29 de mayo de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (VI): Santiago de Liniers

Hoy un fusilamiento bicentenario ejemplar, porque es lindo saber que nadie quiere fusilarte.

Santiago de Liniers era francés por nacimiento y español por voluntad, pero todas sus lindezas las hizo en la tierra que luego se llamaría argentina. Como oficial de marina de la Real Armada había estado en estos pagos en épocas en que Cevallos macheteaba a los portugueses y reconquistaba la Colonia del Sacramento (en esas lides peló también un coronel de mi apellido), pero después volvió a España y participó en la toma de Menorca y en el sitio a Gibraltar.

Volvió al Río de la Plata en 1788 y sólo abandonó la patria hecho –literalmente- cenizas. En 1803 lo nombraron gobernador de Misiones, pero en el seis ya estaba en la Ensenada de Barragán cuando llegaron los ingleses.

La historia es conocida: junto a otros patriotas, Liniers fue protagonista indiscutido de la reconquista en el seis y de la defensa en el siete. Dos veces derrotó a los ingleses –nuestros eternos e inmutables enemigos- comandando a esas milicias populares que serían luego decisivas en la revolución de mayo. En premio a sus afanes, un cabildo abierto depuso a Sobremonte en 1807 y lo nombró Virrey. Era un desacato contra la autoridad del monarca, pero la cosa no pasó a mayores porque el Rey lo dejó pasar.

Popular, carismático y mujeriego, su gobierno gozaba de la estima mayoritaria del pueblo, aunque dicen que se mandó unas cuantas macanas y los españoles más españoles no lo querían por francés. En 1809, Álzaga y Moreno (sí, sí, Álzaga y Moreno juntos) quisieron derrocarlo, pero los patricios de Saavedra lo sostuvieron. Poco después, el gobierno español mandó al sordo Cisneros en su reemplazo.

Los españoles siempre habían sospechado que Liniers era un traidor en potencia y es cierto que había coqueteado un poco con Carlota y un poco con Napoleón; pero cuando estalló la revolución de mayo, inexplicablemente Liniers se puso del lado de los malos. Junto al gobernador de Córdoba, Gutiérrez de la Concha (sepan disculpar las damas), reunió un ejército de mil quinientos hombres para atacar Buenos Aires y reprimir la revolución, pero cuando llegó a Córdoba la expedición “auxiliadora” porteña, sus hombres se dispersaron y Liniers fue tomado prisionero.

La Junta ordenó que lo fusilen. Se suele culpar –quizás con razón- a Moreno por esa decisión infausta, pero lo cierto es que todos los miembros de la Junta –a excepción de Alberti- firmaron la orden.

Algunas órdenes son difíciles de dar, pero mucho más difíciles de cumplir. Es cierto que la Junta estaba en una situación de debilidad y debía mostrarse fuerte. Es cierto que de no hacerlo, la revolución quizás hubiese fracasado como había fracasado la sublevación del Alto Perú el año anterior. Es cierto, también, que si Liniers hubiese triunfado los hubiera fusilado a todos uno por uno. Así y todo, yo soy de los que creen que a los héroes populares no se los fusila, aunque tomen luego un camino equivocado.

Lo mismo pensaban los jefes militares de la expedición revolucionaria. Chiclana, Vieytes, González Balcarce, finalmente también Ortiz de Ocampo, todos se negaron a cumplir la orden. Decidieron llevar al prisionero a Buenos Aires, para que lo fusilen allá si querían. Los miembros de la Junta se alarmaron: Liniers en Buenos Aires podía despertar muchas simpatías populares peligrosas y –rápidos de reflejos- enviaron a Castelli y a French para que los parasen en el camino.

Los interceptaron en el Tigre y, viendo que los oficiales seguían negándose a cumplir la orden, Castelli tomó para sí la responsabilidad de ajusticiar al prisionero, pero así y todo, los problemas continuaron: todos los soldados se fueron negando uno a uno a integrar el pelotón. Finalmente un pequeño grupo de soldados británicos –sus antiguos enemigos- dispararon sobre el cuerpo del héroe de las invasiones inglesas; pero tampoco ellos quisieron darle el tiro de gracia y tuvo que hacerlo French en persona.

Fue enterrado de apuro en una zanja y allí, en una tumba sin nombre, estuvieron sus restos hasta que el presidente Derqui los exhumó y los trasladó a Paraná. Hoy sus cenizas descansan en Cádiz, muy lejos de la ciudad que amó y defendió en los momentos centrales de su vida.

24 de mayo de 2010

Las provincias festejan los doscientos años de la revolución de Buenos Aires

Todos festejamos los doscientos años de la revolución de Buenos Aires... menos los porteños. No entienden, definitivamente no entienden y se sienten invadidos. No entienden el festejo los contras como Pepe Eliaschev (perfil del domingo, lean la nota porque destila prteñismo gorila y exclusivista del duro); pero tampoco lo entienden los porteños progres (¡un periodista del página le preguntó a un gaucho si estaba disfrazado!)

Como toda fiesta popular, la del Bicentenario es maravillosa por donde se la mire, hermosa de verdad, repleta de significados y contradicciones. Una de esas contradicciones deliciosas es ésta: la fiesta se hace en el obelisco, desborda todo el centro de la ciudad que desde hace doscientos años rige y dirige los destinos de la patria; pero los artistas que la animan son casi todos provincianos y el público es definitiva y masivamente conurbano (es decir, provincianos extrañados en Buenos Aires).

Los porteños autonomistas -los de Alsina, los de Macri, los de Pino- se sienten invadidos y se asustan. Se indignan por el tránsito, por el pastito de las plazoletas pisoteado, prefieren las galas del Colón y el cafecito en el bar London.

Buenos Aires, la ciudad del nombre más hermoso, nuestra hermana mayor -mal que nos pese-, el objeto de nuestro provinciano rencor y nuestro orgullo, la que -como dice mi amigo Matías- nos asusta cuando vamos solos y se asusta cuando vamos todos juntos; decidió hace doscientos años inventar un pais. Tuvo que mandar expediciones armadas para convencer a las provincias y, cuando éstas se sumaron, tuvo que mandar expediciones militares para que tampoco se lo tomen tan en serio.

Las provincias inventaron el federalismo para oponerse a Buenos Aires, pero después Buenos Aires se hizo federal y la liga unitaria fue... ¡del interior!

Buenos Aires inventó el mito del crisol de razas, de la inmigración europea; pero ahora en la nueve de julio cada morocho conurbano baila la música de su provincia de origen (aunque cuente ya tres generaciones en González Catán o Varela). Y ahí estamos los misioneros escuchando bajo la luvia al Gringo Barreto y vivando a una provincia en la que hace años no vivimos.

Y así estamos desde hace doscientos años. Buenos aires y las provincias. Esa contradicción hermosa, esa relación dialéctica de amor y de odio, es también fundante de nuestra identidad. Por eso es tan lindo -cada tanto- atar los caballos en la pirámide de mayo, mojar las patas en las fuentes de la plaza, pisotearles los canteros de la nueve de julio.

¡Viva Buenos Aires! ¡Vivan todas y cada una de las provincias! ¡Viva la patria que amamos!

15 de mayo de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (V): Maximiliano

Éste es un fusilamiento ejemplar porque nos da un ejemplo de todo lo que no debe hacer un fusilando. Señor, señora: si está usted por ser fusilado, evite por todos los medios imitar a Maximiliano.

Los franceses –no sé por qué- tienen buena prensa en ámbitos progresistas e incluso antiimperialistas. Lo cierto es que si tuvieron menos éxito en sus aventuras coloniales que españoles, portugueses, ingleses y norteamericanos, no fue por falta de voluntad sino por mera ineficacia.

En 1861 Benito Juárez, el primer presidente indígena de América, declaró la suspensión de los pagos de la deuda externa, anticipándose por muchos años a la doctrina Drago y a la valiente decisión argentina de 2002. La respuesta francesa fue sencilla: la invasión de México y el derrocamiento del gobierno.

Derrocado Juárez, había que buscar alguien que gobierne (y pague la deuda, claro) y ¿qué mejor que colocar en el trono de Moctezuma un emperador? Napoleón III encontró en Europa a un muchacho indolente y despreocupado, probablemente afeminado, de indudable sangre real pero fuera de toda línea sucesoria, que se aburría en su enorme palacio de Trieste. Se llamaba Ferdinand Maximilian Josef von Habsburg-Lothringen y, desde entonces, pasó a llamarse Maximiliano I, Emperador de México.

Dicen que Maximiliano, aunque estaba apoyado por los conservadores y las tropas francesas, intentó llevar adelante un gobierno abierto, moderno y progresista; pero todos sabemos que esos cuentos de reyes democráticos son pura mentira.

Por fin, las guerrillas de Benito Juárez derrotaron a los franceses invasores en Querétaro y capturaron a Maximiliano y a sus generales Miramón y Mejía y los condenaron a ser pasados por las armas en el Cerro de las Campanas.

Unas horas antes de ser fusilado, Maximiliano le preguntó al general Miramón:

-General, ¿cómo deberíamos ir vestidos al fusilamiento?

-No lo sé, Majestad –contestó Miramón-, es la primera vez que me fusilan.

Se encaminó a la muerte vestido de rigurosa etiqueta y –fiel a su idea de que el dinero todo lo compra- le dio una moneda de oro a cada uno de los soldados del pelotón para que no le disparasen en la cara y así su madre pudiera reconocer el cadáver.

Todas las balas le dieron en el rostro. Hubo que desarmar una imagen de la Virgen de Guadalupe para poner ojos de cera en las cuencas vacías de esa cara destrozada.