12 de mayo de 2006

El Abogado

A pesar del profuso papeleo,
De los martes de nota y cafecito,
Del árido latín, del medioevo
Que pervive en el ritual de los escritos.

A pesar de los tontos tribunales
Con sus jueces vanidosos y uniformes.
A pesar de los bienes y los males,
A pesar de su oficio; está conforme

De jugarse la boca en cada juicio
Intentando romper un maleficio
Para justicia de los desvalidos.

Lancerote, Quijote o Brancaleone
Defendiendo a un infame Don Corleone
De la inmensa amenaza del olvido.

ElQuique.
La Plata, 12 de mayo de 2006

5 de mayo de 2006

Crónicas Misioneras (segunda entrega)

Una de polacos.

En Misiones se discrimina a los polacos y –por extensión y semejanza- a los que son demasiado blancos. Me dicen que este desprecio viene importado de Europa pero, como nunca estuve allí, no estoy seguro. La cosa es –con todo- bastante inofensiva y no ha traído nunca persecuciones ni censura ni expoliaciones ni latrocinios ni deportaciones.

Lo cierto es que en Misiones la expresión “polaco” equivale exactamente a la expresión porteña “negro” y connota las mismas cosas.

Se sabe que el “negro” porteño vive en las villas y por eso se lo suele llamar despreciativamente “negro villero”. El “polaco” misionero vive en las chacras y por eso es común que se lo llame “polaco chacra”. Todo esto parece confirmar que la discriminación en la Argentina –ya sea de negros o de polacos- no tiene tanto que ver con la etnia o el origen nacional, sino más bien con la condición social: los negros villeros y los polacos chacras son pobres; pero dejemos esas teorías para los que saben.

Mientras tanto, recordemos al viejo Surakodzky, único canillita del Semanario “Pregón Misionero” que todo el tiempo aclaraba: “Yo soy polaco, pero polaco de Polonia. No polaco de mierda”.

Mbororé.

Nuestra historia oficial nos ha hecho estudiar hasta el hartazgo los pormenores de cierta escaramuza militar librada en un convento ubicado en las costas del Río Paraná. Todos recordamos la disposición de las tropas, la estrategia de esconderse tras los muros, las palabras del Sargento Cabral, los sordos ruidos que oír se dejan.

En honor de verdad, cabe consignar que San Lorenzo tiene el único mérito de prefigurar la gloria de un general misionero que conocería jornadas mejores en Chacabuco y Maipú. La preferimos, además, porque es la única batalla –si así se la puede llamar- que San Martín pelearía en territorio argentino.

Lo cierto es que suena un tanto pretencioso llamar “batalla” a un choque que duró apenas tres minutos e involucró a poco más de trescientos hombres. La importancia militar de la acción es escasa. El rédito político, nulo.

Mbororé es –en cambio- un nombre casi desconocido en nuestros manuales escolares. José María Rosa dice que es la batalla más importante librada en Sudamérica hasta la de Ayacucho. Félix Luna afirma que Mbororé “ha sido la más trascendente acción bélica de nuestra historia”

Lo cierto es que en Mbororé pelearon durante cinco días más de quince mil hombres. Se movilizaron más de quinientas canoas, cincuenta piezas de artillería y una gran cantidad de armas de fuego. Lo cierto es que Mbororé marcó para siempre el punto en el que debía estar la frontera entre la Argentina y el Brasil (aun antes de que la Argentina y el Brasil existiesen), algo que casi cuatrocientos años de diplomacia no han podido modificar.

Apenas comenzado el siglo diecisiete, los portugueses de San Pablo tuvieron una idea económicamente irreprochable. En lugar de importar esclavos del África, tarea sumamente engorrosa y cara si se tiene en cuenta el precio del flete y la hostilidad de los corsarios holandeses, convenía más cazarlos en suelo americano.

Había además ventajas adicionales: los negros africanos eran nómades y se dedicaban a la caza y la recolección, de modo que había que destinar recursos a instruirlos en las labores más o menos industriosas de las fazendas. Por el contrario, en las misiones que la Compañía de Jesús regenteaba en la zona del Guayrá había miles de guaraníes instruidos, que sabían leer y escribir, acostumbrados a las tareas de la agricultura, la alfarería, la construcción y el arte. Y lo mejor de todo: desarmados.

Así dieron inicio a las bandeiras y sus bandeirantes, palabras que hoy son orgullo en el Brasil y oprobio en las gentes de buen corazón.

Las bandeiras eran una mezcla de ejército y compañía comercial, una mezcla de militares y bandidos. Sus jefes eran portugueses; sus capataces, mamelucos (hijos de portugués e india); su carne de cañón, indios tupíes.

Las bandeiras comenzaron entonces a asaltar a las misiones del Guayrá, mientras los padres de la Compañía de Jesús rogaban al Rey de España (que por entonces era también increíblemente Rey de Portugal) que permitiese armar a los guaraníes. Así fue como las misiones comenzaron a trasladarse en masa hacia el sur, hacia lo que hoy es la Provincia de Misiones, a la espera de la autorización real.

Hasta que en mil seiscientos cuarenta, los padres de la Compañía de Jesús decidieron dejar de esperar una autorización que no llegaría y comenzaron de todos modos la instrucción militar de los guaraníes. Así formaron un imponente ejército de más de diez mil hombres (el más numeroso reunido en territorio argentino hasta el Ejército Grande), pertrechados con arcabuces, mosquetes y cañones y esperaron a los bandeirantes en un lugar en el que el Río Uruguay pega una vuelta, llamado Mbororé.

Al tanto de los preparativos guaraníes, una nueva bandeira fue despachada de San Pablo y llegó a Misiones en enero de mil seiscientos cuarenta y uno. Durante algunos meses se libraron pequeñas batallas, escaramuzas menores; pero los padres de la Compañía –convertidos ahora en generales de un ejército guaraní- querían una batalla frontal y decisiva, apostaban a una victoria absoluta y total.

Así fueron llevando a los bandeirantes hasta Mbororé. La batalla comenzó en la madrugada del once de abril de mil seiscientos cuarenta y uno. Los bandeirantes estaban apostados en lo que hoy es la orilla brasileña del Río Uruguay. Una avanzada portuguesa de trescientas canoas intentó salvar el río y comenzó el choque.

La batalla se libró en el río durante todo el día once, pero continuó en tierra hasta el quince. Se peleaba con la misma tecnología militar que en Europa (cañones, arcabuces, mosquetes), pero también con arcos y flechas y un encarnizamiento muy sudamericano.

Tres veces los bandeirantes ofrecieron la rendición y las tres veces la oferta fue rechazada. Sólo unos pocos portugueses lograron huir de la matanza. Con todo, ninguno de ellos regresó a San Pablo y habrán muerto víctimas de la enfermedad o de las fieras.

Fue el fin de las bandeiras en esta parte de América. Fue el fin también de la expansión portuguesa –al menos hasta la expulsión de los jesuitas- construida en base a la expoliación, el crimen y la caza de esclavos. Fue también el inicio de una conciencia nacional en el pueblo guaraní, que continuaría –aun después de la expulsión de los jesuitas- con Andresito, que tendría un eco tardío en la heroica resistencia del pueblo paraguayo.

Otra de polacos.

El cura de Oberá era polaco. No me acuerdo su nombre, pero sí me acuerdo de que era un hombre flaco y alto y de voz potente.

Cuando murió el Papa Paulo VI, el cura de Oberá hizo que las campanas de la iglesia San Antonio tocaran a muerto, pero cuando fue elegido Juan Pablo I el cura no estaba en Oberá y las campanas no sonaron.

Al mes, las campanas de la iglesia San Antonio volvieron a sonar en ritmo fúnebre. Juan Pablo I había muerto. Una vez más, cuando se eligió al nuevo Papa Juan Pablo II, las campanas de la iglesia de Oberá permanecieron mudas, pero esta vez el cura sí estaba en la iglesia.

Tiempo después el cura se justificaba: “¿Qué iba a hacer? Si tocaba las campanas por el nuevo Papa, todo el pueblo iba a decir: ´éste toca las campanas ahora porque el Papa es polaco´”

Y tenía razón.

Extremos de la asimilación.

Mi bisabuelo David Hedman vino de Suecia engañado. Tratando de huir del hambre, el frío, el desempleo y la marginación, muchas familias suecas se inscribieron en una promoción que hacía una firma brasileña. Debían comprar el pasaje en barco y en Brasil se les iba a proveer de tierras de cultivo para empezar una nueva vida. Mi bisabuelo tendría seis o siete años cuando su padre se inscribió.

En Brasil descubrieron que todo era un fraude. No había tierras, ni posibilidades, ni nada y, para colmo, la población no parecía muy bien dispuesta para con los inmigrantes. Un grupo de aquellas familias engañadas le escribió una carta a la Reina de Suecia y logró que los repatriaran; pero otro grupo –entre los que estaba la familia de mi bisabuelo- decidió que no había marcha atrás y comenzó un lento peregrinaje a pie hacia el sur, hasta encontrar tierras sin dueño donde pudiesen afincarse.

En esa larga caminata nació Ida, quien luego sería mi bisabuela y que tenía tres nacionalidades: sueca por derecho de sangre, brasileña por derecho de nacimiento y argentina por voluntad.

Así fue como estos suecos engañados llegaron a la generosa y hospitalaria Argentina, más precisamente al territorio nacional de Misiones y más precisamente a la zona que luego se transformaría en Oberá y que ellos quisieron llamar Nueva Svea.

David se casó con Ida y tuvieron muchos hijos. Vivían en una comunidad en donde casi todos eran suecos o descendientes de suecos y –por supuesto- todos hablaban en sueco. Sin embargo, cuando su hijo mayor tuvo edad de ir a la escuela, mi bisabuelo David tomó una decisión trascendente y que le habrá resultado sin duda dolorosa: prohibió a toda su familia hablar en sueco, aun en la intimidad. Él mismo continuó escribiendo su diario, pero en castellano. Quería que sus hijos fuesen completamente argentinos aun a costa de perder la herencia cultural más importante: el idioma.

Así es como ni mi abuela ni mi madre saben una sola palabra en el idioma de sus ancestros[1] y yo apenas recuerdo vagamente alguna expresión que sonaba a algo así como “gunat sogot litok” que quiere decir “que duermas bien y no te hagas pis en la cama”.

Dicen que mi bisabuela –que murió hace cinco o seis años- comenzó a hablar en sueco en sus últimos días, pero nadie podía comprenderla.

Reviro.

El reviro es una pasta hecha en base a harina y grasa que se come en Misiones como desayuno, con mate. En la época de los obrajes era prácticamente la única comida del mensual. Por eso es fama que el reviro proporciona energía y vigor para todo un día. Por eso cuando alguien se pone bravo se dice que está revirado.

Una leyenda –seguramente improvisada para turistas- cuenta que su origen está en el obraje, cuando la mujer del mensual revolvía una olla que sólo contenía harina y lloraba porque no podía agregarle nada. Sus lágrimas –dicen- formaron el reviro.

Más auténtica, una copla popular relata “Me vine del Entre Ríos / voy al Alto Paraná / porque allá sólo se come / revirado y yopará”.

Caá porá.

Misiones es en casi todos los sentidos una región periférica de la Argentina. En casi. En uno de los sentidos posibles es la región central de la Argentina.

Los españoles que fundaron Asunción descubrieron que los guaraníes de la zona masticaban unas hojas a las que llamaban caá. A veces también colocaban esas hojas trituradas en una pequeña calabaza y vertían agua, que luego sorbían usando un canuto de caña. A eso lo llamaban caá mate.

Esos primeros españoles llamaron a esas hojas “hierba del Paraguay” o simplemente “yerba” porque no sabían que provenían de un árbol. La torpe iglesia española se apresuró a condenar la infusión y llegó a penar con la excomunión a quienes la usaran. Se decía que el origen de la bebida era demoníaco y que fomentaba el vicio y la holgazanería. En mil quinientos cincuenta y cuatro, un fraile dominico agregó que la yerba mate poseía propiedades afrodisíacas, lo que –naturalmente y contra el objetivo buscado- motivó que su consumo aumentara.

Cuando llegaron los padres jesuitas a estas tierras –esos pocos y extraordinarios hombres que fundaron un extraño imperio socialista y teocrático- levantaron inmediatamente la interdicción y difundieron su consumo. Domesticaron también la producción abandonando la recolección para pasar al cultivo. Incursionaron en la industria instalando un secadero en San Ignacio Miní.

La yerba mate –cuya producción es casi íntegramente misionera- es hoy el signo más distintivo de la Argentina. Su consumo es quizás la única cosa que comparten en forma absoluta e igualitaria todas las provincias.

El ius mate.

La nacionalidad es un instituto que nos permite contar quiénes son de los nuestros y quiénes no lo son. Tradicionalmente la nacionalidad se encontraba determinada por la ascendencia, de modo que las personas tenían la misma nacionalidad que sus padres. Este criterio es a simple vista absurdo, pero aún se mantiene vigente en países atrasados como los europeos, que también mantienen otras antigüedades como reyes y títulos de nobleza. Si aplicáramos este criterio, en la Argentina casi no habría argentinos y sí muchísimos italianos y españoles.

Los países más modernos, en especial los de nuestro continente, consideran en cambio que la nacionalidad depende del sitio en el que uno nace; criterio que resulta más simpático, pero que no es mucho más lógico ni útil que el anterior. En base a este criterio, deberíamos considerar extranjero a Carlos Gardel, por ejemplo.

Un amigo mío sostiene que la nacionalidad debería considerarse la consecuencia de un acto de adhesión libre y voluntario, de manera que fuesen argentinos todos los que quieran serlo y no lo fuesen quienes no quieran o quienes prefieran otra nacionalidad. El criterio me parece adecuado y justísimo y sólo le encuentro un inconveniente de orden práctico en tener que preguntarle a todo el mundo qué nacionalidad quiere.

Mientras tanto, yo propongo que reformemos nuestra Constitución y le agreguemos como artículo uno bis lo siguiente: “Serán considerados argentinos todos los que tomen mate”.

Ello llevaría a considerar argentinos también a los paraguayos, a los gaúchos, a muchos bolivianos y –por supuesto- a los uruguayos; todo lo cual me parece justo y necesario. Ello llevaría también a considerar extranjeros a los yupis que sólo toman cafecito y a los insufribles tilingos del té de las cinco; lo cual no es del todo necesario, pero estaría muy bien.

Enrique Catani
La Plata, 5 de mayo de 2006

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[1] Mi abuela concurre actualmente a una academia en la que intenta aprender el idioma de su madre.