9 de septiembre de 2007

Crónicas Boliguayas. (primera entrega)

Fútbol.

-Los argentinos no somos racistas- me dice un amigo mientras miramos un partido de fútbol por televisión y yo asiento sin vacilar. A mí no me gusta el fútbol, pero sí los mates y la conversación.

Es fama que las mujeres tienen la extraña habilidad –completamente ausente entre varones- de prestar atención a varias cosas al mismo tiempo. Mi amigo conversa, sí; pero mira fijo a la pantalla e interrumpe cada frase cuando algún jugador avanza en dirección al arco. El mate lo cebo yo.

Mi amigo intenta orientar la conversación a temas futboleros, pero mi ignorancia lo desalienta. Por fin, hablamos de algunas de las pocas cosas futboleras que me interesan. Me quejo de que la FIFA haya prohibido jugar en altura y señalo la discriminación que eso significa para los bolivianos.

-No es un tema de discriminación. –dice mi amigo con una lógica extraña pero inapelable- Es real: yo estuve en La Quiaca y me apuné. Ahí no se puede jugar.

Empiezo a desgranar alguno de los muchos argumentos que existen contra esa idea, pero un jugador avanza implacable hacia el arco y mi amigo se para con los brazos tensos dispuesto a saltar. Yo, prudentemente, suspendo mi argumentación y el mate.

El jugador llega hasta la línea del área y patea muy fuerte. La pelota se va afuera gracias a un manotazo providencial y salvador del arquero.

-¡Uhhhh! –dice mi amigo con los ojos entornados y una mano en la frente, pero enseguida se pone a aplaudir- ¡muy bien! ¡muy bien! El uruguayo es un fenómeno –y agitando la mano derecha, como amenazando a alguien, comienza a corear- ¡u – ru – guayo!, ¡u – ru – guayo!

Yo no sé bien si el uruguayo que mi amigo celebra es el arquero o el delantero, pero me da lo mismo. Con el saque de arco reanudo el mate y la argumentación, pero solo faltan tres minutos para que termine y mis palabras son oídas como la lluvia del que oye llover.

Por fin el silbato final. Mi amigo salta, eufórico, y yo deduzco de ello que su equipo ha ganado. Desde afuera llega un griterío ensordecedor y ruido de bombos y algunos petardos. Llegan también canciones coreadas por muchas gargantas. Con algo de esfuerzo logro descifrar los versos finales de una de ellas:

-...Que son todos negros sucios / de Bolivia y Paraguay

-¿En qué estábamos? –pregunta mi amigo luego de apagar el televisor.

-En que los argentinos no somos racistas.

Las nanas de la cebolla (primera parte).

Fortín Mercedes no es un pueblo y ni siquiera es un fortín. Fortín Mercedes es apenas una referencia histórica y religiosa y un hotel. Allí se encuentra la iglesia donde descansan los restos de Ceferino Namuncurá, una réplica del fortín que instaló Rosas luego de extender la frontera hasta el Colorado y el único hotel a cien kilómetros a la redonda.

Por eso, por el hotel, Fortín Mercedes, a orillas del Río Colorado, en la patagonia bonaerense, se convirtió en nuestra base de operaciones. Allí nos alojamos con treinta inspectores de trabajo y yo era el jefe y me sentía como un comandante de caballería en esas soledades.

Un año antes de la cosecha habíamos avisado que íbamos a ir, que después de diez años de ausencia íbamos a ir, que esta vez era en serio, que había que ponerse en orden, que había que dejarse de embromar. Habíamos hecho reuniones en la zona con los productores, por eso de que el que avisa no traiciona.

El proceso había sido complicado, porque en las primeras reuniones los productores planteaban dificultades entendibles.

-No los podemos blanquear porque son bolivianos y no tienen documentos.

Parecía (y era) una excusa, pero una excusa atendible. El valle del Río Colorado queda demasiado lejos de todas las ventanillas del Estado y los trámites migratorios eran entonces engorrosos y ligeramente imposibles. Nos pusimos en contacto con Migraciones y ellos propusieron adelantar el plan Patria Grande. Hicieron la prueba piloto en el valle del Colorado y fue un éxito. Mandaron su gente, instalaron una antena satelital. En dos semanas miles de bolivianos tuvieron su residencia legal con sólo presentar su cédula boliviana. Pero los productores insistieron.

-Todo muy bien, pero con la residencia tampoco los podemos blanquear porque sin número de DNI la AFIP no les da el CUIL.

Parecía (y era) otra excusa. Hablamos con la AFIP. Se entusiasmaron. Mandaron sus muchachos y su antena y sus computadoras. En dos semanas más miles de bolivianos tuvieron su CUIL provisorio. Pero los productores seguían disconformes.

-Ahora tenemos el problema de los argentinos indocumentados.

Eso era más fácil porque el Registro de las Personas es provincial, así que con una semana y una camioneta se solucionaba el problema. Pero sólo se presentaron siete. Ahí comenzamos a notar que nos estaban corriendo el arco. Después de cada solución aparecía un problema diferente.

-No entregan las libretas del RENATRE.

Y vino el RENATRE también. Mientras tanto se acercaba el tiempo de cosecha y los bolivianos (ahora residentes legales y con CUIL provisorio) que durante el año sobreviven con planes sociales se preparaban para empezar a trabajar en la cosecha estacional de cebolla.

-El problema son los cuadrilleros. Te traen gente distinta cada día. No les vamos a dar el alta por un solo día de trabajo.

-El problema es el precio. La cebolla está muy barata.

-El problema son los brasileños que usan testaferros argentinos.

-El problema es que los costos no dan.

Todo parecía indicar que pese al trabajo previo, a las múltiples reuniones de todo un año, a la AFIP, a Migraciones, al RENATRE, la cosecha de cebolla ese año iba a ser tan negra como el carbón, tan negra como siempre.

Definición del boliguayo.

No existe un país llamado Boliguay y –por consiguiente- no existen los boliguayos. Existen solo en la imaginación y el discurso de los porteños. Por eso, sólo se puede definir al boliguayo a partir del porteño, su creador.

No ignoro ni descreo por completo de todas las mitológicas virtudes porteñas, pero me detendré aquí en algunos defectos evidentes. Uno de ellos es el de no distinguir. El porteño es (somos) básicamente mayorista y entiende y explica el mundo en trazos gruesos, sin matices.

Para el porteño, el resto del país es simplemente “el interior” y en esa única palabra encierra selvas subtropicales, altiplanos, montañas inmensas, llanuras, estepas y millones de personas diferentes, con sus tradiciones, sus acentos, su ascendencia, sus idiomas y sus lealtades particulares. “El interior” es ese lugar donde viven los cordobeses bochincheros, los alegres correntinos, los salteños pausados, los jujeños limítrofes, los hippies del bolsón, los pingüinos patagónicos y los misioneros aluvionales; pero el porteño no los distingue. El polo y el trópico caben en “el interior”, esa única palabra con su artículo. El interior es, en resumen, todo lo que no es Buenos Aires. Es el lugar donde viven todos los que no son porteños.

En esos trazos gruesos cabe la definición del boliguayo. Oriundo del Paraguay o de Bolivia, lo mismo da. Morocho, trabajador y pobre, eso sí, y residente en Buenos Aires. Porque en sus países de origen no son boliguayos, adquieren esa condición cuando habitan estas generosas tierras. Cualquier observador más o menos despierto se daría cuenta que los paraguayos y los bolivianos no pueden integrar una categoría nacional única, pero el porteño no distingue. Los bolivianos provienen de la tradición cultural incaica. Por sus venas corre sangre aymara y quechua. Los paraguayos –se sabe- son guaraníes y hablan ese idioma musical.

No forman tampoco en Buenos Aires una comunidad única boliguaya, sino que mantienen sus centros comunales, sus fiestas, sus vírgenes, su música, sus radios, por separado. Bolivia y Paraguay se enfrentaron entre sí en una de las más sangrientas guerras que haya habido en nuestro continente, en la primera mitad del siglo veinte. En esa guerra, la Argentina colaboró con el Paraguay para mayor gloria del Imperio Británico y sus compañías petroleras. El Brasil hizo lo propio del lado boliviano, por cuenta y orden de la Standar Oil y los Estados Unidos de América. Al final, en el Chaco había petróleo, pero faltaba agua.

Al porteño no lo inquietan estas diferencias y perfectamente puede incluir también a muchos peruanos y jujeños dentro de la categoría común del boliguayo.

Otro conocido defecto porteño es su agrandadez. El porteño se cree el centro de todo y jamás se detiene a pensar que él también está en un borde. Por eso habla de las “zonas de frontera” creyéndolas lejísimos, sin detenerse en el hecho evidente de que Buenos Aires también es una zona de frontera y que sólo un río (ancho y todo, pero sólo un río poco profundo) la separa de un Estado extranjero.

-Dejáte de embromar, Quique –me dice un amigo curioso que espía mis papeles a medio escribir-. Los uruguayos no son extranjeros, son iguales que nosotros. Los boliguayos sí son distintos.

Claro, pero ¿iguales a quienes? ¿distintos de quiénes?

-Iguales a nosotros, los argentinos.

Depende. Los uruguayos son muy parecidos a los argentinos de Buenos Aires (son más amables, eso sí, y menos pretenciosos) y –sobre todo- a los de Entre Ríos. Los bolivianos son muy parecidos a los argentinos de Jujuy y de Salta. Los paraguayos son muy parecidos a los argentinos de Chaco, Formosa, Corrientes, Misiones. No hay que buscar explicaciones metafísicas para esto. Se parecen porque viven al lado.

Pese a estas razones evidentes, el porteño hace divisiones terminantes. No todos los extranjeros son extranjeros. Un uruguayo es un argentino hecho y derecho, a lo sumo un rioplatense, que es lo mismo. Cuando alguien recuerda su origen oriental lo hace para resaltar todavía más sus cualidades positivas. Por eso en las canchas se escucha aquello de “¡u – ru – guayo!” “¡u – ru – guayo!” y nunca jamás de los jamases se escucha algo semejante a “¡bo – li – viano!”, “¡bo – li – viano!”.

Inmigrantes ilegales.

Me sé de memoria los diez mandamientos. Ninguno de ellos prohíbe que una persona nacida en un país viva y trabaje en otro país. Pese a ello, muchos estados prohíben lo que Dios permite. Entre ellos, el nuestro durante la larga década convertible. En esa época de plástico y neón, las reglamentaciones migratorias eran tan complicadas que resultaba casi imposible inmigrar “legalmente” a nuestro país. Por supuesto eso no detuvo la inmigración y de hecho, incluso en los peores tiempos de crisis, cuando muchos jóvenes argentinos hacían cola en los consulados gringos, la Argentina recibía más personas de las que expulsaba.

Con la nueva etapa abierta luego de la crisis de 2001 la política migratoria cambió. Se suspendieron las expulsiones de extranjeros, se flexibilizaron los requisitos para obtener la residencia y, finalmente, con el plan Patria Grande y los convenios firmados con Bolivia y Paraguay, se erradicó la inmigración ilegal de la única forma posible y aceptable: legalizándola.

No obstante; en los cafés, en los noticieros, en las charlas de las colas de los bancos, en los diarios, en los programas de investigación, se sigue hablando de “inmigración ilegal”. ¿De qué hablamos cuando hablamos de “inmigrantes ilegales”?

Por supuesto que no nos referimos a los miles de uruguayos que viven en la Argentina. A nadie se le ocurriría pedirle papeles a un uruguayo ni mucho menos expulsarlo o amenazarlo con la expulsión. Cuando se habla de “inmigrantes ilegales” nadie se imagina un uruguayo con su termo.

Nadie se imagina tampoco que un europeo o un norteamericano pueda ser un “inmigrante ilegal”, porque se descuenta que están aquí en calidad de turistas, porque qué otra cosa van a andar haciendo en estas tierras olvidadas de la mano de Dios. Se da por sentado también que es muy bueno que Buenos Aires esté llena de gringos porque nos dejan sus dólares y sus euros y que hay que tratarlos bien.

Un brasileño convenientemente negro puede tocar samba y bailar en un boliche (es decir, trabajar de brasileño) sin que a nadie le preocupe cómo y por dónde ingresó al país y cuánto tiempo piensa quedarse. Una camarera rusa o eslovaca es algo de lo más exótico y va muy bien con el paisaje de Palermo Soho.

Los “inmigrantes ilegales” –todos lo saben- son exclusivamente los boliguayos. Morochos, pobres, trabajadores, oriundos de Bolivia o del Paraguay. Son esos trabajadores boliguayos que levantan los edificios, que cosen la ropa, que plantan los tomates, que cortan la madera, que cosechan la cebolla.

Las nanas de la cebolla (segunda parte).

No era de corrientes ni le decían “el correntino”; pero yo lo llamaré así para no revelar su identidad en el improbable caso de que estos papeles sean leídos en el valle del Colorado.

El correntino era un productor con vocación. Había venido hacía unos años desde una de nuestras crueles provincias y hablaba todavía con su inconfundible tono bochinchero. Nos interpeló ni bien llegamos. Estaba enojado porque el año anterior le habíamos puesto una multa por no tener señalizado su galpón.

-¡Veinte lucas por no tener pintada la raya amarilla! –se quejaba con un algo de razón.

El correntino tenía campo con cebolla y galpón de empaque. Exportaba –como todos- al Brasil. Campechano, extrovertido y directo, estableció con nosotros una relación de empatía interesante. El discurso del correntino era un lugar común de todos los empleadores que conocí, pero él lo hacía creíble cuando lo desgranaba con apasionada sinceridad. Según él, los productores de cebolla no eran todos iguales y podían clasificarse en dos bandos que por comodidad llamaré “buenos” y “malos”. Los “buenos” hacían patria en esas soledades, soportaban la indiferencia estatal, ganaban poco, daban empleo digno, pagaban los impuestos y eran permanentemente importunados por el Estado (y nosotros éramos lo más estatal que podía hallarse a cien kilómetros a la redonda) que les cobraba multas y los complicaba sólo a ellos porque eran muy visibles. Los “malos”, en cambio, eran un desastre. Compraban y vendían en negro, explotaban a los bolivianos (y algunos eran bolivianos ellos mismos, lo que –a juicio del correntino- constituía un agravante), no pagaban ningún impuesto, vendían más barato y arruinaban a los productores “buenos”.

El correntino hablaba por sí y en representación de otros. Juraba que le parecía bien que controlemos pero exigía que los controles sean...

-...para todo el mundo. No se tienen que quedar en los costados de la ruta porque estos tipos están metidos adentro, escondidos y ustedes nunca los encuentran y ellos se les cagan de risa.

Buen tipo el correntino. Nosotros –Dios me perdone- lo inducíamos más o menos abiertamente a la delación. Que los marque, le pedíamos; pero el correntino no se animaba. Argumentábamos –Ángel era el más persuasivo- que había que terminar con la competencia desleal, que la ley le tenía que llegar a todo el mundo. Que nosotros también queríamos poder comprobar que había “buenos” y había “malos”. Si el correntino hubiese sido correntino de verdad le hubiese recordado los versos del chamamé “es la ley la que te castiga / por mi intermedio te da el sablazo / yo te lo fajo por la costilla / pero es la ley la que te castiga”, pero no era correntino de verdad.

Al final se animó y nos dio algunas direcciones con las que pudimos salvar el honor después de que todo explotara, pero eso se los voy a contar después.

Tenía la gente en blanco, el correntino, y cumplía todas las normas de higiene y seguridad en su galpón de empaque. Pagaba, no digo que bien, pero pagaba lo que marcaba la ley. Había pintado la línea amarilla que, este año, lucía reluciente. Me caía muy bien, aunque mostrara la hilacha cada tanto.

-¿Sabés qué pasa, Catani? –me decía- Hay que saber lo que es estar acá, en este desierto de mierda, cagado de frío y de viento y oliendo todo el día la mugre de los bolitas.

Los padres de la patria.

Cuando comenzaron nuestras revoluciones de independencia, la identidad nacional no tenía que ver con los estados, entre otras cosas, porque no había realmente estados. No existían los bolivianos, los paraguayos, los venezolanos, los chilenos, los argentinos. La gente se identificaba con el continente y con la ciudad o región. Se era americano de Caracas, americano de Buenos Aires, americano de Córdoba, americano de Potosí, americano de Quito.

Tiempo después nos hicimos los modernos y dividimos nuestra patria en parcelas más o menos manejables. Ese deslinde favoreció el surgimiento de nuevas identidades trabajadas por los sistemas de enseñanza, los actos patrióticos y los sentidos homenajes. El fútbol es lo que más ayuda hoy a mantenerlas.

No está de más entonces recordarles a nuestros nacionalistas de tablón que la Revolución de Mayo la encabezó un patriota de la bolivianísima ciudad de Potosí, don Cornelio Saavedra; que casi un tercio de los diputados del Congreso de Tucumán representaban a provincias bolivianas (en cambio, no había representantes de las provincias del litoral que declararon la independencia por su cuenta un año antes en Arroyo de la China) y que la declaración de la independencia fue publicada originalmente en castellano y en quechua







Enrique Catani.
domingo, 09 de Septiembre de 2007

31 de julio de 2007

Desaparecidos

Ni laureles eternos, ni la muerte
Con gloria, la que habían prometido
En un himno gritado y encendido;
No tuvieron siquiera aquella suerte.

No vieron de sus madres el calvario,
Pañuelo de llorar hecho bandera.
No tuvieron su caja de madera,
Su lápida, su cruz y su rosario.

Les quitaron la risa, el rostro, el nombre;
Les negaron la suerte de los hombres.
Les poblaron la muerte de ruido,

Eléctrica punción y desencanto.
Les sacaron los ojos y hasta el llanto.
Les prohibieron también haber nacido.

Enrique Catani
La Plata, 31 de julio de 2007

1 de junio de 2007

La tierra sin mal

La pequeña emancipación del chamamé.

Unos días antes de navidad salí a comprar algunos regalos y –contra todos mis principios- terminé en musimundo; enorme cadena comercial que vende libros, discos y otras cosas; en donde siempre tratan al cliente como a un ladrón en potencia o en acto (“a ver señor, me muestra la bolsita”) y cuyo único mérito es estar abierta hasta las diez y media de la noche, cuando ya todo cerró.

En musimundo descubrí una verdad chiquita y bastante inútil, pero verdad al fin: el chamamé se ha independizado del folklore. Es una independencia –claro- que se reduce por ahora a los criterios clasificatorios de musimundo, pero que se va extendiendo.

Pero –pequeña, incipiente- la emancipación aparece muy clara. Hay una marquesina que dice “folklore”, otra que dice “tango” (la independencia del tango es tan rotunda y definitiva que a nadie sorprende; por el contrario, sorprendería que alguien lo considere lo que es: una música folklórica) y, por fin, una tercera que dice “chamamé”.

Así, separado y singular como el tango, se vende el chamamé en musimundo. Quizás haya razones musicales para esta mínima independencia, pero no estoy seguro. Una vez tuve oportunidad de conversar con Antonio Tarragó Ros. Me explicó que la estructura rítmica del chamamé es diferente. Que la chacarera, la zamba, el estilo, el carnavalito, tienen una base rítmica similar. El chamamé no. Mientras me explicaba esto, Tarragó ejemplificaba con pequeños golpecitos en la mesa. Yo no le entendí y tampoco pude pedirle más explicaciones, porque, medio caú los dos, nos trenzamos en una discusión sobre si San Martín era correntino o misionero y temí en determinado momento que Tarragó –irreparablemente correntino- sacara un machete y empezara a repartir.

Yo prefiero pensar que la razón es otra. El litoral ha sido la única región del país que propuso e intentó seriamente ejercer un liderazgo nacional alternativo al de Buenos Aires. Con Artigas primero, con Ramírez más tarde y con Urquiza por último, el litoral quiso imponerle al país su liderazgo benévolo. No es raro entonces que en la música, entre el homogéneo folklore y el tango singular, el chamamé –alegre, tenaz y desafiante- plantee su alternativa.

Adversus tango.

Mis amigos tangueros miran al chamamé sin respeto (lo que es bueno) y por encima del hombro (lo que es malo). Jamás se detienen a compararlo con el tango porque juzgan a éste infinitamente superior a cualquier otra música folklórica, pero llegado el caso podrían detenerse a considerar a la zamba o incluso a la chacarera. El chamamé –en cambio- les parece una musiquita bochinchera, propia de paisanos iletrados.

La primacía del tango no tiene discusión. Negarla es como negar la primacía de Buenos Aires. El tango supera por mucho a todas las demás músicas folklóricas. Por singularidad musical, por expresividad, por su poesía (y sobre todo por su éxito nacional e internacional no del todo comercial), el tango es único e incomparable, pero adolece de un grave problema: su inferioridad moral.

Los personajes del tango no nos repugnan solamente porque estamos acostumbrados a ellos: el golpeador o asesino de mujeres, el holgazán que no trabaja ni quiere trabajar, el mentiroso que imposta una situación social superior a la suya[1] y el peor de todos: el irredimible resentido y rencoroso.

Si –como dijo Borges- la traición es el peor delito que la infamia soporta, el rencor se nos presenta como el peor sentimiento posible, sin embargo hay un tango que soporta el delictual título de “Rencor” y hay otro que es una delectación en el charco de los malos sentimientos (“yo quiero morir conmigo / sin confesión y sin Dios / crucificado a mis penas / como abrazado a un rencor”).

Dicen que el tango es triste –opinión con la que disentían Borges y Macedonio porque preferían (como todo hombre de bien) los tangos vistosos de la primera época, con su alegría viril y su culto del coraje-, pero a mí me parece que, más que triste, se ha vuelto desconfiado (“no te fíes ni de tu hermano”), resentido, rencoroso.

Mis amigos tangueros suelen –ante este argumento- hacer del defecto virtud y comienzan a alabar la sordidez, el resentimiento, la venganza, la violencia doméstica, el latrocinio. Quizás sea una dificultad mía, pero todavía me cuesta pasar de la moral de Jesucristo a la del Gordo Valor.

Pero el peor defecto moral del tango no está en sus personajes a veces sórdidos y en cierta delectación en el resentimiento; el peor defecto –que quizás sea un defecto porteño, claro- es su falta de sentido solidario y social. El tango es esencialmente individualista. La solidaridad sólo está presente en el tango en el nivel mínimo del individuo, entre el ladrón y el cómplice, entre el datero y el jugador compulsivo. El resto del mundo, la comunidad, los otros, sólo son un escenario de jungla urbana en donde el vivo vive del sonso y el sonso de su trabajo. El famoso aire “barrial” del tango se limita a describirlo como paisaje de aventuras individuales, nunca como comunidad de personas más o menos unidas en un problema o un destino común. La pobreza es en el tango algo de lo que cada quien escapa como puede. Hay muy pocos tangos patriotas y los pocos que hay –como “Argentina” de Gardel- suelen tener un tufillo aristocrático, conservador y antipopular[2]. Salvo “Pan” y “Aquaforte” (y éstos porque los miro con mucha buena voluntad) no hay tangos con contenido social.

La comparancia.

Las comparaciones son odiosas, pero probemos. El tango y el chamamé comparten la singularidad de un instrumento de fuelle de extraño origen germano. En un caso es el bandoneón y, en el otro, el acordeón[3]. Similares aunque diferentes, ninguna otra música popular argentina los utiliza[4].

Salvo eso (y la independencia de una marquesina propia en musimundo), no se parecen en nada. Los temas del chamamé suelen ser vistosos y alegres y divertidos. El tono es costumbrista, como en el tango, pero no es quejumbroso ni mucho menos resentido. Los personajes del chamamé suelen emborracharse los domingos en las fiestas de pueblo pero no le huyen al trabajo. Son peleadores, sí, y orgullosos también, como en el tango, pero no suelen albergar envidia, resentimiento ni rencor (o al menos no se jactan de ello). El orgullo no les impide vindicar su condición social humilde tampoco[5]. No hay ladrones, salvo que sean santos como Antonio Gil (Boomp3.com) o justicieros como Isidro Velázquez (Boomp3.com).

A diferencia del tango, en el chamamé es usual la idea de comunidad unida por un problema o un destino común. La cuestión social es un tópico de sus letras, que a veces albergan incluso alguna chispa revolucionaria.

Los músicos también son distintos. Los tangueros se visten de forma discreta y formal –generalmente de negro- y en sus rostros sin sonrisas uno advierte que se toman su música demasiado en serio. Un concierto de tango es algo serio y, más -y peor- que serio, es algo solemne. Los chamameceros se visten de cualquier manera, se ríen todo el tiempo, gritan y desde lejos se les nota que se divierten.

Sospecho que si el chamamé le hubiese competido y ganado al tango habríamos perdido mucho en singularidad, en individualismo, en seriedad, en sutileza; pero nuestro carácter nacional sería más sano, más alegre y más amigable.

Me resta anotar –quizás a modo de disculpa- que me gusta muchísimo el tango y que –salvo los defectos aquí señalados- sólo le encuentro virtudes.

El idioma.

Chamamé era la palabra con la que los guaraníes designaban al paraíso en su religión prejesuítica y es una de las pocas palabras que no pasó al nuevo catecismo cristiano, quizás porque contenía demasiadas connotaciones terrenales. Su traducción más o menos literal es “la tierra sin mal” (Boomp3.com).

A pesar de su nombre, el chamamé no es una música puramente indígena y ni siquiera es muy antigua. Es difícil rastrear algo que se parezca al chamamé antes del siglo veinte.

No obstante, el chamamé es la única música popular argentina que admite con naturalidad un idioma indígena. No es raro. El guaraní es la única lengua indígena realmente viva[6]. Las demás sólo se hablan en comunidades reducidas y arcaicas. En Corrientes y –sobre todo- en el Paraguay, el guaraní es la lengua materna de todos sus habitantes, la que se habla en la intimidad familiar, la que se usa para decirle cosas a las guainas. A diferencia de Bolivia –el país más indígena del continente- en donde el uso de los idiomas prehispánicos se limita a las clases populares de ascendencia indígena (dos requisitos: ser pobre e indio), en Corrientes y en el Paraguay el uso del guaraní es compartido por todas las clases sociales. Lo habla el mencho y el gobernador, el jornalero y el terrateniente.

El Paraguay es el caso más notable. Si bien el castellano es también uno de sus idiomas oficiales (junto al guaraní, claro), sólo es hablado –según leo en la revista “eñe”- por el sesenta por ciento de la población. Todos, en cambio, hablan guaraní. Con menos fuerza, el uso del guaraní es muy popular también en Misiones, Chaco y Formosa e –incluso- algo de guaraní llega a hablarse en Entre Ríos, Santa Fe, Río Grande y el Estado Oriental.

La explicación más convincente de esta rara supervivencia tiene que ver con las particularidades que asumió la conquista española en la zona. El extraño experimento de socialismo teocrático que los jesuitas impusieron en sus misiones prescindía por completo del idioma castellano, el que recién se introdujo en la región con la expulsión de los jesuitas.

La supervivencia y vitalidad del guaraní tiene que ver con esta aparición tardía del castellano, pero, sobre todo, con que los jesuitas tradujeron los rudimentos de la técnica, la ciencia, la cultura, la filosofía y la religión europea al guaraní y –por eso- el guaraní fue el único idioma americano que sirvió de vehículo para los saberes eruditos europeos[7]. Por eso –quizás- su uso hoy no está reservado exclusivamente a quienes tienen ascendencia indígena.

Los personajes.

Los personajes del chamamé suelen ser trabajadores pobres y orgullosos. El personaje por antonomasia es el mencho, peón de las estancias correntinas (Boomp3.com), pero también abundan los hacheros, mayormente chaqueños (Boomp3.com). El mensual misionero aparece poco, más como un recuerdo que como un personaje de verdad (Boomp3.com).

El mencho del chamamé se emborracha y mucho[8]. Toma vino y caña y se vuelve peleador. Es habitual que se pelee con algún porteño y, en ese caso, siempre gana, porque es valiente, pero –sobre todo- porque los porteños son retratados en forma invariable como pusilánimes[9] (Boomp3.com).

Un párrafo aparte merece el milico correntino. Puede ser un cabo de policía o un comisario, pero por lo general es un sargento. Tanto se burla el chamamé de la policía, que uno termina por creer que la policía existe en Corrientes con el exclusivo propósito de que los chamameses tengan tema para reírse. La burla suele hacer centro en la pretendida erudición del milico (“Yo soy el sargento Aranda / y désen por alvertidos / que si me recibí de sargento / ha de ser por algo chamigo”) (Boomp3.com), en su manera de expresarse presumida, pretenciosa e incorrecta (“Le voy a proceder a usté / porque yo soy el sargento / y lo responsabilizo / por este abochinchamiento” o “Se nota que sos leído / hablame pué siempre así / mientras viva don Aranda / nada te va a transcurrir / cualquier diferencia chamigo / te la voy a circunstanciar”) y también –por supuesto- en sus prejuicios sociales e ideológicos (“A los menchos / y a los bolches / si los llego a encontrar / les via pegar una sableada / para que se dejen de bochinchear”). Así y todo, conozco un chamamé que pone en boca de un milico la mejor explicación que he oído sobre la condición abstracta del Estado: “Es la Ley la que te castiga / por mi intermedio te da el sablazo / Yo te lo fajo por la costilla / pero es la Ley la que te castiga”. Ni Russeau lo hubiera explicado mejor (Boomp3.com).

Los bichos también abundan en el mundo chamamecero, aunque en ese caso suelen ser título de canciones sin letra. El toro (que suena como un toro desbocado) (Boomp3.com), el tigre, el yacaré, el ñandú, la calandria, el tucán, el yaguareté, el tapir, el tatú, la yarará, hasta el mosquito (“maldito mosquito que me molestás / si querés chupar, andá a trabajar”) (Boomp3.com), todos tienen su chamamé. La profusión es tal que cuando Tarragó Ros quiso escribirle un chamamé a algún bicho, encontró que todos ya tenían el suyo y terminó escribiéndole al protozoario, organismo unicelular tan correntino como mundial, que fue el único que encontró vacante.

Últimamente ha aparecido con fuerza el correntino extrañado en Buenos Aires, que –como no puede ser de otro modo- vive añorando. Con ese personaje –que ha tenido su página más triste en “El cielo del albañil” (Boomp3.com), su más hermosa en “La changa de los domingos” (Boomp3.com) y su más exitosa en “Carito”- nos identificamos también los misioneros aporteñados (Boomp3.com).

Instrumentos.

Sobresale el acordeón, un instrumento germano de origen religioso. Dicen los que saben que el acordeón fue inventado por católicos alemanes, súbditos de señores protestantes, que –perseguidos (recordemos: religión del príncipe, religión del pueblo)- celebraban sus misas secretas en los bosques con una especie de órgano portátil: el acordeón.

Los chamameceros más tradicionalistas siguen prefiriendo el acordeón con botonera y, especialmente, el “dos hileras” (el “tres hileras” es visto como una heterodoxia peligrosa); pero últimamente se ha hecho más popular el acordeón a piano, especialmente entre los músicos de Misiones.

Los chamameceros más tradicionalistas recuerdan también que el chamamé pudo prescindir durante años de instrumentos de percusión y ven como una herejía modernista su introducción actual. Esto no es tan cierto. Siempre hubo en Corrientes un día en el año en que se usaba la tambora para acompañar los chamameses. Durante la fiesta de San Baltasar, en el Cambacuá –el barrio donde vivían los negros que habían huido de la guerra del Paraguay-, los chamameses se tocan invariablemente con acordeona, guitarra y tambora, desde siempre. Lo que hacen estos herejes modernos al introducir la percusión es –en definitiva- hacer todo el tiempo lo antes se hacía sólo para San Baltasar y –de paso- recordar que el chamamé –además de ser una música india, criolla y gringa- es también una música negra.

El grito sagrado.

Llegado el caso puede concebirse un chamamé sin acordeona, sin una sola palabra en guaraní, sin esa –tan característica- alegría estruendosa, sin ese tono ingenuo y peleador, sin guitarras, sin recitado. Puede pensarse e imaginarse (puede escucharse también) un chamamé triste, un chamamé lento, un chamamé melodioso, un chamamé desesperado.

Es impensable –en cambio- un chamamé sin sapukay.

El sapukay es el grito con que los guaraníes asustaban al enemigo (portugués, español, porteño) en el combate. Ese grito antiguo, que desde el campo de batalla ha llegado al chamamé y que se usa hoy para expresar alegría o amor o tristeza, conserva desde el fondo de los tiempos –de un modo inexplicable- algo de su naturaleza guerrera.

Es el verdadero grito sagrado, más parecido al estridente “sean eternos los laureles” que al tibiecito y melodioso “libertad, libertad, libertad”

La patria.

La patria del chamamé –en sentido estricto- es la República de Corrientes y, a partir de su influencia benéfica, se extiende a todas las provincias que la rodean; argentinas, brasileñas e independientes.

Hacia el norte, en Misiones, el chamamé se va volviendo más salvaje y enmarañado con la mezcla de galopas paraguayas, polcas gringas y shotis brasileños. Hacia el sur, en Entre Ríos, va haciéndose cada vez más decente y civilizado y termina por llamarse chamarrita.

Enrique Catani.
La Plata, lunes 1 de junio de 2007

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[1] Esto se manifiesta significativamente en las bebidas. El vino –la bebida más popular- está prácticamente ausente de las letras de tango que abundan en cambio en champán, whisky, ron y licor, bebidas de rico que difícilmente se tomaban en la Boca. Sólo en “la última curda” aparece una referencia lateral al vino (“...llorando mi sermón de vino...”), pero incluso en ese tango el protagonista principal es el ron. El chamamé, en cambio, prescinde en términos absolutos de esas bebidas de ricos. Sus protagonistas etílicos son el vino y la caña, lo que tomaba y toma el paisano. Copio unos versos hermosos de Los de Imaguaré: “tenía razón el borracho / pensando bien es verdad / el vino libera al hombre / y es fermento de amistad / el vino es sangre de cristo / porque es sangre popular”
[2] Los tangos que narran historias de las guerras civiles del siglo diecinueve –la mayoría de ellos popularizados magistralmente por Corsini- toman partido casi sin excepción por el bando unitario.
[3] Abel Posse (“La santa locura de los argentinos”) no los considera similares para nada, sino más bien diferentes e irreconciliables. De ambos prefiere al bandoneón, por sutil, espiritual y encantador, y considera que el sonido del acordeón es demasiado tosco y estridente. Puede ser, pero cuando uno escucha que el acordeón empieza a respirar en el preludio de “El Toro” y luego larga sus primeros acordes toscos y estridentes, todo parece tan festivo y enérgico que –a su lado- el sutil y espiritual gemido del bandoneón suena algo afeminado.
[4] Miento. La cumbia también usa y abusa del acordeón, especialmente del acordeón a piano. Esto puede tener relación con la influencia que el chamamé ha tenido en la cumbia y que operó fundamentalmente a partir de las migraciones internas. Basta ir un domingo a las fiestas del centro correntino de Berisso, o alguna otra de las afueras de La Plata, para comprobar que la cumbia y el chamamé conviven naturalmente hasta casi confundirse. Algunos artistas, Los Duendes del Acordeón –por ejemplo-, hacen una música que no se sabe bien si es chamamé o cumbia. Lo mismo sucede con Amboé, sin ir más lejos.
[5] El origen indígena también es motivo de especial orgullo. Como dice Ernesto Montiel: “Me apodaron el Avá (el indio) / porque soy un gente macho”
[6] La mejor prueba de vitalidad es –quizás- su falta de pureza. Como todo idioma vivo, el guaraní se ha contaminado o enriquecido con influencias idiomáticas de las más variadas. Según leo en el prólogo del diccionario guaraní que me regaló mi madre para navidad, el guaraní actual contiene muchísimas palabras de indudable origen castellano, pero también ha recibido una notable influencia del inglés, del portugués y hasta del alemán.
[7] De hecho, el primer libro que se imprimió en el continente americano fue una Biblia en idioma guaraní.
[8] El más logrado de estos borrachines chamameceros es sin dudas Caraicho Ledesma, protagonista de “Caraicho”, escrito por don Mario Millán Medina. En ese chamamé, Caraicho monologa repitiéndose todo el tiempo, como hacen los borrachos auténticos y hasta el rintintín del acordeón se repite, pesado e incoherente.
[9] Existe una sola excepción a este principio axiomático. En el chamamé “Cachito, campeón de Corrientes” de León Gieco el héroe correntino es derrotado a las trompadas en Buenos Aires. Se comprende que este chamamé fue escrito por un santafesino aporteñado con demasiadas influencias rockeras.