24 de mayo de 2015

Modos ejemplares de ser fusilado (XV): Pradito

A pesar del diminutivo, Pradito no era un hombre menor en ninguno de los sentidos de la palabra. Se llamaba Leoncio Prado Gutiérrez y el apodo –Pradito- se lo puso su primer jefe militar, el capitán Manuel Villar, para diferenciarlo de su padre, Mariano Ignacio Prado, a quien de tanto en tanto le daba por ejercer la presidencia de la república. A juzgar por la conducta que ambos tendrían más tarde en la guerra del pacífico, el diminutivo le debió corresponder más bien al padre.

Era una época en que no existía nada parecido a la adolescencia. A los nueve años, Pradito revistaba en la Marina de Guerra del Perú y a los doce, combatió en la batalla del Callao durante esa extraña contienda que enfrentó a España con Chile, Perú, Ecuador y Bolivia por el honor y el dominio de los excrementos de las gaviotas. La destacada actuación en esa batalla le valió a Pradito el reconocimiento de sus jefes, pero también la amistad y el respeto de los militares chilenos que combatieron a su lado. Era el año mil ochocientos sesenta y seis.

Cuando terminó la guerra volvió a la escuela, pero no duró mucho. En la primera (y única) escuela laica del Perú –que curiosamente se llamaba “Nuestra Señora de Guadalupe”- Pradito lideró una revuelta de estudiantes y fue expulsado. Su padre lo castigó enviándolo a una misión exploratoria por el Amazonas en donde se perdió y casi se muere.

En mil ochocientos setenta y cuatro se alistó como voluntario en el ejército que pretendía liberar a Cuba y, luego de algunos combates como soldado regular, pidió y obtuvo una patente de corso. En República Dominicana simuló ser un pasajero en viaje hacia Cuba y, literalmente, se robó el barco que lo transportaba. Era un vapor español con dos cañones y sesenta tripulantes llamado “Moctezuma”, que Pradito rebautizó “Céspedes”. Luego de algunas escaramuzas en el Caribe, debió hundirlo –para no rendirse- frente a las costas de Guatemala.

Luego de ese incidente, Pradito razonó extrañamente que para liberar a Cuba convenía empezar por las Filipinas y allí se dirigió con un grupo de patriotas, pero el barco que los llevaba naufragó en las costas de China y la empresa se frustró. Fue entonces cuando estalló la guerra del Pacífico y Pradito debió volver a su puesto en la Marina de Guerra del Perú y se destacó como jefe de un cuerpo de torpederas en la isla del Alacrán. Poco después –ante la arrolladora ofensiva chilena- lo destinaron a organizar un cuerpo de ejército encargado de la guerra de guerrillas.

El veintiuno de julio de mil ochocientos ochenta, en Tarata, fue tomado prisionero y remitido a Chile. Iban a fusilarlo (los chilenos no reconocían a los guerrilleros como combatientes regulares), pero le conmutaron la pena capital por la de prisión en atención a su actuación en la guerra contra España, en que Chile y Perú habían sido aliados.

Casi dos años duró su prisión en Chile, al cabo de los cuales lo soltaron. La guerra estaba ya prácticamente terminada (Lima ya había sido ocupada) y no valía la pena mantener a esos peruanos prisioneros. Le hicieron jurar –eso sí- que no iba a volver a tomar las armas contra Chile. Pradito juró muy solemnemente invocando a Dios como testigo e infringió la promesa de inmediato.
                                           
Regresó al Perú del que su padre –casualmente el presidente de la república- acababa de huir llevándose el tesoro. De inmediato marchó a la sierra a unirse a la guerrilla. En la batalla de Huamachuco –mientras cubría la retirada desordenada de las pobres tropas peruanas- una granada le astilló la pierna. Sus compañeros no podían cargarlo y tuvieron que dejarlo escondido en una cueva. Allí lo encontraron los soldados chilenos.

Recostado en una camilla en el campamento chileno, le informaron que iba a ser fusilado por faltar a su promesa de no volver a empuñar las armas contra Chile. Pradito respondió que cualquier patriota hubiese roto ese juramento absurdo. Pidió una taza de café y papel para escribirle a su padre:

Huamachuco, julio 15 de 1883. Señor Mariano Ignacio Prado. Colombia. Queridísimo padre: Estoy herido y prisionero. Hoy a las .... (¿qué hora es? preguntó. Las ocho y veinticinco, le respondieron) a las 8:30 debo ser fusilado por el delito de haber defendido a mi patria. Lo saluda su hijo que no lo olvida. Leoncio Prado.

Entraron a la habitación dos tiradores, pero Pradito pidió que viniesen dos más. Les dio instrucciones muy claras:

- Ustedes dos, me tiran al corazón; ustedes dos, a la cabeza. Disparan cuando dé el tercer golpe de la cucharita en la taza. ¿Está claro?

-Sí, mi coronel –respondieron los chilenos.

Pradito terminó el café sin apuro y golpeó tres veces la taza. Aún no había cumplido los treinta años.

ElQuique.
La Plata, 24 de mayo de 2015.

25 de abril de 2015

Modos ejemplares de ser fusilado (XIV): Benjamín Argumedo

Todos los mexicanos son valientes. Benjamín Argumedo era mexicano y valiente, lo que –para no incurrir en un pleonasmo- quiere decir que era extraordinariamente valiente. Era sastre en una hacienda ubicada en el estado de Cohauila cuando comenzó la revolución y debió cambiar la aguja por el máuser.

A fuerza de coraje y liderazgo fue haciéndose un lugar entre héroes y bandidos y llegó a dirigir una de las fuerzas de caballería más eficaces de la revolución, que sólo se comparaba con la caballería villista comandada por Urbina. La rivalidad entre ambos era famosa.

Tomás Urbina decía
al general Argumedo:
--Pa' mí el amigo más fiel
es mi caballo Lucero.

Se le imputan los hechos más extraordinarios. Algunos, de una valentía honorable y romántica. Otros, de la más infame crueldad inmisericorde. Se dice que ordenó la matanza de trescientos chinos en la ciudad de Torreón en mil novecientos once.

Le decían “el Tigre de la Laguna” y a sus hombres los llamaban “los colorados” porque usaban un pañuelo de ese curioso color. También le decían “el resellado” por las innumerables veces que había cambiado de bando.

Argumedo había combatido para Madero, para Orozco, para Zapata; pero también para Huerta, el golpista contrarrevolucionario. Muchos no le perdonan que haya apoyado a Huerta, pero ¿quién estará libre de pecado como para tirar la primera piedra? Cuando le tocó el turno de morir, combatía contra Carranza.

Se decía que era el más valiente de los jefes revolucionarios, que ignoraba qué cosa era el miedo. Un corrido lo pone en boca de Pancho Villa:

Gritaba Francisco Villa:
--¿Dónde te hallas, Argumedo?
¡Ven y párate adelante,
tú que nunca tienes miedo!

En mil novecientos dieciséis, enfermo y en retirada, fue aprehendido por las fuerzas constitucionalistas del general Murguía. Lo llevaron a la cárcel de Durango. Sus captores no querían fusilarlo y mandaron a pedir el indulto, pero las órdenes de Carranza fueron implacables. Luego de un juicio más bien simbólico, fue condenado a ser muerto por fusilamiento.

Murguía –quizás presintiendo que él también sería fusilado allí mismo, en Durango, unos años más tarde- estaba particularmente solícito con el reo y se ofreció a cumplir con su última voluntad. Benjamín Argumedo meditó entonces un segundo y, sereno y sin dudar, pidió ejercer el más importante y elemental de los derechos de un fusilando:

 -Quiero que usted me fusile en público.

Carranza había enviado dos órdenes: que lo fusilen y que lo hagan sin público. Murguía intentó convencer a Argumedo de que elija otra cosa. Le ofreció licor, un confesor, dinero, tabaco, una mujer, papel y lápiz; pero Argumedo mantuvo su pedido. Finalmente (según cuenta un famoso corrido) debió confesarle:

¡Válgame Dios, Benjamín!
Yo no le hago ese favor
pues todo lo que yo hago
es por orden superior

Le hicieron cavar su tumba y lo mataron en el patio de la penitenciaría de Durango el primer día de marzo de mil novecientos dieciséis. Sin testigos.

ElQuique.

La Plata, 24 de abril de 2015.

19 de agosto de 2012

Modos ejemplares de ser fusilado (XIII): el gaucho Cabituna


Un fusilamiento por error, que hay muchos.

Los hechos sucedieron durante la revolución nacionalista de 1874, cuando Mitre y Arredondo se levantaron contra Sarmiento. Un coronel tucumano, Julio Argentino Roca, comandaba la represión contra Arredondo, en Cuyo. Lo iba siguiendo despacito, sin atacarlo, para agotarle las fuerzas.

El depuesto gobernador de Mendoza se estaba reorganizando y necesitaba enviarle un mensaje a ese joven coronel. Eligió para ello al más confiable de sus hombres –el gaucho Cabituna- dueño del mejor caballo que jamás había galopado por Mendoza. Un colorado hermoso.

-Vaya con cuidado, Cabituna –le dijo-. Evite los caminos y no pare. Hay espías de Arredondo en todas partes. Confíe solo en las patas de su caballo.

-Descuide. El potro nunca me falló.

Cabituna dobló con cuidado el pequeño papel que le entregó el gobernador y lo escondió en la herradura del caballo. Cabalgó veinte horas seguidas esquivando los caminos, sin comer y sin dormir; pero paraba cada tanto unos minutos para que el animal no se canse.

-Tranquilo, Colorado, ya casi llegamos –le decía con dulzura en las orejas.

Ya muy cerca del campamento de Roca, se apeó por primera vez junto a un arroyo y se lavó la cara, para estar presentable. Cuando llegó por fin ante el jefe de las tropas leales, apenas saludó y le extendió el papelito. Cabituna era hombre de pocas palabras.

El coronel Roca leyó el mensaje con detenimiento y gesto de preocupación. Miraba de reojo al mensajero. Junto a él, tres señorones mendocinos vestidos de civil murmuraban:

-No se confíe, coronel. Mírele la pinta al chasque. Fresquito y con la cara limpia. ¿Y dice que cabalgó veinte horas? No hay que creerle.

-Fíjese en el caballo, coronel. Ni cansado parece.

-Yo lo tengo visto al gaucho, coronel. Es un espía de Arredondo, seguro.

Roca los escuchaba mientras miraba a Cabituna con detenimiento. De reojo, semblanteaba también al caballo. Por fin, dijo algo:

-Yo creo que ese caballo tan bien entrazado no pudo haber cabalgado veinte horas. Yo creo que usted es un gaucho mentiroso. Yo creo que lo mandó Arredondo para espiarme y lo voy a fusilar. Diga algo en su defensa.

Cabituna era hombre de pocas palabras y mucha dignidad. Solamente dijo:

-Si me fusila, mata a un inocente.

En el lugar se encontraba también el teniente Ignacio Fotheringham, que hizo una sugerencia sensata:

-Matemos al caballo para ver si en las últimas horas ha comido.

A Cabituna se le hizo un nudo en la garganta. Hablaban del Colorado, el caballo que era su orgullo y su mejor compañero. Sintió lo mismo que si amenazaran a su mujer o a sus hijos.

-El animal es inocente, señor –dijo.

Roca ya no dudó. Apenas se dio vuelta para mirar a uno de los soldados de su custodia y, señalando al mensajero, dijo:

-Péguenle cuatro tiros.



ElQuique.

9 de marzo de 2012

Modos ejemplares de ser fusilado (XII): Sargento Músico Luciano Isaías Rojas.

Hay una frase ingeniosa que dice que la inteligencia militar es a la inteligencia, lo que la música militar es a la música, y que postula, en ambos casos, la existencia de un oxímoron. Yo sé, en cambio, que la vocación militar y la artística no son forzosamente incompatibles.

Luciano Isaías Rojas había abrazado ambas vocaciones. Era sargento músico en la banda del Regimiento 2 de Infantería, pero también supo alguna vez empuñar el fusil y demostrar su estatura de soldado. Un último gesto antes de morir lo revela de una sensibilidad humana extraordinaria.

El 9 de junio de 1956, un grupo de militares patriotas liderados por el general Juan José Valle se alzó en armas contra la dictadura de Aramburu. La proclama de los sublevados –probablemente escrita por Marechal- no dejaba dudas sobre sus intenciones políticas: democracia sin proscripciones y vigencia irrestricta de la Constitución Nacional. El movimiento insurreccional tenía su epicentro en La Plata, pero se extendía también a Campo de Mayo y Palermo. Eran notoriamente peronistas.

La insurrección fue aplastada a sangre y fuego y sus protagonistas fueron fusilados poco después. Entre ellos, el sargento músico Luciano Isaías Rojas.

La historia detallada de su muerte no la cuentan Rodolfo Walsh ni Horacio Gonzáles ni ningún peronista incorregible; sino Jorge Luis Borges, un rabioso antiperonista que festejó los fusilamientos. Por eso, no dudo de que es estrictamente cierta.

En su diario personal repleto de chismes y habladurías (impiadosamente editado en mil setecientas páginas por Ediciones Destino), Bioy Casares cuenta que Borges le cuenta la historia. A Borges, a su vez, se la contó uno de los protagonistas, uno que empuñaba un fusil tembloroso.

Ese anónimo confidente de Borges era conscripto en el 2 de infantería y una noche nublada lo subieron a un camión y lo llevaron a la vieja Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras. En el patio vio, formados en línea, a nueve jefes de su regimiento. Llevaban uniforme de fajina y tenían las manos atadas.

Un capitán los hizo formar frente a los prisioneros en dos filas; los de adelante, con una pierna arrodillada; los de atrás, de pie. Eran cuarenta y nueve conscriptos armados que conformaban un muro erizado de fusiles a dos alturas.

No había luz en ese patio y alguien mandó encender los faros de los camiones. Recién entonces, el anónimo conscripto narrador de esta historia descubrió que entre los prisioneros estaba el sargento músico Luciano Isaías Rojas, el más querido de los jefes de su regimiento.

Al verlo, no pudo contener las lágrimas. El fusil le temblaba. El sargento músico Luciano Isaías Rojas lo miró entonces con ojos comprensivos y -con esa misma voz paternal y cariñosa que usaba en el regimiento- le dijo, señalándose el pecho:

-No es nada, muchacho. Apuntá acá.

27 de diciembre de 2011

La gota fría

“Moralito, Moralito se creía

Que quizás él a mí me iba a ganar

Y cuándo me oyó tocar

Le cayó la gota fría”

Emiliano Zuleta - “La gota fría”

Enemistades

El amor y el odio son sentimientos explosivos, que pueden menguar mucho –e incluso desaparecer- luego de una trompada o un revolcón. La amistad y la enemistad de los hombres pueden (y deben) prescindir de esas efusiones. A cambio, suelen ser más duraderas.

La enemistad profunda y permanente entre dos personas puede no diferir demasiado de la amistad prolongada. El ejercicio de ambas requiere la perpetua repetición de rituales comunes y la existencia de un código compartido. En ambos casos sus protagonistas comparten mucho entre sí.

Borges recordaba la historia de dos teólogos que dedican su vida a refutarse mutuamente y que, al morir, descubren que a los ojos de Dios ellos son una sola persona.

Algo así sucede con la historia de Lorenzo Morales y Emiliano Zuleta. Se nos dice que luego de muchísimos años de ejercer una rivalidad enconada y pública, terminaron –a la vejez- haciéndose amigos. Se me hace que a esa altura no habrán notado ya la diferencia.

Macondo

Hay una región de nuestra América, ubicada en Colombia y atravesada por el río César, que ha dado a sus hermanos y al mundo dos invenciones memorables (que acaso sean una sola): el realismo mágico y la música vallenata.

De la primera no hace falta decir nada. En un pueblo con el sonoro nombre de Aracataca (al que ahora –para atraer turistas-quieren llamar Macondo) nació el hombre que escribiría “Cien años de soledad”, novela que –como señaló su autor- no es otra cosa que “un vallenato de trescientas páginas”. La segunda –convenientemente remasterizada- es un éxito comercial en todo el mundo con la voz de Carlos Vives.

Antes de eso, la música vallenata (cuyo nombre proviene de Valledupar, ciudad capital del Departamento de César) podía prescindir de baterías, sintetizadores y guitarras (eléctricas y de las otras) y se arreglaba lo más bien con una guacharaca, una caja y un acordeón. Era –es- la música popular de esa región tropical y mágica.

La alegría estruendosa y las diabluras del acordeón son dos características que comparte con nuestro chamamé correntino; pero –a diferencia de nuestros chamameceros- los músicos vallenatos prefieren el “tres hileras” y no se han resignado nunca al acordeón a piano.

Como en el caso de los corridos mexicanos, los vallenatos se usaron alguna vez para llevar noticias y sucedidos de un pueblo al otro.

La piqueria

Se trata de un duelo en el que se enfrentan dos acordeoneros (aquí diríamos acordeonistas) en contrapuntos de frase y contrafrase.

Por lo general todo se inicia con una “parada”. Un acordeonero llega a un pueblo y “para” allí a la espera de que el rival local advierta su presencia y lo desafíe. Como en nuestras payadas, el duelo incluye preguntas y respuestas, desafíos e insultos velados o directos en versos que los ejecutantes improvisan a gran velocidad. Si la competencia es pareja y no tiene un claro ganador, si se prolonga durante muchas horas y si sobra el alcohol, puede ser que termine a las trompadas o a los machetazos.

La piqueria es –en definitiva- una versión tropical y caliente de nuestra payada de contrapunto. Sólo que allí la lenta guitarra es reemplazada por el acordeón vertiginoso; y la sabiduría triste, por la alegría jactanciosa.

Los hombres

Uno se llamaba Lorenzo Miguel Morales y el otro, Emiliano Zuleta Baquero. Ambos eran acordeoneros y geniales. Los dos, pobres de toda pobreza. Cada uno, el mejor de su respectivo pueblo. Para mayor simetría, Dios quiso que uno fuera negro como el betún y el otro, blanco como el papel. Quizás como compensación, Morales tenía dos propiedades: un burro y un acordeón. Emiliano no tenía nada, tocaba con acordeones prestados.

Sus respectivos pueblos quedaban lo suficientemente cerca entre sí como para que exista esa rivalidad natural de los vecinos y lo suficientemente lejos como para que no fuese imprescindible que se cruzaran por la calle.

No sé quién empezó, pero estamos autorizados a suponer que fue Morales y que quizás el comienzo haya sido sutil e involuntario. Probablemente los hechos sucedieron así: un buen día Morales compone y canta una canción en la que parece mencionar –y criticar muy sutilmente- a otro acordeonero a quien no nombra. Hay quienes piensan que el mentado es Emiliano y le van con el cuento.

Emiliano responde con otro canto, en el que repasa los defectos evidentes del pueblo vecino, entre los que se destaca la falta de talento de sus acordeoneros. La referencia –como se ve- empieza a ser más precisa. Morales –sigamos suponiendo- contesta con una mención más específica todavía y Emiliano entonces se burla llamándolo “negro yumeca”.

A partir de allí, la rivalidad está declarada y es explícita. La ejercen Morales y Emiliano, pero son dos pueblos que se insultan y se desafían a través de ellos.

Así siguen durante diez años: cada vez que Morales canta una nueva canción, todos esperan la mención denigratoria a Emiliano y lo primero que hacen es correr a contarle. Cada respuesta de Emiliano, lo mismo. Los versos son siempre ofensivos y desafiantes, pero prescinden de las malas palabras y las menciones a sus respectivas madres. Salvo algunas coplas sueltas que se repetían en varios cantos (“que es lo que le pasa a Emiliano / que es lo que le pasa a Zuleta / es el miedo que me tiene / de mandarme la respuesta” o “qué criterio va a tener / un negro yumeca como Lorenzo Morales / el criterio de Miguel / lo dejó en los cardonales”), la mayoría de estas canciones se ha perdido.

Siempre se desafían a encontrarse en una piqueria que los enfrente y decida por fin quién es el mejor, pero –por una cosa o por otra- el duelo nunca se lleva a cabo. Muchas veces están a punto de encontrarse, pero cuando Morales llega a un pueblo, Emiliano siempre acaba de irse y, cuando se va, llega. Nunca coinciden.

Sospecho que esos desencuentros no eran casuales. Una rivalidad enconada y perpetua como la que ellos ejercían sólo puede sostenerse si los contendientes se enfrentan todos los domingos (como los equipos de fútbol), de manera que siempre haya revancha, o si no lo hacen nunca. Supongo que ambos sabían o intuían esa verdad y, por eso, prolijamente evitaban encontrarse sin que se note.

La historia debía continuar de ese modo para siempre, pero algo falló un día en el que ambos coincidieron en el pueblo de Urumita.

El encuentro

Durante muchos años, todos los especialistas en música vallenata postularon la falsedad de la historia narrada en La gota fría. Sin embargo, mucho después, ya viejos los dos y muy cerca de mudarse para siempre al paraíso, Emiliano y Morales dieron un reportaje conjunto a la televisión colombiana y contaron lo que sucedió aquel día en la plaza de Urumita.

Desde entonces sabemos, a partir del relato conjunto de los contendientes, que –más allá de algunas omisiones y exageraciones- la historia es esencialmente verdadera. Los hechos sucedieron más o menos así:

Emiliano Zuleta estaba en Urumita. Pensaba irse, pero una tormenta (o una muchacha) postergaron su partida. Con la mañana llegó Morales, montado en su burro y munido de su acordeón.

Alguien los vio a ambos y corrió la voz. Al minuto todos los sabían y el duelo se hizo inevitable. Cuando el pueblo llenó la plaza por completo, alguien fue a buscar a Emiliano y a Morales. Llegaron cada cual por una calle distinta y se dieron la mano con respeto. Después de diez años de desafiarse e insultarse minuciosamente, era la primera vez que se veían las caras.

Lorenzo Miguel Morales probó el acordeón. Fue una sola frase larga y hermosa. Emiliano empezó a quejarse. Que así no valía, que era trampa, que estaba en desventaja. No le faltaba algo de razón: no tenía acordeón y estaba completamente borracho. Morales no se inmutó y siguió tocando y Emiliano se fue a dormir, refunfuñando a los gritos. El pueblo, desilusionado, permaneció en la plaza y, poco a poco, la hermosa música de Morales le devolvió la alegría y así estuvieron durante tres horas.

Fueron las tres peores horas en la vida de Emiliano Zuleta. Borracho y enojado, daba vueltas en la cama sin poder dormirse. Escuchaba desde su habitación el griterío ruidoso y el baile, pero sobre todo, escuchaba la música hermosa de Morales. Escuchaba también algunos versos que lo mencionaban: “no conozco el pique que me tiene Emilianito / y yo siempre le he dicho que no se meta conmigo / me anda criticando que yo soy negro yumeca / pero él no se fija que es blanco descolorido”, “llegan los rumores de Morale’ a Emilianito / si es que está en la sierra siempre está medio dormido / toma la sorpresa que le llevan los que van / se pone nervioso y no quiere verse conmigo” y otros tantos. A las tres horas no aguantó más. Se levantó, se lavó la cara y se encaminó resuelto a la plaza. Subió al escenario y le arrebató el acordeón a Morales y él también largó una frase larga y jactanciosa.

Pero entonces fue Morales el que planteó una objeción: había estado tocando durante tres horas y estaba cansado. Eso era dar mucha ventaja. Finalmente, luego de algunas discusiones y después de la oportuna intervención del alcalde y del cura párroco, ambos asumieron un compromiso público. Se enfrentarían al día siguiente a las cinco de la mañana. Con esa promesa, los dos se fueron a dormir y el pueblo también, expectante.

Al día siguiente todos madrugaron, pero hubo alguien que madrugó más. Cuando, reunidos todos en la plaza, vieron que Morales no llegaba, lo fueron a buscar y descubrieron que se había ido.

Un grito resonó entonces en todo el pueblo: “¡a Lorenzo Morales le cayó la gota fría!”.

La canción

Los designios de Dios son inescrutables. Cientos de canciones se escribieron Morales y Emiliano, y todas fueron escuchadas con interés y prolijamente olvidadas al poco tiempo. La que escribió esa noche Emiliano, en cambio, merecería una hospitalidad perdurable en la memoria de los hombres.

No hay razones para explicar esa diferencia. Nada nos autoriza a suponer que poética o musicalmente fuera superior a las composiciones anteriores (o posteriores) de Emiliano. Podría pensarse que su éxito se debió a que narraba una historia verídica, pero me consta que no es el único canto de Emiliano Zuleta en que eso sucede.

Así y todo, cuando uno repasa los versos de La gota fría –con su estilo simplón y popular y su melodía gritona y pegadiza- encuentra un sabor inconfundible, una marca espaciotemporal bien definida. La gota fría dice más de esa zona tropical y mágica de nuestra América que cualquier enciclopedia, que cualquier guía de turismo. Dice más, incluso, que los Cien años de soledad a los que –como dijo Borges- le sobran unos sesenta años.

No sé cuál fue el motivo de su éxito, pero los versos de La gota fría se desparramaron de inmediato por toda la región del César y, al poco tiempo, por toda Colombia y, finalmente, por todos los países de habla hispana, hasta transformarse en el vallenato por antonomasia, el vallenato prototípico, el vallenato de vallenatos. La gota fría es hoy al vallenato lo que Kilómetro 11 es al chamamé.

No es mi vallenato preferido. Me gustan mucho más las composiciones de Leandro Díaz y –sobre todo- las de Rafael Escalona, pero siempre vuelvo a él de tanto en tanto. Lo canto bajo la ducha, intento tocarlo en el acordeón (por ahora con pobres resultados), se lo enseño a mi hija. Lo he escuchado en treinta o cuarenta interpretaciones diferentes y he repasado prolijamente las pequeñas variaciones de sus versos. No me parece una exageración o una mera interjección calificarlo de perfecto.

El escarnio

Cuando Emiliano Zuleta cantó por primera vez La gota fría, la rivalidad que mantenía con Lorenzo Morales se clausuró en forma definitiva. Ya no había nada que discutir. Morales había rehuido el enfrentamiento como un cobarde.

Se sabe que Morales intentó diversas excusas (algunas con cantos y versos), pero no hubo caso. En cada pueblo que visitaba, lo recibían con la incontestable primera estrofa de La gota fría: “acordáte Moralito de aquel día / que estuviste en Urumita / y no quisiste hacer parada / te fuiste de mañanita / sería de la misma rabia”.

La derrota era absoluta, total, ignominiosa. Los demás músicos vallenatos le hicieron la comparsa al vencedor y también escribieron cantos que se burlaban del pobre Morales. Al poco tiempo el escarnio público le resultó insoportable y Morales se perdió por muchos años. Dejó de viajar por los pueblos de la región y ya nadie más pudo verlo por la zona. Se dice que se retiró a vivir en las serranías, con los indios, lejos –todo lo lejos que pudo- del infortunado encuentro en Urumita, lejos –sobre todo- de los versos hirientes de La gota fría.

La ausencia de Morales se notó en toda la región y fue un nuevo motivo de burlas. Rafael Escalona –que sería luego el más grande de los compositores vallenatos pero que en ese entonces era apenas un imberbe aprendiz de diecisiete años- se propuso ir a buscarlo y fatigó todos los pueblos de la región sin mayores resultados. De ese vano viaje derivó un paseo llamado Buscando a Morales. El comienzo es casi afectuoso: “díganle a Morales que aquí estuvo una persona / que llegó a Guacoche con gana ‘e verlo tocá / pasé por su casa y la he encontrado sola / empujé la puerta y estaba atrancá”, pero al ratito nomás lo acicatea con “porque Moralito es una enfermedad / que está en todas partes y en ninguna está”, y termina diciendo lo que todos piensan: “yo creo que Morales le teme a Emiliano / no sea que de pronto se lo encuentre allá”.

Morales no respondió a ninguna de las burlas y ya no tocó. Nadie lo vio más por ninguna parte, al punto que algunos lo dieron por muerto. Leandro Díaz le escribió un canto llamado La muerte de Moralito.

Arte de injuriar

Los versos de La gota fría son hirientes, demoledores y jactanciosos, pero están escritos con un aire de prudencia y respeto y en ello radica precisamente su eficacia. El insulto aparece en boca de Emiliano solamente como una posibilidad y siempre condicionado a la conducta del otro. Copio dos ejemplos que me resultan particularmente agradables: “yo tengo un reca’o grosero / para Lorenzo Miguel / él me trató de embustero / y más embustero es él” y el mejor de todos: “me le dicen a Morales / me le dicen a Miguel / ¡ay! que no la mente a mi madre / porque le mento la de él”.

El rescate

Pese a todo, Lorenzo Morales no murió solo y olvidado en la sierra como era su destino, porque alguien lo rescató. Habían pasado más de cuarenta años desde aquella infausta jornada de Urumita y, durante todo ese tiempo, Morales había estado recluido en la sierra, escondido, sin tocar su acordeón, sin dejarse ver por ninguna parte.

Pero un día extraño, cuarenta años después, alguien encontró su casa y llamó a su puerta. Morales no se hubiera sorprendido tanto si hubiese visto al mismísimo demonio. El que estaba parado en el umbral era Emiliano Zuleta, el motivo de todos sus males.

Nadie sabe qué se dijeron esa tarde, pero, desde entonces, no volvieron a separarse. Cambiaron aquella vieja enemistad desafiante por una extraña amistad íntima e incondicional. Se negaban a tocar por separado. Cuando alguien quería contratar a Emiliano (Morales no tenía muchos pedidos, hay que decirlo), éste exigía que también contrataran a su amigo porque de lo contrario no tocaba. Llegaron a hacer un juramento público: si alguno de ellos moría, el otro dejaba de tocar el acordeón para siempre. Pese a que se trataba de su canción más famosa, Emiliano se negó desde entonces a cantar La gota fría, para no incomodar a Morales.

Los que los vieron en esos años dicen que era una amistad despareja: Emiliano Zuleta era un músico famoso y aclamado, con un público seguidor. Cuarenta años de silencio habían opacado a Morales, que terminaba haciendo apenas el acompañamiento del otro. Se decía que Emiliano “cargaba con Moralito”.

Es difícil resistir la tentación de analizar esta extraña y tardía amistad en clave psicológica. Muchos han dicho que Emiliano, agobiado por la culpa de los males que había causado a Morales, quiso redimirse rescatándolo, volviéndolo a la vida pública y al arte. Se ha dicho muchas veces, pero a mí no me convence.

Se me hace que los motivos de Emiliano eran bastante más egoístas. Emiliano sin su eterno contrincante es –literalmente- nadie. Como un Boca Juniors sin un River Plate. Como un boxeador peleando contra un saco de arena. Emiliano quiso rescatar a Morales para rescatarse a sí mismo, para volver a ser el que ya no era.

Las versiones

El primero en grabar La gota fría –con el título Qué criterio- fue Guillermo Buitrago en los años cuarenta. Es una versión simple, acompañada solamente por guacharaca, caja y acordeón, sin guitarras, y es una de mis preferidas. Buitrago canta despacito y sin estridencias y es un gusto escucharlo. Después de eso, la canción fue grabada un montón de veces por cientos de artistas. También la grabó el propio Emiliano Zuleta, en una versión que muchos tienen por original, aunque es posterior, y que muestra a las claras que no siempre los buenos compositores son buenos intérpretes.

Pero el que llevó la canción a todo el mundo y estableció una versión canónica fue Carlos Vives en los noventa. A partir de entonces, todos los músicos que cantan La gota fría se basan en esa interpretación y repiten sus aciertos y sus errores. Es común escuchar a los fundamentalistas del vallenato quejarse de las contaminaciones rockeras de Carlos Vives, pero hay que reconocer que fue él quien popularizó en todo el mundo esta hermosa música provinciana.

Algunos deméritos que se suelen señalar de la versión de Carlos Vives son deslices menores. Por ejemplo, en la primera estrofa (“acordáte Moralito de aquel día / que estuviste en Urumita / y no quisiste hacer parada”) sustituye “parada” por “parranda”, lo que vuelve al verso ligeramente incomprensible. Otros, en cambio, son un poco más odiosos, principalmente, la intención bien evidente de adaptar la canción al gusto internacional (eufemismo con el que se quiere decir –en estos ámbitos- “norteamericano”). Esa intención es bien evidente en la música (guitarras eléctricas, batería y etcéteras), pero a veces se manifiesta también en la letra, lo que suele degradar la eficaz sutileza de los versos.

Los norteamericanos –se sabe- no son diestros en el arte de injuriar y manejan un breve repertorio de insultos directos y procaces que no va mucho más allá del sanofbitch y el fáking. Sus matones siempre prefirieron la ametralladora masiva antes que el puñal íntimo y discreto. Consecuente con este gusto por el golpe directo, Carlos Vives lleva las mejores sutilezas de la letra de la potencia al acto. El apelativo “negro yumeca” no le parece suficientemente racista y denigratorio y, por eso, lo rebaja a “indio yumeca”. Nadie ignora que en el escalafón racista del Caribe (en el nuestro también, a juzgar por algunas páginas del Martín Fierro) los indios están por debajo de los negros.

Con todo, a mí me gusta la interpretación de Carlos Vives. Fue la primera que escuché y la que sigo escuchando en todas partes y fue también la que me despertó el interés por la música vallenata. Además, pese a las guitarras eléctricas y a la indisimulada intención de satisfacer el gusto internacional (norteamericano), la música de Carlos Vives suena auténtica y convincentemente nuestra.

Después de él y a partir de su versión, la canción fue grabada en todo el mundo por distintos artistas. Shakira le puso su toque árabe y sus caderas. Hay una versión ranchera de un grupo mexicano llamado Calibre 50. La cantó Paloma San Basilio y hasta llegó a grabarla –con el título Moralito- Julio Iglesias (¡en inglés!), interpretación, esta última, que me hizo pensar que la censura podría ser benéfica en algunos casos.

Vencedores vencidos

Emiliano Zuleta murió en el año 2005. Su viejo y eterno contrincante cumplió su promesa y ya no volvió a tocar el acordeón. Seis años después, el 26 de agosto de 2011, también murió Lorenzo Morales. Tenía noventa y siete años y treinta y siete hijos.

No sé por cuánto tiempo perdurará el eco de esta historia maravillosa, hasta que el olvido –que es de todos- la borre por completo. No sé si en el paraíso tropical al que Dios los habrá destinado seguirán rivalizando. No sé tampoco si allá Emiliano será también el vencedor invicto y Morales el cobarde irredimible, el de la derrota ignominiosa. Sé –en cambio- que aquí no.

En su victoria sin matices, Emiliano cometió un error: la letra de La gota fría no menciona ni siquiera una sola vez a su autor, al vencedor de la contienda. En cambio, todas las estrofas nombran a Morales.

Si, como quería Manrique, hay una tercera vida, la del recuerdo en los otros; esa vida es para Lorenzo Morales. Cuando ya nadie recuerde que alguna vez existió alguien llamado Emiliano Zuleta, el nombre de Morales estará vivo todavía en una canción. Aunque alguna vez le haya caído la gota fría.

5 de noviembre de 2011

Crónicas Misioneras (cuarta entrega)

Frontera seca.

Desde Eldorado, y después de cien kilómetros de subidas y bajadas en medio del monte, llego a Bernardo de Irigoyen, extremo oriental de la República Argentina. Las paredes están repletas de consignas nacionalistas; algunas muy directas (“Aquí comienza la patria”) y otras más sutiles y eficaces (“Bienvenidos a donde nace el sol”), pero nadie habla totalmente en castellano ni en portugués. En la única estación de servicio del pueblo hay cinco cuadras de autos brasileños que esperan para cargar nafta argentina.

Me habían dicho antes de salir que no valía la pena, que no vaya, que no hay nada para ver en Bernardo de Irigoyen; pero yo quería conocer la frontera seca, ese extraño lugar en donde las patrias se tocan sin un río, una montaña o un desierto que las separe.

Por eso lo primero que hago es buscar la frontera. Bajando por la calle principal veo el puesto de la gendarmería. Una mujer gendarme me pide los documentos, me hace bajar del auto y anota cosas en una computadora. Recién entonces advierto que hay un puente y, bajo el puente, el surco seco de un arroyito con un cartel que dice “Aº Pepirí Guazú”. Me siento estafado: la frontera seca no es seca, hay un arroyo que separa. Ínfimo y sin agua, hay un arroyo. Me quejo ruidosamente con la gendarme.

-Esta es la naciente del arroyo –me aclara-, cien metros para allá empieza la frontera seca de verdad. Por acá sólo cruzan los que tienen documentos.

El color de la tierra.

El cielo es el mismo en todos lados. La tierra, no.

Ni negra como en la pampa húmeda, ni gris como en la pampa seca, ni marrón como en casi todas partes, ni blanca como en los calurosos arenales de Corrientes; la tierra misionera es roja, colorada; de un rojo fuerte, oscuro e inconfundible; algo entre la sangre y el ladrillo.

Dicen los que saben que la causa es el exceso de hierro, que al contacto con el aire se oxida. Dios conserve esa tierra encendida y color hada.

Las mañas de Andresito.

Después las llamaron “guerra de montoneras”, pero al principio se las conocía como “las mañas de Artigas”. Suele creerse que los principios de táctica militar de estas guerrillas eran inexistentes y es sabido que la expresión “montonera” alude a que –incultos e incivilizados- peleaban “en montón” y no conocían (o simplemente no usaban) las exquisiteces europeas de la doble línea o la formación en cuadro.

Lo cierto que es que existía en estas tropas irregulares una táctica militar avanzada y distinta, que les permitió derrotar muchas veces a ejércitos visiblemente superiores dirigidos por científicos de la guerra y que hizo que siempre resurgieran hasta la definitiva derrota –y muerte- de Aparicio Saravia en Masoller cuando ya estaba bien empezado el siglo veinte.

Lo cierto, también, es que algunas de estas tácticas -que se fueron refinando con el tiempo y la experiencia- (el uso que de la lanza hacía la caballería, por ejemplo) fueron después incorporadas por los ejércitos profesionales durante la guerra de la Triple Alianza y, de allí, pasaron al ejército alemán que las utilizó en la guerra franco-prusiana.

Los orientales reclaman la paternidad y la primacía en materia de montoneras y, sin perjuicio de las lindezas riojanas, debemos reconocer que con Artigas y Aparicio –el primero y el último montonero, respectivamente- fueron los orientales los que abrieron y cerraron un capítulo no sólo militar de nuestra historia.

No pienso discutir con orientales o riojanos sobre ninguna primacía especial. Sólo señalaré un aporte misionero útil -pero sobre todo hermoso- a esas tácticas criollas. Lo cuenta el propio Artigas en sus memorias.

Se sabe que las tropas montoneras de Artigas no tenían propiamente infantería ni caballería (y, por supuesto, la artillería era un lujo que estaba reservado a los ejércitos profesionales), sino más bien una mezcla de ambas, que podríamos llamar “infantería montada”. Los montoneros (contra lo que su nombre parece indicar) peleaban dispersos y en parejas y atacaban desde todos los lados posibles. Esto disminuía la eficacia de los cañones y de las rígidas formaciones enemigas y aumentaba entre ellas el desconcierto y la zozobra. Los montoneros iban a caballo pero no efectuaban cargas de caballería, sino que se apeaban para disparar y montaban para huir cuando los perseguían. Siempre actuaban en parejas de manera que un montonero cubriese el ataque de otro.

Andresito Guacurarí, aquel mítico comandante misionero, único gobernador indio que existió en la Argentina, le propuso a Artigas una innovación que parece poesía, pero que aumentó enormemente la eficacia de estas tropas irregulares. Propuso que las parejas se formaran no por la voluntad de un sargento, sino por la de la propia tropa. Así, todos preferían combatir al lado de un pariente o de un amigo y ése era un vínculo adicional que los llevaba a no abandonarse en el combate.

La guerra de montoneras sobrevivió a Andresito, cuyo aporte y cuya historia es más olvido que recuerdo. Vayan estos apuntes de homenaje al más querible de nuestros héroes.

Divortium aquarum.

Misiones es un pedacito de tierra chiquito y angosto, sobre todo angosto. Entre el Paraguay y el Brasil casi nunca hay más de ochenta o noventa kilómetros Parece imposible pretender dividir ese pequeño espacio longitudinalmente. Sin embargo, una cadena de sierras que nace en Oberá y muere en Bernardo de Irigoyen separa a la provincia en dos.

De las sierras para allá, todo es más aparaguayado y fluvial y civilizado. El monte desordenado ha sido suplantado progresivamente por prolijas plantaciones de pino y también de yerba y té y hasta por ciudades. Hay industrias y turismo y empresas de transporte y casillas de peaje. La gente habla en castellano, al que le incorporan algunas palabras en guaraní.

De las sierras para acá, todo es más abrasilerado y virgen y enmarañado. El monte manda y apenas tolera unos pueblitos como islas. Hacia el norte, las rutas pasan del asfalto a la tierra y de la tierra a la piedra y se vuelven intransitables. El Uruguay dobla y se mete de repente en el Brasil y la frontera sigue apenas por un arroyito hasta volverse confusa, seca y selvática. Hay mucho gringo, con predominio de polacos, suecos y alemanes y el portuñol comienza a hacerse más marcado a medida que uno se acerca a la frontera.

Toponimia.

Pese a la enorme cantidad de inmigrantes polacos, suecos, alemanes y suizos; hay muy pocos nombres gringos en la toponimia misionera. Con algún esfuerzo se pueden anotar Wanda y Villa Svea.

Los pueblos más antiguos conservan los nombres cristianos de las ruinas jesuíticas sobre las que se levantaron: Santa Ana, San Ignacio, Mártires del Japón, Apóstoles. Entre los más nuevos prevalecen los nombres de caudillos radicales: Leandro N. Alem, Bernardo de Irigoyen, Aristóbulo del Valle.

El Che Guevara, misionero.

Ya sé: me van a decir que el Che Guevara es universal, pero todos los hombres lo son. Todos los hombres son, también, universales de algún lado.

La mayoría lo considera más que nada cubano, porque fue en Cuba donde hizo la mayor parte de sus muchas hazañas. El gobierno cubano ha alentado desde siempre esta interpretación y es allí donde descansan sus restos y donde se encuentran la mayoría de sus estatuas y mausoleos. Es común que los argentinos aceptemos pasiva e irreflexivamente esta posición. Se suele olvidar para ello que el Che renunció formalmente a la nacionalidad cubana un una famosa carta de despedida dirigida a Fidel.

Algunos, más generosos, lo consideran un patriota latinoamericano (para lo cual minimizan -acaso con razón- sus incursiones en el África). Se trata de una verdad tan incontestable como su carácter de universal. Pero también todos los latinoamericanos somos de algún sitio en particular.

Nadie, que yo sepa, lo considera boliviano; aunque no sé por qué es más lógico que la nacionalidad se determine por el lugar de nacimiento y no por el lugar de la muerte, sobre todo cuando se trata de un lugar por el que se muere.

Pese a todo eso, la argentinidad del Che es evidente desde su mismo nombre y se revela enseguida cuando se oyen sus discursos, en los que se le cuela sin querer ese tono porteño cancherito tan característico. Algunos objetan que el Che jamás peleó en territorio argentino, objeción absurda que llevaría a sostener que San Martín era extranjero. Supongo que el obstáculo más importante para aceptar por completo la argentinidad del Che es su (nunca del todo bien documentado) antiperonismo juvenil. Se suele olvidar que, de adulto, ya no pensaba lo mismo; que llamaba “descamisados” a los novatos que se incorporaban a la guerrilla; que antes de partir a Bolivia fue a pedir consejo a Puerta de Hierro (Perón, acaso menos valiente pero muchísimo más lúcido, le avisó que lo derrotarían); y que el viejo general dijo al despedirlo que era el "mejor de los nuestros".

Todas estas cuestiones son superfluas. Es evidente que alguien a quien le dicen "el Che" sólo puede ser irremediablemente argentino.

Ahora bien, también los argentinos somos argentinos de algún lado en particular. En ese punto los rosarinos (extraños santafesinos aporteñados) se apuraron en agenciárselo (probablemente motivados en su carencia de antecedentes épicos; los rosarinos no tienen héroes políticos o militares, aunque abundan en artistas) y hoy todos dicen que el Che era rosarino, aunque uno no advierte nada en común con Olmedo, Fontanarrosa o Fito Páez.

Los cordobeses bochincheros y ladinos ahora quieren disputárselo. Argumentan -no sin algo de razón- que la patria es la tierra de la infancia y que el Che pasó su infancia en Alta Gracia, en donde ahora construyeron un hermoso museo en su honor. Siempre conviene sospechar de las intenciones de los cordobeses. Me malicio que detrás de ese luminoso argumento se esconden móviles más bien turísticos.

Señores cordobeses, señores rosarinos: están ustedes muy equivocados. El Che era (es) misionero; de Caraguatay, para más datos.

Su nacimiento se produjo en Rosario por pura casualidad. Los padres del Che vivían en Misiones (eran dueños de un yerbatal llamado "la misionera") cuando se embarazaron. En Misiones, en esa época, no había médicos, hospitales y esas cosas; y sus padres quisieron que nazca en Buenos Aires, pero -mientras navegaban el Paraná en un vapor hacia la capital- vieron que el parto se adelantaba y bajaron en Rosario. Allí nació el Che -es cierto- y la familia se quedó allí menos de dos semanas, para volver enseguida a Misiones, provincia en la que fue concebido y en donde vivió sus primeros dos años. O sea que de rosarino, más bien poco y nada.

El argumento de los cordobeses es mejor. Es cierto que el Che vivió diecisiete años, casi toda su infancia y adolescencia, en Alta Gracia y en Córdoba capital; pero un auténtico cordobés jamás hubiese abandonado la costumbre de arrastrar las vocales y el Che no la tenía. Tampoco hay noticias de que tomara fernet, bailara cuarteto o se especializara en contar chistes malos.

La hipótesis misionera tiene a su favor las disposiciones de las leyes de Dios y de la República, que -por ahora- coinciden en afirmar que la vida comienza con la concepción. Indudablemente el Che fue engendrado en la caliente, húmeda y propicia selva misionera, de la que tuvo que irse a causa del asma. Pero hay un argumento todavía mejor en el nombre:

Ernesto Guevara Lynch De la Serna es un nombre indicado para un médico importante, para un habitué de los clubes exclusivos, para un dueño de estancia. El guerrillero heroico no podía admitir ese nombre incómodo y se haría famoso, en cambio, como el "Che", argentinísima palabra del idioma guaraní (el idioma de su provincia) que -bueno es recordarlo- significa "hombre".

6 de enero de 2011

Modos ejemplares de ser fusilado (XI): Ciriaco Cuitiño

No sé si era bueno o malo, lo que no tiene mayor importancia. No hay duda, en cambio, de que era federal y consecuente. Partidario de Dorrego, lo fue después de Rosas. Con aquél se desempeñó como alcalde de Quilmes; con éste, como comisario de policía; pero se distinguió sobre todo como mazorquero. Fue uno de los fundadores de la Sociedad Popular Restauradora, conocida popularmente -con cariño o temor, según se mire- como “la mazorca”.

Sin embargo, los retratos de Cuitiño le suelen ser benevolentes. Corsini lo llamó “buen mazorquero” en el tango “tirana unitaria”:

Tirana unitaria, tu cinta celeste
Até en mi guitarra de buen federal
Y en noche de luna canté en tu ventana
Más de un suspirante cielito infernal.

Tirana unitaria, le dije a Cuitiño
que tú eras más santa que la Encarnación
y el buen mazorquero juró por su daga
que por ti velaba la Federación.

Y Borges –completamente insospechado de simpatías rosistas- elogió en unos versos su “federala manera de vivir y morir”.

Era un federal convencido, de esos pocos federales porteños que no se acomodaron a las circunstancias adversas. Cuando Lavalle fusiló a Dorrego y tantos intentaron congraciarse con el golpista, Cuitiño organizó la resistencia guerrillera en la campaña. Cuando Buenos Aires se separó de la Confederación, Cuitiño participó del sitio organizado por Hilario Lagos, una intentona que desde el principio estaba condenada al fracaso. Fue aprehendido –y condenado a muerte- junto a otro mazorquero, un tal Leandro Alén, cuyo hijo –fundador de la Unión Cívica- se cambiaría el apellido por Alem, para que nadie lo relacione con su padre.

Antes de ser fusilado, pidió que le dieran aguja e hilo para coserse el pantalón a la camisa. Sabía que después de fusilarlo iban a colgar su cuerpo a la vista de todos y dijo: “a un federal no se le deben caer los pantalones ni siquiera muerto”.