28 de diciembre de 2008

Murió Huntington

Se murió Huntington y no sé si ponerme contento o triste.

Principal exponente del pensamiento norteamericano incorrecto, influyó decisivamente en las peores calamidades que el imperio impuso al mundo en los últimos tiempos. En los setenta explicó en la Comisión Trilateral que el principal problema que aquejaba al mundo era el "exceso de democracia", lo que sirvió como base doctrinaria de nuestras dictaduras no sólo militares. En los 90, su "choque de civilizaciones" predijo, justificó y quizás en alguna medida provocó la agresión imperialista a gran escala contra el mundo musulmán.

Su prosa deliciosa e inteligente, en cambio, nos mostró una mirada del mundo que, incorrecta y todo, no carece por completo de su cuota de verdad. No tanto "Choque de Civilizaciones", que es apenas una adaptación muy simplificada y mediocre del monumental "Estudio de la Historia" de Arnold Toynbee (aunque tiene la virtud de corregir el error descuidado de Toynbee que veía a latinoamérica como parte de la civilización ocidental; Huntington, en cambio, nos considera con estricta razón una civilización separada); sino más bien su último libro "Quiénes somos".

Lo tengo en la bibliotequita de abajo de la mesa de luz, en donde guardo los libros más imprescindibles (junto con el "Don Camilo" de Guareschi y los de Borges) y vuelvo a él de tanto en tanto.

"Quiénes somos", es más una afirmación que una pregunta. Comienza señalando la diferencia absoluta entre la inmigración europea y asiática (inofensiva y enriquecedora) y la latina -especialmente la mexicana- (disolvente y peligrosa para el way of life wasp).

Las diferencias, es cierto, son notorias. Los italianos, irlandeses, alemanes y chinos que ingresan a los Estados Unidos se dispersan por todo su territorio, olvidan prontamente sus idiomas y costumbres de origen, suelen prosperar, inmensos océanos los separan de sus países de origen. Los latinos, en cambio, llegan de acá nomás, mantienen vínculos con sus parientes y amigos del sur del río bravo, se concentran en las zonas fronterizas, viven en territorios que fueron alguna vez mexicanos o españoles y que conservan nombres tan poco anglosajones como Los Ángeles, Tejas o Florida; siguen hablando castellano en la intimidad familiar aun en la cuarta generación, no se integran, mantienen el idolátrico culto de sus múltiples vírgenes (entre las que se destaca la guadalupana, claro está), prosperan muy poco.

Huntington estudia estas diferencias y analiza -alarmado- el proceso que ha llevado a que los Estados Unidos sean hoy el tercer país del mundo con mayor cantidad de hispanohablantes (después de México y Colombia y justo antes de la Argentina).

Concluye que -si no se detiene el proceso (y no cree que se detenga, porque se trata de un profundo proceso cultural de reflujo histórico)- los Estados Unidos se dividirán en el futuro cercano en dos países distintos: uno angloprotestante en el nordeste, con centro de gravedad en New York; y otro latinoamericano en el sudoeste, con centro de gravedad en Los Ángeles. La división -dice Huntington- será cultural, idiomática, religiosa, pero también política. No llega a decirlo, pero insinúa que quizás el nuevo país se llame Aztlán, lo cual me parece sencillamente hermoso.

Es un libro imprescindible, que Huntington escribió con horror y alarma y que nosotros leemos con alegría y esperanza.

Ahora se murió y, como decía al principio, no sé si ponerme contento o triste. Me figuro, eso sí, que su dios presbiteriano, severo e inmisericorde le habrá reservado un sitio convenientemente angloprotestante, en el que estará prohibido el alcohol y todos comerán avena Quaker, en el que no importunarán los santos y las vírgenes, ni la música ni el griterío ni el baile, sin mariachis mexicanos, ni acordeonas colombianas, ni mulatas del caribe, ni vinito chileno, ni asado argentino; en donde sólo reine una fría legalidad deshumanizada. Un lugar, en definitiva, que para él sea el paraíso y, para nosotros, la imagen viva del infierno.

Que así sea.

15 de octubre de 2008

Tangueras





Una se llama Soledad y la otra, Dolores.
Está claro que tenían destino de tangueras.

5 de octubre de 2008

Tango senegalés

En materia tanguera siempre fui un poco fundamentalista. Los años cuarenta significan para mí la época en que comenzó la decadencia del tango. Discépolo, el principal corruptor moral de sus letras. Piazzolla, un rockero interesante. Mi padre y mi abuelo, en cambio, prefieren la música moderna.

Por eso, cuando invité a mis parientes a ir a ver a La Chicana, que por primera vez tocaba en La Plata, recibí la cargada de mi padre en forma de mensaje electrónico. Decía así:

"Mi dulce nieta Francisca (que anoche me contó un cuento cuyos personajes eran quequito y una tal Luján) resumiría mi estado de estupor por este mail con su célebre frase “No te lo puedo creer”. La Chicana volvió de su gira por … ¡Senegal! Y, más aún, incorporó a su repertorio milongas africanas y brasileñas. Como habrá sonado en los últimos arrabales de Dakar aquello de estar invitado con tarjeta de cartón, tan apreciado en Sarandí. Como sonará “mama, llevame pal pueblo” en Wolof, el lenguaje de su etnia mayoritaria (algo así como los xeneises aquí). Aclaro que todo esto me sorprende, pero gratamente. Siempre fui admirador del ruiseñor senegalés Baaba Maal, nacido en Podor, bien al norte, que si bien no pertenece a la casta tradicional de músicos, los griot, porque es pulaar, se asemeja a ellos como poeta, cantante, historiador, consejero y músico ambulante. Admiro a Senegal, que una vez independizado de Francia, en 1960, los doblegó a pelotazos en la Copa Mundial de Fútbol Corea-Japón, en 2002. Antes, en el país sojuzgado, el espaldarazo lo daba un aplauso en el Sena o en New York. Por eso tantas Margots y Peggis y Bettis. Algo está cambiando en Argentina. Levantemos el revisionismo tanguero. Ahora, Enrique, ¿no era que con el Zorzal comenzó la decadencia del tango? ¿No ejerció Piazzolla el desviacionismo musical? Todo eso para invitarnos ahora a escuchar tangos senegaleses. ¿No te lo puedo creer!"

Para todos ustedes, pego a continuación un tanguito senegalés que otrora cantaba una tal Sofía Bozán, que debía ser africana porque le decían "la negra bozán":


14 de septiembre de 2008

Borges y la matemática

La palabra Borges, que hoy se usa para designar eventos culturales, entregas de premios, calles y centros de estudios, alguna vez habrá servido (yo no existía y por eso no lo recuerdo) para nombrar a Borges. En aquella remota época, el nombre se usaría solo o –a lo sumo- antecedido del pronombre jorgeluis. Ahora es inevitable rodearlo de laberintos, bibliotecas, cuchilleros y nombres escandinavos.

Cuando yo era muy chico, mi madre me sugirió (con la benevolencia y obligatoriedad que llevan implícitas las sugerencias maternales) la lectura de Borges. Creo que mi padre no aprobaba esa idea por vanas razones políticas y le hubiese gustado que a mi me gustaran los clásicos. A los tres años me abrumaba con Mozart en el tocadiscos y llegó a regalarme un ejemplar de la Ilíada, lo que me alejó para siempre de la música clásica y la literatura griega.

A esa sugerencia materna (que nunca he agradecido suficientemente) debo la alegre compañía de la voz de Borges y el gusto por la literatura. Sobre todo lo primero. No hay un día en que no repita un verso o siquiera la feliz combinación sorprendida de un nombre y un epíteto.

No soy un hombre de letras y he desperdiciado mi juventud estudiando las leyes y la jurisprudencia. No soy capaz, en consecuencia, de juzgar o siquiera opinar sobre Borges, pero me gusta demorarme en sus felicidades.

Por eso, antenoche caminé las dos cuadras que me separan del Colegio de Abogados para escuchar la conferencia de Guillermo Martínez sobre “Borges y la matemática” y me volví tibiecito de ternura a mi casa.

La vanidad de los escritores suele ser infinita. En Guillermo Martínez, en cambio, tiende a cero. Entre ceros e infinitos nos paseó durante dos horas por los horrores y hermosuras de ese laberinto (Dios me perdone la palabra) inagotable que son los números.

Ayudado por un pizarrón, repasamos “La muerte y la brújula” para encontrar el error de Borges en el final del cuento, seguimos con Cantor, que convirtió la matemática en poesía, y nos demoramos en sus números transfinitos, en los que la parte no es menos copiosa que el todo.

Martínez desmintió a Xul Solar, que proponía substituir la notación decimal por una duodecimal, en la que doce se escribe 10. Esa innovación –nos dijo- de tremenda importancia práctica, no importa ventaja alguna para el pensamiento, al que le da lo mismo que los signos sean dos, diez, doce, o trescientos. De hecho, Funes, el memorioso, había ideado un sistema de numeración con muchísimos más signos. Ello no lo llevaba a pensar más ni mejor.

Con “El libro de arena” y “La biblioteca de Babel” nos asomamos a la idea de que el inhumano infinito no se lleva bien con las nociones humanas de “grande” y “pequeño”. Algo, en esta parte de la exposición, me recordó algunas palabras de Hermes Trismegisto. Por suerte, en ninguna parte de la charla traspasamos el límite que separa la matemática de la física y pudimos evitar cualquier referencia al universo realmente existente.

Creo que al final el tema era el de las series lógicas, tema de la novela “Crímenes Imperceptibles” de Martínez, llevada al cine por Alex de la Iglesia con el título de “Los crímenes de Oxford”. Me enteré entonces que los matemáticos han demostrado que dada una serie de tres números, cualquier número que se coloque en cuarto lugar –cualquier número- posee una justificación lógica. Es imposible, entonces, mencionar cuatro números al azar. Aquí terminó la charla, cuando ya estábamos a punto de caernos en el abismo metafísico.

La música –la idea es de Borges, claro- puede prescindir del espacio (nadie puede señalar el lado derecho de una melodía), pero necesita el tiempo, la sucesión. La matemática, en cambio, puede prescindir por completo del universo, porque es en realidad un universo.

Un universo compuesto de diez signos numéricos (en rigor, sólo necesita dos signos) y dos de operación (el + y el -, todos los demás son abreviaturas de aquéllos). Esos mínimos elementos son suficientes para crear un universo tan variado, completo, misterioso e insondable como el nuestro.

Al fin y al cabo, nuestro complejo universo repleto de planetas, dictadores, sílice, emociones, agujeros negros, jugadores de fútbol, desencanto; es también una combinación estremecedora de partículas elementales.

13 de septiembre de 2008

Semana del Chamamé

Creo que empieza hoy la semana del chamamé. Termina el 19 (día del paso a la inmortalidad de don Tránsito Cocomarola) en que todos festejaremos en el Luna Park junto a los alonsitos, ramona galarza, los de imaguaré, mario bofill y el Gran Tarragó Ros.

Para ir calentando motores chamameceros modifiqué el post "La Tierra sin Mal" en el que digo mis pobres verdades sobre la música que más me gusta y le agregué unas cuantas canciones para ilustración y deleite espiritual.

Unos amigos mexicanos estuvieron de visita en el blog y quieren publicar mi noticia chamamecera en una revista de allá, del límite norte de la patria.

La alegría no es sólo brasilera.

Les mando un abrazo.
http://elquique.blogspot.com/2007/08/la-tierra-sin-mal.html

PD: Apúrense a comprar las entradas para la fiesta del luna park, que ya casi no quedan.

7 de septiembre de 2008

Las mañas de Andresito

Después las llamaron “guerra de montoneras”, pero al principio se las conocía como “las mañas de Artigas”. Suele creerse que los principios de táctica militar de estas guerrillas eran inexistentes y es sabido que la expresión “montonera” alude a que –incultos e incivilizados- peleaban “en montón” y no conocían (o simplemente no usaban) las exquisiteces europeas de la doble línea o la formación en cuadro.

Lo cierto que es que existía en estas tropas irregulares una táctica militar avanzada y distinta, que les permitió derrotar muchas veces a ejércitos visiblemente superiores dirigidos por científicos de la guerra y que hizo que siempre resurgieran hasta la definitiva derrota –y muerte- de Aparicio Saravia en Masoller cuando ya estaba bien empezado el siglo veinte.

Lo cierto, también, es que algunas de estas tácticas -que se fueron refinando con el tiempo y la experiencia- (el uso que de la lanza hacía la caballería, por ejemplo) fueron después incorporadas por los ejércitos profesionales aliados durante la guerra de la Triple Alianza y, de allí, pasaron al ejército alemán que las utilizó en la guerra franco-prusiana.

Los orientales reclaman la paternidad y la primacía en materia de montoneras y, sin perjuicio de las lindezas riojanas, debemos reconocer que con Artigas y Aparicio –el primero y el último montonero, respectivamente- fueron los orientales los que abrieron y cerraron un capítulo no sólo militar de nuestra historia.

No pienso discutir con orientales o riojanos sobre ninguna primacía especial. Sólo señalaré un aporte misionero útil -pero sobre todo hermoso- a esas tácticas criollas. Lo cuenta el propio Artigas en sus memorias.

Se sabe que las tropas montoneras de Artigas no tenían propiamente infantería ni caballería (y, por supuesto, la artillería era un lujo que, por lo general, estaba reservado a los ejércitos profesionales), sino más bien una mezcla de ambas, que algunos llamaron “infantería montada”. Los montoneros (contra lo que su nombre parece indicar) peleaban dispersos y en parejas y atacaban desde todos los lados posibles. Esto disminuía la eficacia de los cañones y de las rígidas formaciones enemigas y aumentaba entre ellas el desconcierto y la zozobra. Los montoneros iban a caballo pero no efectuaban cargas de caballería, sino que se apeaban para disparar y montaban para huir cuando los perseguían. Siempre actuaban en parejas de manera que un montonero cubriese el ataque de otro.

Andresito Guacurarí, aquel mítico comandante misionero, único gobernador indio que existió en la Argentina, le propuso a Artigas una innovación que parece poesía, pero que aumentó enormemente la eficacia de estas tropas irregulares. Propuso que las parejas se formaran no por la voluntad de un sargento, sino por la de la propia tropa. Así, todos preferían combatir al lado de un pariente o de un amigo y ése era un vínculo adicional que los llevaba a no abandonarse en el combate.

La guerra de montoneras sobrevivió a Andresito, cuyo aporte y cuya historia es más olvido que recuerdo. Vayan estos apuntes de homenaje al más querible de nuestros héroes.

Boomp3.com

3 de agosto de 2008

Crónicas puntanas


El futuro llegó hace rato.

-Lo que se ve es que hay mucha obra pública... – le dice una señora sentada con su marido pelado a la moza que sirve el desayuno en el hotel. A mí me gusta escuchar las conversaciones ajenas, lo confieso.

-Así es- contesta la moza, con un tono que se pasea entre el orgullo y la cautela.

-... aunque algunas son medio faraónicas –la señora se pone repentinamente crítica y egiptóloga-, ayer, por ejemplo, estuvimos en la Ciudad de la Punta. Demasiadas cosas para tan poca población.

-Lo que pasa es que esa es una ciudad para el futuro.

La ciudad del futuro.

En el medio de un valle desierto –absolutamente desierto- aparece la Ciudad de la Punta. Cerca de San Luis (capital) pero literalmente en el medio de la nada. No dudo de que el diseño urbanístico debe ser excelente, dado que en su factura participó mi futuro cuñado Eloy, pero carezco de las aptitudes para evaluarlo.

Eso sí: a simple vista todo parece un exceso. La Ciudad de la Punta tiene once mil seiscientos cuarenta y dos habitantes, según reza un cartel a la entrada vagamente exacto. Para ese puñadito de gente, hay tres escuelas, una universidad, un centro astronómico y el set cinematográfico más grande del país.

En la Ciudad de la Punta todo tiene un toque levemente irreal, comenzando por las esculturas que se yerguen en cada rincón de este páramo desolado y siguiendo con los pocos árboles que hay, rigurosamente pintados de diversos colores pero siempre en tono pastel. No sé cuál es el gentilicio de quienes nacieron en la Ciudad de la Punta (si es que alguien nació allí), pero supongo que “puntano” no es del todo inadecuado.

En el set de cine, una señorita me cuenta las causas que dieron origen a la fundación de esta extrañísima ciudad. No traté de confirmar la historia, que seguramente será mucho más compleja y quizás totalmente distinta, porque más que la verdad del asunto me interesa cómo cuentan la historia sus habitantes.

Según me dicen, todo empezó con una pelea entre el gobernador (no sé si el Alberto o el Adolfo, calculo que el Adolfo) y el intendente opositor de la capital provincial. El gobernador quería construir viviendas sociales y otros proyectos en terrenos del municipio. El intendente se negaba o acaso reclamaba alguna participación o quizás tenía algún proyecto alternativo o vaya uno a saber qué. El asunto es que decía que no. El gobernador entonces se calentó y –quizás para castigar de paso a los ciudadanos de la capital que habían votado al intendente opositor- dijo má sí, y en vez de construir las obras en la capital fundó un nuevo municipio, una nueva ciudad: la Ciudad de la Punta. Cerquita, pero nueva, separada.

Y, ya que estaba, la hizo de primera: escuelas, hospitales, universidad, hollywood, centro astronómico, la ciudad del futuro. Y todo pintado en tonos pastel.

Puede parecer raro, excéntrico, innecesario, y acaso lo sea. En esas cosas, el peronismo mágico comparte el voluntarismo y la excentricidad de los geniales gorilas de la generación del ochenta, que un buen día, porque sí, construyeron de la nada la ciudad en donde vivo.

La ciudad del pasado.

Pasando El Trapiche y La Florida, subiendo a mil seiscientos metros de altura, se llega a La Carolina, pequeño pueblo minero al que le extrajeron todo lo que tenía y se nota.

La Carolina tenía oro en sus entrañas y por eso la fueron perforando y vaciando. Primero, los incas; después, los españoles. Los últimos restos los sacaron los criollos puntanos. Ahora no le queda nada, salvo un puñado de habitantes del color de la tierra, descendientes sin duda de los que se morían en los túneles malolientes y peligrosos.

Quedan también algunos pocos túneles intactos de la mina abandonada. Apenas me asomo a uno y ya me invade el desasosiego. La altura del túnel es de un poco más de un metro veinte y la anchura no es mucho mayor tampoco. Por el piso corre algo líquido y ligeramente pegajoso, que no se ve, porque no hay luz.

Miles de hombres trabajaban en estos túneles oscuros durante todo el día y salían recién a la noche. Para ellos, la luz del sol era un lujo que no podían pagar. Cada tanto se morían en algún derrumbe o en una explosión o de asfixia. ¿Cuántos hombres hoy trabajan y viven en túneles similares, en condiciones no muy distintas, para extraer ese metal brillante que apenas sirve para hacer adornos? Sin embargo, en las cadenas de correos electrónicos que recibo periódicamente contra las minas de oro, sólo se menciona que dañan el medio ambiente.

En La Carolina no hay afiches ni pintadas del Alberto. Solo leo una pintada con la profecía de que Perón vuelve (no sé si del exilio o del cielo) y otra que invita a votar por la fórmula Luder-Bittel y que, a esta altura, parece escrita en el pleistoceno.

La ciudad del presente.

El pasado y el futuro. Comienzo a sospechar que los puntanos ignoran el presente. Quizás presienten –a la manera de algunas filosofías orientales- que el presente es irreal, que las cosas pasaron o pasarán, pero que nunca están pasando; que el presente no es más que el instante inasible en que el futuro se convierte en pasado, porque el río del tiempo fluye al revés. Como dijo cierto filósofo hindú cuyo nombre se ha perdido: “la manzana está en el árbol o ya se cayó, nadie la ve caer”.

Pero no. Los puntanos tienen también su ciudad del presente, que es San Luis (capital) y, como siempre, el presente es más chato, más aburrido, más sin gracia que el pasado (que moldeamos a nuestro gusto con el recuerdo) y que el futuro (construido a partir de nuestra esperanza).

La ciudad de San Luis es bonita y correcta, con sus calles bien trazadas, su infaltable peatonal, sus veredas demasiado angostas y su catedral antigua donde descansan los restos del coronel Pringles, valiente soldado de la independencia americana a quien nuestro olvido le tiene reservado (como al general Necochea y al coronel Suárez) el destino de ser apenas un pueblo de la provincia de Buenos Aires.

Un detalle singular: por más que le doy vueltas y vueltas no veo ninguna de las villas miseria que abundan en toda ciudad que se precie de argentina y latinoamericana.

Apuntes finales antes de partir.

Escribo estas líneas sentado en el desayunador del hotel de Potrero de los Funes. Se trata de un lujoso complejo de cien habitaciones y cinco estrellas, provisto de gimnasio, sauna, minigolf y vista al lago; pero bastante barato, porque es estatal.

La señora y su marido pelado siguen conversando en la mesa de al lado. Conversar es una manera de decir. Ella llena de manteca unas tostadas y habla. Él lee La Nación con cara de malhumor y contesta con monosílabos.

Ella le cuenta ahora de la pista de carreras que están construyendo alrededor del lago. Le dice que quieren traer la fórmula uno a Potrero de los Funes. Intenta que su marido mire las obras por la ventana.

-Fijáte, allá están haciendo los boxes.

El marido gira la cabeza apenas y suelta algo como un gruñido.

-Que se dejen de joder. Por qué no gastan la plata en algo útil –rezonga antes de volver la vista al diario.

No me sorprende el comentario. Es el que haría cualquier porteño bienpensante y progresista. Es el que se escucha cuando alguien habla del tren bala y quien lo hace demuestra instantáneamente que es una persona inteligente, informada y razonable.

El peronismo mágico de San Luis no es razonable. Tampoco lo eran el primer peronismo y los geniales gorilas de la generación del ochenta. Toda gente con veleidades, grandilocuente, excéntrica. Se les daba por construir aviones a reacción, líneas de ferrocarril, repúblicas de los niños, ciudades en medio de la nada.

También entonces habrá habido gente razonable que habrá dicho “por qué no gastan la plata en algo útil”; pero lo que no ven los razonables es el aspecto espiritual de esa grandilocuencia: el orgullo que sienten los puntanos cuando cuentan que su hollywood es único en el país, cuando aclaran que se puede viajar cómodo y tranquilo porque todas las rutas de San Luis son autopistas, cuando sueñan que aquí correrá la fórmula uno, cuando increíblemente señalan que San Luis adhirió al protocolo de Kyoto antes que el resto del país. Se les nota el orgullo, se les nota que los hace un poco más felices.

Pobre San Luis. Sus hijos murieron a montones en la guerra de liberación americana, pero los laureles se los terminaron llevando un general misionero y unas patricias mendocinas y a ellos sólo les quedó el coronel Pringles, cada vez más pueblo bonaerense. El paisaje es lindo, pero no demasiado singular. Para cuyano, es demasiado patagónico. Para patagónico, es demasiado pampeano. Para pampeano, le faltan la soja y las vacas.

El mayor atractivo turístico de San Luis, el más singular y pintoresco, es sin duda su gobierno.

ElQuique.

20 de julio de 2008

Patriagrande

Me escriben un hermoso méil referido al post "Los nombres de la patria" y proponen el nombre "patriagrande", así todojunto. Me parece una lindeza extraordinaria. Entonces, cuando alguien llama a una radio, por ejemplo, diría: "hola, habla Enrique, de patriagrande". Puede andar, cómo no, puede andar fenómeno y es pura poesía. Habría que ponerse de acuerdo en el gentilicio: patraigrandense, patriagrandeño, patriense, patrigrandense, quizás simplemente patriota.

Me encanta. Es hermoso, sencillo y exacto. Y tiene punch.

9 de julio de 2008

Los nombres de la patria

No me refiero al plateado nombre (que proviene de un río marrón poco profundo) que usamos para designar al conjunto de nuestras crueles provincias cuya independencia festejamos hoy. Me refiero al nombre que usamos para nombrar la patria toda, ese aglomerado de pueblos hermanos que habita un continente que se extiende desde Tejas, California y La Florida hasta el Cabo de Hornos.

El nombre más usado y aceptado es el de Latinoamérica, al que yo también me resigno aunque no me gusta. El origen de la palabra "Latinoamérica" es discutido. Dicen que el primero que la usó fue el chileno Francisco Bilbao en 1856, pero no me consta porque yo no había nacido. Otros mencionan ese poema lleno de verdades y fealdades llamado "Las dos Américas" -tan distinto ¡ay! de la Oda a Roosevelt que dice lo mismo pero es mucho más lindo-. Lo cierto, lo indudable, es que el éxito de la palabra Latinoamérica se debe a los franceses, extraños y tardíos imperialistas, culposos y culpables, que aún mantienen la única colonia europea que existe en el territorio continental americano y que quisieron imponerle un emperador austríaco a México.

Fueron los intelectuales franceses como Chevalier, Vallefrange, Domenech, quienes dotaron de una teoría política y cultural al expansionismo francés: el panlatinismo, que querían oponer al pangermanismo y al paneslavismo, por entonces rivales y más sólidos. A pesar de este origen espantoso y eurocéntrico, la palabra terminó imponiéndose.

Nuestros teóricos más conservadores prefieren hablar de Hispanoamérica, palabra con la que excluyen (acaso con razón) al Brasil, a Haití y a la Guayana Francesa; pero que tiene el problema más grave de exagerar el componente hispánico y negar la identidad indígena. A los españoles les gusta, claro, y por eso organizan y pagan los congresos de la lengua castellana (a la que llaman española), pero está claro que España es parte de Europa y que de ningún modo forma parte de la patria.

"Iberoamérica" soluciona la cuestión del Brasil, incluyéndolo; pero tiene también el problema de exagerar el componente europeo por sobre los demás.

Algunas corrientes indigenistas acuñaron el nombre de "Indoamérica", que me parece igualmente falso y eurocéntrico. Los indios americanos no sabían que lo eran y sólo lo supieron cuando se vieron uniformemente sojuzgado por el invasor europeo. Los pueblos de México no tenían contacto cultural con los pueblos andinos y de ningún modo constituían una identidad común. El nombre "indoamérica", en definitiva, no difiere en nada del que usaban los españoles para designar a estos territorios ("Indias Occidentales") y sólo una mirada definitivamente extranjera puede homologar a diaguitas y esquimales, a guaraníes y toltecas (y llamarlos a todos "indios"). Otro problema de este nombre es que omite cualquier referencia al componente identitario español o ibérico y, en definitiva, no nos diferencia en absoluto de la otra América, la que habla inglés.

Hernández Arregui proponía una denominación mestiza, "Indohispanoamérica", que acaso sea la más correcta, pero no la más hermosa, y cuya difusión es claramente impracticable. Está el asunto del Brasil -además- que queda afuera.

"Indoafroiberoamérica" quizás sea el colmo de la exactitud, pero parece un trabalenguas.

Los brasileños reniegan bastante de todos estos nombres y prefieren otro más bien geográfico: "Sudamérica". A mí no me parece mal en principio porque el sur, el norte, el este y el oeste son conceptos relativos y así como el Uruguay puede ser "oriental" pese a estar situado al oeste de greenwich, México puede ser "sudamérica" pese a estar en América del Norte. Claro que entonces el nombre marcaría una oposición. Sudamérica sería lo que queda al sur de los que hablan inglés.

Pero los brasileños no quieren usar la palabra Sudamérica en ese sentido, sino en el estrictamente geográfico. Según esta idea, la patria incluiría a los franceses de la Guayana Francesa, a los holandeses de Suriname y a los ingleses de Guyana; pero serían extranjeros los cubanos, los salvadoreños, los mexicanos, los panameños, los nicaragüenses.

Esta noción identitaria reducida y mezquina es prácticamente unánime entre los teóricos brasileños, empezando por el general Carlos de Meira Matos y por el politólogo Moniz Bandeira y tiene algunos adherentes entre nuestros extraviados estadistas. Quizás se deba a la influencia que la geopolítica alemana ha tenido en el Brasil. Lo cierto es que si hay una patria común que nos hermana, esa patria no termina de ningún modo en la depresión del río Atrato.

Bolívar quería que nos llamásemos Colombia (aducía con impecable razón que Colón había hecho muchós más méritos que el imberbe de Américo Vespucio para determinar el nombre del continente), pero la idea -por desgracia- no prosperó y esa palabra solo nombra hoy a una de las parcelas estatales de la patria. Una lástima. Con ella la diferencia hubiera sido notoria: los del norte anglosajón serían "americanos" y nosotros, "colombianos".

El mariscal Sucre tuvo la idea -medio chupamedias- de ponerle "Bolivia" al Alto Perú, en homenaje a Simón Bolívar. Otra lástima. Ese también podría haber sido un nombre para designar la patria entera. Al fin y al cabo, Bolívar hizo muchos más méritos que Colón y Américo Vespucio juntos (aunque probablemente en la Argentina hubiéramos propuesto "Sanmartinia")

A mí me gusta el nombre Aztlán, que usan los patriotas chicanos y que proviene de un mito mexica, parecido al mito de la tierra sin mal (chamamé) de los guaraníes; pero es difícil que pueda imponerse y hay muchas objeciones que pueden hacerse contra su uso. También podríamos proponer el de "Provincias Unidas del Sud" que los argentinos ya no usamos aunque esté en nuestra Constitución.

Habrá que resignarse nomás a "Latinoamérica", pese a su origen imperialista y francés. Habrá que resignarse también a la ambigüedad del término, que no sólo incluye sin matices al Brasil, sino que parece incluso comprender al Québec, lo cual ya es demasiado.

Últimamente observé que en Estados Unidos nos llaman "latinos", obviando lo de "americanos", expresión que se revervan para sí mismos en exclusiva. No me llamó tanto la atención eso, sino el hecho de que -para ellos (como para nosotros)- ni franceses, ni españoles, ni portugueses son "latinos", sino sencillamente "europeos".

Eso me amigó un poco con la palabra "Latinoamérica" y recordé que los nombres no tienen por qué tener relación con lo nombrado y que la etimología sólo sirve para saber lo que las palabras ya no significan. Al fin y al cabo, el Imperio Romano de Oriente era más griego que romano y Austria no era ni sacra ni romana y acaso ni siquiera muy imperial, pese a su nombre.

Viva la patria que amamos, se llame como se llame.

5 de julio de 2008

Soy el chamamé


Hoy un videíto muy croto que filmé con mi teléfono celular en el cumpleaños de Berisso. Es don Antonio Tarragó Ros cantando "Soy el chamamé", mi canción favorita.

Linda la fiesta en Berisso, como toda fiesta popular. Muy bien el secretario de cultura que reivindicó para Berisso -demasiado conocida por su inmigración extranjera- la primacía de la inmigración provinciana, de la que dan cuenta su centro correntino y su comunidad santiagueña, con sus excelentes músicos que también tocaron.

-"Además de los que bajaron de los barcos, estamos los que bajamos de los trenes" -agregó Tarragó Ros que esa noche no se animó a exponer sus confusiones sojeras, quizás porque entre el público había mucho negro autoconvocado y temió que lo rechiflen.

Disfrútenlo con salud y recuerden que "chamamé" quiere decir en guaraní "la tierra sin mal".

1 de julio de 2008

Morir a la mexicana

Dicen que en algunas mitologías nórdicas, el paraíso se presenta bajo la forma de una batalla perpetua. Algo parecido a eso hay en los corridos de la revolución mexicana. En ellos, la guerra y la batalla (o la mera balacera) se presentan como una situación hermosa y deseable, o al menos como algo que se puede relatar sin caer en la lágrima o el desencanto. Por ejemplo:

En mi lindo Zacatecas
hubo una gran matazón
de huertistas y villistas.
Quedaron hechos montón.


En esa copla, la palabra “lindo” interpuesta en el primer verso le quita horror a la pila de cadáveres que se adivina en el último. El tono hace el resto.

Los ejemplos son muchos y no quiero aburrirlos transcribiéndolos. Sólo copiaré otra coplita, un pedido extraño para cumplir después de la muerte:

Ay chaparra, si ves que me matan,
tú te sigues en los cocorrazos;
Nomás no hagas mi tumba muy honda
así yo sigo oyendo balazos.


Los dejo con un videíto y un ¡Viva México!

25 de junio de 2008

Frontera seca

la calle de la izquierda es Brasil; la de la derecha, Argentina

Desde Eldorado, y después de cien kilómetros de subidas y bajadas en medio del monte, llego a Bernardo de Irigoyen, extremo oriental de la República Argentina. Las paredes están repletas de consignas nacionalistas; algunas muy directas (“Aquí comienza la patria”) y otras más sutiles y eficaces (“Bienvenidos a donde nace el sol”), pero nadie habla totalmente en castellano ni en portugués. En la única estación de servicio del pueblo hay cinco cuadras de autos brasileños que esperan para cargar nafta argentina.

Me habían dicho antes de salir que no valía la pena, que no vaya, que no hay nada para ver en Bernardo de Irigoyen; pero yo quería conocer la frontera seca, ese extraño lugar en donde las patrias se tocan sin un río, una montaña, una selva o un desierto que las separe.

Por eso lo primero que hago es buscar la frontera. Bajando por la calle principal veo el puesto de la gendarmería. Una mujer gendarme me pide los documentos, me hace bajar del auto y anota cosas en una computadora. Recién entonces advierto que hay un puente y, bajo el puente, un arroyo con un cartel que dice “Aº Pepirí Guazú”. Me siento estafado: la frontera seca no es seca, hay un arroyo que separa. Ínfimo y acaso sin agua, hay un arroyo. Me quejo ruidosamente con la gendarme.

-Esta es la naciente del arroyo –me aclara-, cien metros para allá empieza la frontera seca de verdad. Por acá sólo cruzan los que tienen documentos.

13 de junio de 2008

La civilización iberoamericana

Arnold Toynbee explicaba la historia de la humanidad como la historia de las civilizaciones. En su monumental "Estudio de la Historia", identificó veintiuna civilizaciones en total, contando las vivas (sínica, hindú, islámica, occidental y cristiana ortodoxa), las muertas y las fosilizadas. La idea es -quizás- fácilmente refutable, pero causa mucha convicción. Quizás por eso algunos autores -entre los que se destaca Huntington- siguen dándole vueltas a este discurso civilizacional.

Cuando leí el "Estudio de la Historia" -gracias a mi amigo Marcelo, que sabe recomendar libros- lamenté que el autor nos incluyese dentro de la civilización occidental. Me pareció que era una desidia de su parte. Siguiendo sus propias reglas, era posible advertir que Latinoamérica no podía considerarse sin más una parte de la civilización occidental. Parecía más bien que el contacto entre las civilizaciones occidental (viva) y andina y mexicana (muertas), había producido el nacimiento de una nueva civilización filial, distinta tanto de una como de otras. Toynbee no lo vio así y apenas se limitó a indicar que las civilizaciones andina y mexicana habían dejado en sudamérica un germen de posible respuesta civilizacional que -a lo mejor- podía manifestarse abiertamente en el futuro. Huntington -en cambio- nos colocó en un lugar diferente en su libro "Quiénes somos", libro que él escribió con alarma y que uno lee con esperanza.

Hoy descubrí asombrado que también Carlos Escudé propone nuestra singularidad y señala -acertadísimamente- nuestras luces y nuestras sombras.

La nota se publicó hoy en La Nación y puede leerse aquí.

No se la pierdan.

7 de junio de 2008

La Negra Sosa



Me resulta impresionante el poder legitimador de Mercedes Sosa. Lo comprobé el fin de semana pasado, en el Teatro Argentino, cuando cientos de señoras con colorete y señores pelados y de traje marcaban el ritmo con las palmas al compás de "El Ángel de la Bicicleta", cumbia villerísima si las hay.

A veces me pregunto si a la gente que la escucha (yo mismo, sin ir más lejos) le gusta de verdad escucharla, o es que su mito imponente, su voz autorizada, su imagen de Pachamama Argentina Por Antonomasia, se impone sobre el placer de la música.

No sé. A mí me gusta escucharla, aunque ya no cante folclore.

A mí me gusta escucharla -me contradice mi mujer- porque ya no canta folclore.

17 de mayo de 2008

Ignorancia brasileira

Cuando estuve en Río de Janeiro, me sorprendió que la mayoría de las calles de Leblón llevasen nombres argentinos. Ahí estaban Mitre y Urquiza -que se cruzan-, viejos conocidos de nuestros amigos brasileños. Por fin, encontré la Avenida San Martín y este simpático cartelito que me hizo reir:¿San Martín "Presidente de la República Argentina"? Mirá que hay que ser animal -comenté con unos amigos- si ni siquiera había República Argentina en ese entonces.

Fue Matías (cito la fuente esta vez) el que dio en el clavo:

-¿Y cómo se le explica a un brasileño qué es un Libertador?, ¿cómo puede entender qué es una guerra de la independencia?

3 de abril de 2008

Canción para celebrar el 2 de abril

Boomp3.com
Quería encontrar una canción para celebrar el día de la recuperación de las Malvinas (sí, dije celebrar) y no encontraba nada que no fuera la marcha de las Malvinas (que volví a escuchar después de muchísimos años en el acto de Cristina en el Palomar), algunos tanguitos un poco lacrimosos, una canción de copani no demasiado criolla y muy pocos etcéteras de excesiva corrección política.

Cuando iba a darme por vencido, mi hermana mechi me reenvió un mail de algún ignoto corresponsal correntino con una hermosa canción cuya letra es de Julián Zini (el pai julián) y su musica es de Mario Bofill. Se llama "los ramones" y se trata de un chamamé. Ningún género me pareció más adecuado por un millón de razones evidentes y porque me gusta el chamamé.

La comparto con ustedes con la alegría súbita, hermosa, irrazonada e infantil que sentí a los 10 años, cuando la directora de mi escuela en Oberá nos dijo que habíamos recuperado las Malvinas, y que revivo cada 2 de abril a pesar de la cobardía y horror de la dictadura, de la conducción aberrante de la guerra y de las múltiples tristezas de la derrota.

Un abrazo.

ElQuique.

Viva la Patria!

pd: no hace falta que aclare que los soldados nombrados en la canción existieron y forman parte de nuestros héroes de guerra.

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LOS RAMONES
Letra: Julián Zini
Música: Mario Bofill

INTRODUCCIÓN:

Como tantos compañeros
que sienten el deber patrio
de seguir siendo argentinos,
humildemente, buscamos:
recuperar la memoria,
tratar de ser solidarios
y afirmar la identidad
de nuestro pueblo estafado..!

Amoité güivé (de allá de lejos), de su Paraje,
del mismo fondo del campo,
por el mismo senderito
por el que llegó el “llamado”,
salió a la Ruta el Ramón,
de su San Ramón del Bajo…
como quien mira y no piensa,
se iba mordiendo los labios…

Nunca aprendió a despedirse
ni a decir “Adiós al Pago”;
miró una vez el palmar,
y otra vez miró el bañado…
y se guardó aquel paisaje
donde se guarda lo amado,
sin pensar que alguna vez
podría necesitarlo…

CANTO:

¡GUÁ… EL RAMÓN ANTONIO MEZA,
sanluiseño enamorado,
murió apretando la foto
de su amorcito adorado…
Lindo por dentro y por fuera,
siempre alegre, siempre guapo,
con tu sonrisa grandota
aunque vengan degollando..!

¡GUÁ… EL CATALINO MIRANDA,
que abuelo toba-cristiano
te iba dictando en la noche
aquel tu “rezo mariano”
que unía los corazones
contra tantos cañonazos…
y era una luz de esperanza,
como una flor en el barro..!

ESTRIBILLO:

Por todos nuestros Ramones
por su Maestra de campo,
por tantas y tantas Madres
de este “largo dolor patrio”;
soñando su Viejo Sueño,
mi corazón estafado
sigue gritando: “¡Presente!
¡Viva la Patria, Muchachos!”

RECITADO:

De dos maneras murieron
nuestros sueños estafados:
como EL ESTEBAN FERNÁNDEZ,
dejándose estar… finado…
o como EL DIEGO FERREYRA,
solita su alma y rodeado,
florecido en sapukay,
como un puma acribillado..!

Por eso, digo, a los vientos,
y si lo digo, me banco,
por la Patria y su bandera,
por nuestros Antepasados,
que Nuestras Islas Malvinas,
aunque digan lo contrario,
¡SON Y SERÁN ARGENTINA!
¡VIVA LA PATRIA! ¡CARAJO!

CANTO:

¡CABO ROBERTO BARUSO…
de aquí te estoy saludando..!
Comentan tus compañeros
que el enemigo diezmado
anda buscando el cuchillo
de un fantasma azul y blanco…
¡Angá, aún no aprendieron
qué es un correntino “alzado”..!

¡RAMÓN GUMERSINDO ACOSTA…
gendarme inmortalizado,
que entraste al mismito infierno
por librar a tus hermanos…
Tu carta es un Documento
que pasa de mano en mano
para que brote en tus nietos
tu corazón liberado..!