18 de septiembre de 2003

Crónicas Porteñas. Desventuras del pasajero.

Para nosotros, “Diagonal” es demorar quince minutos menos, “13 y 32” es demorar quince minutos más, “la flota” es un sitio donde sube mucha gente y “abril” es una molesta parada para ricos que por suerte sólo incomoda a los que toman “centenario”.

Entre los múltiples sindicatos increados cuyas filas integro (también me declaro miembro del Sindicato Unido de los Habitantes de Veredas Impares, de la Unión Argentina de Cantores de Tango Amateurs Con Vocación pero Sin Talento, de la Federación de Ciclistas Ocasionales, de la Unión de Peatones que Quieren Comprarse un Auto Pero Carecen del Dinero Correspondiente y de la Asociación de Grandes Consumidores de Yerba Mate), existe uno, numeroso, previsible y creciente: El de los platenses que trabajan en Buenos Aires. Se mantiene increado, sí, por ahora, porque ya inicié conversaciones para fundarlo con un pelado que sube en la flota y con una señorita que viene sentada desde retiro.

Somos muchos y nos conocemos poco. Los habemos de hábitos irregulares, pero la mayoría son un relojito, como el padre de los Romano que llega a la parada a las seis menos tres, o Alejandra Soldavini que llega a las seis y cuatro, o la rubiecita que me cruzo los martes que llega a las cuatro clavadas.

Se puede ensayar una tipología del pasajero: Los hay lectores, durmientes, wolkmanianos y conversadores; pero conviene aclarar enseguida que se trata de tipos ideales y que en la realidad todos los pasajeros participan un poquito de los cuatro tipos.

Los lectores suben y leen. Algunos –los menos- leen el diario; otros, un libro, pero la mayoría lee hojas impresas de Documentos Importantes que acaban de imprimir en su pecé. Los de los auriculares suben, permanecen y bajan enchufados y da lo mismo que existan o no existan. Los durmientes son –sobre todo- cuidadosos. Jamás hablarán en sueños o roncarán o expelerán flatulencias o se recostarán sobre el hombro de el/la compañero/a de asiento. Los conversadores –pobres- son una especie en extinción, temerosa y reprimida. Sólo se desatan un poco cuando les toca otro conversador al lado, que si no, antes de subir a la autopista ya pasan al subgremio de los dormidores.

Las clases sociales tienden a separarse. El sector medio-alto, es fiel cliente de Costera Metropolitana; mientras que el medio-bajo usa los servicios de Vía Sur, justa heredera de la Río de la Plata que continúa con honor sus glorias y deméritos. El tren es más barato, pero sólo llega hasta al borde de la capital, como si no se animase a entrar del todo.

En Vía Sur los choferes maltratan a los pasajeros. En Costera Metropolitana los pasajeros maltratan a los choferes. No sé qué actitud me molesta más, creo que la segunda.

Somos extranjeros en Buenos Aires, de la que sólo queremos escapar a la tardecita. Somos extranjeros también en La Plata, en la que sólo estamos de verdad los fines de semana.

Cuando estamos en Buenos Aires decimos es una ciudad de locos, decimos yo no entiendo como pueden vivir así, yo ni a palos. En La Plata, nos sorprendemos quejándonos de su excesiva tranquilidad los sábados por la noche. A nuestros amigos porteños les hablamos de las torres nuevas de la Catedral, del estadio único, del perfume de los tilos en primavera. A nuestros amigos platenses les recomendamos los boliches de San Telmo, los bares irlandeses del Retiro y los japiáuer a la salida de la oficina.

El vínculo de pertenencia más fuerte es –entonces- la autopista penosa y despierta de la ida, la autopista feliz y cansada de la vuelta. Somos ciudadanos móviles de una franja de asfalto extendida y con peaje.

Nuestra patria asfáltica es más bien decepcionante y nos agrisa y nos aplana. Así vamos por la vida, los hombres de traje oscuro, las damas de traje cito, repletos de rutina y humedad hasta las cejas.

Pero hubo un tiempo casi mitológico de convulsiones y sorpresas. Sucedía allá por la primavera (¿o era invierno? ¿o era verano?) del año dos mil dos. Los inefables esbirros habían clausurado para siempre la empresa Río de La Plata. Las luchas obreras (todavía hay y vuelven) habían paralizado el ferrocarril. Nuestra móvil y pobre patria asfáltica enloqueció.

Abordar un colectivo era una empresa terriblemente complicada. Nadie viajaba sentado (bueno, sí, los señores previsores de retiro) y había que abrirse paso en un pasillo gelatinoso de trajecitos arrugados y olores diversos. Todos adquirimos nuevas habilidades: leer parados, viajar haciendo equilibrio en un pie, dormir sostenidos por el puro apretujamiento. Nos acostumbramos a los tocamientos inevitables y no siempre involuntarios. Todos perdimos la compostura por un tiempo.

Después de “las nazarenas” los colectivos no paraban así porque sí. Había que esgrimir una buena razón para subir aunque sea en el estribo. Había que aguzar la imaginación para que el colectivero siquiera frenase.

Fue por esos días que trabé amistad con Carlitos, un fercho que pasaba un poco antes de las seis. No me acuerdo cómo logré subir, pero me acuerdo que –una vez arriba- era imposible volver a abrir la puerta sin que me aplastase. Después de “las nazarenas”, el colectivo ya no frenó. En la parada del Ministerio de Economía un hombrón de sobretodo implacable y mirada petulante se paró en la calle con la mano extendida. Carlitos –en un gesto de humanidad que lo ennoblece- frenó y evitó su seguro atropellamiento. Yo, que estaba un poco preocupado ante la posibilidad de que la puerta acabase con mi vida, le dije: “No le abras”.

Carlitos dudó. El hombrón –pelo canoso, mentón elevado- se puso a golpearle el vidrio del costado. “No le abras” volví a decirle. El hombrón metió la mano en el bolsillo interior del sobretodo. Creí que iba a extraer un revólver. En cambio, sacó una libretita de cuero con el escudo nacional en la tapa. Se puso a gritar “abrime, soy de la presidencia”.

Carlitos se asustó. “Que se cague”, le dije. Me miró. “Que se cague”, repitió y arrancó de un saque. Desde ese día Carlitos me guardaba el escalón de adelante. Tenía siempre el mate preparado.

Es cierto que los demás pasajeros se indignaban un poco cuando los mandaba para el fondo, cuando les decía “ahí no se puede, está reservado” refiriéndose al escaloncito de adelante; pero en un colectivo manda el chofer.

Carlitos era un tipo macanudo, tenía tres hijos, cobraba ochocientos, pero con el salario y la hora extra sacaba más o menos mil cien. Por suerte eso me lo decía a mí y no a los yupis que se apretujaban atrás, que se hubiesen indignado (como se indignarían los pseudo progresistas universitarios al ver que un fercho cobra lo mismo o más que un intelectual) y hubiesen pedido el libro de quejas como hacen siempre los yupis indignados.

Le tuve que salir de testigo –a Carlitos- porque el hombrón del Ministerio de Economía se quejó al cero ochocientos y aunque mi testimonio fue falso por completo, creo que ni Dios ni la Patria me lo demandarán. Carlitos les debe resultar más simpático que el arrogante pasajero.

Tiempos que no volverán, suspiro, mientras borroneo estas líneas sentado en un cómodo asiento del lado de la ventanilla, en un colectivo que llegó a horario y huele bien. A mi lado duerme una señorita de traje clarito y abultadas protuberancias en el tórax. El chofer se limita a manejar y a tratar con cortesía a los pasajeros que ni lo miran. Sólo queda mirar por la ventanilla nuestra pobre y penosa patria asfáltica y tararear aquello de “floridos tiempos que añoro / por los caminos de olvido / viejas visiones que lloro / sueño querido / que te alejás”, pero bajito, para que no se despierte la niña de las protuberancias.

En fin.

ElQuique

Autopista Buenos Aires-La Plata, Jueves 18 de Septiembre de 2003

8 de agosto de 2003

Cancionero Indispensable para Patriadas

Discurso del método

Hubo una época en que teníamos escarapela, bandera, fechas patrias y un panteón de héroes más o menos admirables y respetados. Esa época puede ubicarse en la cronología general de todos, pero también en la personal de cada uno, en cuyo caso se llama infancia.

Las posibles y probables añoranzas no pueden traerla de vuelta, porque su requisito imprescindible es la candidez y –se sabe- el conocimiento y la experiencia son fenómenos irreversibles.

La Historia Seria de nuestros días, demasiado influida por el materialismo dogmático –especie de calvinismo sin Dios pero con su predestinación de hierro-, es la historia de las cabezas de ganado. Describe –con asepsia y rigor- los escenarios y los procesos. Los hombres aparecen, sí, como actores de una trama general que no deciden y que ni siquiera sospechan. La tarea del Historiador Serio es entonces descifrar los mecanismos secretos de la trama, desdeñando anécdotas y personajes.

Es una historia bilardista, porque privilegia el resultado por sobre las hazañas personales. Es una historia mayorista, porque no se detiene en el detalle.

El hombre de la calle prefiere otra historia: “La historia que le gusta a la gente”, como la llamamos con uno de mis amigos. En ella, no hay escenarios determinados, ni procesos irreversibles. Hay hombres que hacen, que dicen, que deciden, que ejecutan. Algunos –por genio, por valor, por azar, por elecciones- se destacan. No hay cómo llamarlos. El nombre “héroes” es demasiado griego y mitológico y militar. El devaluado y escolar “próceres” tiene el problema de que todos ignoramos parejamente su significado. “Caudillos” no es mejor, porque sólo define una especie del género.

En la primera mitad del siglo diecinueve, Tomás Carlyle escribió y publicó “De los héroes y del culto de los héroes”. Dice allí “La historia del mundo es la biografía de los grandes hombres”, nada más[1].

Se trata –es cierto- de una historia farandulera, porque prefiere la mínima anécdota personal al rigor. Se trata más bien de una historia chaupucera, pero eficaz.

Las canciones que integran esta colección participan de esta última idea. La primera de la serie, avisa desde la voz de Cafrune: La patria no se hizo sola, la soñaron unos cuantos y la ganaron después unos hombres de a caballo. Toda una petición de principio desalentadora para los cultores de la generación espontánea. No habrá aquí referencias a la situación socioeconómica del plata a principios del siglo diecinueve, no se hablará de la estructura agroexportadora ni de la elite ganadera. Nada de eso.

Algunas composiciones son auténticamente antiguas (la Zamba de Vargas, por ejemplo), pero la mayoría son recreaciones posteriores. Poseen en común que refieren a hechos o personajes de un espacio más o menos ubicuo que –a falta de mejor nombre- llamamos Argentina y de un tiempo que fue siglo de luces y de sombras, extendido entre el seis y el ochenta del siglo diecinueve.

La otra característica común –la principal- es que narran o siquiera mencionan un tipo especial de aventura sudamericana: La patriada.

En esta colección, el tango convive con la chacarera, el chamamé, la zamba, el estilo y el carnavalito. Aunque a veces se esfuerce en no parecerlo, Buenos Aires también es la patria.

La patria

En mil ochocientos diez, unos españoles que habían nacido en el confín del planeta hicieron un juramento solemne: A partir de hoy seremos una cosa que ignoramos: argentinos. Esta ínfima variación de la voluntad de algunos hombres desencadenó y sigue desencadenando consecuencias increíbles: El mate amargo, el asado con o sin cuero, la birome, el colectivo, la divisa punzó, el Uruguay, la doctrina Drago, treinta mil desaparecidos, el “che” que es a la vez vocativo y guerrillero, el dulce de leche, la viveza criolla, Evita, el tango, la incomprensible e infame canción aurora, las cuestiones de límites, el obelisco, los cigarrillos jockey club, la escarapela y su incierto día, Gardel, la mano de Dios, la parrillada, el divortium aquarum, la tercera posición, los montoneros vistosos del diecinueve, los montoneros clandestinos del veinte, el increíble tambor de tacuarí, el culto de la amistad viril, el auge del psicoanálisis, la palabra indexación que quiere decir aplicar índices, la década infame si es que sólo hubo una, la hora de la espada, la columna vertebral del movimiento, el aluvión zoológico, la voz chillona de Madonna cantando don’t cry for me Argentina, las rubias de New York, las francesitas que hicimos suspirar, los laureles que supimos conseguir.

Y Borges, por supuesto, cuyas majestuosas enumeraciones he intentado –sin éxito- imitar.

El espacio

Todas las historias aquí narradas suceden al sur del ecuador, al oeste de greenwich, en un continente llamado Sudamérica, sagazmente alejado de un concierto de naciones civilizadas que desafina. Es aventurado decir que suceden en la Argentina, aunque de un modo secreto eso no deja de ser cierto.

Todas las provincias federadas se encuentran representadas[2]. Entre todas –sin embargo- algunas se destacan. La Rioja, perpetuamente rebelde y díscola, encarnada, encabeza el listado. La justa y razonable provincia de Entre Ríos –que inventó el federalismo y derrotó tres tiranías (dos porteñas y una oriental)-, le sigue. Corrientes, Catamarca, Santiago, la benemérita y muy digna provincia del Tucumán, poseen el lugar que por méritos les corresponde. No falta alguna mención a esa cordobesada bochinchera y ladina.

Dos injustas omisiones: Las provincias de Cuyo y la caliente y siempre joven provincia de Misiones están insuficientemente representadas. Me he esforzado por encontrar canciones que las mencionen, con pobres resultados. Creo que la explicación es ésta: Los hijos de estas valientes y heroicas provincias combatieron al enemigo exterior y no se mezclaron mayormente en las guerras civiles; y el arte popular –se sabe- prefiere la eterna historia de Caín asesinando a Abel.

Mendocinos, puntanos y sanjuaninos se desangraron en Chacabuco, Maipú, Junín, y Ayacucho. A las órdenes de San Martín, de Bolívar, de Sucre, le regalaron la libertad a todo un continente peleando en tierras remotas. Con ellos, se puso por fin el sol en el viejo imperio de Carlos Quinto. Hay un homenaje –mínimo, insuficiente y escolar- en los sesenta granaderos.

Mis comprovincianos guaraníes iniciaron la guerra de resistencia contra el imperio esclavista en la heroica y fluvial jornada de Mbororé, allá por el mil seiscientos y pico. Los guiaba el signo de la cruz de Tupá Memby y los fusiles de la Compañía de Jesús. Con Andresito Guacurarí siguieron resistiendo en el siglo diecinueve. Otro misionero nacido en Yapeyú, de nombre José y apellido de santo, hizo algunas lindezas en América.

Pancho Ramírez obligó a Buenos Aires a convertirse en una provincia –contra su voluntad- allá por el año veinte. Esa imposición extraña y artificial fue después resucitada por Dorrego y continuada por Rosas. Así y todo, se nos hace difícil creerlo. Buenos Aires es Buenos Aires a secas y los títulos que suelen agregarse hoy a su hermoso nombre, como “provincia de”[3] o “ciudad autónoma de”, son –además de artificiales- vanos. Buenos Aires, tan eterna como el agua y el aire, hermana mayor de las provincias (mal que nos pese), reina indiscutida de un Plata republicano, tutela y dirige toda esta colección.

Los territorios conquistados al indio y al Paraguay (que hoy se llaman provincias) por supuesto no figuran. Bueno es reconocer que hay zonas de la patagonia que vienen esforzándose para merecer el título de provincias.

Las provincias del Alto Perú, el Paraguay y el Estado Oriental[4] tienen en esta colección el espacio que merecen. El hecho de que no integren hoy la federación es una mera circunstancia política.

El tiempo

El siglo diecinueve fue un siglo mejor. Esta sencilla e incontrastable verdad no requiere de demasiadas comprobaciones ni ejemplos. La comparación con el olvidable siglo veinte es abrumadora. Salvo el maravilloso intento de la década peronista, nada hay que merezca rescatarse de ese siglo que –gracias a Dios- ya terminó. Los sucesos del siglo veinte (con la excepción señalada) son decepcionantes. Conocimos por primera vez una derrota en una guerra internacional, la tiranía militar nos presidió en el gobierno, la subordinación económica y política se hizo evidente y penosa, y hasta los logros de los años felices fueron prolijamente desactivados en los últimos treinta años del siglo.

En el diecinueve –en cambio y al menos- nos quisimos y nos hicimos libres, construimos una identidad colectiva, liberamos buena parte de América e inventamos un país en base a estas crueles provincias. No todas fueron Rosas, es cierto, pero inventamos lo que somos. Y lo hicimos de la nada.

Las composiciones que integran esta colección dan cuenta de ese espíritu de invención, de alegría, de coraje y de voluntad. Es cierto que algunas son brutales y violentas y que eso también es propio de la época que narran[5]. Bueno es decir también que si se peleaba, se mataba, se degollaba y se aireaban cabezas en picas, se lo solía hacer limpiamente y a cielo abierto; algo tan diferente a la tortura como una acción burocrática; al asesinato secreto, masivo y aterrorizador; a la revolución como un ejercicio furtivo y clandestino y compartimentado.

Las patriadas

La patriada -en sentido estricto- es una aventura medio militar, medio popular, medio principista y enteramente destinada al fracaso.

El procedimiento es más o menos el siguiente: Afincado en una provincia, se convoca a la paisanada. Se realiza entonces el pronunciamiento contra el infame gobierno central y se emite una proclama repleta de vivas y de mueras. Acto seguido, se espera el previsible arribo de las tropas nacionales. Mientras tanto, pueden entonarse algunas de las canciones de este volumen. Si las tropas nacionales se demoran –por falta de efectivo, de municiones o por pura fiaca nomás- se puede iniciar la marcha sobre Buenos Aires. En esos casos siempre conviene ganar y atar los caballos a la pirámide de mayo. No está previsto remojarse las patas en la fuente, pero creo que se puede hacer esta concesión a la modernidad, porque ya casi es un clásico también. Hay que tener un poeta, que escriba cielitos y vidalas sobre la patriada. Hay que inventar una divisa que no necesariamente debe ser celeste o rojo punzó.

El desenlace no es menos convencional: Las montoneras compensan al principio con su valor el enorme desequilibrio militar. Finalmente, las tropas nacionales –empujadas con los rémingtons y el oro británico y brasileño- vencen. Para el caudillo se prefiere un final con muerte, pero se admite también el exilio, siempre que venga acompañado de pobreza y desamparo.

Lo cíclico y convencional del procedimiento, el previsible e inevitable final, no disminuyen el ímpetu, la voluntad y el coraje. La patriada no se hace buscando el efímero éxito. La patriada se hace para inscribir un signo, para dejar una señal. Su materia no es el tiempo, sino la variable y múltiple eternidad.

El siglo veinte nos ha acostumbrado al cuartelazo, cuyo éxito es seguro desde el comienzo y que se hace para el mal.

Disfruten este cancionero con salud.

ElQuique.
Buenos Aires, 8 de agosto de 2003.


[1] También Shopenhauer escribió que “Los hechos de la historia son meras configuraciones del mundo aparencial, sin otra realidad que la derivada de las biografías individuales. Buscar una interpretación de esos hechos es como buscar en las nubes grupos de animales o de personas”.
[2] Hoy la ignorancia porteña –que no distingue- ha popularizado la idea de que son del “interior” todas las provincias que no son Buenos Aires. Bueno es aclarar entonces que en el siglo diecinueve, el interior abarcaba un espacio más o menos extenso y preciso, cuyos límites eran Córdoba por el sur y Salta por el norte y de ningún modo comprendía a las provincias litorales ni a las de Cuyo ni a las del Alto Perú, ni al Paraguay.
[3] La calificación de “provincia” es la más curiosa. He viajado por el país. En Tucumán encontré tucumanos; en Misiones, misioneros; en Entre Ríos, entrerrianos; en Córdoba, cordobeses; en Jujuy, jujeños; en Corrientes, correntinos. En Buenos Aires, en cambio, encontré porteños, platenses, necochenses, bahienses, ensenadenses, marplatenses. Jamás conocí –y dudo que exista- alguien que íntimamente se sienta “bonaerense”
[4] ¿Habrá que avisar a alguien que en el Estado Oriental los colorados no son federales sino todo lo contrario?
[5] Se escucha, por ejemplo en “Guerra con el Brasil”: “Orientales y argentinos, vamos juntos a peliar. Cuando el cuchillo se mella, es más lindo degollar”, o en “La vuelta del montonero”: “Y envenenao de dolor, sangre pido pa’ mi lanza. Con uno que haiga, me alcanza; pero si son más, mejor”.