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Crónicas Misioneras (cuarta entrega)

Frontera seca. Desde Eldorado, y después de cien kilómetros de subidas y bajadas en medio del monte, llego a Bernardo de Irigoyen, extremo oriental de la República Argentina. Las paredes están repletas de consignas nacionalistas; algunas muy directas (“Aquí comienza la patria”) y otras más sutiles y eficaces (“Bienvenidos a donde nace el sol”), pero nadie habla totalmente en castellano ni en portugués. En la única estación de servicio del pueblo hay cinco cuadras de autos brasileños que esperan para cargar nafta argentina. Me habían dicho antes de salir que no valía la pena, que no vaya, que no hay nada para ver en Bernardo de Irigoyen; pero yo quería conocer la frontera seca, ese extraño lugar en donde las patrias se tocan sin un río, una montaña o un desierto que las separe. Por eso lo primero que hago es buscar la frontera. Bajando por la calle principal veo el puesto de la gendarmería. Una mujer gendarme me pide los documentos, me hace bajar del auto y anota cosas en una computador...

La tierra sin mal

La pequeña emancipación del chamamé. Unos días antes de navidad salí a comprar algunos regalos y –contra todos mis principios- terminé en musimundo; enorme cadena comercial que vende libros, discos y otras cosas; en donde siempre tratan al cliente como a un ladrón en potencia o en acto (“a ver señor, me muestra la bolsita”) y cuyo único mérito es estar abierta hasta las diez y media de la noche, cuando ya todo cerró. En musimundo descubrí una verdad chiquita y bastante inútil, pero verdad al fin: el chamamé se ha independizado del folklore. Es una independencia –claro- que se reduce por ahora a los criterios clasificatorios de musimundo, pero que se va extendiendo. Pero –pequeña, incipiente- la emancipación aparece muy clara. Hay una marquesina que dice “folklore”, otra que dice “tango” (la independencia del tango es tan rotunda y definitiva que a nadie sorprende; por el contrario, sorprendería que alguien lo considere lo que es: una música folklórica) y, por fin, una tercera que dice ...

Crónicas Misioneras (tercer entrega ilustrada)

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Primeros desengaños. En Oberá hubo un cine. Creo que se llamaba “Gran Rex” pero no estoy seguro. Ahora no hay, desde que se inventó el videocable y la videocasetera. Yo era muy chico y me dormía en las películas o no las entendía, pero mi padre me llevaba igual y a mí me gustaba ir. Me acuerdo especialmente de una película de piratas. Yo tendría algo así como seis años cuando mi padre me llevó a ver esa película de piratas. Íbamos solos, sin la molesta y femenina compañía de mis hermanas y mi madre; y a mí me parecía que ir al cine era cosa de hombres, algo que las mujeres no podían comprender. En la película, unos piratas muy malvados capturaban a unos niños en una isla y los sometían a toda clase de torturas (todavía recuerdo con fascinante espanto que a uno de los niños lo mantenían despierto separándole los párpados con escarbadientes). A lo lejos, en el mar, una fragata norteamericana no se enteraba de lo que sucedía en la isla. Contra mi voluntad, me puse a llorar en forma irreme...

Crónicas Misioneras (segunda entrega)

Una de polacos. En Misiones se discrimina a los polacos y –por extensión y semejanza- a los que son demasiado blancos. Me dicen que este desprecio viene importado de Europa pero, como nunca estuve allí, no estoy seguro. La cosa es –con todo- bastante inofensiva y no ha traído nunca persecuciones ni censura ni expoliaciones ni latrocinios ni deportaciones. Lo cierto es que en Misiones la expresión “polaco” equivale exactamente a la expresión porteña “negro” y connota las mismas cosas. Se sabe que el “negro” porteño vive en las villas y por eso se lo suele llamar despreciativamente “negro villero”. El “polaco” misionero vive en las chacras y por eso es común que se lo llame “polaco chacra”. Todo esto parece confirmar que la discriminación en la Argentina –ya sea de negros o de polacos- no tiene tanto que ver con la etnia o el origen nacional, sino más bien con la condición social: los negros villeros y los polacos chacras son pobres; pero dejemos esas teorías para los que saben. Mientras...

Crónicas Misioneras. Primera Entrega.

El precio de la guaina. Llegando al Salto Chávez, un hombre con la camisa desprendida, el pelo rubio enrulado y la piel colorada, me hace frenar. Me explica que la municipalidad está tratando de construir algo que genéricamente denomina balneario y que, por eso, ahora se cobra entrada. El hombre dice todo esto en tono de disculpa y con algo de pudor. Pregunto cuánto es. Me contesta: “dos pesos por el auto” y enseguida agrega: “y cincuenta centavos por la guaina”. Dos por el auto y medio por la guaina, y ¿cuánto tengo que pagar por mí mismo?, pregunto. “No, no –me aclara enseguida- el hombre viene con el auto; la guaina paga aparte, cincuenta centavos”. Le entrego al hombre los dos pesos con cincuenta y pienso -mientras me sumerjo en el hondo piletón que forma el salto- en un sitio raro y hermoso, en donde los hombres son como centauros, mitad hombres mitad autos y las mujeres sólo cuestan cincuenta centavos. La variedad de la experiencia religiosa. En Misiones hay miles y miles de igle...