25 de junio de 2008

Frontera seca

la calle de la izquierda es Brasil; la de la derecha, Argentina

Desde Eldorado, y después de cien kilómetros de subidas y bajadas en medio del monte, llego a Bernardo de Irigoyen, extremo oriental de la República Argentina. Las paredes están repletas de consignas nacionalistas; algunas muy directas (“Aquí comienza la patria”) y otras más sutiles y eficaces (“Bienvenidos a donde nace el sol”), pero nadie habla totalmente en castellano ni en portugués. En la única estación de servicio del pueblo hay cinco cuadras de autos brasileños que esperan para cargar nafta argentina.

Me habían dicho antes de salir que no valía la pena, que no vaya, que no hay nada para ver en Bernardo de Irigoyen; pero yo quería conocer la frontera seca, ese extraño lugar en donde las patrias se tocan sin un río, una montaña, una selva o un desierto que las separe.

Por eso lo primero que hago es buscar la frontera. Bajando por la calle principal veo el puesto de la gendarmería. Una mujer gendarme me pide los documentos, me hace bajar del auto y anota cosas en una computadora. Recién entonces advierto que hay un puente y, bajo el puente, un arroyo con un cartel que dice “Aº Pepirí Guazú”. Me siento estafado: la frontera seca no es seca, hay un arroyo que separa. Ínfimo y acaso sin agua, hay un arroyo. Me quejo ruidosamente con la gendarme.

-Esta es la naciente del arroyo –me aclara-, cien metros para allá empieza la frontera seca de verdad. Por acá sólo cruzan los que tienen documentos.

13 de junio de 2008

La civilización iberoamericana

Arnold Toynbee explicaba la historia de la humanidad como la historia de las civilizaciones. En su monumental "Estudio de la Historia", identificó veintiuna civilizaciones en total, contando las vivas (sínica, hindú, islámica, occidental y cristiana ortodoxa), las muertas y las fosilizadas. La idea es -quizás- fácilmente refutable, pero causa mucha convicción. Quizás por eso algunos autores -entre los que se destaca Huntington- siguen dándole vueltas a este discurso civilizacional.

Cuando leí el "Estudio de la Historia" -gracias a mi amigo Marcelo, que sabe recomendar libros- lamenté que el autor nos incluyese dentro de la civilización occidental. Me pareció que era una desidia de su parte. Siguiendo sus propias reglas, era posible advertir que Latinoamérica no podía considerarse sin más una parte de la civilización occidental. Parecía más bien que el contacto entre las civilizaciones occidental (viva) y andina y mexicana (muertas), había producido el nacimiento de una nueva civilización filial, distinta tanto de una como de otras. Toynbee no lo vio así y apenas se limitó a indicar que las civilizaciones andina y mexicana habían dejado en sudamérica un germen de posible respuesta civilizacional que -a lo mejor- podía manifestarse abiertamente en el futuro. Huntington -en cambio- nos colocó en un lugar diferente en su libro "Quiénes somos", libro que él escribió con alarma y que uno lee con esperanza.

Hoy descubrí asombrado que también Carlos Escudé propone nuestra singularidad y señala -acertadísimamente- nuestras luces y nuestras sombras.

La nota se publicó hoy en La Nación y puede leerse aquí.

No se la pierdan.

7 de junio de 2008

La Negra Sosa



Me resulta impresionante el poder legitimador de Mercedes Sosa. Lo comprobé el fin de semana pasado, en el Teatro Argentino, cuando cientos de señoras con colorete y señores pelados y de traje marcaban el ritmo con las palmas al compás de "El Ángel de la Bicicleta", cumbia villerísima si las hay.

A veces me pregunto si a la gente que la escucha (yo mismo, sin ir más lejos) le gusta de verdad escucharla, o es que su mito imponente, su voz autorizada, su imagen de Pachamama Argentina Por Antonomasia, se impone sobre el placer de la música.

No sé. A mí me gusta escucharla, aunque ya no cante folclore.

A mí me gusta escucharla -me contradice mi mujer- porque ya no canta folclore.