“Moralito, Moralito se creía Que quizás él a mí me iba a ganar Y cuándo me oyó tocar Le cayó la gota fría” Emiliano Zuleta - “La gota fría” Enemistades El amor y el odio son sentimientos explosivos, que pueden menguar mucho –e incluso desaparecer- luego de una trompada o un revolcón. La amistad y la enemistad de los hombres pueden (y deben) prescindir de esas efusiones. A cambio, suelen ser más duraderas. La enemistad profunda y permanente entre dos personas puede no diferir demasiado de la amistad prolongada. El ejercicio de ambas requiere la perpetua repetición de rituales comunes y la existencia de un código compartido. En ambos casos sus protagonistas comparten mucho entre sí. Borges recordaba la historia de dos teólogos que dedican su vida a refutarse mutuamente y que, al morir, descubren que a los ojos de Dios ellos son una sola persona. Algo así sucede con la historia de Lorenzo Morales y Emiliano Zuleta. Se nos dice que luego de muchísimos años de ejerce...
A pesar del diminutivo, Pradito no era un hombre menor en ninguno de los sentidos de la palabra. Se llamaba Leoncio Prado Gutiérrez y el apodo –Pradito- se lo puso su primer jefe militar, el capitán Manuel Villar, para diferenciarlo de su padre, Mariano Ignacio Prado, a quien de tanto en tanto le daba por ejercer la presidencia de la república. A juzgar por la conducta que ambos tendrían más tarde en la guerra del pacífico, el diminutivo le debió corresponder más bien al padre. Era una época en que no existía nada parecido a la adolescencia. A los nueve años, Pradito revistaba en la Marina de Guerra del Perú y a los doce, combatió en la batalla del Callao durante esa extraña contienda que enfrentó a España con Chile, Perú, Ecuador y Bolivia por el honor y el dominio de los excrementos de las gaviotas. La destacada actuación en esa batalla le valió a Pradito el reconocimiento de sus jefes, pero también la amistad y el respeto de los militares chilenos que combatieron a su lado. Era...
Un fusilamiento por error, que hay muchos. Los hechos sucedieron durante la revolución nacionalista de 1874, cuando Mitre y Arredondo se levantaron contra Sarmiento. Un coronel tucumano, Julio Argentino Roca, comandaba la represión contra Arredondo, en Cuyo. Lo iba siguiendo despacito, sin atacarlo, para agotarle las fuerzas. El depuesto gobernador de Mendoza se estaba reorganizando y necesitaba enviarle un mensaje a ese joven coronel. Eligió para ello al más confiable de sus hombres –el gaucho Cabituna- dueño del mejor caballo que jamás había galopado por Mendoza. Un colorado hermoso. -Vaya con cuidado, Cabituna –le dijo-. Evite los caminos y no pare. Hay espías de Arredondo en todas partes. Confíe solo en las patas de su caballo. -Descuide. El potro nunca me falló. Cabituna dobló con cuidado el pequeño papel que le entregó el gobernador y lo escondió en la herradura del caballo. Cabalgó veinte horas seguidas esquivando los caminos, sin comer y sin dormir; pero p...
Comentarios