28 de agosto de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (IX): Pedro Eugenio Aramburu

No los redime, no los disculpa, no los mejora; pero a veces también los malos saben morir.

Pedro Eugenio Aramburu –nadie lo ignora- se alzó contra la democracia en nombre de la democracia. Invocando las libertades personales, mandó a torturar y a asesinar. Proscribió y persiguió al peronismo y prohibió incluso que se lo mencione, todo para mayor gloria de la libertad. Al ejercicio sistemático del crimen y la maldad, su régimen añadió una hipocresía inagotable.

Con él se inauguró en la Argentina el terrorismo de estado. Con él se inició el proceso que convertiría al brazo armado de la patria en una abominable policía terrorista. Fueron sus infaustas decisiones las que empujaron a miles a la violencia política y las que –en definitiva- determinaron su muerte por el hierro como avisa la Escritura (Mateo 26,52).

Una mañana nublada y ominosa, un grupo de jóvenes disfrazados lo capturó en su casa y lo llevó a una estancia perdida en la pampa. Nadie los conocía todavía, pero se harían famosos con un nombre que enraizaba en las tradiciones de lanza, tacuara y barbarie federal. Lo sometieron a un juicio indudablemente simbólico, porque los crímenes de Aramburu eran notorios y evidentes, pero lo dejaron hablar y lo trataron con respeto.

El jefe del grupo –un joven de 23 años llamado Fernando Abal Medina- le comunicó al viejo general –que jamás había dado una orden legítima- que había sido condenado a morir fusilado. El prisionero pidió un confesor (que le fue negado) aunque nada nos hace suponer que estuviese arrepentido. Pidió también que le ataran los cordones de sus botas.

Lo llevaron a un sótano oscuro. Fernando Abal Medina le apuntó al pecho y lo miró a los ojos.

-General –le dijo-, voy a proceder.

El general no se inmutó. No flaqueó, no lloró, no suplicó por su vida. Se mantuvo firme y adoptó la estatura de un verdadero soldado y –por primera vez en su vida- dictó una orden militar legítima, adecuada y precisa:

-Proceda.

Al día siguiente, una proclama decía “que Dios, Nuestro Señor, se apiade de su alma”.

22 de agosto de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (VIII): El hombre de palabra

Se sabe: los mexicanos son hombres de palabra.

La anécdota se publicó por primera vez en un diario de Paris en 1917. La relató como verdadera José García, jefe del ejército federal que sería más tarde –él también- fusilado en Querétaro. No sé si ustedes creerán en su veracidad, pero yo sí.

Los hechos sucedieron después de una batalla importante –pongámosle Torreón, Zacatecas, alguna de ésas-; los nombres de los protagonistas se han perdido. Terminada la batalla, una partida villista capturó a un jefe constitucionalista y –como es natural en estos casos- se dispuso a fusilarlo.

Cuando llevaron al reo ante el jefe vencedor, éste advirtió que se trataba de un viejo amigo y compadre. No podía dejarlo libre así porque sí, pero decidió de inmediato salvarle la vida.

-Compadre –le dijo-, usté sabe que mis órdenes son estrictas. Lo tengo que afusilar.

-No se preocupe -contestó el reo-, yo hubiese hecho lo mismo con usté.

- Bueno, mire, ahorita mismo tengo la tropa cansada. Le concedo un día. Vaya hasta el pueblo y dése la gran vida. Vuelva mañana puntual a las nueve.

-Le doy mi palabra –dijo el prisionero y se alejó caminando sin ninguna custodia.

Un día era una ventaja suficiente para alejarse de la zona, para huir hacia el norte, para llegar al río Bravo. Al día siguiente, a las nueve, el jefe vencedor hizo formar al pelotón; pero el reo no venía. A las nueve y media, seguía sin aparecer y los soldados continuaban formados, rígidos. A las diez empezaron a cansarse. Sin abandonar su posición firme, se balanceaban apoyándose en un pie y luego en otro. A las diez y media, el prisionero apareció. Los mexicanos son hombres de palabra, pero carecen del más mínimo sentido de la puntualidad.

-Lo estábamos esperando para empezar. Si me hace el favor de pararse junto a aquel árbol...

-Cómo no, compadre –contestó el reo, pero primero le dio la mano a cada uno de los soldados del pelotón.

Doce disparos le impactaron en el pecho y rodó sin inmutarse.

ElQuique

3 de agosto de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (VII): Mata Hari

Mi madre, gloriosa bayadera del templo de Kanda Swany, murió a los catorce años, el día de mi nacimiento. Los sacerdotes me adoptaron y me pusieron Mata-Hari, que quiere decir `pupila de la aurora’.” Así se presentaba en los teatros, pero en realidad se llamaba Margaretha Geertruida Zelle y era holandesa.

Comenzó su carrera de seductora muy temprano. A los 15 años había enamorado al director de su escuela hasta el ridículo. El hombre, a quien es lícito –y acaso inevitable- imaginarlo con panza y pelada, se arrastraba suplicando sus favores y recitaba en su honor los poemas más cursis que jamás se hayan escrito.

Decía que le gustaban los militares, que prefería acostarse con cualquier cabo antes que con el dueño de un banco, pero en la práctica no hacía tantas distinciones. Se casó a los dieciocho con un coronel del ejército holandés veinte años mayor que había publicado un aviso clasificado buscando novia y que la llevó a vivir a Indonesia. El matrimonio duró poco.

Un buen día llegó a Paris e hizo circular el rumor de que había llegado una princesa hindú. Así comenzó su carrera de bailarina, aunque dicen que bailaba mal, que su verdadero talento era la forma que tenía de desvestirse lentamente. Algo que algunos años después se llamaría streep-tease.

El baile y los espectáculos le dieron fama, pero no mucho dinero. Mata Hari encontró entonces lo que todos deseamos: ganar dinero haciendo lo que nos gusta. Algunos pagaban mucho; otros, no tanto. Por su cama pasaban políticos, empresarios, banqueros, artistas, intelectuales y algunas mujeres. Pero la perdían los soldados.

El inicio de la Gran Guerra la encontró en Berlín, pero ella siguió viajando por toda Europa. Un general prusiano, de los que pagaban bien, la contrató como espía. Un mariscal francés le propuso, entre las sábanas, el mismo trato. Mata Hari fue desde entonces doble agente, pero todos dicen que era mucho mejor puta que espía. Estaba enamorada de un sargento ruso, veinte años menor, prisionero.

La descubrieron en Paris y la condenaron a muerte. Las pruebas eran pocas o ninguna. Probablemente hayan querido castigar su vida disipada y alegre en un momento en que los franceses morían en cantidades en las trincheras.

Se presentó ante el pelotón con un tapado de piel y rehusó la venda. Cuando los rifles se levantaron y apuntaron, cuando el capitán alzó su espada para marcar el momento de la descarga, Mata Hari hizo lo que mejor sabía hacer: lentamente descubrió sus hombros y, poco a poco, fue dejando caer el tapado hasta mostrar su magnífica desnudez de hembra caliente. Para que los soldados disparasen, hubo que vendarles los ojos.

ElQuique