19 de agosto de 2012

Modos ejemplares de ser fusilado (XIII): el gaucho Cabituna


Un fusilamiento por error, que hay muchos.

Los hechos sucedieron durante la revolución nacionalista de 1874, cuando Mitre y Arredondo se levantaron contra Sarmiento. Un coronel tucumano, Julio Argentino Roca, comandaba la represión contra Arredondo, en Cuyo. Lo iba siguiendo despacito, sin atacarlo, para agotarle las fuerzas.

El depuesto gobernador de Mendoza se estaba reorganizando y necesitaba enviarle un mensaje a ese joven coronel. Eligió para ello al más confiable de sus hombres –el gaucho Cabituna- dueño del mejor caballo que jamás había galopado por Mendoza. Un colorado hermoso.

-Vaya con cuidado, Cabituna –le dijo-. Evite los caminos y no pare. Hay espías de Arredondo en todas partes. Confíe solo en las patas de su caballo.

-Descuide. El potro nunca me falló.

Cabituna dobló con cuidado el pequeño papel que le entregó el gobernador y lo escondió en la herradura del caballo. Cabalgó veinte horas seguidas esquivando los caminos, sin comer y sin dormir; pero paraba cada tanto unos minutos para que el animal no se canse.

-Tranquilo, Colorado, ya casi llegamos –le decía con dulzura en las orejas.

Ya muy cerca del campamento de Roca, se apeó por primera vez junto a un arroyo y se lavó la cara, para estar presentable. Cuando llegó por fin ante el jefe de las tropas leales, apenas saludó y le extendió el papelito. Cabituna era hombre de pocas palabras.

El coronel Roca leyó el mensaje con detenimiento y gesto de preocupación. Miraba de reojo al mensajero. Junto a él, tres señorones mendocinos vestidos de civil murmuraban:

-No se confíe, coronel. Mírele la pinta al chasque. Fresquito y con la cara limpia. ¿Y dice que cabalgó veinte horas? No hay que creerle.

-Fíjese en el caballo, coronel. Ni cansado parece.

-Yo lo tengo visto al gaucho, coronel. Es un espía de Arredondo, seguro.

Roca los escuchaba mientras miraba a Cabituna con detenimiento. De reojo, semblanteaba también al caballo. Por fin, dijo algo:

-Yo creo que ese caballo tan bien entrazado no pudo haber cabalgado veinte horas. Yo creo que usted es un gaucho mentiroso. Yo creo que lo mandó Arredondo para espiarme y lo voy a fusilar. Diga algo en su defensa.

Cabituna era hombre de pocas palabras y mucha dignidad. Solamente dijo:

-Si me fusila, mata a un inocente.

En el lugar se encontraba también el teniente Ignacio Fotheringham, que hizo una sugerencia sensata:

-Matemos al caballo para ver si en las últimas horas ha comido.

A Cabituna se le hizo un nudo en la garganta. Hablaban del Colorado, el caballo que era su orgullo y su mejor compañero. Sintió lo mismo que si amenazaran a su mujer o a sus hijos.

-El animal es inocente, señor –dijo.

Roca ya no dudó. Apenas se dio vuelta para mirar a uno de los soldados de su custodia y, señalando al mensajero, dijo:

-Péguenle cuatro tiros.



ElQuique.

9 de marzo de 2012

Modos ejemplares de ser fusilado (XII): Sargento Músico Luciano Isaías Rojas.

Hay una frase ingeniosa que dice que la inteligencia militar es a la inteligencia, lo que la música militar es a la música, y que postula, en ambos casos, la existencia de un oxímoron. Yo sé, en cambio, que la vocación militar y la artística no son forzosamente incompatibles.

Luciano Isaías Rojas había abrazado ambas vocaciones. Era sargento músico en la banda del Regimiento 2 de Infantería, pero también supo alguna vez empuñar el fusil y demostrar su estatura de soldado. Un último gesto antes de morir lo revela de una sensibilidad humana extraordinaria.

El 9 de junio de 1956, un grupo de militares patriotas liderados por el general Juan José Valle se alzó en armas contra la dictadura de Aramburu. La proclama de los sublevados –probablemente escrita por Marechal- no dejaba dudas sobre sus intenciones políticas: democracia sin proscripciones y vigencia irrestricta de la Constitución Nacional. El movimiento insurreccional tenía su epicentro en La Plata, pero se extendía también a Campo de Mayo y Palermo. Eran notoriamente peronistas.

La insurrección fue aplastada a sangre y fuego y sus protagonistas fueron fusilados poco después. Entre ellos, el sargento músico Luciano Isaías Rojas.

La historia detallada de su muerte no la cuentan Rodolfo Walsh ni Horacio Gonzáles ni ningún peronista incorregible; sino Jorge Luis Borges, un rabioso antiperonista que festejó los fusilamientos. Por eso, no dudo de que es estrictamente cierta.

En su diario personal repleto de chismes y habladurías (impiadosamente editado en mil setecientas páginas por Ediciones Destino), Bioy Casares cuenta que Borges le cuenta la historia. A Borges, a su vez, se la contó uno de los protagonistas, uno que empuñaba un fusil tembloroso.

Ese anónimo confidente de Borges era conscripto en el 2 de infantería y una noche nublada lo subieron a un camión y lo llevaron a la vieja Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras. En el patio vio, formados en línea, a nueve jefes de su regimiento. Llevaban uniforme de fajina y tenían las manos atadas.

Un capitán los hizo formar frente a los prisioneros en dos filas; los de adelante, con una pierna arrodillada; los de atrás, de pie. Eran cuarenta y nueve conscriptos armados que conformaban un muro erizado de fusiles a dos alturas.

No había luz en ese patio y alguien mandó encender los faros de los camiones. Recién entonces, el anónimo conscripto narrador de esta historia descubrió que entre los prisioneros estaba el sargento músico Luciano Isaías Rojas, el más querido de los jefes de su regimiento.

Al verlo, no pudo contener las lágrimas. El fusil le temblaba. El sargento músico Luciano Isaías Rojas lo miró entonces con ojos comprensivos y -con esa misma voz paternal y cariñosa que usaba en el regimiento- le dijo, señalándose el pecho:

-No es nada, muchacho. Apuntá acá.