nada de eso.

Algunas composiciones son auténticamente antiguas (la Zamba de Vargas, por ejemplo), pero la mayoría son recreaciones posteriores. Poseen en común que refieren a hechos o personajes de un espacio más o menos ubicuo que –a falta de mejor nombre- llamamos Argentina y de un tiempo que fue siglo de luces y de sombras, extendido entre el seis y el ochenta del siglo diecinueve.

La otra característica común –la principal- es que narran o siquiera mencionan un tipo especial de aventura sudamericana: La patriada.

En esta colección, el tango convive con la chacarera, el chamamé, la zamba, el estilo y el carnavalito. Aunque a veces se esfuerce en no parecerlo, Buenos Aires también es la patria.

La patria

En mil ochocientos diez, unos españoles que habían nacido en el confín del planeta hicieron un juramento solemne: A partir de hoy seremos una cosa que ignoramos: argentinos. Esta ínfima variación de la voluntad de algunos hombres desencadenó y sigue desencadenando consecuencias increíbles: El mate amargo, el asado con o sin cuero, la birome, el colectivo, la divisa punzó, el Uruguay, la doctrina Drago, treinta mil desaparecidos, el “che” que es a la vez vocativo y guerrillero, el dulce de leche, la viveza criolla, Evita, el tango, la incomprensible e infame canción aurora, las cuestiones de límites, el obelisco, los cigarrillos jockey club, la escarapela y su incierto día, Gardel, la mano de Dios, la parrillada, el divortium aquarum, la tercera posición, los montoneros vistosos del diecinueve, los montoneros clandestinos del veinte, el increíble tambor de tacuarí, el culto de la amistad viril, el auge del psicoanálisis, la palabra indexación que quiere decir aplicar índices, la década infame si es que sólo hubo una, la hora de la espada, la columna vertebral del movimiento, el aluvión zoológico, la voz chillona de Madonna cantando don’t cry for me Argentina, las rubias de New York, las francesitas que hicimos suspirar, los laureles que supimos conseguir.

Y Borges, por supuesto, cuyas majestuosas enumeraciones he intentado –sin éxito- imitar.

El espacio

Todas las historias aquí narradas suceden al sur del ecuador, al oeste de greenwich, en un continente llamado Sudamérica, sagazmente alejado de un concierto de naciones civilizadas que desafina. Es aventurado decir que suceden en la Argentina, aunque de un modo secreto eso no deja de ser cierto.

Todas las provincias federadas se encuentran representadas[2]. Entre todas –sin embargo- algunas se destacan. La Rioja, perpetuamente rebelde y díscola, encarnada, encabeza el listado. La justa y razonable provincia de Entre Ríos –que inventó el federalismo y derrotó tres tiranías (dos porteñas y una oriental)-, le sigue. Corrientes, Catamarca, Santiago, la benemérita y muy digna provincia del Tucumán, poseen el lugar que por méritos les corresponde. No falta alguna mención a esa cordobesada bochinchera y ladina.

Dos injustas omisiones: Las provincias de Cuyo y la caliente y siempre joven provincia de Misiones están insuficientemente representadas. Me he esforzado por encontrar canciones que las mencionen, con pobres resultados. Creo que la explicación es ésta: Los hijos de estas valientes y heroicas provincias combatieron al enemigo exterior y no se mezclaron mayormente en las guerras civiles; y el arte popular –se sabe- prefiere la eterna historia de Caín asesinando a Abel.

Mendocinos, puntanos y sanjuaninos se desangraron en Chacabuco, Maipú, Junín, y Ayacucho. A las órdenes de San Martín, de Bolívar, de Sucre, le regalaron la libertad a todo un continente peleando en tierras remotas. Con ellos, se puso por fin el sol en el viejo imperio de Carlos Quinto. Hay un homenaje –mínimo, insuficiente y escolar- en los sesenta granaderos.

Mis comprovincianos guaraníes iniciaron la guerra de resistencia contra el imperio esclavista en la heroica y fluvial jornada de Mbororé, allá por el mil seiscientos y pico. Los guiaba el signo de la cruz de Tupá Memby y los fusiles de la Compañía de Jesús. Con Andresito Guacurarí siguieron resistiendo en el siglo diecinueve. Otro misionero nacido en Yapeyú, de nombre José y apellido de santo, hizo algunas lindezas en América.

Pancho Ramírez obligó a Buenos Aires a convertirse en una provincia –contra su voluntad- allá por el año veinte. Esa imposición extraña y artificial fue después resucitada por Dorrego y continuada por Rosas. Así y todo, se nos hace difícil creerlo. Buenos Aires es Buenos Aires a secas y los títulos que suelen agregarse hoy a su hermoso nombre, como “provincia de”[3] o “ciudad autónoma de”, son –además de artificiales- vanos. Buenos Aires, tan eterna como el agua y el aire, hermana mayor de las provincias (mal que nos pese), reina indiscutida de un Plata republicano, tutela y dirige toda esta colección.

Los territorios conquistados al indio y al Paraguay (que hoy se llaman provincias) por supuesto no figuran. Bueno es reconocer que hay zonas de la patagonia que vienen esforzándose para merecer el título de provincias.

Las provincias del Alto Perú, el Paraguay y el Estado Oriental[4] tienen en esta colección el espacio que merecen. El hecho de que no integren hoy la federación es una mera circunstancia política.

El tiempo

El siglo diecinueve fue un siglo mejor. Esta sencilla e incontrastable verdad no requiere de demasiadas comprobaciones ni ejemplos. La comparación con el olvidable siglo veinte es abrumadora. Salvo el maravilloso intento de la década peronista, nada hay que merezca rescatarse de ese siglo que –gracias a Dios- ya terminó. Los sucesos del siglo veinte (con la excepción señalada) son decepcionantes. Conocimos por primera vez una derrota en una guerra internacional, la tiranía militar nos presidió en el gobierno, la subordinación económica y política se hizo evidente y penosa, y hasta los logros de los años felices fueron prolijamente desactivados en los últimos treinta años del siglo.

En el diecinueve –en cambio y al menos- nos quisimos y nos hicimos libres, construimos una identidad colectiva, liberamos buena parte de América e inventamos un país en base a estas crueles provincias. No todas fueron Rosas, es cierto, pero inventamos lo que somos. Y lo hicimos de la nada.

Las composiciones que integran esta colección dan cuenta de ese espíritu de invención, de alegría, de coraje y de voluntad. Es cierto que algunas son brutales y violentas y que eso también es propio de la época que narran[5]. Bueno es decir también que si se peleaba, se mataba, se degollaba y se aireaban cabezas en picas, se lo solía hacer limpiamente y a cielo abierto; algo tan diferente a la tortura como una acción burocrática; al asesinato secreto, masivo y aterrorizador; a la revolución como un ejercicio furtivo y clandestino y compartimentado.

Las patriadas

La patriada -en sentido estricto- es una aventura medio militar, medio popular, medio principista y enteramente destinada al fracaso.

El procedimiento es más o menos el siguiente: Afincado en una provincia, se convoca a la paisanada. Se realiza entonces el pronunciamiento contra el infame gobierno central y se emite una proclama repleta de vivas y de mueras. Acto seguido, se espera el previsible arribo de las tropas nacionales. Mientras tanto, pueden entonarse algunas de las canciones de este volumen. Si las tropas nacionales se demoran –por falta de efectivo, de municiones o por pura fiaca nomás- se puede iniciar la marcha sobre Buenos Aires. En esos casos siempre conviene ganar y atar los caballos a la pirámide de mayo. No está previsto remojarse las patas en la fuente, pero creo que se puede hacer esta concesión a la modernidad, porque ya casi es un clásico también. Hay que tener un poeta, que escriba cielitos y vidalas sobre la patriada. Hay que inventar una divisa que no necesariamente debe ser celeste o rojo punzó.

El desenlace no es menos convencional: Las montoneras compensan al principio con su valor el enorme desequilibrio militar. Finalmente, las tropas nacionales –empujadas con los rémingtons y el oro británico y brasileño- vencen. Para el caudillo se prefiere un final con muerte, pero se admite también el exilio, siempre que venga acompañado de pobreza y desamparo.

Lo cíclico y convencional del procedimiento, el previsible e inevitable final, no disminuyen el ímpetu, la voluntad y el coraje. La patriada no se hace buscando el efímero éxito. La patriada se hace para inscribir un signo, para dejar una señal. Su materia no es el tiempo, sino la variable y múltiple eternidad.

El siglo veinte nos ha acostumbrado al cuartelazo, cuyo éxito es seguro desde el comienzo y que se hace para el mal.

Disfruten este cancionero con salud.

ElQuique.
Buenos Aires, 8 de agosto de 2003.


[1] También Shopenhauer escribió que “Los hechos de la historia son meras configuraciones del mundo aparencial, sin otra realidad que la derivada de las biografías individuales. Buscar una interpretación de esos hechos es como buscar en las nubes grupos de animales o de personas”.
[2] Hoy la ignorancia porteña –que no distingue- ha popularizado la idea de que son del “interior” todas las provincias que no son Buenos Aires. Bueno es aclarar entonces que en el siglo diecinueve, el interior abarcaba un espacio más o menos extenso y preciso, cuyos límites eran Córdoba por el sur y Salta por el norte y de ningún modo comprendía a las provincias litorales ni a las de Cuyo ni a las del Alto Perú, ni al Paraguay.
[3] La calificación de “provincia” es la más curiosa. He viajado por el país. En Tucumán encontré tucumanos; en Misiones, misioneros; en Entre Ríos, entrerrianos; en Córdoba, cordobeses; en Jujuy, jujeños; en Corrientes, correntinos. En Buenos Aires, en cambio, encontré porteños, platenses, necochenses, bahienses, ensenadenses, marplatenses. Jamás conocí –y dudo que exista- alguien que íntimamente se sienta “bonaerense”
[4] ¿Habrá que avisar a alguien que en el Estado Oriental los colorados no son federales sino todo lo contrario?
[5] Se escucha, por ejemplo en “Guerra con el Brasil”: “Orientales y argentinos, vamos juntos a peliar. Cuando el cuchillo se mella, es más lindo degollar”, o en “La vuelta del montonero”: “Y envenenao de dolor, sangre pido pa’ mi lanza. Con uno que haiga, me alcanza; pero si son más, mejor”.