10 de diciembre de 2006

El Problema de las Cláusulas Constitucionales Programáticas

La palabra problema puede ser una insidiosa petición de principio. Hablar del «problema judío»
es postular que los judíos son un problema; es vaticinar (y recomendar) las persecuciones,
la expoliación, los balazos, el degüello, el estupro y la lectura de la prosa del doctor Rosenberg.
Otro demérito de los falsos problemas es el de promover soluciones que son falsas también.
A Plinio (Historia natural, libro octavo) no le basta observar que los dragones atacan en verano a los elefantes:
aventura la hipótesis de que lo hacen para beberles toda la sangre que, como nadie ignora, es muy fría.

J.L. Borges, «Las alarmas del doctor Américo Castro»


La cláusula social de la Constitución.

En mil novecientos cincuenta y seis, una dictadura militar convocó a una convención constituyente para reformar la Constitución Nacional y –entre otras cosas- consagrar los derechos sociales. El hecho parece a primera vista curioso y singular: un gobierno de fuerza preocupado por el texto constitucional que niega con su propia existencia; un gobierno que convoca a elecciones para conformar un poder constituyente, pero no lo hace para la conformación de los poderes constituidos; un gobierno caracterizado por la represión (y el asesinato) de obreros que quiere consagrar los derechos sociales. El hecho puede ser curioso, pero no singular. Nuestra historia institucional está plagada de paradojas similares[1].

A esa curiosa situación institucional debemos la inclusión de los derechos sociales en la Constitución que nos rige y nos protege y que nuestros soldados juran sostener –con subordinación y valor- hasta perder la vida[2].

No me detendré aquí a considerar si los derechos sociales consagrados en la Constitución son muchos o pocos, ni ensayaré una nostálgica e inútil comparación con la Constitución peronista de mil novecientos cuarenta y nueve. Me limitaré a señalar una verdad evidente: a punto de cumplir medio siglo de vigencia, la cláusula social de la Constitución Nacional permanece incumplida en términos casi absolutos. Intentaré también llamar la atención sobre una de las falacias argumentales que la jurisprudencia y la teoría jurídica[3] utilizan para negar la vigencia de la cláusula social: la distinción entre normas operativas y programáticas.

El artículo que no mereció tener siquiera un número.

Una vieja propaganda del Banco Río –anterior a la debacle financiera de dos mil uno- decía que el nombre es “lo más valioso que uno puede tener” y quizás sea cierto; existen pocas cosas tan penosas como designar a una persona como “NN”[4].

Los números pueden también ser nombres, como sucede con las calles de La Plata y con los artículos de la Constitución. Algunos pueden ser muy famosos, como el artículo dieciocho o el catorce; otros casi no son leídos (y mucho menos usados), como el quince; pero todos los artículos de la Constitución tienen un nombre-número. Todos, salvo el que nos ocupa.

La razón es conocida: el retiro de algunos convencionales constituyentes dejó a la Convención del cincuenta y siete sin quórum a poco de haber comenzado las sesiones; por lo que ésta sólo alcanzó a reformar el (entonces) inciso once del artículo sesenta y siete y a incorporar “un artículo nuevo a continuación del catorce”. Desde entonces, a la cláusula social de la Constitución se la conoce sucesiva e indistintamente como “artículo nuevo”, “artículo catorce nuevo” y (sobre todo a partir de que dejaba de ser tan nuevo) “artículo catorce bis”, expresión esta última que fue imponiéndose hasta eliminar a las otras y que de algún modo parece indicar algo así como “artículo catorce suplente”.

Cuando volvió a reformarse la constitución en mil nueve noventa y cuatro (desechada por efímera e ilegítima la enmienda del setenta y dos) un pacto entre Menem y Alfonsín impidió tocar el primer capítulo de la Constitución, lo que –por añadidura- hizo imposible bautizar con algún número a la cláusula social.

Catorce y catorce bis.

Se sabe que los suplentes no tienen la misma suerte que los titulares. Éstos corren, gambetean y hacen suspirar a las tribunas. Los suplentes sólo pueden esperar con paciencia que una lesión fortuita los meta al menos diez minutos en la cancha.

Esa relación de titular–suplente es la que existe entre nuestros artículos catorce y catorce bis. O mejor: entre nuestros artículos catorces, titular y suplente.

El primero es luminoso y claro y escolar. El segundo, apenas una molestia para algunos, un tranquilizador de conciencias para otros; a lo sumo una consigna para algunos inconformistas que –como yo mismo- no son tan revolucionarios como para patear el tablero institucional ni tan adaptados como para conformarse con la libertad de empresa.

Scripta manent.

El verba volant no causa problemas, pero el scripta manent complica. Porque está escrito. Nadie puede dudar o negar que esté escrito. Es un hecho, una verdad absoluta: en esa Biblia laica y civil que llamamos Constitución Nacional hay un artículo que –sin nombre y todo- enumera los derechos sociales.

Para desconocer los demás derechos, por lo general se ha utilizado el tradicional procedimiento del cuartelazo. Éste consiste en que unos señores de uniforme y espada un buen día se autotitulan reserva moral de la patria y en dos minutos liquidan el Congreso y echan al presidente. La chirinada suele ser apoyada por cierta cantidad de civiles y por algunas empresas “a las que les interesa el país” que en otros tiempos auspician programas televisivos.

A partir de allí –encaramados en la cima del poder político- estos señores dictan un Estatuto y declaran urbi et orbe que la Constitución continúa vigente “en todo lo que no se oponga al Estatuto o a los fines y propósitos” del cuartelazo; lo que significa –en la jerga militar- que la Constitución no está vigente para nada.

Recuperada la normalidad institucional, los derechos individuales, civiles y políticos, vuelven a tener vigencia; y si alguien no los cumple, existen varias herramientas para hacerlos valer de modo compulsivo: el amparo, el habeas corpus, etc. O sea que si alguien no lo deja a usted votar o ejercer libremente su culto, o navegar y comerciar (siempre que tenga con qué, claro está), o publicar sus ideas en la prensa sin censura previa; usted se presenta ante un juez, denuncia el problema y el juez toma las medidas del caso.

Nada de esto sucede con los derechos sociales. No es imprescindible el cuartelazo para desconocerlos, aunque ayuda, claro está; pero existen otros modos de negar su existencia incluso en democracia. Si no me cree, haga la prueba: preséntese ante un Juez y pídale que la empresa en la que trabaja lo participe de las ganancias y lo deje controlar la producción y colaborar en la dirección del negocio. Si le dan bolilla, prometo que quemo este papel y me meto a monja.

Repasemos.

Casi nadie recuerda en forma más o menos completa el contenido del artículo catorce bis. Casi todos recordamos aquello de las “condiciones dignas de labor”, la “jornada limitada”, las “vacaciones pagas”; pero qué me dicen de esto: “participación en las ganancias de las empresas, con control de la producción y colaboración en la dirección”.

No, no. No fue una revolución al soviético modo la que introdujo esto en la Constitución. No fue producto de constituyentes marxistas leninistas, de barbudos trotskistas o de anarquistas risueños y románticos. Ni siquiera fueron los peronistas, proscriptos y demonizados por demagógicos, los que metieron esto en la Constitución. Los constituyentes del cincuenta y siete eran casi todos radicales, algunos socialistas, algunos demoprogresistas[5]; todos ellos convocados –y de algún modo cobijados- por una dictadura militar sangrientamente antiobrera.

Esos señores respetuosos de las minorías y la propiedad privada establecieron esto. Desde entonces los obreros argentinos tienen derecho a participar en las ganancias de las empresas, a controlar la producción (claro, para que no los embromen) y a colaborar en la dirección del negocio (para asegurarse de que haya ganancias para repartir, para que el empresario no vaya al bombo[6] como habitualmente sucede en un país de empresas quebradas y empresarios millonarios).

El texto es claro y sencillo y no se necesita forzar demasiado la imaginación o el talento para comprenderlo; pero no se cumple ni se hace cumplir.

No se cumple por varias razones económicas y políticas que no es el caso analizar aquí, pero ¿por qué no se hace cumplir de modo compulsivo, como se hace con los derechos enunciados en el artículo 14 titular?

Bueno, supongamos que usted trabaja en una multinacional y no está conforme con su sueldo, sobre todo porque ve que las ganancias de la empresa no paran de aumentar y su sueldo sigue planchado como electrocardiograma de muerto. A usted le parece injusto eso y entonces se presenta ante un juez y le dice:

-Mire, Su Señoría –usted lo trata así porque quiere congraciarse, claro está-, la empresa gana más plata cada año y a mí no me aumentan un peso. Haga algo.

-¿Y qué quiere que haga? –le pregunta el juez-, si la empresa no es mía.

-Jamás se me hubiese ocurrido pedirle que me aumente usted, Su Excelencia –usted se empieza a poner chupamedias, a ver si funciona-, pero yo leí en la Constitución que los trabajadores tenemos derecho a participar en las ganancias de la empresa, a controlar la producción y a colaborar en la dirección. Dígales que me cumplan eso.

Y es cierto, lo que usted dice está perfectamente escrito en la Constitución y ningún juez del mundo le va a decir que no. Para sacarlo carpiendo lo más probable es que el juez use una antigua falacia que inventaron otros jueces y –sobre todo- muchos autores de Derecho. Si es así, el juez lo mirará desde el estrado con suficiencia y algo de conmiseración por su ignorancia y le dirá:

-¿Sabe qué pasa? Esa es una cláusula meramente programática.

Operativas y programáticas.

Así como en la rebelión en la granja de Orwell “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”, parece que en nuestra Constitución todos los artículos son iguales pero algunos se aplican así nomás y otros necesitan muchísimos requisitos adicionales para que puedan aplicarse.

Es decir: algunos de los derechos reconocidos en la Constitución son operativos y se aplican en forma directa. No se necesita nada más. Otros, en cambio, son programáticos y no se aplican en forma directa[7]. Estos últimos se limitan a establecer un horizonte utópico, un lugar al que se quiere llegar pero que todavía no está. Establecen un programa al que deberían ajustarse las leyes, pero no pueden hacerse valer en forma autónoma, directa.

En términos prácticos, es como si no estuviesen escritos[8].

Aunque usted no lo crea, este es el argumento más usado en la jurisprudencia y en la teoría jurídica para retacear el contenido de los derechos sociales y es aceptado sin discutir en forma casi unánime.

Mortales y veniales.

Una de las muchas protestas de los protestantes era la distinción que la Iglesia formulaba y formula entre pecados mortales y pecados veniales. Según esta distinción, la comisión de uno de los del primer tipo basta para la condena infernal, mientras que los del segundo tipo se redimen con un poco de purgatorio y mucha oración.

-¿De dónde surge esa distinción? -se preguntaba Lutero mientras inventaba el arbolito de navidad[9]- si en la Biblia se habla de los pecados a secas, sin calificativos. La Iglesia le contestaba con citas de prestigiosos teólogos y seguramente algún fraile habrá dicho con mucho sentido común que uno no se iba a ir al infierno por una mentirita piadosa.

En materia constitucional la controversia es parecida. Existen algunos pocos modernos revoltosos a quienes esta distinción los subleva (entre ellos se destaca Gargarella). Contra estos imberbes que gritan, una rotunda mayoría de autores tradicionales esgrimen antiguas citas jurisprudenciales, autorizadas opiniones doctrinarias y mucho sentido común, que –como se sabe-, es el sentido que indica que el sol gira alrededor de la tierra inmóvil.

Lo cierto es que no hay en la letra de la Constitución (y, por supuesto, las constituciones no tienen espíritu, como tampoco tienen mente, hígado o corazón) nada que autorice a formular esta distinción.

Dentro de la ley, todo. Fuera de la ley, nada.

Quienes sostienen la validez de esta distinción entre normas operativas y programáticas señalan que las primeras no necesitan una ley reglamentaria; mientras que las segundas sólo pueden aplicarse cuando una ley reglamente de qué modo hacerlo. Juzgan también que esta arbitraria diferenciación es perfectamente lógica y se desprende de la propia naturaleza de cada derecho; a veces, de la propia redacción de la norma constitucional.

Afirman a modo de ejemplo que mientras no hace falta ninguna ley especial para que la gente haga valer su derecho a ejercer libremente su culto, es necesario que una ley especial diga cuánto vale el salario mínimo, vital y móvil.

En definitiva, los derechos operativos se aplican así nomás. Los programáticos, necesitan una ley especial y si nadie dicta la ley especial no se aplican.

No es complicado advertir la falacia de este argumento. Si bien es cierto que el artículo catorce bis comienza diciendo “El trabajo gozará de la protección de las leyes, las que asegurarán al trabajador...” (lo que parecería indicar a primera vista que hacen falta leyes), también el artículo catorce titular aclara que los derechos allí enumerados se gozan “conforme las leyes que reglamenten su ejercicio”. O sea que la diferencia no es tal. Por supuesto que las leyes regulan y reglamentan los derechos, pero la ausencia de una ley reglamentaria no impide que el derecho exista y que pueda hacerse valer (justamente por eso hay una Constitución que es superior a la ley). Eso vale tanto para el catorce titular, como para el suplente.

Además, si no hace falta ninguna ley para que pueda hacerse valer el derecho a ejercer libremente el culto, por qué debería haber alguna que reglamente aquello de igual remuneración por igual tarea.

Y, a la inversa, no comprendo cómo puede ejercerse el derecho al voto –que unánimemente se considera operativo- sin leyes que regulen todo el asunto de los padrones, las circunscripciones electorales, la proporcionalidad, las convocatorias, etc.

Acción u omisión.

Otros sostenedores de la distinción, más sagaces, dicen que la diferencia no está dada por la necesidad de ley reglamentaria, sino por exigir una acción o una omisión por parte del Estado.

Afirman que los derechos operativos son aquellos que sólo exigen una omisión del Estado, mientras que los programáticos necesitan una acción positiva del mismo. Esgrimen como ejemplo que para ejercer el derecho de navegar y comerciar basta con que el gobierno no entorpezca el tráfico ni se ande metiendo en donde no lo llaman, mientras que para ejercer el derecho a la vivienda digna se necesita el Plan Federal de Viviendas y esas cosas.

La argumentación mejora, pero no tanto. Algunos derechos tradicionalmente considerados programáticos no requieren ninguna acción particular del Estado. Pensemos en aquello de la “participación en las ganancias de las empresas, con control de la producción y colaboración en la dirección”. No hace falta ningún Plan Federal de Viviendas para eso.

A la inversa, no me imagino cómo se ejerce el derecho a “enseñar y aprender” –considerado operativo- sin un sistema de educación pública, sin construir y mantener escuelas y sin un Ministerio de Educación más o menos burocrático.

El Estado y los particulares.

Algunos –los menos- de los sostenedores de la distinción dicen que la diferencia fundamental radica en que los derechos operativos se ejercen frente al Estado, mientras que los derechos programáticos se ejercen frente a un tercero particular.

Afirman entonces que los derechos del trabajador son programáticos porque en definitiva obligan al patrón, que es un particular, a hacer o dejar de hacer alguna cosa; mientras que los derechos operativos consisten en que el Estado haga o deje de hacer algo.

Se olvidan –claro- que uno de los dos casos jurisprudenciales (el caso Kot) que inauguraron la acción de amparo constitucional en nuestro país trataba de un derecho constitucional operativo (ejercer industria lícita) al que se lo hizo valer contra un grupo de particulares (oh, casualidad, contra sus obreros que ocupaban el establecimiento)

¿Por qué no podrían entonces considerarse operativos los derechos de los obreros frente a sus patrones?

It’s the economy, stupid.

Finalmente, un grupo de sostenedores de la distinción abandona toda pretensión racionalista y –quizás a causa de tanta debilidad argumental- se refugia en consideraciones del más estricto sentido común económico[10].

Dicen, en definitiva, que el problema de los derechos sociales es que son demasiado caros. Son como lujos que los países pobres no nos podemos dar porque debemos fortalecer a las empresas para que sean motor del desarrollo económico. Por eso hay que reconocerlos a cuenta gotas, a medida que se vaya pudiendo. Por eso, aunque estén escritos en la Constitución no podemos aplicarlos todos juntos así nomás y necesitamos que las leyes vengan a ratificarlos de uno en uno, de vez en vez, despacito y por las piedras.

Son caros, si. Me imagino que deben ser caros. La vivienda digna para todo el mundo, por ejemplo. Pero, ¿qué diríamos si el Gobierno no llama a elecciones porque sale muy caro?
Qué dirían nuestros grandes terratenientes si les dijéramos que el Catastro y el Registro de la Propiedad nos salen muy caros, que mejor se amojonen ellos la tierra y que no podemos andar gastando tanta plata en cuidar que no se la usurpen. Qué, si dijéramos “Mire, la policía nos sale un ojo de la cara”.

La única verdad es la realidad.

Los derechos sociales existen, están escritos –breves, retaceados y sin número, pero están-. Son derechos constitucionales tan vigentes como los civiles y políticos. El problema de las cláusulas constitucionales programáticas es un falso problema, como esos otros falsos problemas que denuncia Borges en el epígrafe de esta nota y cuyo principal demérito es proponer soluciones que son falsas también.

Lo cierto es que el artículo catorce bis nació con un pecado de origen: nadie se lo tomó en serio. Las fuerzas políticas que colaboraron en su sanción estaban más preocupadas por robarle las banderas al peronismo proscripto (para disputar su base social y electoral) que por reconocerle derechos a las clases populares. La dictadura militar que convocó a la reforma, sólo buscaba legitimar su pretendido carácter democrático y libertador, y no pensaba para nada en otorgarles derechos a los obreros que asesinaba en los callejones de José León Suárez.

Por eso, al mismo tiempo en que nacía la cláusula social nacían los argumentos para desactivarla. El principal: la distinción entre normas operativas y programáticas.

Tampoco el peronismo se lo tomó en serio. El movimiento político que –con sus aciertos y errores- consiguió la más espectacular mejora en las condiciones de vida de las clases humildes en toda la historia argentina durante el decenio cuarenta y cinco – cincuenta y cinco, observó la sanción de la cláusula social con desdén e indiferencia, acaso enamorado todavía de la Constitución del cuarenta y nueve.

Vuelto al gobierno en mil novecientos ochenta y nueve, domesticado y travestido, fue vehículo de algunas de las peores regresiones en materia de conquistas sociales que la historia conoce. En mil novecientos noventa y cuatro, un peronismo que había defeccionado y un radicalismo claudicante pactaron la reforma de la Constitución. Les interesaban la reelección y la autonomía de la Capital. No tuvieron problemas en ratificar el catorce bis, pero cuarenta años de argumentos desactivadores lo habían vuelto prácticamente inofensivo.

Ahora que soplan nuevos vientos, que el Congreso comienza a introducir reformas pro-obreras, que la Corte Suprema dicta fallos en el buen sentido, existe por fin el clima propicio para que desde el Derecho discutamos aquellos argumentos desactivadores que nos inmovilizaron durante casi cincuenta años.

A punto de cumplirse medio siglo de vigencia del artículo catorce bis, es hora de que repensemos su profundo sentido transformador y lo saquemos de ese oscuro lugar de suplente, de colección de buenos deseos. Ya sé que mi prosa peleadora, balbuceante y chapucera no es un aporte en ese sentido, pero hay otros que lo dicen en el lenguaje apropiado y por fin, tras los muros, sus sordos ruidos oír se dejan.

Enrique Catani.
domingo 10 de diciembre de 2006.

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[1] Alcanza con recordar que en mil novecientos ochenta y dos, el gobierno declaró que los habitantes de las Islas Malvinas no tenían de qué preocuparse ya que estaban protegidos por los derechos consagrados en la Constitución Nacional, derechos que eran sistemáticamente negados a los habitantes del continente.
[2] Desde mil novecientos ochenta y tres, se ha hecho obligatoria en los cuarteles la fórmula “-Subordinación y valor –Para defender a la Patria y sostener a la Constitución”.
[3] Evito adrede la expresión “doctrina”, habitual entre hombres de leyes para designar la opinión de los especialistas, por sus reminiscencias medievales y precientíficas que –apelando al principio de autoridad- la vuelven indiscutible.
[4] Mi hermano Juan Pablo, que trabaja en el novecientos once, me informa que en la jerga policial no se dice “ene ene” sino “natalia natalia”, lo que mejora apenas la fórmula.
[5] Los votos en blanco sumaron 2.115.861 votos, o sea el 24,3% de los emitidos. Los radicales balbinistas siguieron muy cerca con 2.106.524, el 24,2%, y los radicales frondizistas obtuvieron 1.847.603, el 21,2%.
[6] La expresión “ir al bombo” es bien argentina y tiene su origen en las guerras federales del siglo diecinueve. El bombo legüero (que, como su nombre indica, se escuchaba a varias leguas de distancia) se usaba para concentrar, reagrupar y reorganizar a las tropas que, vencidas, habían huido en desbandada. El gaucho que se había retirado del combate en cualquier dirección “iba al bombo” para reagruparse.
[7] Escuchemos como explica la distinción Mariano Tissembaum en el primer tomo del Tratado de Derecho del Trabajo dirigido por Deveali (págs. 344-345): “El imperio de las normas constitucionales deriva, en cuanto a su inmediatez, de las características con que se redacte la disposición consiguiente. En ese sentido, hay disposiciones constitucionales de tipo programático que sólo enuncian aspiraciones, propósitos y orientaciones de carácter general o afirmaciones de naturaleza sociológico- política, y algunas de contenido filosófico, teórico o dogmático. Lógicamente, para que estas enunciaciones adquieran imperio requieren la sanción de leyes que, inspiradas en las citadas declaraciones de tipo programático, las concreten en normas positivas que fijen en modo preciso y debidamente articulado el ordenamiento consiguiente. En cambio, existen normas constitucionales que determinan en modo imperativo el precepto, por la redacción consiguiente del texto, y son de aplicación automática, sin necesidad de leyes posteriores, pero que pueden dictarse para reglamentar su ejercicio, tal como lo preceptúa la Constitución Argentina en el art. 14. (...) La constitución Argentina, con la última reforma de 1957, y que hemos analizado precedentemente en relación a las disposiciones de índole laboral y social, contiene en general, normas de tipo programático que requieren –para su aplicación- su desarrollo legislativo”
Veamos ahora la explicación de un constitucionalista (Quiroga Lavié “Introducción al Derecho Constitucional” págs. 71-72): “Conforme a su condicionalidad, las normas constitucionales pueden ser operativas o programáticas. Las operativas son aquellas que no precisan ser reglamentadas ni condicionadas por otro acto normativo para ser aplicables; tal es el caso de los derechos individuales (...). Normas programáticas son las que tienen sujeta su eficacia a la condición de ser reglamentadas. Ello ocurre, particularmente, cuando el ejercicio del derecho implica una pretensión a la conducta de un tercero; tal es el caso de los derechos del trabajador, que según el art. 14 bis CN, quedan sujetos a la protección de las leyes”.
Elijo estos dos autores porque son los que tengo más a mano en la biblioteca, pero en casi todos los manuales de Derecho Constitucional o Laboral pueden encontrarse explicaciones similares.
[8] En realidad tampoco es tan así. Aunque se los considere un mero programa constitucional, incluso esa calidad también tiene (o debería tener) contenido normativo y obliga a las normas de jerarquía inferior. Como explica mejor Cornaglia “En 1957, la reforma de la Constitución Nacional ordenó el dictado de las leyes predeterminando un único sentido con la protección del trabajo en sus diversas formas y les fija un programa para operativizar los derechos que consagra. Y determina que las leyes, servirán para asegurar esos derechos. (...) Existe desde entonces una norma proyectiva (norma de normas), que impide el desasegurar esos mismos derechos. Lo que implica una orden que impide la derogación e incluso la rebaja de sus protecciones alcanzadas” Cornaglia, Ricardo, Reforma Laboral. Análisis Crítico. Pág. 313.
[9] Como se sabe, otra de las protestas de los protestantes era el culto de las imágenes, lo que hizo que Lutero condenara el pesebre... y tuviera que decorar el árbol que estaba en la entrada de su Catedral para que los feligreses no extrañaran tanto.
[10] El “sentido común”, tan elogiado en nuestros días, ha sido siempre una colección de argumentos inmovilizantes, de los que impiden pensar. Básteme recordar que hubo quienes refutaban a Galileo con el siguiente razonamiento de impecable sentido común: Los ancianos se marean con el movimiento de un carro. Si la tierra estuviese en movimiento, los ancianos vivirían mareados. Ergo, la tierra está inmóvil.

2 de julio de 2006

Crónicas Mundiales

Confesión

No me gusta el fútbol. Ni verlo, ni escucharlo, ni jugarlo. Sé de otra gente que padece el mismo problema y le da un tinte excéntrico, intelectual. A mí, por el contrario, me avergüenza. No me gusta el fútbol –lo confieso-, pero me gustaría que me gustase.

He hecho intentos. Por ejemplo, fui a ver a Gimnasia a todos los partidos de aquella primera y memorable campaña en que salió segundo por un pelito, pero no hubo caso; solía estar más atento a lo que sucedía en las tribunas que en el campo de juego.

Fui cambiando de cuadro con la esperanza de encontrarle el gustito a la cosa (las pocas veces que lo confieso, esto suele causar horror y desprecio en las buenas gentes). Fui hincha sucesiva y cronológicamente de Estudiantes, de River, de Boca y de Gimnasia. Finalmente, y hace unos años, me hice hincha de Guaraní Antonio Franco (y viajé a Posadas a verlo jugar la final con el Godoy Cruz de Mendoza por el ascenso al Nacional B, un lamentable cero a cero que nos dejó afuera).

Ser hincha de Guaraní me proporciona innumerables ventajas en la vida cotidiana, así que ya no pienso cambiar.

Los que se jactan de no gustarles el fútbol, no tienen problemas en confesarlo y en exhibir urbi et orbi su redonda ignorancia sobre temas futboleros; pero yo no me jacto, me avergüenzo y –claro- trato de que no se note.

Antes, cuando a la inevitable pregunta “de qué cuadro sos” yo contestaba “de Boca” o “de Gimnasia”, ocurría que mi interlocutor solía inquirir mi opinión sobre pases, formaciones, compras y ventas de jugadores, promedios del descenso, chances de campeonar. En esos casos yo trataba de gambetear las preguntas, iba respondiendo con lugares comunes mientras podía, pero finalmente terminaba vencido y agobiado y notaba en mi interlocutor un dejo de suficiencia y también de piedad cuando por fin empezaba a cambiar de tema.

Ahora, cuando contesto “de Guaraní Antonio Franco”, mi interlocutor suele mirarme con algo de asombro y hasta una pizca de respeto. A lo sumo, si se trata de un futbolero avezado recordará aquel año en que Guaraní jugó el Campeonato Nacional (cuando era algo distinto del Metropolitano). Un poco de información que he obtenido prolijamente de internet me basta para sostener con suficiencia una conversación de este tipo.

Mis amigos Matías

Tengo dos amigos que se llaman Matías. Uno es fanático de Gimnasia; el otro, de Estudiantes. Ellos no se conocen entre sí, pero cada domingo están pendientes de la suerte de su equipo y del equipo del otro. Sufren, ríen, aman, lloran y odian de verdad; pero en sentido recíprocamente contrario.

Me acuerdo de un reportaje conjunto que Clarín les hizo a Sabina y al Coco Basile hace algunos años en Madrid. Una frase de Sabina explica perfectamente lo que les sucede a mis amigos Matías:

-No te confundas, Coco: para nosotros, más importante que ganar es que pierda el Real.

Así es como cada lunes Matías se siente feliz y Matías se siente desgraciado, y de algún modo Matías se alegra de la desgracia de Matías. Es muy raro que un lunes mis amigos Matías puedan coincidir más o menos en estado de ánimo.

Alguna vez los Matías me han dicho –cada cual a su modo y en su momento- que envidiaban mi desinterés, mi despreocupación. Envidiaban que yo no sufro los domingos, que no me juego la vida pegado a la radio o al alambrado, que los lunes sólo siento el mismo hastío que sienten todos los mortales al comenzar la semana.

Lo que ninguno de los Matías sabe es que yo los envidio secretamente. Que envidio esa cosa sentimental y mágica y trágica de sentirse hermanado con cientos o miles por un color que contiene y cuya suerte y honor se juega todos los domingos. Que envidio también (las confesiones deben ser completas e indivisibles) el odio irracional y rencoroso trasmitido de generación en generación a un rival que además tiene la ventaja de ser eterno e inmutable, porque nunca habrá una final de todas las finales en donde un equipo le gane para siempre al otro.

Y lo que más envidio de todo es que esas extraordinarias pasiones puedan explotar un domingo incruentas; sin anexiones y conquistas, sin matanzas, estupros, violaciones; sin la infame prosa de Rosenberg, sin horas de la espada, sin proscripciones ni fusilamientos, sin opresores, sin tiranos y que ninguna derrota sea irreversible, porque cada domingo el fútbol da revancha.

Pasión Mundial

Sólo hay un momento en el que no tengo nada que envidiarles a mis amigos Matías: cuando llega el mundial. La sensación empieza despacito, unos días antes del primer partido y es como un cosquilleo. Me sorprendo leyendo la sección deportiva de los diarios con interés verdadero, los nombres de los jugadores empiezan a hacérseme familiares, coincido o disiento con el técnico y con los comentaristas y poco a poco me invade la ansiedad.

No sé por qué sucede. Supongo que la explicación tiene que ver con que, mientras no soy fanático de ningún cuadro en particular (ya he dicho que mi predilección por Guaraní es más bien utilitaria), soy un hincha consumado y furioso de la Argentina. Es cierto que mi pasión por la Argentina no es muy deportiva que digamos (la Copa Davis me tiene sin cuidado, por ejemplo) y se manifiesta más bien en el campo de la política, la economía y las guerras (con la excepción de la de la Triple Alianza, en la que hincho por el Paraguay); pero misteriosamente se traslada al fútbol cada cuatro años.

El proceso va de menor a mayor: empieza con el cosquilleo y sigue con la curiosidad, la ansiedad, la preocupación, la euforia, el grito, la súplica, la taquicardia y (pese a ella) la necesidad imperiosa de encender otro cigarrillo.

Pan y Circo

Falta por supuesto el emperador y el escalofriante saludo de los gladiadores “Ave Caesar, moriturii te salutant”, pero están los modernos coliseos y los jugadores (los nuestros, por lo menos, no los pechos fríos del Brasil) juegan como si les fuese la vida en ello.

Es fama que durante las celebraciones del circo romano, los emperadores repartían pan y vino entre los asistentes (algo así como el pochoclo en el cine, pero gratis). Esa agradable costumbre dio origen a un lugar común demasiado conocido en ciertos discursos políticos.

Quizás siguiendo este precedente clásico e imperial, el encargado de la oficina donde trabajo –además de instalar una pantalla gigante- compró sanguchitos y facturas para todos los empleados.

También en la oficina surgieron voces críticas que –como Beatriz Sarlo en Clarín- denunciaron la práctica como demagógica. “Pan y circo” repetían, acaso deseando que hubiera menos de ambas cosas. “Pan y circo” repetimos todos, con la seguridad que siempre da refugiarse en un lugar común; pero –seamos sinceros-: qué no daríamos por un mundo con más mundiales y –sobre todo- con más pan.

Así en la ONU como en la FIFA

Ya sé que a veces los arbitrajes son injustos y despiadados, que alguna vez nos cortaron las piernas, que siempre sospechamos de los sorteos amañados, pero yo preferiría que el sistema de organización mundial se pareciese más al sistema de organización de los mundiales.

Algo de eso hay: la FIFA tiene en la actualidad más miembros que la ONU e incluye a algunas naciones (como por ejemplo a Palestina) que aún no son técnicamente Estados y algunos países de existencia (o resurrección) reciente -por ejemplo Croacia- han solicitado su incorporación a la FIFA antes que a la ONU.

Si la FIFA fuese la ONU, su Consejo de Seguridad nos tendría como miembro permanente, seríamos una de las principales potencias, podríamos jugarnos las Malvinas en noventa minutos apostando todo a las piernas (y a las manos) de nuestros valientes muchachos; pero no veamos sólo el interés argentino. Si la FIFA fuese la ONU, los países africanos estarían creciendo en forma sostenida y a Estados Unidos nadie lo tomaría muy en serio.

Al fin y al cabo, ¿por qué no?, si el mundo es redondo como una pelota.

Enrique.
La Plata, 2 de julio de 2006.

5 de junio de 2006

Crónicas Misioneras (tercer entrega ilustrada)

Primeros desengaños.

En Oberá hubo un cine. Creo que se llamaba “Gran Rex” pero no estoy seguro. Ahora no hay, desde que se inventó el videocable y la videocasetera.

Yo era muy chico y me dormía en las películas o no las entendía, pero mi padre me llevaba igual y a mí me gustaba ir. Me acuerdo especialmente de una película de piratas.

Yo tendría algo así como seis años cuando mi padre me llevó a ver esa película de piratas. Íbamos solos, sin la molesta y femenina compañía de mis hermanas y mi madre; y a mí me parecía que ir al cine era cosa de hombres, algo que las mujeres no podían comprender.

En la película, unos piratas muy malvados capturaban a unos niños en una isla y los sometían a toda clase de torturas (todavía recuerdo con fascinante espanto que a uno de los niños lo mantenían despierto separándole los párpados con escarbadientes). A lo lejos, en el mar, una fragata norteamericana no se enteraba de lo que sucedía en la isla.

Contra mi voluntad, me puse a llorar en forma irremediable. Mi padre intentó tranquilizarme. “No te preocupes –me dijo- ahora desembarcan los soldados y rescatan a los chicos”. Esas palabras hicieron que el llanto cesara; sin embargo, por primera vez en mi vida, tuve un instante de duda: “¿Y vos cómo sabés?”, pregunté. “Porque ya la vi”, dijo mi padre.

Al rato los soldados desembarcaban, pero los piratas los mataban a todos, y supe entonces que mi padre también podía mentir.

Perfume casino.

Durante los años convertibles, Misiones se pobló de casinos. Antes sólo había en Posadas y en Iguazú. Ahora cada pueblo, hasta el más chico, tiene su casino.

No se parecen a la mole burocrática y decadente del de Mar del Plata. Los casinos misioneros son fastuosos, modernos y brillantes e incluyen restaurantes, bares, espectáculos, cascadas artificiales y lujos variados.

Las decoraciones son imponentes y tienden al rojo y –sobre todo- al dorado. Las niñas que atienden las mesas usan faldas breves y reglamentarias y no aceptan propinas. Todo es muy luminoso y brillante y ruidoso. Nunca estuve en Las Vegas, pero los casinos misioneros me hacen acordar a Las Vegas.

Entonces uno puede jugar al póquer americano sobre un tapete verde reluciente, sentado en una silla dorada que se apoya en una alfombra roja, con fichas de diez, veinticinco y cincuenta centavos; y ese es el símbolo más perfecto de una época.

Muerte y resurrección.

Misiones muere y resucita. Ya lo ha hecho tantas veces que podemos estar seguros de que lo repetirá en el futuro.

Los historiadores distinguen tres provincias de Misiones: la provincia guaraní (que otros llaman jesuítica), la provincia española y la provincia argentina. Entre medio de ellas no hay nada.

El hecho es que a Misiones cada tanto la disuelven y durante mucho tiempo sencilla y absolutamente deja de existir. Después vuelve a nacer, nueva y reluciente, igual y distinta. Por eso, pese a ser una de las provincias más antiguas de la república es también la más joven y caliente.

El monte.

En misiones le decimos monte, pero los de afuera le dicen (en forma un tanto grandilocuente) selva o jungla.

En Misiones hay monte, pero monte de verdad, no me vengan con las Yungas y el Tucumán. Si no me creen, miren como se recorta la silueta verde de la provincia vista desde el satélite:

Selva subtropical en dos pisos, dicen los botánicos. Pulmón verde, dicen los ecologistas. Sitio ideal para la aventura, dicen los promotores de turismo; y todo eso es verdad y nada lo es.

El monte es un organismo vivo y uno puede sentir su movimiento y su respiración. Los que no lo conocen imaginan un sitio luminoso repleto de árboles apiñados. Lo cierto es que el monte es oscuro –muy oscuro- y que, si hay árboles, uno no puede verlos, cubiertos como están de helechos enmarañados y plantas parásitas de las más variadas.

El monte es ruidoso, complicado, sombrío y móvil. El hombre lo combate con rosados y motosierras. Se trata de una lucha antigua en la que el hombre pretende civilizar al monte, contenerlo, dominarlo, y para ello le implanta ciudades, rutas, yerbatales y –a veces- cree que por fin lo ha vencido.

Entonces surgen las voces ambientalistas que se compadecen del monte y lo juzgan –quizás con razón- próximo a desaparecer; pero el monte también combate y cada uno de sus elementos lucha con furia para obtener un mínimo espacio en el que existir, una pequeñísima parte de luz que le permita seguir viviendo.

Se nos dice que los avances tecnológicos del último siglo presagian la victoria final (y catastrófica) del hombre en este antiguo combate. Probablemente sea cierto; sin embargo, cuando uno piensa que en muy pocos años el monte devoró literalmente los imponentes edificios de los jesuitas (lo mismo –leo en Toynbee- sucedió con la civilización maya en el Yucatán), siente un algo de duda y acaso de esperanza.

Testigo de lo que digo, hay un árbol en San Ignacio (al que los guías turísticos le pusieron acertadamente el nombre de “corazón de piedra”) que conserva intacta en el interior de su tronco una enorme columna de piedra que en otras épocas sostenía el techo de una iglesia.

Alma misionera.

El nacimiento es un hecho determinante de muchísimas cosas. El sitio en donde sucede provee una nacionalidad de la que es muy difícil renegar. El día en el que sucede determina una de las doce categorías del zodíaco, de la que sólo se puede escapar no creyendo en esas cosas.

Sin embargo, la ortodoxia cristiana y la de muchas otras religiones prescribe que la vida del ser humano comienza con la concepción. Antes de eso, Platón había dicho que el alma encarna en el cuerpo a los tres meses de gestación.

Si así fuese, cierto muchacho de barba, boina y fusil no sería rosarino ni cubano. Habría comenzado a existir en Misiones, en Caraguatay para más señas.

Y a lo mejor es cierto, al fin y al cabo; algo habrá para que Ernesto Guevara haya evitado un seguro destino de médico rural y se haya convertido en el Che, palabra guaraní que –bueno es recordarlo- significa “hombre”.

Picharse

De todos los modismos misioneros, el más hermoso y útil es picharse, verbo reflejo que admite la forma adverbial (pichado, pichada) utilizada como nombre y cualidad.

Es cierto que otros modismos son interesantes: llavear –por ejemplo- usado en lugar de “cerrar con llave” que permite ahorrarnos dos palabras; o argel, algo así como “amargado” pero con connotaciones diversas.

Sin embargo, yo prefiero picharse porque no tiene equivalencia en el habla porteña. En Buenos Aires le decimos “mal perdedor” al pichado; pero no tenemos ninguna forma verbal para designar la acción que se produce cuando alguien se transforma en un “mal perdedor” o tiene actitudes de tal.

Se picha aquel que se fastidia en el medio de un juego porque va perdiendo; pero la palabra tiene también otros usos más o menos extensivos. Se pichó escandalosamente aquel jugador de la selección argentina que se sentó en la alfombra de la Reina de Inglaterra. Estaba muy pichado Maradona cuando el público silbaba el Himno Nacional.

El que se picha se pone serio (o furioso) de golpe y pierde todo sentido del humor y de la diversión. La palabra se usa no sólo en el deporte: se pichaba Sarmiento cuando Alberdi le mandaba sus cartas quillotanas, se pichó Facundo Quiroga cuando el manco Paz le ganó en Oncativo “con pasos de baile”.

Los pichados (aquellos que habitualmente se pichan) suelen culpar al réferi, al clima, a la FIFA, a la cuarta internacional, a la masonería, al gobierno o a cualquier condicionamiento adverso, real o imaginario. Nadie quiere aparecer como pichado; sin embargo, la palabra no tiene en todos los casos una connotación negativa.

Catani, jefe de guaraníes.

Hubo en Misiones en tiempos coloniales un coronel de mi apellido. Se llamaba Antonio Catani y estaba a las órdenes del gobernador de Buenos Aires, don Pedro de Cevallos. En mil setecientos sesenta y uno, Cevallos –que quería recuperar la Colonia del Sacramento- le encargó a Catani la conformación de un ejército para atacar a los portugueses en Río Grande y así evitar que lleguen refuerzos a Colonia.

Cevallos le recomendó que reclutase solamente correntinos –famosos ya en ese entonces por su valentía y arrojo- pero Catani engrosó las filas también con indios guaraníes de las Misiones. Acampados en el río Pando, los correntinos se sublevaron porque les daba asquete combatir junto a los guaraníes.

Escribe Catani entonces desmintiendo la fama de bravura correntina: “Por el presente despido del Real Servicio unos infames correntinos que faltando a la ley que deben al Rey Nuestro Señor, intentaban levantarse y hacer fuga haciendo burla de las órdenes que en nombre de mi General les comunicaba. En su marcha vía recta, se les dará el auxilio a que son acreedores hasta llegar a su patria que es la referida ciudad de Corrientes en donde se les debe considerar, como en todas partes, traidores al Rey, inquietadores de los que no lo son, y perniciosísimos para servir con los indios”. (J.M. Rosa, “Historia Argentina”, Tomo I, pág. 366/367)

Se quedó Catani con un ejército exclusivamente guaraní y con él cruzó el río Pando y combatió a los portugueses. Firmada la paz, Cevallos lo envió a comandar la guarnición de la Isla Malvina, comprada a los franceses.

Una tradición oral -que por desgracia no puedo ignorar- indica que mi bisabuelo Enrico Catani llegó a la pampa húmeda desde Italia a finales del siglo diecinueve. Debo concluir entonces que ningún vínculo de sangre me une al Coronel Antonio Catani.

Pese a ello, no me disgusta cada tanto jugar al antiguo juego de las genealogías y pensarme descendiente de este coronel que comandaba guaraníes, despedía correntinos y macheteaba portugueses.

Enrique Catani.
La Plata, 5/6/06

12 de mayo de 2006

El Abogado

A pesar del profuso papeleo,
De los martes de nota y cafecito,
Del árido latín, del medioevo
Que pervive en el ritual de los escritos.

A pesar de los tontos tribunales
Con sus jueces vanidosos y uniformes.
A pesar de los bienes y los males,
A pesar de su oficio; está conforme

De jugarse la boca en cada juicio
Intentando romper un maleficio
Para justicia de los desvalidos.

Lancerote, Quijote o Brancaleone
Defendiendo a un infame Don Corleone
De la inmensa amenaza del olvido.

ElQuique.
La Plata, 12 de mayo de 2006

5 de mayo de 2006

Crónicas Misioneras (segunda entrega)

Una de polacos.

En Misiones se discrimina a los polacos y –por extensión y semejanza- a los que son demasiado blancos. Me dicen que este desprecio viene importado de Europa pero, como nunca estuve allí, no estoy seguro. La cosa es –con todo- bastante inofensiva y no ha traído nunca persecuciones ni censura ni expoliaciones ni latrocinios ni deportaciones.

Lo cierto es que en Misiones la expresión “polaco” equivale exactamente a la expresión porteña “negro” y connota las mismas cosas.

Se sabe que el “negro” porteño vive en las villas y por eso se lo suele llamar despreciativamente “negro villero”. El “polaco” misionero vive en las chacras y por eso es común que se lo llame “polaco chacra”. Todo esto parece confirmar que la discriminación en la Argentina –ya sea de negros o de polacos- no tiene tanto que ver con la etnia o el origen nacional, sino más bien con la condición social: los negros villeros y los polacos chacras son pobres; pero dejemos esas teorías para los que saben.

Mientras tanto, recordemos al viejo Surakodzky, único canillita del Semanario “Pregón Misionero” que todo el tiempo aclaraba: “Yo soy polaco, pero polaco de Polonia. No polaco de mierda”.

Mbororé.

Nuestra historia oficial nos ha hecho estudiar hasta el hartazgo los pormenores de cierta escaramuza militar librada en un convento ubicado en las costas del Río Paraná. Todos recordamos la disposición de las tropas, la estrategia de esconderse tras los muros, las palabras del Sargento Cabral, los sordos ruidos que oír se dejan.

En honor de verdad, cabe consignar que San Lorenzo tiene el único mérito de prefigurar la gloria de un general misionero que conocería jornadas mejores en Chacabuco y Maipú. La preferimos, además, porque es la única batalla –si así se la puede llamar- que San Martín pelearía en territorio argentino.

Lo cierto es que suena un tanto pretencioso llamar “batalla” a un choque que duró apenas tres minutos e involucró a poco más de trescientos hombres. La importancia militar de la acción es escasa. El rédito político, nulo.

Mbororé es –en cambio- un nombre casi desconocido en nuestros manuales escolares. José María Rosa dice que es la batalla más importante librada en Sudamérica hasta la de Ayacucho. Félix Luna afirma que Mbororé “ha sido la más trascendente acción bélica de nuestra historia”

Lo cierto es que en Mbororé pelearon durante cinco días más de quince mil hombres. Se movilizaron más de quinientas canoas, cincuenta piezas de artillería y una gran cantidad de armas de fuego. Lo cierto es que Mbororé marcó para siempre el punto en el que debía estar la frontera entre la Argentina y el Brasil (aun antes de que la Argentina y el Brasil existiesen), algo que casi cuatrocientos años de diplomacia no han podido modificar.

Apenas comenzado el siglo diecisiete, los portugueses de San Pablo tuvieron una idea económicamente irreprochable. En lugar de importar esclavos del África, tarea sumamente engorrosa y cara si se tiene en cuenta el precio del flete y la hostilidad de los corsarios holandeses, convenía más cazarlos en suelo americano.

Había además ventajas adicionales: los negros africanos eran nómades y se dedicaban a la caza y la recolección, de modo que había que destinar recursos a instruirlos en las labores más o menos industriosas de las fazendas. Por el contrario, en las misiones que la Compañía de Jesús regenteaba en la zona del Guayrá había miles de guaraníes instruidos, que sabían leer y escribir, acostumbrados a las tareas de la agricultura, la alfarería, la construcción y el arte. Y lo mejor de todo: desarmados.

Así dieron inicio a las bandeiras y sus bandeirantes, palabras que hoy son orgullo en el Brasil y oprobio en las gentes de buen corazón.

Las bandeiras eran una mezcla de ejército y compañía comercial, una mezcla de militares y bandidos. Sus jefes eran portugueses; sus capataces, mamelucos (hijos de portugués e india); su carne de cañón, indios tupíes.

Las bandeiras comenzaron entonces a asaltar a las misiones del Guayrá, mientras los padres de la Compañía de Jesús rogaban al Rey de España (que por entonces era también increíblemente Rey de Portugal) que permitiese armar a los guaraníes. Así fue como las misiones comenzaron a trasladarse en masa hacia el sur, hacia lo que hoy es la Provincia de Misiones, a la espera de la autorización real.

Hasta que en mil seiscientos cuarenta, los padres de la Compañía de Jesús decidieron dejar de esperar una autorización que no llegaría y comenzaron de todos modos la instrucción militar de los guaraníes. Así formaron un imponente ejército de más de diez mil hombres (el más numeroso reunido en territorio argentino hasta el Ejército Grande), pertrechados con arcabuces, mosquetes y cañones y esperaron a los bandeirantes en un lugar en el que el Río Uruguay pega una vuelta, llamado Mbororé.

Al tanto de los preparativos guaraníes, una nueva bandeira fue despachada de San Pablo y llegó a Misiones en enero de mil seiscientos cuarenta y uno. Durante algunos meses se libraron pequeñas batallas, escaramuzas menores; pero los padres de la Compañía –convertidos ahora en generales de un ejército guaraní- querían una batalla frontal y decisiva, apostaban a una victoria absoluta y total.

Así fueron llevando a los bandeirantes hasta Mbororé. La batalla comenzó en la madrugada del once de abril de mil seiscientos cuarenta y uno. Los bandeirantes estaban apostados en lo que hoy es la orilla brasileña del Río Uruguay. Una avanzada portuguesa de trescientas canoas intentó salvar el río y comenzó el choque.

La batalla se libró en el río durante todo el día once, pero continuó en tierra hasta el quince. Se peleaba con la misma tecnología militar que en Europa (cañones, arcabuces, mosquetes), pero también con arcos y flechas y un encarnizamiento muy sudamericano.

Tres veces los bandeirantes ofrecieron la rendición y las tres veces la oferta fue rechazada. Sólo unos pocos portugueses lograron huir de la matanza. Con todo, ninguno de ellos regresó a San Pablo y habrán muerto víctimas de la enfermedad o de las fieras.

Fue el fin de las bandeiras en esta parte de América. Fue el fin también de la expansión portuguesa –al menos hasta la expulsión de los jesuitas- construida en base a la expoliación, el crimen y la caza de esclavos. Fue también el inicio de una conciencia nacional en el pueblo guaraní, que continuaría –aun después de la expulsión de los jesuitas- con Andresito, que tendría un eco tardío en la heroica resistencia del pueblo paraguayo.

Otra de polacos.

El cura de Oberá era polaco. No me acuerdo su nombre, pero sí me acuerdo de que era un hombre flaco y alto y de voz potente.

Cuando murió el Papa Paulo VI, el cura de Oberá hizo que las campanas de la iglesia San Antonio tocaran a muerto, pero cuando fue elegido Juan Pablo I el cura no estaba en Oberá y las campanas no sonaron.

Al mes, las campanas de la iglesia San Antonio volvieron a sonar en ritmo fúnebre. Juan Pablo I había muerto. Una vez más, cuando se eligió al nuevo Papa Juan Pablo II, las campanas de la iglesia de Oberá permanecieron mudas, pero esta vez el cura sí estaba en la iglesia.

Tiempo después el cura se justificaba: “¿Qué iba a hacer? Si tocaba las campanas por el nuevo Papa, todo el pueblo iba a decir: ´éste toca las campanas ahora porque el Papa es polaco´”

Y tenía razón.

Extremos de la asimilación.

Mi bisabuelo David Hedman vino de Suecia engañado. Tratando de huir del hambre, el frío, el desempleo y la marginación, muchas familias suecas se inscribieron en una promoción que hacía una firma brasileña. Debían comprar el pasaje en barco y en Brasil se les iba a proveer de tierras de cultivo para empezar una nueva vida. Mi bisabuelo tendría seis o siete años cuando su padre se inscribió.

En Brasil descubrieron que todo era un fraude. No había tierras, ni posibilidades, ni nada y, para colmo, la población no parecía muy bien dispuesta para con los inmigrantes. Un grupo de aquellas familias engañadas le escribió una carta a la Reina de Suecia y logró que los repatriaran; pero otro grupo –entre los que estaba la familia de mi bisabuelo- decidió que no había marcha atrás y comenzó un lento peregrinaje a pie hacia el sur, hasta encontrar tierras sin dueño donde pudiesen afincarse.

En esa larga caminata nació Ida, quien luego sería mi bisabuela y que tenía tres nacionalidades: sueca por derecho de sangre, brasileña por derecho de nacimiento y argentina por voluntad.

Así fue como estos suecos engañados llegaron a la generosa y hospitalaria Argentina, más precisamente al territorio nacional de Misiones y más precisamente a la zona que luego se transformaría en Oberá y que ellos quisieron llamar Nueva Svea.

David se casó con Ida y tuvieron muchos hijos. Vivían en una comunidad en donde casi todos eran suecos o descendientes de suecos y –por supuesto- todos hablaban en sueco. Sin embargo, cuando su hijo mayor tuvo edad de ir a la escuela, mi bisabuelo David tomó una decisión trascendente y que le habrá resultado sin duda dolorosa: prohibió a toda su familia hablar en sueco, aun en la intimidad. Él mismo continuó escribiendo su diario, pero en castellano. Quería que sus hijos fuesen completamente argentinos aun a costa de perder la herencia cultural más importante: el idioma.

Así es como ni mi abuela ni mi madre saben una sola palabra en el idioma de sus ancestros[1] y yo apenas recuerdo vagamente alguna expresión que sonaba a algo así como “gunat sogot litok” que quiere decir “que duermas bien y no te hagas pis en la cama”.

Dicen que mi bisabuela –que murió hace cinco o seis años- comenzó a hablar en sueco en sus últimos días, pero nadie podía comprenderla.

Reviro.

El reviro es una pasta hecha en base a harina y grasa que se come en Misiones como desayuno, con mate. En la época de los obrajes era prácticamente la única comida del mensual. Por eso es fama que el reviro proporciona energía y vigor para todo un día. Por eso cuando alguien se pone bravo se dice que está revirado.

Una leyenda –seguramente improvisada para turistas- cuenta que su origen está en el obraje, cuando la mujer del mensual revolvía una olla que sólo contenía harina y lloraba porque no podía agregarle nada. Sus lágrimas –dicen- formaron el reviro.

Más auténtica, una copla popular relata “Me vine del Entre Ríos / voy al Alto Paraná / porque allá sólo se come / revirado y yopará”.

Caá porá.

Misiones es en casi todos los sentidos una región periférica de la Argentina. En casi. En uno de los sentidos posibles es la región central de la Argentina.

Los españoles que fundaron Asunción descubrieron que los guaraníes de la zona masticaban unas hojas a las que llamaban caá. A veces también colocaban esas hojas trituradas en una pequeña calabaza y vertían agua, que luego sorbían usando un canuto de caña. A eso lo llamaban caá mate.

Esos primeros españoles llamaron a esas hojas “hierba del Paraguay” o simplemente “yerba” porque no sabían que provenían de un árbol. La torpe iglesia española se apresuró a condenar la infusión y llegó a penar con la excomunión a quienes la usaran. Se decía que el origen de la bebida era demoníaco y que fomentaba el vicio y la holgazanería. En mil quinientos cincuenta y cuatro, un fraile dominico agregó que la yerba mate poseía propiedades afrodisíacas, lo que –naturalmente y contra el objetivo buscado- motivó que su consumo aumentara.

Cuando llegaron los padres jesuitas a estas tierras –esos pocos y extraordinarios hombres que fundaron un extraño imperio socialista y teocrático- levantaron inmediatamente la interdicción y difundieron su consumo. Domesticaron también la producción abandonando la recolección para pasar al cultivo. Incursionaron en la industria instalando un secadero en San Ignacio Miní.

La yerba mate –cuya producción es casi íntegramente misionera- es hoy el signo más distintivo de la Argentina. Su consumo es quizás la única cosa que comparten en forma absoluta e igualitaria todas las provincias.

El ius mate.

La nacionalidad es un instituto que nos permite contar quiénes son de los nuestros y quiénes no lo son. Tradicionalmente la nacionalidad se encontraba determinada por la ascendencia, de modo que las personas tenían la misma nacionalidad que sus padres. Este criterio es a simple vista absurdo, pero aún se mantiene vigente en países atrasados como los europeos, que también mantienen otras antigüedades como reyes y títulos de nobleza. Si aplicáramos este criterio, en la Argentina casi no habría argentinos y sí muchísimos italianos y españoles.

Los países más modernos, en especial los de nuestro continente, consideran en cambio que la nacionalidad depende del sitio en el que uno nace; criterio que resulta más simpático, pero que no es mucho más lógico ni útil que el anterior. En base a este criterio, deberíamos considerar extranjero a Carlos Gardel, por ejemplo.

Un amigo mío sostiene que la nacionalidad debería considerarse la consecuencia de un acto de adhesión libre y voluntario, de manera que fuesen argentinos todos los que quieran serlo y no lo fuesen quienes no quieran o quienes prefieran otra nacionalidad. El criterio me parece adecuado y justísimo y sólo le encuentro un inconveniente de orden práctico en tener que preguntarle a todo el mundo qué nacionalidad quiere.

Mientras tanto, yo propongo que reformemos nuestra Constitución y le agreguemos como artículo uno bis lo siguiente: “Serán considerados argentinos todos los que tomen mate”.

Ello llevaría a considerar argentinos también a los paraguayos, a los gaúchos, a muchos bolivianos y –por supuesto- a los uruguayos; todo lo cual me parece justo y necesario. Ello llevaría también a considerar extranjeros a los yupis que sólo toman cafecito y a los insufribles tilingos del té de las cinco; lo cual no es del todo necesario, pero estaría muy bien.

Enrique Catani
La Plata, 5 de mayo de 2006

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[1] Mi abuela concurre actualmente a una academia en la que intenta aprender el idioma de su madre.