20 de diciembre de 2009

Genealogías

Como muchísimos argentinos de Buenos Aires, desciendo –por parte de padre- de italianos, lo que me incapacita por completo para la guerra e incluso para la valentía, pero a cambio me facilita el sabor elemental del agua y del vino.

Dos de mis bisabuelos, apellidados Carlsson y Hedman, eran de la dura estirpe escandinava. Raza de guerreros y navegantes con un curioso destino melancólico: todas sus proezas fueron vanas. Los vikings inventaron la poesía épica antes que los franceses, saquearon Constantinopla antes que los turcos y descubrieron América antes que los españoles, pero todas esas hazañas carecieron de consecuencias y debieron ser hechas nuevamente después.

También hay algo de sangre española en mi sangre, roja efusión de ese pedazo árabe del África adherido por un extraño albur a Europa, del que provienen la lengua castellana y la hermosa amistad de un hidalgo y su escudero.

Las noches y los días de Israel me llegan –sospecho- de mi bisabuelo David, que –aunque profesaba la fe de Cristo en la versión de Lutero- llamó a sus hijas Esther Lilith y Judith.

Todos mis tatarabuelos me son desconocidos. En casi todos los casos eso se debe a la mera ignorancia de nombres y circunstancias, pero hay uno del que sé que era desconocido. Mi tatarabuela Querubina Gil Navarro parió tres hijos de autor ignorado. Ese pequeño misterio familiar me permite agregar –sin que sea completamente una mentira- alguna imaginaria estirpe más a la ya copiosa lista, quizás la menos verdadera pero sí la más deseada. Elijo entonces pensar que tengo un poco de origen guaraní, que retumba sonoro en la palabra che y en la costumbre del mate compartido.

Mi hija Juana –a quien ayer bautizamos incluyéndola en una tradición que preside la conciencia de media humanidad desde hace ya dos mil años- hereda esta inútil genealogía mitológica.

También recibe –a causa de la madre- la tozudez cavernícola de los vaskos y la sangre original y heroica de los tehuelches, valientes señores de la tierra que no se sometieron a la cruz y al progreso, que resistieron hasta el último hombre.

A Juana le legamos estas cosas sin que concurra el más mínimo concurso de su voluntad y sin que le reporten utilidad alguna. En cambio, le damos también un idioma, una nacionalidad, una religión y un nombre, para que los use.

1 comentario:

Anónimo dijo...

puede que ni Julio Cesar, ni Juan de las Bandas Negras ni Garibaldi estén de acuerdo con una de sus primeras definiciones.