24 de mayo de 2015

Modos ejemplares de ser fusilado (XV): Pradito

A pesar del diminutivo, Pradito no era un hombre menor en ninguno de los sentidos de la palabra. Se llamaba Leoncio Prado Gutiérrez y el apodo –Pradito- se lo puso su primer jefe militar, el capitán Manuel Villar, para diferenciarlo de su padre, Mariano Ignacio Prado, a quien de tanto en tanto le daba por ejercer la presidencia de la república. A juzgar por la conducta que ambos tendrían más tarde en la guerra del pacífico, el diminutivo le debió corresponder más bien al padre.

Era una época en que no existía nada parecido a la adolescencia. A los nueve años, Pradito revistaba en la Marina de Guerra del Perú y a los doce, combatió en la batalla del Callao durante esa extraña contienda que enfrentó a España con Chile, Perú, Ecuador y Bolivia por el honor y el dominio de los excrementos de las gaviotas. La destacada actuación en esa batalla le valió a Pradito el reconocimiento de sus jefes, pero también la amistad y el respeto de los militares chilenos que combatieron a su lado. Era el año mil ochocientos sesenta y seis.

Cuando terminó la guerra volvió a la escuela, pero no duró mucho. En la primera (y única) escuela laica del Perú –que curiosamente se llamaba “Nuestra Señora de Guadalupe”- Pradito lideró una revuelta de estudiantes y fue expulsado. Su padre lo castigó enviándolo a una misión exploratoria por el Amazonas en donde se perdió y casi se muere.

En mil ochocientos setenta y cuatro se alistó como voluntario en el ejército que pretendía liberar a Cuba y, luego de algunos combates como soldado regular, pidió y obtuvo una patente de corso. En República Dominicana simuló ser un pasajero en viaje hacia Cuba y, literalmente, se robó el barco que lo transportaba. Era un vapor español con dos cañones y sesenta tripulantes llamado “Moctezuma”, que Pradito rebautizó “Céspedes”. Luego de algunas escaramuzas en el Caribe, debió hundirlo –para no rendirse- frente a las costas de Guatemala.

Luego de ese incidente, Pradito razonó extrañamente que para liberar a Cuba convenía empezar por las Filipinas y allí se dirigió con un grupo de patriotas, pero el barco que los llevaba naufragó en las costas de China y la empresa se frustró. Fue entonces cuando estalló la guerra del Pacífico y Pradito debió volver a su puesto en la Marina de Guerra del Perú y se destacó como jefe de un cuerpo de torpederas en la isla del Alacrán. Poco después –ante la arrolladora ofensiva chilena- lo destinaron a organizar un cuerpo de ejército encargado de la guerra de guerrillas.

El veintiuno de julio de mil ochocientos ochenta, en Tarata, fue tomado prisionero y remitido a Chile. Iban a fusilarlo (los chilenos no reconocían a los guerrilleros como combatientes regulares), pero le conmutaron la pena capital por la de prisión en atención a su actuación en la guerra contra España, en que Chile y Perú habían sido aliados.

Casi dos años duró su prisión en Chile, al cabo de los cuales lo soltaron. La guerra estaba ya prácticamente terminada (Lima ya había sido ocupada) y no valía la pena mantener a esos peruanos prisioneros. Le hicieron jurar –eso sí- que no iba a volver a tomar las armas contra Chile. Pradito juró muy solemnemente invocando a Dios como testigo e infringió la promesa de inmediato.
                                           
Regresó al Perú del que su padre –casualmente el presidente de la república- acababa de huir llevándose el tesoro. De inmediato marchó a la sierra a unirse a la guerrilla. En la batalla de Huamachuco –mientras cubría la retirada desordenada de las pobres tropas peruanas- una granada le astilló la pierna. Sus compañeros no podían cargarlo y tuvieron que dejarlo escondido en una cueva. Allí lo encontraron los soldados chilenos.

Recostado en una camilla en el campamento chileno, le informaron que iba a ser fusilado por faltar a su promesa de no volver a empuñar las armas contra Chile. Pradito respondió que cualquier patriota hubiese roto ese juramento absurdo. Pidió una taza de café y papel para escribirle a su padre:

Huamachuco, julio 15 de 1883. Señor Mariano Ignacio Prado. Colombia. Queridísimo padre: Estoy herido y prisionero. Hoy a las .... (¿qué hora es? preguntó. Las ocho y veinticinco, le respondieron) a las 8:30 debo ser fusilado por el delito de haber defendido a mi patria. Lo saluda su hijo que no lo olvida. Leoncio Prado.

Entraron a la habitación dos tiradores, pero Pradito pidió que viniesen dos más. Les dio instrucciones muy claras:

- Ustedes dos, me tiran al corazón; ustedes dos, a la cabeza. Disparan cuando dé el tercer golpe de la cucharita en la taza. ¿Está claro?

-Sí, mi coronel –respondieron los chilenos.

Pradito terminó el café sin apuro y golpeó tres veces la taza. Aún no había cumplido los treinta años.

ElQuique.
La Plata, 24 de mayo de 2015.