5 de junio de 2006

Crónicas Misioneras (tercer entrega ilustrada)

Primeros desengaños.

En Oberá hubo un cine. Creo que se llamaba “Gran Rex” pero no estoy seguro. Ahora no hay, desde que se inventó el videocable y la videocasetera.

Yo era muy chico y me dormía en las películas o no las entendía, pero mi padre me llevaba igual y a mí me gustaba ir. Me acuerdo especialmente de una película de piratas.

Yo tendría algo así como seis años cuando mi padre me llevó a ver esa película de piratas. Íbamos solos, sin la molesta y femenina compañía de mis hermanas y mi madre; y a mí me parecía que ir al cine era cosa de hombres, algo que las mujeres no podían comprender.

En la película, unos piratas muy malvados capturaban a unos niños en una isla y los sometían a toda clase de torturas (todavía recuerdo con fascinante espanto que a uno de los niños lo mantenían despierto separándole los párpados con escarbadientes). A lo lejos, en el mar, una fragata norteamericana no se enteraba de lo que sucedía en la isla.

Contra mi voluntad, me puse a llorar en forma irremediable. Mi padre intentó tranquilizarme. “No te preocupes –me dijo- ahora desembarcan los soldados y rescatan a los chicos”. Esas palabras hicieron que el llanto cesara; sin embargo, por primera vez en mi vida, tuve un instante de duda: “¿Y vos cómo sabés?”, pregunté. “Porque ya la vi”, dijo mi padre.

Al rato los soldados desembarcaban, pero los piratas los mataban a todos, y supe entonces que mi padre también podía mentir.

Perfume casino.

Durante los años convertibles, Misiones se pobló de casinos. Antes sólo había en Posadas y en Iguazú. Ahora cada pueblo, hasta el más chico, tiene su casino.

No se parecen a la mole burocrática y decadente del de Mar del Plata. Los casinos misioneros son fastuosos, modernos y brillantes e incluyen restaurantes, bares, espectáculos, cascadas artificiales y lujos variados.

Las decoraciones son imponentes y tienden al rojo y –sobre todo- al dorado. Las niñas que atienden las mesas usan faldas breves y reglamentarias y no aceptan propinas. Todo es muy luminoso y brillante y ruidoso. Nunca estuve en Las Vegas, pero los casinos misioneros me hacen acordar a Las Vegas.

Entonces uno puede jugar al póquer americano sobre un tapete verde reluciente, sentado en una silla dorada que se apoya en una alfombra roja, con fichas de diez, veinticinco y cincuenta centavos; y ese es el símbolo más perfecto de una época.

Muerte y resurrección.

Misiones muere y resucita. Ya lo ha hecho tantas veces que podemos estar seguros de que lo repetirá en el futuro.

Los historiadores distinguen tres provincias de Misiones: la provincia guaraní (que otros llaman jesuítica), la provincia española y la provincia argentina. Entre medio de ellas no hay nada.

El hecho es que a Misiones cada tanto la disuelven y durante mucho tiempo sencilla y absolutamente deja de existir. Después vuelve a nacer, nueva y reluciente, igual y distinta. Por eso, pese a ser una de las provincias más antiguas de la república es también la más joven y caliente.

El monte.

En misiones le decimos monte, pero los de afuera le dicen (en forma un tanto grandilocuente) selva o jungla.

En Misiones hay monte, pero monte de verdad, no me vengan con las Yungas y el Tucumán. Si no me creen, miren como se recorta la silueta verde de la provincia vista desde el satélite:

Selva subtropical en dos pisos, dicen los botánicos. Pulmón verde, dicen los ecologistas. Sitio ideal para la aventura, dicen los promotores de turismo; y todo eso es verdad y nada lo es.

El monte es un organismo vivo y uno puede sentir su movimiento y su respiración. Los que no lo conocen imaginan un sitio luminoso repleto de árboles apiñados. Lo cierto es que el monte es oscuro –muy oscuro- y que, si hay árboles, uno no puede verlos, cubiertos como están de helechos enmarañados y plantas parásitas de las más variadas.

El monte es ruidoso, complicado, sombrío y móvil. El hombre lo combate con rosados y motosierras. Se trata de una lucha antigua en la que el hombre pretende civilizar al monte, contenerlo, dominarlo, y para ello le implanta ciudades, rutas, yerbatales y –a veces- cree que por fin lo ha vencido.

Entonces surgen las voces ambientalistas que se compadecen del monte y lo juzgan –quizás con razón- próximo a desaparecer; pero el monte también combate y cada uno de sus elementos lucha con furia para obtener un mínimo espacio en el que existir, una pequeñísima parte de luz que le permita seguir viviendo.

Se nos dice que los avances tecnológicos del último siglo presagian la victoria final (y catastrófica) del hombre en este antiguo combate. Probablemente sea cierto; sin embargo, cuando uno piensa que en muy pocos años el monte devoró literalmente los imponentes edificios de los jesuitas (lo mismo –leo en Toynbee- sucedió con la civilización maya en el Yucatán), siente un algo de duda y acaso de esperanza.

Testigo de lo que digo, hay un árbol en San Ignacio (al que los guías turísticos le pusieron acertadamente el nombre de “corazón de piedra”) que conserva intacta en el interior de su tronco una enorme columna de piedra que en otras épocas sostenía el techo de una iglesia.

Alma misionera.

El nacimiento es un hecho determinante de muchísimas cosas. El sitio en donde sucede provee una nacionalidad de la que es muy difícil renegar. El día en el que sucede determina una de las doce categorías del zodíaco, de la que sólo se puede escapar no creyendo en esas cosas.

Sin embargo, la ortodoxia cristiana y la de muchas otras religiones prescribe que la vida del ser humano comienza con la concepción. Antes de eso, Platón había dicho que el alma encarna en el cuerpo a los tres meses de gestación.

Si así fuese, cierto muchacho de barba, boina y fusil no sería rosarino ni cubano. Habría comenzado a existir en Misiones, en Caraguatay para más señas.

Y a lo mejor es cierto, al fin y al cabo; algo habrá para que Ernesto Guevara haya evitado un seguro destino de médico rural y se haya convertido en el Che, palabra guaraní que –bueno es recordarlo- significa “hombre”.

Picharse

De todos los modismos misioneros, el más hermoso y útil es picharse, verbo reflejo que admite la forma adverbial (pichado, pichada) utilizada como nombre y cualidad.

Es cierto que otros modismos son interesantes: llavear –por ejemplo- usado en lugar de “cerrar con llave” que permite ahorrarnos dos palabras; o argel, algo así como “amargado” pero con connotaciones diversas.

Sin embargo, yo prefiero picharse porque no tiene equivalencia en el habla porteña. En Buenos Aires le decimos “mal perdedor” al pichado; pero no tenemos ninguna forma verbal para designar la acción que se produce cuando alguien se transforma en un “mal perdedor” o tiene actitudes de tal.

Se picha aquel que se fastidia en el medio de un juego porque va perdiendo; pero la palabra tiene también otros usos más o menos extensivos. Se pichó escandalosamente aquel jugador de la selección argentina que se sentó en la alfombra de la Reina de Inglaterra. Estaba muy pichado Maradona cuando el público silbaba el Himno Nacional.

El que se picha se pone serio (o furioso) de golpe y pierde todo sentido del humor y de la diversión. La palabra se usa no sólo en el deporte: se pichaba Sarmiento cuando Alberdi le mandaba sus cartas quillotanas, se pichó Facundo Quiroga cuando el manco Paz le ganó en Oncativo “con pasos de baile”.

Los pichados (aquellos que habitualmente se pichan) suelen culpar al réferi, al clima, a la FIFA, a la cuarta internacional, a la masonería, al gobierno o a cualquier condicionamiento adverso, real o imaginario. Nadie quiere aparecer como pichado; sin embargo, la palabra no tiene en todos los casos una connotación negativa.

Catani, jefe de guaraníes.

Hubo en Misiones en tiempos coloniales un coronel de mi apellido. Se llamaba Antonio Catani y estaba a las órdenes del gobernador de Buenos Aires, don Pedro de Cevallos. En mil setecientos sesenta y uno, Cevallos –que quería recuperar la Colonia del Sacramento- le encargó a Catani la conformación de un ejército para atacar a los portugueses en Río Grande y así evitar que lleguen refuerzos a Colonia.

Cevallos le recomendó que reclutase solamente correntinos –famosos ya en ese entonces por su valentía y arrojo- pero Catani engrosó las filas también con indios guaraníes de las Misiones. Acampados en el río Pando, los correntinos se sublevaron porque les daba asquete combatir junto a los guaraníes.

Escribe Catani entonces desmintiendo la fama de bravura correntina: “Por el presente despido del Real Servicio unos infames correntinos que faltando a la ley que deben al Rey Nuestro Señor, intentaban levantarse y hacer fuga haciendo burla de las órdenes que en nombre de mi General les comunicaba. En su marcha vía recta, se les dará el auxilio a que son acreedores hasta llegar a su patria que es la referida ciudad de Corrientes en donde se les debe considerar, como en todas partes, traidores al Rey, inquietadores de los que no lo son, y perniciosísimos para servir con los indios”. (J.M. Rosa, “Historia Argentina”, Tomo I, pág. 366/367)

Se quedó Catani con un ejército exclusivamente guaraní y con él cruzó el río Pando y combatió a los portugueses. Firmada la paz, Cevallos lo envió a comandar la guarnición de la Isla Malvina, comprada a los franceses.

Una tradición oral -que por desgracia no puedo ignorar- indica que mi bisabuelo Enrico Catani llegó a la pampa húmeda desde Italia a finales del siglo diecinueve. Debo concluir entonces que ningún vínculo de sangre me une al Coronel Antonio Catani.

Pese a ello, no me disgusta cada tanto jugar al antiguo juego de las genealogías y pensarme descendiente de este coronel que comandaba guaraníes, despedía correntinos y macheteaba portugueses.

Enrique Catani.
La Plata, 5/6/06