21 de agosto de 2011

Formación política para niños


Mi hija Juana (dos años y medio) canta la marcha peronista y buena parte del cancionero de La Cámpora mejor que Boudu. Cuando ve a la presidenta en la tele, grita “¡Kistina!” y me explica, cuando vuelve del jardín, que las nenas que no prestan los juguetes son “goilas” igual que las que se sacan el cinturón de seguridad en el auto. Mi hija Juana –como Felipe Busteros, Julieta Ferreira y muchos otros niños peronistas- tiene una madurez política que ya quisiéramos ver en muchos adultos.

Mis amigos progresistas y biempensantes creen ver en ello una sutil influencia paterna y me critican. Me explican, benevolentes, que a los niños no se les debe imponer ningún credo religioso ni político, sino que hay que dejarlos crecer libres de toda influencia y mandato para que ellos –a su tiempo- elijan libremente y sin presiones.

Los mismos amigos que así me reconvienen les comprar a sus hijos la camiseta de Estudiantes al nacer o los hacen socios de Gimnasia al minuto; así que yo los escucho con mi mejor cara, pero no les hago caso.

Yo creo, en cambio, que a los hijos hay que darles mandatos claros. Ellos verán si los siguen o si se rebelan. Yo sé que, cuando le enseño la marchita, mi hija escucha “yo quiero que seas peronista”, pero esa es una instrucción que se puede cumplir o se puede infringir. En cambio, los mandatos construidos del modo “yo quiero que vos elijas lo que quieras” son de imposible cumplimiento pero también de imposible infracción.

También me reconvinieron mis propios padres, quienes evidentemente olvidaron las enseñanzas que me impartieron de niño. Para refrescarles la memoria, aquí van dos pequeñas anécdotas sacadas de mis recuerdos infantiles más tempranos:

Mi primera lección política la recibí de mi madre. Yo debía tener cuatro o cinco años y jugaba a los astronautas en el patio de tierra de nuestra casa en Oberá. La televisión no era en ese entonces lo que es ahora (había solamente dos canales –uno de ellos paraguayo- y ambos empezaban a las cinco de la tarde), pero ya entonces contaminaban sutilmente las mentes de los niños. Fue sin duda esa perniciosa influencia la que hizo que –además de armar unos pequeños bultos que hacían de astronautas- yo hubiera dibujado unas torpes pero inconfundibles banderas norteamericanas para mi juego de conquistar la luna.

Cuando mi madre las vio, se acercó a decirme algo. No recuerdo ni una sola palabra de su discurso cariñoso, pero, desde entonces, las banderas norteamericanas (y las inglesas también, claro) me producen una repulsión indescriptible. La sola combinación de los colores azul y rojo (que me perdonen los hermanos chilenos y cubanos y también los hinchas de San Lorenzo) me parecen una abominación y me producen una suerte de horror sagrado como si escuchara en un murmullo el nombre secreto de la Bestia.

La segunda lección la recibí de mi padre muy poco tiempo después. Yo empezaba a preguntar y pregunté algo sobre la política. Mi padre entonces me lo explicó claramente. Me dijo que existían cuatro grupos. Estaban los militares (era una época extraña en la que existía un partido militar que gobernaba bastante seguido) que mataban gente y que querían que los pobres siguieran siendo pobres; estaban los comunistas (era una época extraña en la que existía algo que se llamaba bloque soviético) que querían que los pobres dejaran de ser pobres, pero que no dejaban que la gente vote y a veces también mataban; los radicales, en cambio, no mataban a nadie y dejaban votar –me dijo- pero no les preocupaba que los pobres sigan siendo pobres; por último, estaban también los peronistas que dejaban que la gente vote sin problemas y que trabajaban en paz para que de a poco los pobres dejen de ser pobres.

Ese día tomé mi primera decisión política. Me costó un poco, pero razoné finalmente que lo mejor era ser peronista. Después vinieron los años y la experiencia y los desvaríos (algunas veces políticos) de la adolescencia. Alguna vez me he rebelado contra esos mandatos, pero hoy los conservo como a los mejores recuerdos.

Por eso, en el día del niño, quisiera mandar un saludo grande a Silvia, a Queque, a Julián, a Ernesto y a todos los padres peronistas neurotizantes.

Y a los niños. Los únicos privilegiados.

1 comentarios:

Juan dijo...

El problema es que la enseñanza de tu padre estaba totalmente sesgada, y no era para nada objetiva.

Si a los peronistas que están en el gobierno realmente les importara que los pobres dejen de ser pobres, no habría punteros políticos que los lleven a los actos a cambio de bolsas de comida.

No soy radical, pero conozco a muchos radicales, y sí se interesan por la pobreza.

Finalmente, con frases como esta:

"Yo sé que, cuando le enseño la marchita, mi hija escucha “yo quiero que seas peronista”, pero esa es una instrucción que se puede cumplir o se puede infringir. "

me recordás a cuando un cura habla de que "hacía el amor" con un nene de 8 años. Realmente espero que este tipo de cosas sean caratuladas como abuso psicológico y adoctrinamiento infantil.