25 de abril de 2015

Modos ejemplares de ser fusilado (XIV): Benjamín Argumedo

Todos los mexicanos son valientes. Benjamín Argumedo era mexicano y valiente, lo que –para no incurrir en un pleonasmo- quiere decir que era extraordinariamente valiente. Era sastre en una hacienda ubicada en el estado de Cohauila cuando comenzó la revolución y debió cambiar la aguja por el máuser.

A fuerza de coraje y liderazgo fue haciéndose un lugar entre héroes y bandidos y llegó a dirigir una de las fuerzas de caballería más eficaces de la revolución, que sólo se comparaba con la caballería villista comandada por Urbina. La rivalidad entre ambos era famosa.

Tomás Urbina decía
al general Argumedo:
--Pa' mí el amigo más fiel
es mi caballo Lucero.

Se le imputan los hechos más extraordinarios. Algunos, de una valentía honorable y romántica. Otros, de la más infame crueldad inmisericorde. Se dice que ordenó la matanza de trescientos chinos en la ciudad de Torreón en mil novecientos once.

Le decían “el Tigre de la Laguna” y a sus hombres los llamaban “los colorados” porque usaban un pañuelo de ese curioso color. También le decían “el resellado” por las innumerables veces que había cambiado de bando.

Argumedo había combatido para Madero, para Orozco, para Zapata; pero también para Huerta, el golpista contrarrevolucionario. Muchos no le perdonan que haya apoyado a Huerta, pero ¿quién estará libre de pecado como para tirar la primera piedra? Cuando le tocó el turno de morir, combatía contra Carranza.

Se decía que era el más valiente de los jefes revolucionarios, que ignoraba qué cosa era el miedo. Un corrido lo pone en boca de Pancho Villa:

Gritaba Francisco Villa:
--¿Dónde te hallas, Argumedo?
¡Ven y párate adelante,
tú que nunca tienes miedo!

En mil novecientos dieciséis, enfermo y en retirada, fue aprehendido por las fuerzas constitucionalistas del general Murguía. Lo llevaron a la cárcel de Durango. Sus captores no querían fusilarlo y mandaron a pedir el indulto, pero las órdenes de Carranza fueron implacables. Luego de un juicio más bien simbólico, fue condenado a ser muerto por fusilamiento.

Murguía –quizás presintiendo que él también sería fusilado allí mismo, en Durango, unos años más tarde- estaba particularmente solícito con el reo y se ofreció a cumplir con su última voluntad. Benjamín Argumedo meditó entonces un segundo y, sereno y sin dudar, pidió ejercer el más importante y elemental de los derechos de un fusilando:

 -Quiero que usted me fusile en público.

Carranza había enviado dos órdenes: que lo fusilen y que lo hagan sin público. Murguía intentó convencer a Argumedo de que elija otra cosa. Le ofreció licor, un confesor, dinero, tabaco, una mujer, papel y lápiz; pero Argumedo mantuvo su pedido. Finalmente (según cuenta un famoso corrido) debió confesarle:

¡Válgame Dios, Benjamín!
Yo no le hago ese favor
pues todo lo que yo hago
es por orden superior

Le hicieron cavar su tumba y lo mataron en el patio de la penitenciaría de Durango el primer día de marzo de mil novecientos dieciséis. Sin testigos.

ElQuique.

La Plata, 24 de abril de 2015.