1 de junio de 2007

La tierra sin mal

La pequeña emancipación del chamamé.

Unos días antes de navidad salí a comprar algunos regalos y –contra todos mis principios- terminé en musimundo; enorme cadena comercial que vende libros, discos y otras cosas; en donde siempre tratan al cliente como a un ladrón en potencia o en acto (“a ver señor, me muestra la bolsita”) y cuyo único mérito es estar abierta hasta las diez y media de la noche, cuando ya todo cerró.

En musimundo descubrí una verdad chiquita y bastante inútil, pero verdad al fin: el chamamé se ha independizado del folklore. Es una independencia –claro- que se reduce por ahora a los criterios clasificatorios de musimundo, pero que se va extendiendo.

Pero –pequeña, incipiente- la emancipación aparece muy clara. Hay una marquesina que dice “folklore”, otra que dice “tango” (la independencia del tango es tan rotunda y definitiva que a nadie sorprende; por el contrario, sorprendería que alguien lo considere lo que es: una música folklórica) y, por fin, una tercera que dice “chamamé”.

Así, separado y singular como el tango, se vende el chamamé en musimundo. Quizás haya razones musicales para esta mínima independencia, pero no estoy seguro. Una vez tuve oportunidad de conversar con Antonio Tarragó Ros. Me explicó que la estructura rítmica del chamamé es diferente. Que la chacarera, la zamba, el estilo, el carnavalito, tienen una base rítmica similar. El chamamé no. Mientras me explicaba esto, Tarragó ejemplificaba con pequeños golpecitos en la mesa. Yo no le entendí y tampoco pude pedirle más explicaciones, porque, medio caú los dos, nos trenzamos en una discusión sobre si San Martín era correntino o misionero y temí en determinado momento que Tarragó –irreparablemente correntino- sacara un machete y empezara a repartir.

Yo prefiero pensar que la razón es otra. El litoral ha sido la única región del país que propuso e intentó seriamente ejercer un liderazgo nacional alternativo al de Buenos Aires. Con Artigas primero, con Ramírez más tarde y con Urquiza por último, el litoral quiso imponerle al país su liderazgo benévolo. No es raro entonces que en la música, entre el homogéneo folklore y el tango singular, el chamamé –alegre, tenaz y desafiante- plantee su alternativa.

Adversus tango.

Mis amigos tangueros miran al chamamé sin respeto (lo que es bueno) y por encima del hombro (lo que es malo). Jamás se detienen a compararlo con el tango porque juzgan a éste infinitamente superior a cualquier otra música folklórica, pero llegado el caso podrían detenerse a considerar a la zamba o incluso a la chacarera. El chamamé –en cambio- les parece una musiquita bochinchera, propia de paisanos iletrados.

La primacía del tango no tiene discusión. Negarla es como negar la primacía de Buenos Aires. El tango supera por mucho a todas las demás músicas folklóricas. Por singularidad musical, por expresividad, por su poesía (y sobre todo por su éxito nacional e internacional no del todo comercial), el tango es único e incomparable, pero adolece de un grave problema: su inferioridad moral.

Los personajes del tango no nos repugnan solamente porque estamos acostumbrados a ellos: el golpeador o asesino de mujeres, el holgazán que no trabaja ni quiere trabajar, el mentiroso que imposta una situación social superior a la suya[1] y el peor de todos: el irredimible resentido y rencoroso.

Si –como dijo Borges- la traición es el peor delito que la infamia soporta, el rencor se nos presenta como el peor sentimiento posible, sin embargo hay un tango que soporta el delictual título de “Rencor” y hay otro que es una delectación en el charco de los malos sentimientos (“yo quiero morir conmigo / sin confesión y sin Dios / crucificado a mis penas / como abrazado a un rencor”).

Dicen que el tango es triste –opinión con la que disentían Borges y Macedonio porque preferían (como todo hombre de bien) los tangos vistosos de la primera época, con su alegría viril y su culto del coraje-, pero a mí me parece que, más que triste, se ha vuelto desconfiado (“no te fíes ni de tu hermano”), resentido, rencoroso.

Mis amigos tangueros suelen –ante este argumento- hacer del defecto virtud y comienzan a alabar la sordidez, el resentimiento, la venganza, la violencia doméstica, el latrocinio. Quizás sea una dificultad mía, pero todavía me cuesta pasar de la moral de Jesucristo a la del Gordo Valor.

Pero el peor defecto moral del tango no está en sus personajes a veces sórdidos y en cierta delectación en el resentimiento; el peor defecto –que quizás sea un defecto porteño, claro- es su falta de sentido solidario y social. El tango es esencialmente individualista. La solidaridad sólo está presente en el tango en el nivel mínimo del individuo, entre el ladrón y el cómplice, entre el datero y el jugador compulsivo. El resto del mundo, la comunidad, los otros, sólo son un escenario de jungla urbana en donde el vivo vive del sonso y el sonso de su trabajo. El famoso aire “barrial” del tango se limita a describirlo como paisaje de aventuras individuales, nunca como comunidad de personas más o menos unidas en un problema o un destino común. La pobreza es en el tango algo de lo que cada quien escapa como puede. Hay muy pocos tangos patriotas y los pocos que hay –como “Argentina” de Gardel- suelen tener un tufillo aristocrático, conservador y antipopular[2]. Salvo “Pan” y “Aquaforte” (y éstos porque los miro con mucha buena voluntad) no hay tangos con contenido social.

La comparancia.

Las comparaciones son odiosas, pero probemos. El tango y el chamamé comparten la singularidad de un instrumento de fuelle de extraño origen germano. En un caso es el bandoneón y, en el otro, el acordeón[3]. Similares aunque diferentes, ninguna otra música popular argentina los utiliza[4].

Salvo eso (y la independencia de una marquesina propia en musimundo), no se parecen en nada. Los temas del chamamé suelen ser vistosos y alegres y divertidos. El tono es costumbrista, como en el tango, pero no es quejumbroso ni mucho menos resentido. Los personajes del chamamé suelen emborracharse los domingos en las fiestas de pueblo pero no le huyen al trabajo. Son peleadores, sí, y orgullosos también, como en el tango, pero no suelen albergar envidia, resentimiento ni rencor (o al menos no se jactan de ello). El orgullo no les impide vindicar su condición social humilde tampoco[5]. No hay ladrones, salvo que sean santos como Antonio Gil (Boomp3.com) o justicieros como Isidro Velázquez (Boomp3.com).

A diferencia del tango, en el chamamé es usual la idea de comunidad unida por un problema o un destino común. La cuestión social es un tópico de sus letras, que a veces albergan incluso alguna chispa revolucionaria.

Los músicos también son distintos. Los tangueros se visten de forma discreta y formal –generalmente de negro- y en sus rostros sin sonrisas uno advierte que se toman su música demasiado en serio. Un concierto de tango es algo serio y, más -y peor- que serio, es algo solemne. Los chamameceros se visten de cualquier manera, se ríen todo el tiempo, gritan y desde lejos se les nota que se divierten.

Sospecho que si el chamamé le hubiese competido y ganado al tango habríamos perdido mucho en singularidad, en individualismo, en seriedad, en sutileza; pero nuestro carácter nacional sería más sano, más alegre y más amigable.

Me resta anotar –quizás a modo de disculpa- que me gusta muchísimo el tango y que –salvo los defectos aquí señalados- sólo le encuentro virtudes.

El idioma.

Chamamé era la palabra con la que los guaraníes designaban al paraíso en su religión prejesuítica y es una de las pocas palabras que no pasó al nuevo catecismo cristiano, quizás porque contenía demasiadas connotaciones terrenales. Su traducción más o menos literal es “la tierra sin mal” (Boomp3.com).

A pesar de su nombre, el chamamé no es una música puramente indígena y ni siquiera es muy antigua. Es difícil rastrear algo que se parezca al chamamé antes del siglo veinte.

No obstante, el chamamé es la única música popular argentina que admite con naturalidad un idioma indígena. No es raro. El guaraní es la única lengua indígena realmente viva[6]. Las demás sólo se hablan en comunidades reducidas y arcaicas. En Corrientes y –sobre todo- en el Paraguay, el guaraní es la lengua materna de todos sus habitantes, la que se habla en la intimidad familiar, la que se usa para decirle cosas a las guainas. A diferencia de Bolivia –el país más indígena del continente- en donde el uso de los idiomas prehispánicos se limita a las clases populares de ascendencia indígena (dos requisitos: ser pobre e indio), en Corrientes y en el Paraguay el uso del guaraní es compartido por todas las clases sociales. Lo habla el mencho y el gobernador, el jornalero y el terrateniente.

El Paraguay es el caso más notable. Si bien el castellano es también uno de sus idiomas oficiales (junto al guaraní, claro), sólo es hablado –según leo en la revista “eñe”- por el sesenta por ciento de la población. Todos, en cambio, hablan guaraní. Con menos fuerza, el uso del guaraní es muy popular también en Misiones, Chaco y Formosa e –incluso- algo de guaraní llega a hablarse en Entre Ríos, Santa Fe, Río Grande y el Estado Oriental.

La explicación más convincente de esta rara supervivencia tiene que ver con las particularidades que asumió la conquista española en la zona. El extraño experimento de socialismo teocrático que los jesuitas impusieron en sus misiones prescindía por completo del idioma castellano, el que recién se introdujo en la región con la expulsión de los jesuitas.

La supervivencia y vitalidad del guaraní tiene que ver con esta aparición tardía del castellano, pero, sobre todo, con que los jesuitas tradujeron los rudimentos de la técnica, la ciencia, la cultura, la filosofía y la religión europea al guaraní y –por eso- el guaraní fue el único idioma americano que sirvió de vehículo para los saberes eruditos europeos[7]. Por eso –quizás- su uso hoy no está reservado exclusivamente a quienes tienen ascendencia indígena.

Los personajes.

Los personajes del chamamé suelen ser trabajadores pobres y orgullosos. El personaje por antonomasia es el mencho, peón de las estancias correntinas (Boomp3.com), pero también abundan los hacheros, mayormente chaqueños (Boomp3.com). El mensual misionero aparece poco, más como un recuerdo que como un personaje de verdad (Boomp3.com).

El mencho del chamamé se emborracha y mucho[8]. Toma vino y caña y se vuelve peleador. Es habitual que se pelee con algún porteño y, en ese caso, siempre gana, porque es valiente, pero –sobre todo- porque los porteños son retratados en forma invariable como pusilánimes[9] (Boomp3.com).

Un párrafo aparte merece el milico correntino. Puede ser un cabo de policía o un comisario, pero por lo general es un sargento. Tanto se burla el chamamé de la policía, que uno termina por creer que la policía existe en Corrientes con el exclusivo propósito de que los chamameses tengan tema para reírse. La burla suele hacer centro en la pretendida erudición del milico (“Yo soy el sargento Aranda / y désen por alvertidos / que si me recibí de sargento / ha de ser por algo chamigo”) (Boomp3.com), en su manera de expresarse presumida, pretenciosa e incorrecta (“Le voy a proceder a usté / porque yo soy el sargento / y lo responsabilizo / por este abochinchamiento” o “Se nota que sos leído / hablame pué siempre así / mientras viva don Aranda / nada te va a transcurrir / cualquier diferencia chamigo / te la voy a circunstanciar”) y también –por supuesto- en sus prejuicios sociales e ideológicos (“A los menchos / y a los bolches / si los llego a encontrar / les via pegar una sableada / para que se dejen de bochinchear”). Así y todo, conozco un chamamé que pone en boca de un milico la mejor explicación que he oído sobre la condición abstracta del Estado: “Es la Ley la que te castiga / por mi intermedio te da el sablazo / Yo te lo fajo por la costilla / pero es la Ley la que te castiga”. Ni Russeau lo hubiera explicado mejor (Boomp3.com).

Los bichos también abundan en el mundo chamamecero, aunque en ese caso suelen ser título de canciones sin letra. El toro (que suena como un toro desbocado) (Boomp3.com), el tigre, el yacaré, el ñandú, la calandria, el tucán, el yaguareté, el tapir, el tatú, la yarará, hasta el mosquito (“maldito mosquito que me molestás / si querés chupar, andá a trabajar”) (Boomp3.com), todos tienen su chamamé. La profusión es tal que cuando Tarragó Ros quiso escribirle un chamamé a algún bicho, encontró que todos ya tenían el suyo y terminó escribiéndole al protozoario, organismo unicelular tan correntino como mundial, que fue el único que encontró vacante.

Últimamente ha aparecido con fuerza el correntino extrañado en Buenos Aires, que –como no puede ser de otro modo- vive añorando. Con ese personaje –que ha tenido su página más triste en “El cielo del albañil” (Boomp3.com), su más hermosa en “La changa de los domingos” (Boomp3.com) y su más exitosa en “Carito”- nos identificamos también los misioneros aporteñados (Boomp3.com).

Instrumentos.

Sobresale el acordeón, un instrumento germano de origen religioso. Dicen los que saben que el acordeón fue inventado por católicos alemanes, súbditos de señores protestantes, que –perseguidos (recordemos: religión del príncipe, religión del pueblo)- celebraban sus misas secretas en los bosques con una especie de órgano portátil: el acordeón.

Los chamameceros más tradicionalistas siguen prefiriendo el acordeón con botonera y, especialmente, el “dos hileras” (el “tres hileras” es visto como una heterodoxia peligrosa); pero últimamente se ha hecho más popular el acordeón a piano, especialmente entre los músicos de Misiones.

Los chamameceros más tradicionalistas recuerdan también que el chamamé pudo prescindir durante años de instrumentos de percusión y ven como una herejía modernista su introducción actual. Esto no es tan cierto. Siempre hubo en Corrientes un día en el año en que se usaba la tambora para acompañar los chamameses. Durante la fiesta de San Baltasar, en el Cambacuá –el barrio donde vivían los negros que habían huido de la guerra del Paraguay-, los chamameses se tocan invariablemente con acordeona, guitarra y tambora, desde siempre. Lo que hacen estos herejes modernos al introducir la percusión es –en definitiva- hacer todo el tiempo lo antes se hacía sólo para San Baltasar y –de paso- recordar que el chamamé –además de ser una música india, criolla y gringa- es también una música negra.

El grito sagrado.

Llegado el caso puede concebirse un chamamé sin acordeona, sin una sola palabra en guaraní, sin esa –tan característica- alegría estruendosa, sin ese tono ingenuo y peleador, sin guitarras, sin recitado. Puede pensarse e imaginarse (puede escucharse también) un chamamé triste, un chamamé lento, un chamamé melodioso, un chamamé desesperado.

Es impensable –en cambio- un chamamé sin sapukay.

El sapukay es el grito con que los guaraníes asustaban al enemigo (portugués, español, porteño) en el combate. Ese grito antiguo, que desde el campo de batalla ha llegado al chamamé y que se usa hoy para expresar alegría o amor o tristeza, conserva desde el fondo de los tiempos –de un modo inexplicable- algo de su naturaleza guerrera.

Es el verdadero grito sagrado, más parecido al estridente “sean eternos los laureles” que al tibiecito y melodioso “libertad, libertad, libertad”

La patria.

La patria del chamamé –en sentido estricto- es la República de Corrientes y, a partir de su influencia benéfica, se extiende a todas las provincias que la rodean; argentinas, brasileñas e independientes.

Hacia el norte, en Misiones, el chamamé se va volviendo más salvaje y enmarañado con la mezcla de galopas paraguayas, polcas gringas y shotis brasileños. Hacia el sur, en Entre Ríos, va haciéndose cada vez más decente y civilizado y termina por llamarse chamarrita.

Enrique Catani.
La Plata, lunes 1 de junio de 2007

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[1] Esto se manifiesta significativamente en las bebidas. El vino –la bebida más popular- está prácticamente ausente de las letras de tango que abundan en cambio en champán, whisky, ron y licor, bebidas de rico que difícilmente se tomaban en la Boca. Sólo en “la última curda” aparece una referencia lateral al vino (“...llorando mi sermón de vino...”), pero incluso en ese tango el protagonista principal es el ron. El chamamé, en cambio, prescinde en términos absolutos de esas bebidas de ricos. Sus protagonistas etílicos son el vino y la caña, lo que tomaba y toma el paisano. Copio unos versos hermosos de Los de Imaguaré: “tenía razón el borracho / pensando bien es verdad / el vino libera al hombre / y es fermento de amistad / el vino es sangre de cristo / porque es sangre popular”
[2] Los tangos que narran historias de las guerras civiles del siglo diecinueve –la mayoría de ellos popularizados magistralmente por Corsini- toman partido casi sin excepción por el bando unitario.
[3] Abel Posse (“La santa locura de los argentinos”) no los considera similares para nada, sino más bien diferentes e irreconciliables. De ambos prefiere al bandoneón, por sutil, espiritual y encantador, y considera que el sonido del acordeón es demasiado tosco y estridente. Puede ser, pero cuando uno escucha que el acordeón empieza a respirar en el preludio de “El Toro” y luego larga sus primeros acordes toscos y estridentes, todo parece tan festivo y enérgico que –a su lado- el sutil y espiritual gemido del bandoneón suena algo afeminado.
[4] Miento. La cumbia también usa y abusa del acordeón, especialmente del acordeón a piano. Esto puede tener relación con la influencia que el chamamé ha tenido en la cumbia y que operó fundamentalmente a partir de las migraciones internas. Basta ir un domingo a las fiestas del centro correntino de Berisso, o alguna otra de las afueras de La Plata, para comprobar que la cumbia y el chamamé conviven naturalmente hasta casi confundirse. Algunos artistas, Los Duendes del Acordeón –por ejemplo-, hacen una música que no se sabe bien si es chamamé o cumbia. Lo mismo sucede con Amboé, sin ir más lejos.
[5] El origen indígena también es motivo de especial orgullo. Como dice Ernesto Montiel: “Me apodaron el Avá (el indio) / porque soy un gente macho”
[6] La mejor prueba de vitalidad es –quizás- su falta de pureza. Como todo idioma vivo, el guaraní se ha contaminado o enriquecido con influencias idiomáticas de las más variadas. Según leo en el prólogo del diccionario guaraní que me regaló mi madre para navidad, el guaraní actual contiene muchísimas palabras de indudable origen castellano, pero también ha recibido una notable influencia del inglés, del portugués y hasta del alemán.
[7] De hecho, el primer libro que se imprimió en el continente americano fue una Biblia en idioma guaraní.
[8] El más logrado de estos borrachines chamameceros es sin dudas Caraicho Ledesma, protagonista de “Caraicho”, escrito por don Mario Millán Medina. En ese chamamé, Caraicho monologa repitiéndose todo el tiempo, como hacen los borrachos auténticos y hasta el rintintín del acordeón se repite, pesado e incoherente.
[9] Existe una sola excepción a este principio axiomático. En el chamamé “Cachito, campeón de Corrientes” de León Gieco el héroe correntino es derrotado a las trompadas en Buenos Aires. Se comprende que este chamamé fue escrito por un santafesino aporteñado con demasiadas influencias rockeras.