20 de diciembre de 2009

Genealogías

Como muchísimos argentinos de Buenos Aires, desciendo –por parte de padre- de italianos, lo que me incapacita por completo para la guerra e incluso para la valentía, pero a cambio me facilita el sabor elemental del agua y del vino.

Dos de mis bisabuelos, apellidados Carlsson y Hedman, eran de la dura estirpe escandinava. Raza de guerreros y navegantes con un curioso destino melancólico: todas sus proezas fueron vanas. Los vikings inventaron la poesía épica antes que los franceses, saquearon Constantinopla antes que los turcos y descubrieron América antes que los españoles, pero todas esas hazañas carecieron de consecuencias y debieron ser hechas nuevamente después.

También hay algo de sangre española en mi sangre, roja efusión de ese pedazo árabe del África adherido por un extraño albur a Europa, del que provienen la lengua castellana y la hermosa amistad de un hidalgo y su escudero.

Las noches y los días de Israel me llegan –sospecho- de mi bisabuelo David, que –aunque profesaba la fe de Cristo en la versión de Lutero- llamó a sus hijas Esther Lilith y Judith.

Todos mis tatarabuelos me son desconocidos. En casi todos los casos eso se debe a la mera ignorancia de nombres y circunstancias, pero hay uno del que sé que era desconocido. Mi tatarabuela Querubina Gil Navarro parió tres hijos de autor ignorado. Ese pequeño misterio familiar me permite agregar –sin que sea completamente una mentira- alguna imaginaria estirpe más a la ya copiosa lista, quizás la menos verdadera pero sí la más deseada. Elijo entonces pensar que tengo un poco de origen guaraní, que retumba sonoro en la palabra che y en la costumbre del mate compartido.

Mi hija Juana –a quien ayer bautizamos incluyéndola en una tradición que preside la conciencia de media humanidad desde hace ya dos mil años- hereda esta inútil genealogía mitológica.

También recibe –a causa de la madre- la tozudez cavernícola de los vaskos y la sangre original y heroica de los tehuelches, valientes señores de la tierra que no se sometieron a la cruz y al progreso, que resistieron hasta el último hombre.

A Juana le legamos estas cosas sin que concurra el más mínimo concurso de su voluntad y sin que le reporten utilidad alguna. En cambio, le damos también un idioma, una nacionalidad, una religión y un nombre, para que los use.

16 de octubre de 2009

Italianadas

No van a pasar muchas horas antes de que mi amigo Ernesto me llame para cargarme.

Ya he contado en otras oportunidades que mi amigo Ernesto padece el feo defecto de descender de alemanes, defecto que él intenta -en vano- disimular y que yo le recuerdo cada vez que tengo oportunidad.

Ernesto suele defenderse recordando que mi apellido es irremediablemente italiano y que los italianos son famosos por aliarse al bando equivocado y rendirse en todas las guerras y que su única invención perdurable son la mafia y la camorra.

Hoy leo en Clarín que las tropas italianas en Afganistán coimeaban a los talibanes para que no los ataquen y ya escucho las risas teutónicas de mi amigo.

En mi defensa anticipada diré que -como todo el mundo sabe- Clarín miente y que la ascendencia se determina -ADN mitocondrial mediante- por la línea materna.

2 de septiembre de 2009

Otros razonamientos curiosos

Como mi hermana Mechi, el fraile Aldao -cura un poco excomulgado, mujeriego, borrachín, caudillo de montoneras y gobernador de Mendoza- razonaba en forma curiosa.

Pensó Aldao: las doctrinas unitarias son evidentemente perversas y dañinas, sin embargo existen personas que las profesan. De ello pueden derivarse dos consecuencias: o esas personas son irremediablemente malas y desalmadas o tienen alteradas las facultades mentales.

Como el fraile Aldao tenía buen corazón prefirió pensar lo último. Por eso dictó un decreto que los declaraba locos, dementes e insanos. Les prohibía testar, ser testigos en juicio y disponer de más de diez pesos sin conocimiento del jefe de policía.

Sus detractores -especialmente Sarmiento en Vida de Aldao- usaron este decreto para demostrar hasta dónde podía llegar la barbarie federal. Sus defensores -José María Rosa, sobre todo- juzgan al decreto una genialidad: gracias a él en Mendoza no hubo tantos fusilamientos ni confiscaciones.

Me tienen sin cuidado esas vanas polémicas históricas. Mi problema con la forma de razonar de Aldao es que -aunque busco- no le encuentro ninguna falla.

30 de agosto de 2009

Abuso deductivo

-Dolores Solá y Acho Estol se están separando. Ella está triste porque él tuvo un hijo, que se llama Horacio, con una brasileña.

Lo dice mi hermana Mechi mientras me ceba un mate. A ambos nos gusta la música de La Chicana, ese maravilloso grupo de tango conformado a partir de la voz de Dolores Solá y las canciones de Acho Estol, quienes hacen pareja en el escenario y en la cama.

La revelación de Mechi me desconcierta. Supongo que no lo escuchó en "intrusos" o en algún programa así, porque esos programas prefieren más bien ocuparse de las bataclanas.

-¿De dónde sacaste eso?- pregunto.

-Es evidente- dice Mechi y se pone a enumerar los indicios precisos, graves y concordantes que la llevan a formular su peculiar -e intrascendente- conclusión.

Trataré de referirlos aquí, aunque no podré emular la apasionada convicción de Mechi.

1) Dolores Solá tiene ahora un repertorio solista. Acho Estol sacó un disco sin la compañía de su compañera. Indicio evidente de divorcio.

2) El repertorio de Dolores rescata las canciones más viejas, más desconocidas y más tristes de Corsini, Gardel y Magaldi. El disco de Acho evita el tango y se aventura más en el candombre, la música brasileña y otros ritmos ligeritos y vistosos. Evidentemente ella tiene el corazón destrozado y él, más bien encendido y proclive a la partuza.

3) Él se entreveró con un brasileña. No hay duda. Surge prístino de la letra de "lo que hay", dedicada a una señorita que "corría con alitas en los pies" y que le hizo decir "y si me fuera a Brasil / si cambiara esta pena por una risa de sol". Claro como el agua. Hasta pensó en abandonar a la pobre Dolores.

4) Lo del hijo se desprende de la letra de "nos tenemos que ir" que ya desde el título presagia una posible ruptura y que contiene esta frase reveladora: "porque si pongo mi oreja en tu panza / hay una voz que me dice mansa / nos tenemos que ir / no quiero nacer entre el pavimento y la madrugada".

5) Por último, el nombre del hijo. Si uno mira el video de "nos tenemos que ir", aparece -fugaz y casi inadvertidamente, pero aparece- un dibujito infanil con un nombre garabateado: "Horacio".

Mechi argumenta con una apasionada y pasmosa sinceridad digna de las mejores causas y me hace escuchar las canciones y ver los videos y -mientras tanto- tomamos mate, escuchamos buena música y pasamos un rato agradable.

Me gusta la forma de razonar que tiene Mechi. Lo único que me preocupa ligeramente es que su trabajo consiste en investigar crímenes y acusar a los sospechosos, y me pregunto si utilizará también estos razonamientos extensivos y soñadores para los asesinatos y las violaciones...

15 de agosto de 2009

Profesión de fe antiporteña

Clarin descubre asombrado que "el sentimiento antiporteño sigue vigente en el interior". Chocolate por la noticia. El antiporteñismo de las provincias va a cumplir al menos dos siglos y se basa en razones fundadísimas.

Hay razones viejas y nuevas, pero todas muy razonables. Como muestra fotográfica, basta ver el cuadro que publica hoy datosduros, mientras el intendente de la capital pretende que le dejen manejar la policía, pero que se siga financiando con recursos nacionales (que ya financian los subterráneos, los trenes suburbanos y miles y miles de etcéteras).

Los medios de prensa "nacionales" (porteños) reproducen el fenómeno cuando destinan horas y horas a informar sobre el estado del tránsito en los accesos a la capital y a enumerar indignados la cantidad de baches que existen "a solo cuatro cuadras del obelisco". Pero cada tanto se vuelven buenitos y condescendientes para con "nuestros hermanos del interior" y hacen programas que muestran "el país que no miramos" o investigaciones que descubren que en Misiones hay prostitución infantil (como si no la hubiera en Recoleta) y en Chaco, analfabetismo.

Los medios de prensa porteños se creen "nacionales" y, para ellos, en la Argentina hay solo dos clases de habitantes: los porteños y los "del interior" (todavía no hay un gentilicio para esta clase de argentinos, aunque Caparrós propone "interiorense"). Para esta visión porteñocéntrica, "el interior" es un lugar provisto de paisajes hermosos, a veces con montaña, a veces con nieve, a veces con selvas subtropicales. Da lo mismo. Los que viven en "el interior" pueden ser misioneros, jujeños, cordobeses o fueguinos, que es más o menos lo mismo. Todos hablan "con cantito". El porteño mira a los habitantes de las provincias con la misma lejanía con la que mira a los orientales: chinos, japoneses, coreanos, da igual.

Se podría argumentar muchísimo sobre los agravios de las provincias contra Buenos Aires, pero nadie ha superado todavía la excelente y concisa descripción de Felipe Varela:

"Ser porteño es ser ciudadano exclusivista"

6 de agosto de 2009

La bomba


Un seis de agosto como hoy, pero de mil nueve cuarenta y cinco, estalló la bomba que en un solo segundo mató a cien mil japoneses. Pocos años después -en 1953- la Unión Soviética hizo su primer ensayo nuclear y quedó inaugurada la guerra fría.
La doctrina militar que animó esa guerra es bien conocida: la mutua destrucción asegurada. En realidad, es la doctrina militar norteamericana. De la doctrina militar soviética -si es que tenían una- nadie sabe (o cuenta) mucho. Lo que se sabe -ahora- es que el arsenal soviético era sensiblemente menor que el norteamericano y su disposición -contra la propaganda yanki que mostraba a los rusos como gente sin corazón- era más bien defensiva.

La mutua destrucción asegurada nos parece ahora una obviedad. Lógico, decimos, usar armas nucleares implica inevitablemente una escalada que vuelve al planeta inhabitable. Ergo, nadie las utilizará. La mutua destrucción asegurada garantiza la paz nuclear. Pero en realidad no fue siempre tan obvio (y no lo es tampoco ahora).

Kissinger y Nixon intentaron en vano modificar la doctrina y sustituirla por la de la guerra nuclear limitada. En Corea, los norteamericanos evitaron el uso de sus trescientas bombas nucleares -contra la opinión de Mc Artur- solamente porque quisieron reservarlas para contrarrestar la ofensiva -que juzgaban inexorable- de los soviéticos en Europa. En Vietnam, un portaviones estaba permanentemente preparado para lanzar un ataque nuclear. En Suez, en Cuba. Hasta dicen que en Malvinas el Sheffield se llevó las armas nucleares al fondo del océano.

Nunca nadie volvió a usar esas armas malditas desde aquellas dos que explotaron sobre los japoneses, pero eso no es ninguna garantía. Ahí están y serán usadas -con seguridad- en el futuro. Clausewitz decía que en materia bélica todo lo posible será real. Es decir, los contendientes harán todo lo que puedan hacer, su único límite es lo posible.

Me atrevo a agregar otro límite: lo imaginable. Las armas nucleares no volvieron a utilizarse -siendo su uso posible- porque sus dueños no imaginaron aún cómo usarlas. Como los tanques, que ya existían en la primera guerra mundial, pero a nadie se le había ocurrido que podían funcionar como caballería y no como artillería. Y así estuvieron quietitos durante toda la contienda, como simples cañones, hasta que los alemanes imaginaron un nuevo uso que estrenaron en la siguiente guerra europea.
Para terminar, algo que me inquieta. Las armas nucleares no son las más adecuadas para los que van ganando. Los vencedores quieren disfrutar su triunfo, conquistar las tierras de los vencidos, acostarse con sus mujeres, expoliar a sus hombres. Las armas nucleares son ideales para los que se retiran, para los que van perdiendo, para los derrotados que aún conservan su infinita capacidad de daño.

Hemos visto la declinación rusa sin que esos temores se materialicen. Dios quiera (ojalá) que los norteamericanos -cuya declinación es notoria e inexorable- no elijan un camino diferente.

1 de agosto de 2009

Que Dios, Nuestro Señor, se apiade de su alma

Acabo de terminar de leer “Timote”, que me prestó mi amigo Ernesto porque yo no quise pagar los cuarenta pesos que dicen que vale (no es una cuestión de dinero, sino de principios). Se deja leer y es notoriamente superior a la edición dominical de clarín o a la revistita de multicanal, pero me revolvió un poco las tripas.

Me la habían recomendado mucho y –luego de leer la contratapa, en la que se auguraba un apasionante diálogo religioso entre Aramburu y Abal Medina- tenía muchas expectativas que se vieron defraudadas una a una.

La novela es crítica de montoneros –lo cual me parece bien- pero, para lograrlo, sobredimensiona la figura de Aramburu, a quien se presenta como el gran estadista de la patria, el único que aprende de sus errores y cambia, genial como el mismísimo Perón, pero mucho más íntegro. El malestar que eso produce en el honesto lector desprevenido no es sólo político, sino también literario. El recurso de invertir los roles, de convertir a los buenos en malos y viceversa (que acaso sólo utilizó con éxito Swift en sus viajes de Gulliver), es viejo como la injusticia y denota una pereza intelectual indigna de Feinmann.

Cada quince páginas, el autor nos recuerda que Aramburu tiene sesenta y siete años y Abal Medina, veintitrés. Esa es –en realidad- su única crítica a montoneros (lo que equivale a ignorar que hay buenas razones para criticarlos) y el corazón de su novela. El hombre sabio y maduro contra el joven torpe e inexperto. De las múltiples lecturas que pueden hacerse alrededor de la muerte de Aramburu, Feinmann prefiere la de un viejo sabelotodo que apostrofa a unos muchachitos irrespetuosos. Toda la novela podría resumirse en la frase “ya vas a entender cuando crezcas”.

El apasionante diálogo religioso entre dos católicos fervientes, que se anuncia en la contratapa, se reduce a unos balbuceos sobre la culpa y el castigo de Dios. Dos católicos convencidos no hubiesen abundado sobre la culpa, sino más bien sobre el perdón. ¿Es lícito juzgar –y condenar- los delitos de Aramburu que Dios, en su infinita misericordia, ya habría perdonado? Esa discusión –más interesante y verosímil- no aparece en el relato, en el que tampoco figura la palabra perdón.

Como suele suceder en estos casos, el fondo no difiere de la forma. La novela comete el imperdonable pecado (pero Dios todo lo perdona) de extenderse en explicaciones y aclaraciones y de recordarnos cada tres páginas que el autor ha leído a Hegel.

En defensa de la novela y de su autor hay que decir que lo intentó y que el resultado no es enteramente insatisfactorio. Debía saber Feinmann que la empresa era imposible desde el principio. No se puede escribir la novela de la muerte de Aramburu, porque esa novela ya existe y es insuperable. Está escrita en una prosa directa, impecable y concisa. Consta de una sola frase, pero tan extraordinariamente expresiva que cualquier cosa que se agregue es mera redundancia: “Que Dios, Nuestro Señor, se apiade de su alma”.

10 de julio de 2009

La chica que me ayuda

quien no fue mujer, ni trabajador,
piensa que el ayer fue un tiempo mejor

María Elena Walsh – “Orquesta de Señoritas”

Como a una sirvienta paraguaya

-Te juro: antes de que se me vaya la empleada, prefiero que me abandone mi marido.

Lo dice Paula, la mujer de mi amigo Ernesto. No me lo dice a mí, se lo dice a mi mujer, quien –para mi sorpresa y preocupación- asiente con la cabeza. Yo converso con Ernesto de política –porque es impropio de varones adultos e informados andar hablando de esas cosas-, pero escucho de costado porque me interesa.

-A mí me alcanza con que venga a la mañana, porque Enrique puede estar a la tarde para cuidar a la nena.

Yo sigo hablando de Cosas Muy Importantes; pero, al escuchar mi nombre, paro la oreja porque ahora el asunto afecta mis derechos personalísimos.

-¿La necesitás sólo para que cuide a la nena? –se informa Paula.

-Bueno, también quiero que me ayude con la casa.

Mi casa no es una casa, sino más bien un departamento y bastante chico, pero Ernesto me cambia ahora de tema y se pasa a la historia. Empieza a desmenuzar las causas que –a su juicio- hicieron que el Imperio Alemán perdiera la primera guerra mundial. Me gusta la conversación de Ernesto, pero presumo que a mi lado se están decidiendo aspectos decisivos de mi fututo cercano. Trato de escuchar.

-Que esté cuando vos estás, así controlás un poco, ves cómo trata a la nena, te fijás que no use todo el día el teléfono.

Esas palabras me intranquilizan ligeramente. “Que esté cuando vos estás” me prefigura un destino de niñero vespertino. A veces trato de ser o parecer un padre ejemplar. Cuido a mi hija, la llevo al pediatra, le doy la mamadera, cocino. No obstante, quisiera tener algunas horas de tranquilidad a la tarde, para trabajar o para escribir papeles como éste. Mi mujer se toma muy en serio eso de la igualdad de los géneros. Para mí, el género es una tela.

-Y tené cuidado, porque a mí, la última, me robó.

Absorto como estoy en seguir dos conversaciones diferentes, no advierto que ya es la hora de cenar. Mi mujer me pregunta:

-¿Vas a cocinar algo o pedimos unas pizzas?

La decisión es fácil. Rápidamente opto por las pizzas.

-¡Ja! –mi mujer sonríe con suficiencia- Hoy dijiste que ibas a cocinar. Me engañaste como a una sirvienta paraguaya.

Ahora, que las mujeres trabajan.
Un millón de veces he escuchado frases que empiezan con “ahora, que las mujeres trabajan…”. La frase se puede completar de cualquier modo, a veces para criticar el presente, a veces para vindicarlo; pero siempre se parte de la premisa de que ahora las mujeres trabajan y antes no. ¿Desde cuándo trabajan las mujeres?

Me acuerdo de esa zamba hermosa que dice “veo a mi tata, contento y feliz / pitando un chala y meta matiar / Mientras mi mama, déle trajinar...” y se me hace que las mujeres trabajan desde hace mucho mucho tiempo.

Alguno me dirá que lo que cambió es que ahora las mujeres trabajan fuera del hogar. Puede ser, pero –que yo sepa- ya en la antigüedad remota había esclavas y sirvientas. Además, la idea misma de hogar hace alusión al trabajo de las mujeres. Según dicen los que saben, un buen día los seres humanos descubrieron algo que ignoraban y que no tenían por qué suponer: que había una relación entre el sexo y la procreación, una relación de causa-efecto, digamos. Ese descubrimiento –que habrá sido toda una desilusión, supongo- generó la primera y más primitiva división sexual del trabajo. El varón sale a cazar, la mujer se encarga de que no se apague el fuego. Después vinieron la cultura y Aristóteles a naturalizar esa distinción y a deducir de ella consecuencias enormes y duraderas.

Han pasado ya muchos siglos desde aquel descubrimiento y –en el último siglo especialmente- algunas cosas cambiaron en forma significativa. En la Argentina las mujeres votan (1951), pueden comprar y vender aunque estén casadas (1968) y comparten con los padres varones la autoridad sobre sus hijos (1985 [1]). Todas estas cosas nos resultan ahora naturales y las juzgamos eternas, pero nuestras madres y abuelas no las vivieron.

Las mujeres pueden también trabajar, como lo hicieron siempre.

La regulación legal del trabajo de mujeres.
Toda forma de conocimiento construye y constituye un discurso, que a veces converge con otros y a veces no. El discurso del feminismo y el del derecho laboral no suelen cruzarse y empalmarse. No hay mucha mirada de género en nuestra disciplina, que sigue viendo a las mujeres con ojos patriarcales.

Sólo así se explica que –salvo algunas notables excepciones- a nadie le asombre demasiado que en la ley de contrato de trabajo siga existiendo un título entero llamado “trabajo de mujeres”, que en realidad sólo protege un determinado rol de las mujeres: sus funciones de madre y esposa.

A nadie le causa mayormente ninguna incomodidad que la protección del matrimonio este normada en esa sección del “trabajo de mujeres”, como si las mujeres se casaran entre ellas, y todavía muchos resisten la idea de que la protección de la paternidad también es algo que merece receptarse en términos de equiparación.

Nunca escuché quejas en nuestra disciplina por la existencia de un artículo como el 174 de la LCT, que establece para las mujeres un descanso obligatorio de dos horas al mediodía (que nadie cumple ni hace cumplir), aun cuando es evidente que el único fundamento de ello es permitir que la mujer vuelva a su casa para cocinar; lo cual, en definitiva, protege más al marido que a la mujer trabajadora.

Así las cosas, no es raro -y hasta resulta sintomático- que el fallo más importante en materia de discriminación laboral de las mujeres (“Fundación Mujeres por la Igualdad c/ Heladerías Freddo”) haya sido dictado en el fuero civil, bien lejos de laboralistas y laboralistos.

¿En qué trabajan las mujeres?
Cierta iconografía feminista nos ha habituado a ver en la mujer con un alto puesto ejecutivo en una multinacional el paradigma de la moderna mujer trabajadora. Las estadísticas lo desmienten.
Si utilizamos la clasificación de actividades económicas usual en los sistemas estadísticos oficiales [2], observamos que más de la mitad de las mujeres que trabajan por un sueldo lo hacen cocinando y sirviendo la mesa (Hoteles y restaurantes), enseñando (Enseñanza), cuidando personas (Servicios sociales y de salud) y haciendo la limpieza (Servicio doméstico). En otras palabras, hacen fuera de su casa las mismas tareas que tradicionalmente hacían en su casa [3].

De todas estas actividades hay una –por supuesto- que es la actividad femenina por excelencia. La mayoría de las mujeres que trabajan fuera de su casa lo hacen en una casa ajena.

El servicio doméstico concentra el mayor índice de presencia femenina (97,6% [4]) y el mayor porcentaje de trabajadoras con respecto al total de trabajadoras de todas las actividades (23,25 % del total de mujeres trabajadoras).

En otras palabras –o más bien otros números- de 3.918.000 mujeres que trabajan, 991.000 son empleadas domésticas. Más o menos una de cada cuatro.

Si la cuarta parte de las mujeres trabajadoras son empleadas domésticas, debemos concluir que no se puede –como hacen los programas de estudio y los manuales de derecho laboral- separar ambos temas. Cuando hablamos de trabajo de mujeres, hablamos –sobre todo- de servicio doméstico. Cuando hablamos de servicio doméstico, hablamos –exclusivamente- de trabajo de mujeres.

Los nombres de las cosas.
Sabemos -gracias a Borges y al Cratilo- que los nombres prefiguran y contienen lo nombrado y, por eso, el uso de sinónimos siempre implica alguna falsedad. Los obreros son obreros; los trabajadores son trabajadores; los empleados, empleados.

Algo raro pasa, sin embargo, con la manera de nombrar a las empleadas domésticas. Nadie usa ya –gracias a Dios- el horrible y ominoso sirvienta, aunque he escuchado llamarlas la paraguaya, en forma despectiva. La muchacha está reservado a señoras del estilo de Mirtha Legrand. Mucama, también está en desuso y acaso se ha transformado –en su forma diminutiva- en una palabra de uso exclusivamente erótico.

Hay también formas más raras y eufemísticas de nombrarlas. Hace algunos años, en Misiones, cuando alguien necesitaba una empleada doméstica ponía un cartel en la puerta de su casa con la leyenda “se necesita secretaria”. Giovani Guareschi, en su hermosísima novela “Vida en Familia”, la llama la colaboradora familiar.

El nombre que se ha impuesto con más fuerza es el de empleada doméstica y por eso es el que uso en este artículo. Sin embargo, es fácil observar que también este nombre genera alguna incomodidad cuya causa se me escapa. En el habla coloquial, es visible que la mayoría de las personas prefieren evitarlo y usan para ello giros de lo más complicados: la señora de la limpieza, la mujer que me viene a ordenar la casa y, sobre todo, la chica que me ayuda.

No sé a qué se debe esa incomodidad, ese uso y abuso de eufemismos, pero supongo que tiene algo que ver con el pudor. Lo que sí sé es que esos eufemismos, sobre todo el más popular (“la chica que me ayuda”), encierran cierta falsedad. La chica que me ayuda suena a una amiga que viene a visitarme de tanto en tanto y que me da una mano mientras se toma unos mates. No parece el nombre más claro para referirse a una trabajadora.

Abril.
Era en el mes de abril y en el barrio privado “abril”, el que queda cerca de la rotonda de alpargatas. Recién se había reglamentado en la Provincia la libreta de trabajo del servicio doméstico y queríamos estrenar la novedad con inspecciones y control, pero también con difusión y servicios.

La idea había sido mía y la creía muy buena. Íbamos a ir a los barrios cerrados con inspectores para controlar el registro de las empleadas domésticas y también íbamos a instalar una oficina móvil (un camión acondicionado al efecto) con computadoras, internet y cámara de fotos digital. Si la gente quería, ahí mismo le registrábamos la empleada, le dábamos la libreta y se salvaba de la multa. Era buena la idea, no me digan que no, y yo tenía muchísimas expectativas. Me imaginaba cinco cuadras de cola de empleadas domésticas en busca de su libreta.

Nos costó entrar, porque en la entrada nos dieron mil y una vueltas y, recién después de una hora, un gerente nos franqueó el acceso luego de que yo jurase por mi honor que no íbamos a sacar fotos de nada.

Yo nunca había entrado a un barrio privado y cuando pasé el portón de ingreso no pude evitar abrir la boca asombrado ante tanta tranquilidad y hermosura. No me imaginaba que en el corazón de Berazategui existiesen lugares como ése, fuera del mundo.

El resultado del operativo fue decepcionante. Las empleadas domésticas estaban todas en negro y a nadie le interesó mucho la oferta de blanquearlas ahí mismo. A la oficina móvil apenas si se acercaron tres o cuatro. Yo estaba desconcertado. No entendía –y en algún punto sigo sin entender después de mucho tiempo- cómo podía fallar tan rotundamente una idea que creía buena.

Para sacarme la decepción me fui a tomar un café al club jáus. Me acompañó el gerente que nos había habilitado el ingreso y que me seguía a todas partes preocupado porque no sacara fotos.

Empecé a cuestionar algunas ideas que tenía. Siempre pensé –y sigo pensando- que el fenómeno del trabajo en negro se explica fundamentalmente por una simple cuestión económica: el empleador que tiene a sus trabajadores en negro abarata alrededor de un 25% su costo laboral; pero esa explicación no sirve para el caso del servicio doméstico. La contribución patronal al sistema de seguridad social es, en este caso, baratísima: 35 pesos para una empleada a tiempo completo, una bicoca.

Supongamos que se trata de un empleador generoso, que –además de la contribución patronal- se hace cargo del aporte que debe hacer la empleada. Sigue siendo barato: $ 81,75 (en la época que estoy contando era $ 55). Según me dijo el gerente seguidor, en ese barrio los propietarios pagaban entre $ 500 y $ 2.500 de expensas, según la casa. ¿Cómo se explica que alguien pague esa plata de expensas y no sea capaz de pagar $ 35 (que se pueden descontar del impuesto a las ganancias) para que su empleada, la que le cuida los hijos, la que le hace de comer, tenga obra social y se pueda jubilar? Han pasado los años y todavía no encuentro la respuesta a esa pregunta.

Tampoco la ignorancia del sistema es una explicación convincente, porque desde hace ya tiempo el gobierno nos bombardea con propagandas en la televisión sobre las ventajas de blanquear a las empleadas domésticas y nadie puede quejarse tampoco de que haya que hacer trámites difíciles y engorrosos: no hay que inscribirse en ningún lado, se llena un formulario que se baja de internet y se paga en cualquier pago fácil. Mucho más sencillo que pagar la luz o el celular.

En el caso del servicio doméstico, el trabajo en negro no se explica por los costos, ni por la falta de información, ni por la burocracia. No conozco la razón por la que sucede en la magnitud descomunal en que sucede, pero sospecho que hay también algún componente psicológico, inconciente. Poner en blanco a la empleada significa reconocerle su lugar de trabajadora con derechos. Significa que ya no tiene que estar agradecida por las cosas que le doy, porque no se las doy de bueno, sino porque es mi obligación. Significa pasar de la cultura de la dádiva generosa, a la de los derechos.

Sorbía mi café, apesadumbrado, mientras rumiaba estas cavilaciones, cuando el gerente seguidor me contó una anécdota que me alegró la mañana. Días atrás había habido una reunión de padres del colegio ubicado dentro del barrio privado. Muchas madres expresaron allí su preocupación porque –pese a que el colegio dicta las clases en inglés y castellano- sus hijos aprendían primero algunas palabras en guaraní.

La cruda realidad.
La mayoría de las empleadas domésticas son pobres (71%) y, en muchos casos, migrantes (41,3 %). Sus sueldos son bajísimos. Cobran en promedio un 34% de lo que cobran las demás mujeres trabajadoras (y un 30,6% del salario promedio de los trabajadores varones). Esta enorme brecha salarial se explica -en parte- porque el 46% de las empleadas domésticas cobra un sueldo menor al mínimo que prevén las leyes para el sector.

El 94,5% de las empleadas domésticas (casi todas) trabaja en negro. Es la actividad económica que presenta el mayor porcentaje y la mayor cantidad de relaciones laborales en negro. Sobre un total de 1.980.000 mujeres que trabajan en negro, 991.000 son empleadas domésticas (prácticamente la mitad). Sobre un total de 4.075.000 trabajadores en negro que hay en el país –varones y mujeres- 991.000 trabajan en el servicio doméstico. Más o menos uno de cada cuatro [5].

Parecería que –en materia de servicio doméstico- nadie cumple la ley.

Pero, en realidad, ¿hay ley?

La ley es tela de araña.
Para la mayoría de las empleadas domésticas no hay ninguna ley de ninguna especie. Hay un estatuto, claro, que dictó Aramburu (y que refrendaron el almirante Rojas –vicedictador- y los ministros de Ejército, Marina y Aeronáutica) en uso de su poder legislativo usurpado.

Pero ese mismo estatuto excluye de sus disposiciones a las empleadas domésticas que trabajen menos de cuatro horas por día o cuatro días por semana, lo que significa en la realidad que el 52,8% de las empleadas domésticas está fuera de esa regulación.

La mayoría de la doctrina y la jurisprudencia ha deducido de ello que esas empleadas no tienen ningún derecho a reclamar nada de sus patrones [6]. Para estas trabajadoras, aquella frase de la Constitución que dice “el trabajo en todas sus formas gozará de la protección de las leyes”, es más bien un mal chiste.

¿Y las que sí entran en el estatuto? No están mucho mejor tampoco.

El estatuto no es especialmente generoso. Los derechos que concede a las empleadas domésticas caben en un solo artículo y parecen una broma de mal gusto. Las empleadas tienen derecho a dormir nueve horas seguidas a la noche (siempre que el patrón no necesite algo con urgencia), a tomarse algunos días de vacaciones, a salir del trabajo una hora por semana para ir a la iglesia, a no trabajar un día por semana –o dos medios días- (teniendo en consideración las necesidades del patrón), a faltar si se enferman (hasta treinta días), a cobrar aguinaldo y a comer. Eso es todo.

Para despedirlas, alcanza con avisarles cinco o diez días antes y, si es durante el primer año de trabajo, no hay que pagarles nada. Si ya tienen más de un año de antigüedad, les corresponde una indemnización que es menos de la mitad que la que les corresponde a los demás trabajadores.

En cambio, su jornada no tiene límite alguno, no tienen cobertura por accidentes de trabajo [7], no cobran asignaciones familiares ni prestación por desempleo y carecen de todos los derechos que se les reconocen al resto de los trabajadores, entre ellos, el más necesario y cuya omisión resulta increíble: no tienen derecho a licencia por maternidad.

-¿Qué? –me pregunta azorada Pamela, la chica que me ayuda- ¿Usted me quiere decir que si quedo embarazada no me corresponde licencia?

Exactamente. Mientras los profesores de derecho laboral nos llenamos la boca hablando de la protección de la maternidad, la cuarta parte de las mujeres que trabajan no tiene derecho a la licencia si quedan embarazadas.

Y, ¿por qué?
Las empleadas domésticas están expresamente excluidas de la aplicación de la ley de contrato de trabajo (y de todas o casi todas las regulaciones laborales generales) y sólo algunas (menos de la mitad) tienen su mezquino estatuto especial [8].

Se suele justificar esto en dos razones. La primera, que el trabajo doméstico no es motivo de lucro para el empleador. La segunda, que las tareas domésticas se desarrollan en la intimidad del hogar.

Ambos argumentos son fácilmente refutables con datos de la realidad. Hay trabajadores cuyas tareas no significan lucro para el empleador (los trabajadores de asociaciones benéficas, por ejemplo) o cuyas tareas se desarrollan en la intimidad del hogar ajeno [9] (los enfermeros a domicilio, por ejemplo) que, sin perjuicio de ello, están incluidos en las protecciones laborales generales [10].

Pero aun admitiendo que por esas circunstancias particulares sea necesaria una regulación especial, eso no autoriza a pensar que se puede desproteger del modo en que lo hace la regulación actual. Esas circunstancias particulares justifican –por ejemplo- que exista un régimen de registración muy simplificado, pero no que la jornada de trabajo sea ilimitada.

Porque, hablemos claro, el régimen normativo actual del servicio doméstico no es una regulación especial que da cuenta de circunstancias especiales como lo son el estatuto del futbolista, el del periodista, el de encargados de edificios. El régimen del servicio doméstico es sencillamente injusto. A su lado, el estatuto de los peones rurales y el de los obreros de la construcción parecen la apoteosis misma del estado de bienestar.

La verdadera razón de la desprotección de las empleadas domésticas proviene de nuestros prejuicios patriarcales más antiguos. Las trabajadoras domésticas tienen muchos menos derechos (y en la mayoría de los casos no tienen ninguno) porque sus tareas son la más clara proyección productiva del clásico trabajo reproductivo de las mujeres y, según los paradigmas tradicionales de la sociedad patriarcal, esos trabajos no valen nada.

No es que crea que Aramburu, Rojas y sus tres comandantes se juntaron a escribir el estatuto y dijeron “vamos a hacer una ley para discriminar a las mujeres”. Creo que en la época en que se dictó el estatuto (época en que las mujeres no tenían derechos civiles) esa discriminación ya venía dada, formaba parte de las premisas indiscutibles del sentido común.

El resultado es el que vimos: un régimen normativo que objetivamente discrimina a la cuarta parte de las mujeres trabajadoras y que afecta especialmente a las mujeres más vulnerables: las pobres y las migrantes. Me parece que a la luz de los nuevos paradigmas de la conciencia política, jurídica y cultural, la situación se ha vuelto inaceptable.

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[1] Bueno es recordar que la patria potestad compartida –y la igualdad jurídica de los cónyuges en todo sentido- ya había sido establecida en la Constitución de 1949, derogada por la dictadura militar de 1955. Vuelta por poco tiempo la democracia en 1973, el Congreso volvió a establecerla, pero la ley fue vetada por la primera presidenta mujer que hubo en la Argentina. Finalmente, fue impuesta a través de la ley 23.234, sancionada durante el gobierno de Alfonsín.[2]El Indec clasifica las actividades económicas en los siguientes ítems: Actividades primarias; Industria manufacturera; Construcción; Comercio; Hoteles y restaurantes; Transporte, almacenaje y comunicaciones; Serv financieros, inmobiliarios, alquileres y empresariales; Enseñanza; Servicios sociales y de salud; Servicio doméstico; Otros servicios comunitarios, sociales y personales; Otras ramas y Sin especificar[3]A menos que se indique lo contrario, todos los datos estadísticos volcados en este artículo provienen de la Dirección General de Estudios y Estadísticas Laborales del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación, se basan en la Encuesta Permanente de Hogares (INDEC) correspondiente al cuarto trimestre del año 2004 y pueden consultarse libremente en internet en el sitio del MTEySS.[4] Aunque, como bien se aclara en “Diagnóstico sobre la situación laboral de las mujeres.
Segundo trimestre de 2005”, elaborado por la Subsecretaría de Programación Técnica y Estudios Laborales del MTEySS , “Si se toma el servicio doméstico en sentido estricto, considerado el tipo de tareas desarrolladas y no ya la distribución por ramas de actividad, el total de ocupadas en estas tareas son mujeres”
[5] Los datos sobre el trabajo en negro volcados en este párrafo surgen de la serie histórica denominada “Empleo no registrado según sexo, grupos de edad, posición en el hogar, nivel de instrucción, ramas de actividad, tamaño del establecimiento, calificación de la tarea y horas trabajadas, excluyendo beneficiarios de planes de empleo” y se basa en los datos de la Encuesta Permanente de Hogares (INDEC) correspondiente al primer trimestre del año 2007. Los datos pueden consultarse libremente en el sitio en internet del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos.[6] El razonamiento que se sigue me resulta igualmente un poco raro. Puesto en palabras sencillas es más o menos éste: Si trabajan menos de cuatro horas por día o menos de cuatro días por semana, están fuera del estatuto. Si están fuera del estatuto, se aplica el régimen del contrato de locación de servicios regulado en el Código Civil. Si se aplica la regulación civil del contrato de locación de servicios, no tienen derecho a reclamarle nada al patrón si las echa sin motivo. Me parece que la última de esas premisas no justifica la conclusión final. Los artículos 1204, 1637, 1642, 1643 y 1644 del Código Civil –entre otros- dan suficiente sustento normativo como para entender que el patrón que echa a su empleada sin justificación debe indemnizarla por el perjuicio sufrido.[7] El artículo 1 del decreto 491/97 (1997) incorporó a las empleadas domésticas al régimen de la ley de riesgos del trabajo, pero supeditó dicha incorporación a que la Superintendencia de Riesgos del Trabajo la reglamentase. Doce años después, la reglamentación sigue sin dictarse y las empleadas domésticas siguen sin cobertura.[8] Para un análisis jurídico profundo de la inconstitucionalidad de la exclusión de las trabajadoras domésticas de la LCT y de muchos aspectos del estatuto especial, remito a la lectura de los excelentes trabajos de Irilo E. C. Carril Campusano “Estatuto del personal de servicio doméstico. Algunas dudas. Algunas Certezas” –ponencia presentada en el Foro Permanente de Institutos de Derecho del Trabajo de los Colegios de Abogados de la Provincia de Buenos Aires, 2009- y de Eduardo E. Curuchet y Diego A. Barreiro “Discriminación y control de constitucionalidad estricto (El caso del trabajo doméstico remunerado)”, publicado en el libro "Derecho del Trabajo y Derechos Humanos" (Luis Enrique Ramirez, Coordinardor) de la editorial BdeF, octubre de 2008 pag. 155 a 196[9] El caso de los trabajadores que no realizan tareas del servicio doméstico pero prestan sus servicios en hogares particulares da también algunas pistas para pensar. También en este caso el incumplimiento de las normas laborales y previsionales es muy alto (el trabajo en negro alcanza al 79,5%), pero –así y todo- es muy inferior al caso de las empleadas domésticas (el trabajo en negro alcanza al 94,5%).[10] De todos modos, esa no es la mejor refutación. Entre las muchas que pueden ensayarse –y en las que no me detendré porque este artículo no puede ser eterno- me gusta aquella que cuestiona la ausencia de lucro (el empleador del servicio doméstico gana dinero en el tiempo que ahorra gracias a que la empleada hace las tareas domésticas), porque amenaza con desnudar nuestros prejuicio ninguneadores de las tareas del hogar.

8 de marzo de 2009

Teología peronista




Días atrás se suscitó una interesante discusión teológica en la que participamos mi madre, mi hermano y un servidor. El tema rondaba alrededor del culto de los santos y de las vírgenes.

Arrancó mi madre, quien -quizás por pudor- atribuyó la idea a otra persona. La expongo como la recuerdo: Conviene más pedirle a un santo (o a una virgen) poco popular, porque los que tienen más seguidores están más ocupados y tardan más en cumplir.

-¡Disparate! -dije yo, que he desperdiciado mi juventud estudiando las leyes y la jurisprudencia- Los santos y las vírgenes tienen jurisdicciones definidas. Algunos, según el territorio (A Corrientes le toca la de Itatí; al norte de Buenos Aires, la de San Nicolás; la de Luján es nacional y constituye una especie de instancia de apelación de las vírgenes); otros, según la materia (para la garganta, Santa Cecilia; para la vista, Santa Lucía; para los exámenes, San José de Cupertino; para el miedo a los perros, San Roque).

Por fin, terció mi hermano Juan Pablo, que lee a Bakunin y se autoproclama anarquista (como cierto bloguero), pero que enseguida se le nota el peronismo incorregible.

Según su teoría, que inmediatamente nos convenció, los santos son una especie de punteros de Dios. Juntan las fichas de sus devotos y se las llevan al Barba.

- Mirá Dios -le dicen, mientras le muestran las fichas- toda esta gente está laburando para vos, hacen la señal de la cruz, se mandan un rezo... pero la gente tiene necesidades, ¿viste?... habría que tirarle unos milagritos para tenerla contenida...

¿A quién le prestará más atención el Hombre? ¿Al Gauchito Gil, con sus cientos de miles de fichas, o a San Eustaquio y sus tres seguidores?

La de Itatí, cumple; el Gauchito Gil, dignifica.

28 de enero de 2009

De nuevo mi amigo Ernesto y la sequía

Volvió mi amigo Ernesto de Bahía Blanca, ciudad inconveniente y naval, con nuevas y breves ideas sobre la sequía.

Me dijo: ¿Cómo puede ser posible? ¿No era que "el campo" es el sector más dinámico de la economía? ¿No era que su desarrollo tecnológico supera por mucho a la industria, el comercio y los servicios?

No, no era. Resulta que ahora nos enteramos de que dependen por entero de que el buen Dios haga llover. O sea que su sistema de producción no está mucho más adelantado que en el neolítico. ¿Por que no riegan por goteo, si son tan adelantados?

Siempre lúcido y germánico, mi amigo Ernesto se ofuscó ligeramente con mi crítica a su origen alemán y me dijo que peor yo, que desciendo de italianos, pueblo especialista en rendirse en todas las guerras y célebre por sus sociedades delictivas. En realidad no lo dijo, pero estoy seguro de que lo pensó.

Por lo menos inventaron el vermicelli.

14 de enero de 2009

Mi amigo Ernesto y la sequía


Mi amigo Ernesto me mandó un mensaje de texto que textualmente dice "La sequía demuestra que Dios está con el gobierno. Que hagan los piquetes ahora. ¡Mueran los salvajes oligarcas!"

Mi amigo Ernesto desciende de alemanes, un feo defecto que él se empeña en corregir abrazando las causas populares, pero que contamina su pensamiento con cierto calvinismo (la desgracia vista como una señal de la pérdida del favor divino) decididamente inconciente. La frase final, de neto corte federal-populista, es sencillamente deliciosa.

Sin llegar tan lejos como mi amigo Ernesto, yo me pregunto: Si la lluvia es necesaria para el campo, que llueva en el campo; ¿para qué llueve en la ciudad?