27 de noviembre de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (X): Carlos de Inglaterra

Aunque ustedes no lo crean, aun hoy, en pleno siglo veintiuno, hay un montón de países atrasados que todavía son gobernados por unos señores (o señoras) que acceden al poder mediante el involuntario trámite de nacer y cuyo rostro suele afear los billetes y las estampillas. Uno de ellos, Inglaterra, posee una larga tradición de reinas longevas y malhumoradas; sin embargo, supo conocer alguna vez –por breve tiempo- formas de organización política más modernas. Como suele suceder en estos casos, para lograrlo tuvo que decapitar a un rey.

El hecho sucedió en el siglo diecisiete, cuando el Reino Unido no estaba tan unido y no se llamaba así tampoco. Carlos I reinaba en Inglaterra, en Escocia, en Gales, en Irlanda, en dos o tres islitas del Caribe y en una diminuta franja costera de América del Norte. Se dice que no aprendió a hablar ni a caminar hasta los tres años y que –al llegar a la edad adulta- medía apenas un metro con sesenta. Se dicen tantas cosas…

Era una época extraña de fervor religioso, una época en la que la teología se había convertido en una pasión popular. En Inglaterra había una iglesia oficial, pero también había católicos romanos, presbiterianos, calvinistas, puritanos y esas cosas.

Carlos –vaya uno a saber por qué- se involucró en esas disputas estériles del peor modo. Favoreció alternativamente a unos y a otros y terminó por malquistarse con todos. Carecía por completo del sentido de la lealtad: combatió a España y a Francia, pero después se alió con ambos; intentó someter a Escocia, pero después terminó refugiado allí. Finalmente los escoceses lo entregaron al parlamento inglés, ya definitivamente sublevado.

La Cámara de los Comunes lo sometió a un proceso por traición. Carlos argumentó en su defensa –con impecable razón- que siendo él el rey no podía al mismo tiempo ser traidor al rey; y que los traidores eran, más bien, quienes lo sometían a juicio. El parlamento no compartía ese punto de vista y terminó por condenarlo a muerte.

Todavía no se había inventado la guillotina, así que la ejecución debía realizarse a mano, con un hacha. En una tarde calurosa, Carlos se encontró parado en una tarima que hacía las veces de patíbulo. A su lado, transpiraba un verdugo encapuchado. Le leyeron en voz alta los cargos y la condena. Un fraile (o un obispo) imploró por el eterno descanso de su alma.

Mientras se cumplían estos trámites previos, Carlos temblaba en forma irreparable. Los dientes le castañeaban ruidosamente, en un espectáculo lamentable. Sus súbditos sublevados que observaban el ritual confirmaban su desprecio por el rey condenado:

-Siempre fue un cobarde.

Los trámites previos llegaban a su fin. Lo hicieron adelantarse y, antes de agacharlo y colocarle la cabeza en el soporte, lo invitaron a formular su última voluntad. El calor era insoportable.

-Tráiganme una capa –dijo el rey bien fuerte para que todos puedan oírlo-, estoy temblando de frío.

24 de octubre de 2010

El Che Guevara, misionero.

Ya sé: me van a decir que el Che Guevara es universal, pero todos los hombres lo son. Todos los hombres son, también, universales de algún lado.

La mayoría lo considera más que nada cubano, porque fue en Cuba donde hizo la mayor parte de sus muchas hazañas. El gobierno cubano ha alentado desde siempre esta interpretación y es allí donde descansan sus restos y donde se encuentran la mayoría de sus estatuas y mausoleos. Es común que los argentinos aceptemos pasiva e irreflexivamente esta posición. Se suele olvidar para ello que el Che renunció formalmente a la nacionalidad cubana un una famosa carta de despedida dirigida a Fidel.

Algunos, más generosos, lo consideran un patriota latinoamericano (para lo cual minimizan -acaso con razón- sus incursiones en el África). Se trata de una verdad tan incontestable como su carácter de universal. Pero también todos los latinoamericanos somos de algún sitio en particular.

Nadie, que yo sepa, lo considera boliviano; aunque no sé por qué es más lógico que la nacionalidad se determine por el lugar de nacimiento y no por el lugar de la muerte, sobre todo cuando se trata de un lugar por el que se muere.

Pese a todo eso, la argentinidad del Che es evidente desde su mismo nombre y se revela enseguida cuando se oyen sus discursos, en los que se le cuela sin querer ese tono porteño cancherito tan característico. Algunos objetan que el Che jamás peleó en territorio argentino, objeción absurda que llevaría a sostener que San Martín era extranjero. Supongo que el obstáculo más importante para aceptar por completo la argentinidad del Che es su (nunca del todo bien documentado) antiperonismo juvenil. Se suele olvidar que, de adulto, ya no pensaba lo mismo; que sugestivamente llamaba a los novatos que se incorporaban a la guerilla "descamisados"; que antes de partir a Bolivia fue a pedir consejo a Puerta de Hierro (Perón, acaso bastante menos valiente pero muchísimo más lúcido, le avisó que lo derrotarían); y que el viejo general dijo al despedirlo que era el "mejor de los nuestros".

Todas estas cuestiones son superfluas. Es evidente que alguien a quien le dicen "el Che" sólo puede ser irremediablemente argentino.

Ahora bien, también los argentinos somos argentinos de algún lado en particular. En ese punto los rosarinos (extraños santafesinos que no se consideran tales) se apuraron en agenciárselo (probablemente motivados por la carencia de antecedentes épicos; los rosarinos no tienen héroes políticos o militares, aunque abundan en artistas) y hoy nadie duda de que el Che era rosarino, aunque uno no advierte nada en común con Olmedo, Fontanarrosa o Fito Páez.

Los cordobeses bochincheros y ladinos ahora quieren disputárselo. Argumentan -no sin algo de razón- que la patria es la tierra de la infancia y que el Che pasó su infancia en Alta Gracia, en donde ahora construyeron un hermoso museo en su honor. Siempre conviene sospechar de las intenciones de los cordobeses. Me malicio que detrás de ese luminoso argumento se esconden móviles más bien turísticos.

Señores cordobeses, señores rosarinos: están ustedes muy equivocados. El Che era (es) misionero; de Caraguatay, para más datos.

Su nacimiento se produjo en Rosario por pura casualidad. Los padres del Che vivían en Misiones (eran dueños de un yerbatal llamado "la misionera") cuando se embarazaron. En Misiones, en esa época, no había médicos, hospitales y esas cosas; y sus padres quisieron que nazca en Buenos Aires, pero -mientras navegaban el Paraná en un vapor hacia la capital- vieron que el parto se adelantaba y bajaron en Rosario. Allí nació el Che -es cierto- y la familia se quedó allí menos de dos semanas, para volver enseguida a Misiones, provincia en la que fue concebido y en donde vivió sus primeros dos años. O sea que de rosarino, más bien poco y nada.

El argumento de los cordobeses es mejor. Es cierto que el Che vivió diecisiete años, casi toda su infancia y adolescencia, en Alta Gracia, Villa María y Córdoba capital; pero un auténtico cordobés jamás hubiese abandonado la costumbre de arrastrar las vocales y el Che no la tenía. Tampoco hay noticias de que tomara fernet, bailara cuarteto o se especializara en contar chistes malos.

La hipótesis misionera tiene a su favor las disposiciones de las leyes de Dios y de la República, que -por ahora- coinciden en afirmar que la vida comienza con la concepción. Indudablemente el Che fue engendrado en la caliente, húmeda y propicia selva misionera de la que tuvo que irse a causa del asma. Pero hay un argumento mejor todavía en el nombre:

Ernesto Guevara Lynch De la Serna es un nombre indicado para un médico importante, para un habitué de los clubes exclusivos, para un dueño de estancia. El guerrillero heroico no podía admitir ese nombre incómodo y se haría famoso, en cambio, como el "Che", argentinísima palabra del idioma guaraní (el idioma de su provincia) que -bueno es recordarlo- significa "hombre".

ElQuique.

Pd: les dejo un chamamecito sobre el tema.



22 de septiembre de 2010

El mate (chamamé)

El mate, de boca en boca,
Como un secreto caliente,
Va enumerando despacio
La historia de nuestra gente.

Indígena el corazón,
Criolla luz que lo enciende,
El mate es la patria en acto,
El mate es blanco y celeste.

El sudor del tarefero,
Tiene el sabor de la vida:
Amargo como la muerte,
El dolor y la partida;
Dulce como la mujer
Aquella que no se olvida
.

Con la divisa de sangre
Y con la tropa de Artigas
Cabalgó la montonera
Desde el fondo de los días.

Una vez cruzó los Andes
-El mate es un potro verde-,
Ayer murió en las Malvinas
Y allí vive eternamente.

Sapukay del tarefero,
Tiene el sabor de la vida:
Amargo como la muerte,
El dolor y la partida;
Dulce como la mujer
Aquella que no se olvida.

El mate no tiene apuro
Para enseñar lo que tiene:
El sudor de nuestros hombres,
El sabor de sus mujeres.

Nos une y nos diferencia
De los demás, que no entienden
Que la vida es mate amargo
Y el amor dulce lo vuelve.

La sangre del tarefero,
Tiene el sabor de la vida:
Amargo como la muerte,
El dolor y la partida;
Dulce como la mujer
Aquella que no se olvida.

El mate pasa de manos,
Va despacio y convincente,
En secreto identifica
El sabor de nuestra gente.

De nuestra patria, el aroma;
De mi provincia, el color:
El verde de la esperanza,
El rojo de la pasión.

El canto del tarefero,
Tiene el sabor de la vida:
Amargo como la muerte,
El dolor y la partida;
Dulce como la mujer
Aquella que no se olvida

El mate, en el corazón,
Te dibuja una bandera,
Te pone una cruz al pecho,
Es pueblo y es primavera.

En los hondos yerbatales
El tarefero nos grita.
La verde patria que amamos
Se bebe y se multiplica.

ElQuique

28 de agosto de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (IX): Pedro Eugenio Aramburu

No los redime, no los disculpa, no los mejora; pero a veces también los malos saben morir.

Pedro Eugenio Aramburu –nadie lo ignora- se alzó contra la democracia en nombre de la democracia. Invocando las libertades personales, mandó a torturar y a asesinar. Proscribió y persiguió al peronismo y prohibió incluso que se lo mencione, todo para mayor gloria de la libertad. Al ejercicio sistemático del crimen y la maldad, su régimen añadió una hipocresía inagotable.

Con él se inauguró en la Argentina el terrorismo de estado. Con él se inició el proceso que convertiría al brazo armado de la patria en una abominable policía terrorista. Fueron sus infaustas decisiones las que empujaron a miles a la violencia política y las que –en definitiva- determinaron su muerte por el hierro como avisa la Escritura (Mateo 26,52).

Una mañana nublada y ominosa, un grupo de jóvenes disfrazados lo capturó en su casa y lo llevó a una estancia perdida en la pampa. Nadie los conocía todavía, pero se harían famosos con un nombre que enraizaba en las tradiciones de lanza, tacuara y barbarie federal. Lo sometieron a un juicio indudablemente simbólico, porque los crímenes de Aramburu eran notorios y evidentes, pero lo dejaron hablar y lo trataron con respeto.

El jefe del grupo –un joven de 23 años llamado Fernando Abal Medina- le comunicó al viejo general –que jamás había dado una orden legítima- que había sido condenado a morir fusilado. El prisionero pidió un confesor (que le fue negado) aunque nada nos hace suponer que estuviese arrepentido. Pidió también que le ataran los cordones de sus botas.

Lo llevaron a un sótano oscuro. Fernando Abal Medina le apuntó al pecho y lo miró a los ojos.

-General –le dijo-, voy a proceder.

El general no se inmutó. No flaqueó, no lloró, no suplicó por su vida. Se mantuvo firme y adoptó la estatura de un verdadero soldado y –por primera vez en su vida- dictó una orden militar legítima, adecuada y precisa:

-Proceda.

Al día siguiente, una proclama decía “que Dios, Nuestro Señor, se apiade de su alma”.

22 de agosto de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (VIII): El hombre de palabra

Se sabe: los mexicanos son hombres de palabra.

La anécdota se publicó por primera vez en un diario de Paris en 1917. La relató como verdadera José García, jefe del ejército federal que sería más tarde –él también- fusilado en Querétaro. No sé si ustedes creerán en su veracidad, pero yo sí.

Los hechos sucedieron después de una batalla importante –pongámosle Torreón, Zacatecas, alguna de ésas-; los nombres de los protagonistas se han perdido. Terminada la batalla, una partida villista capturó a un jefe constitucionalista y –como es natural en estos casos- se dispuso a fusilarlo.

Cuando llevaron al reo ante el jefe vencedor, éste advirtió que se trataba de un viejo amigo y compadre. No podía dejarlo libre así porque sí, pero decidió de inmediato salvarle la vida.

-Compadre –le dijo-, usté sabe que mis órdenes son estrictas. Lo tengo que afusilar.

-No se preocupe -contestó el reo-, yo hubiese hecho lo mismo con usté.

- Bueno, mire, ahorita mismo tengo la tropa cansada. Le concedo un día. Vaya hasta el pueblo y dése la gran vida. Vuelva mañana puntual a las nueve.

-Le doy mi palabra –dijo el prisionero y se alejó caminando sin ninguna custodia.

Un día era una ventaja suficiente para alejarse de la zona, para huir hacia el norte, para llegar al río Bravo. Al día siguiente, a las nueve, el jefe vencedor hizo formar al pelotón; pero el reo no venía. A las nueve y media, seguía sin aparecer y los soldados continuaban formados, rígidos. A las diez empezaron a cansarse. Sin abandonar su posición firme, se balanceaban apoyándose en un pie y luego en otro. A las diez y media, el prisionero apareció. Los mexicanos son hombres de palabra, pero carecen del más mínimo sentido de la puntualidad.

-Lo estábamos esperando para empezar. Si me hace el favor de pararse junto a aquel árbol...

-Cómo no, compadre –contestó el reo, pero primero le dio la mano a cada uno de los soldados del pelotón.

Doce disparos le impactaron en el pecho y rodó sin inmutarse.

ElQuique

3 de agosto de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (VII): Mata Hari

Mi madre, gloriosa bayadera del templo de Kanda Swany, murió a los catorce años, el día de mi nacimiento. Los sacerdotes me adoptaron y me pusieron Mata-Hari, que quiere decir `pupila de la aurora’.” Así se presentaba en los teatros, pero en realidad se llamaba Margaretha Geertruida Zelle y era holandesa.

Comenzó su carrera de seductora muy temprano. A los 15 años había enamorado al director de su escuela hasta el ridículo. El hombre, a quien es lícito –y acaso inevitable- imaginarlo con panza y pelada, se arrastraba suplicando sus favores y recitaba en su honor los poemas más cursis que jamás se hayan escrito.

Decía que le gustaban los militares, que prefería acostarse con cualquier cabo antes que con el dueño de un banco, pero en la práctica no hacía tantas distinciones. Se casó a los dieciocho con un coronel del ejército holandés veinte años mayor que había publicado un aviso clasificado buscando novia y que la llevó a vivir a Indonesia. El matrimonio duró poco.

Un buen día llegó a Paris e hizo circular el rumor de que había llegado una princesa hindú. Así comenzó su carrera de bailarina, aunque dicen que bailaba mal, que su verdadero talento era la forma que tenía de desvestirse lentamente. Algo que algunos años después se llamaría streep-tease.

El baile y los espectáculos le dieron fama, pero no mucho dinero. Mata Hari encontró entonces lo que todos deseamos: ganar dinero haciendo lo que nos gusta. Algunos pagaban mucho; otros, no tanto. Por su cama pasaban políticos, empresarios, banqueros, artistas, intelectuales y algunas mujeres. Pero la perdían los soldados.

El inicio de la Gran Guerra la encontró en Berlín, pero ella siguió viajando por toda Europa. Un general prusiano, de los que pagaban bien, la contrató como espía. Un mariscal francés le propuso, entre las sábanas, el mismo trato. Mata Hari fue desde entonces doble agente, pero todos dicen que era mucho mejor puta que espía. Estaba enamorada de un sargento ruso, veinte años menor, prisionero.

La descubrieron en Paris y la condenaron a muerte. Las pruebas eran pocas o ninguna. Probablemente hayan querido castigar su vida disipada y alegre en un momento en que los franceses morían en cantidades en las trincheras.

Se presentó ante el pelotón con un tapado de piel y rehusó la venda. Cuando los rifles se levantaron y apuntaron, cuando el capitán alzó su espada para marcar el momento de la descarga, Mata Hari hizo lo que mejor sabía hacer: lentamente descubrió sus hombros y, poco a poco, fue dejando caer el tapado hasta mostrar su magnífica desnudez de hembra caliente. Para que los soldados disparasen, hubo que vendarles los ojos.

ElQuique

29 de mayo de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (VI): Santiago de Liniers

Hoy un fusilamiento bicentenario ejemplar, porque es lindo saber que nadie quiere fusilarte.

Santiago de Liniers era francés por nacimiento y español por voluntad, pero todas sus lindezas las hizo en la tierra que luego se llamaría argentina. Como oficial de marina de la Real Armada había estado en estos pagos en épocas en que Cevallos macheteaba a los portugueses y reconquistaba la Colonia del Sacramento (en esas lides peló también un coronel de mi apellido), pero después volvió a España y participó en la toma de Menorca y en el sitio a Gibraltar.

Volvió al Río de la Plata en 1788 y sólo abandonó la patria hecho –literalmente- cenizas. En 1803 lo nombraron gobernador de Misiones, pero en el seis ya estaba en la Ensenada de Barragán cuando llegaron los ingleses.

La historia es conocida: junto a otros patriotas, Liniers fue protagonista indiscutido de la reconquista en el seis y de la defensa en el siete. Dos veces derrotó a los ingleses –nuestros eternos e inmutables enemigos- comandando a esas milicias populares que serían luego decisivas en la revolución de mayo. En premio a sus afanes, un cabildo abierto depuso a Sobremonte en 1807 y lo nombró Virrey. Era un desacato contra la autoridad del monarca, pero la cosa no pasó a mayores porque el Rey lo dejó pasar.

Popular, carismático y mujeriego, su gobierno gozaba de la estima mayoritaria del pueblo, aunque dicen que se mandó unas cuantas macanas y los españoles más españoles no lo querían por francés. En 1809, Álzaga y Moreno (sí, sí, Álzaga y Moreno juntos) quisieron derrocarlo, pero los patricios de Saavedra lo sostuvieron. Poco después, el gobierno español mandó al sordo Cisneros en su reemplazo.

Los españoles siempre habían sospechado que Liniers era un traidor en potencia y es cierto que había coqueteado un poco con Carlota y un poco con Napoleón; pero cuando estalló la revolución de mayo, inexplicablemente Liniers se puso del lado de los malos. Junto al gobernador de Córdoba, Gutiérrez de la Concha (sepan disculpar las damas), reunió un ejército de mil quinientos hombres para atacar Buenos Aires y reprimir la revolución, pero cuando llegó a Córdoba la expedición “auxiliadora” porteña, sus hombres se dispersaron y Liniers fue tomado prisionero.

La Junta ordenó que lo fusilen. Se suele culpar –quizás con razón- a Moreno por esa decisión infausta, pero lo cierto es que todos los miembros de la Junta –a excepción de Alberti- firmaron la orden.

Algunas órdenes son difíciles de dar, pero mucho más difíciles de cumplir. Es cierto que la Junta estaba en una situación de debilidad y debía mostrarse fuerte. Es cierto que de no hacerlo, la revolución quizás hubiese fracasado como había fracasado la sublevación del Alto Perú el año anterior. Es cierto, también, que si Liniers hubiese triunfado los hubiera fusilado a todos uno por uno. Así y todo, yo soy de los que creen que a los héroes populares no se los fusila, aunque tomen luego un camino equivocado.

Lo mismo pensaban los jefes militares de la expedición revolucionaria. Chiclana, Vieytes, González Balcarce, finalmente también Ortiz de Ocampo, todos se negaron a cumplir la orden. Decidieron llevar al prisionero a Buenos Aires, para que lo fusilen allá si querían. Los miembros de la Junta se alarmaron: Liniers en Buenos Aires podía despertar muchas simpatías populares peligrosas y –rápidos de reflejos- enviaron a Castelli y a French para que los parasen en el camino.

Los interceptaron en el Tigre y, viendo que los oficiales seguían negándose a cumplir la orden, Castelli tomó para sí la responsabilidad de ajusticiar al prisionero, pero así y todo, los problemas continuaron: todos los soldados se fueron negando uno a uno a integrar el pelotón. Finalmente un pequeño grupo de soldados británicos –sus antiguos enemigos- dispararon sobre el cuerpo del héroe de las invasiones inglesas; pero tampoco ellos quisieron darle el tiro de gracia y tuvo que hacerlo French en persona.

Fue enterrado de apuro en una zanja y allí, en una tumba sin nombre, estuvieron sus restos hasta que el presidente Derqui los exhumó y los trasladó a Paraná. Hoy sus cenizas descansan en Cádiz, muy lejos de la ciudad que amó y defendió en los momentos centrales de su vida.

24 de mayo de 2010

Las provincias festejan los doscientos años de la revolución de Buenos Aires

Todos festejamos los doscientos años de la revolución de Buenos Aires... menos los porteños. No entienden, definitivamente no entienden y se sienten invadidos. No entienden el festejo los contras como Pepe Eliaschev (perfil del domingo, lean la nota porque destila prteñismo gorila y exclusivista del duro); pero tampoco lo entienden los porteños progres (¡un periodista del página le preguntó a un gaucho si estaba disfrazado!)

Como toda fiesta popular, la del Bicentenario es maravillosa por donde se la mire, hermosa de verdad, repleta de significados y contradicciones. Una de esas contradicciones deliciosas es ésta: la fiesta se hace en el obelisco, desborda todo el centro de la ciudad que desde hace doscientos años rige y dirige los destinos de la patria; pero los artistas que la animan son casi todos provincianos y el público es definitiva y masivamente conurbano (es decir, provincianos extrañados en Buenos Aires).

Los porteños autonomistas -los de Alsina, los de Macri, los de Pino- se sienten invadidos y se asustan. Se indignan por el tránsito, por el pastito de las plazoletas pisoteado, prefieren las galas del Colón y el cafecito en el bar London.

Buenos Aires, la ciudad del nombre más hermoso, nuestra hermana mayor -mal que nos pese-, el objeto de nuestro provinciano rencor y nuestro orgullo, la que -como dice mi amigo Matías- nos asusta cuando vamos solos y se asusta cuando vamos todos juntos; decidió hace doscientos años inventar un pais. Tuvo que mandar expediciones armadas para convencer a las provincias y, cuando éstas se sumaron, tuvo que mandar expediciones militares para que tampoco se lo tomen tan en serio.

Las provincias inventaron el federalismo para oponerse a Buenos Aires, pero después Buenos Aires se hizo federal y la liga unitaria fue... ¡del interior!

Buenos Aires inventó el mito del crisol de razas, de la inmigración europea; pero ahora en la nueve de julio cada morocho conurbano baila la música de su provincia de origen (aunque cuente ya tres generaciones en González Catán o Varela). Y ahí estamos los misioneros escuchando bajo la luvia al Gringo Barreto y vivando a una provincia en la que hace años no vivimos.

Y así estamos desde hace doscientos años. Buenos aires y las provincias. Esa contradicción hermosa, esa relación dialéctica de amor y de odio, es también fundante de nuestra identidad. Por eso es tan lindo -cada tanto- atar los caballos en la pirámide de mayo, mojar las patas en las fuentes de la plaza, pisotearles los canteros de la nueve de julio.

¡Viva Buenos Aires! ¡Vivan todas y cada una de las provincias! ¡Viva la patria que amamos!

15 de mayo de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (V): Maximiliano

Éste es un fusilamiento ejemplar porque nos da un ejemplo de todo lo que no debe hacer un fusilando. Señor, señora: si está usted por ser fusilado, evite por todos los medios imitar a Maximiliano.

Los franceses –no sé por qué- tienen buena prensa en ámbitos progresistas e incluso antiimperialistas. Lo cierto es que si tuvieron menos éxito en sus aventuras coloniales que españoles, portugueses, ingleses y norteamericanos, no fue por falta de voluntad sino por mera ineficacia.

En 1861 Benito Juárez, el primer presidente indígena de América, declaró la suspensión de los pagos de la deuda externa, anticipándose por muchos años a la doctrina Drago y a la valiente decisión argentina de 2002. La respuesta francesa fue sencilla: la invasión de México y el derrocamiento del gobierno.

Derrocado Juárez, había que buscar alguien que gobierne (y pague la deuda, claro) y ¿qué mejor que colocar en el trono de Moctezuma un emperador? Napoleón III encontró en Europa a un muchacho indolente y despreocupado, probablemente afeminado, de indudable sangre real pero fuera de toda línea sucesoria, que se aburría en su enorme palacio de Trieste. Se llamaba Ferdinand Maximilian Josef von Habsburg-Lothringen y, desde entonces, pasó a llamarse Maximiliano I, Emperador de México.

Dicen que Maximiliano, aunque estaba apoyado por los conservadores y las tropas francesas, intentó llevar adelante un gobierno abierto, moderno y progresista; pero todos sabemos que esos cuentos de reyes democráticos son pura mentira.

Por fin, las guerrillas de Benito Juárez derrotaron a los franceses invasores en Querétaro y capturaron a Maximiliano y a sus generales Miramón y Mejía y los condenaron a ser pasados por las armas en el Cerro de las Campanas.

Unas horas antes de ser fusilado, Maximiliano le preguntó al general Miramón:

-General, ¿cómo deberíamos ir vestidos al fusilamiento?

-No lo sé, Majestad –contestó Miramón-, es la primera vez que me fusilan.

Se encaminó a la muerte vestido de rigurosa etiqueta y –fiel a su idea de que el dinero todo lo compra- le dio una moneda de oro a cada uno de los soldados del pelotón para que no le disparasen en la cara y así su madre pudiera reconocer el cadáver.

Todas las balas le dieron en el rostro. Hubo que desarmar una imagen de la Virgen de Guadalupe para poner ojos de cera en las cuencas vacías de esa cara destrozada.

11 de abril de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (IV): Miguel Gila

Otra forma ejemplar de ser fusilado –bastante menos heroica, pero mucho más provechosa- es sobrevivir. No voy a contar aquí la conocidísima historia del Coronel Aureliano Buendía, porque en ese caso los soldados del pelotón no llegaron a disparar, así que no vale. Veamos mejor un hecho verídico.

Miguel Gila nació en Madrid, en 1919. A los 17 años lo sorprendió la guerra civil y –militante de las Juventudes Socialistas- se alistó en el Quinto Regimiento de Lister. Combatió en Sigüenza, Somosierra, Madrid, Guadalajara y el Ebro. En el diminuto pueblo de Valsequillo –Córdoba- fue tomado prisionero y sentenciado a muerte.

Iban a ejecutarlo al mediodía, pero justo era el día del santo del pueblo y había fiesta, así que postergaron el fusilamiento para la tarde. Ustedes saben cómo son las fiestas populares en los pueblos de España. El hecho es que el pelotón recién estuvo listo y preparado cuando anochecía y todos sus miembros estaban borrachos. Había empezado a lloviznar.

No sé si fue la oscuridad, la llovizna, el vino o las tres cosas. El hecho es que ninguno de los disparos acertó a Gila, quien se hizo el muerto igual con tanto éxito que ninguno de los soldados del pelotón se tomó el trabajo de darle el tiro de gracia.

Así se salvó Gila y, desde entonces, dedicó su vida al humor gráfico y, especialmente, a reírse de la guerra y los fusilamientos. Vivió en Buenos Aires mucho tiempo y finalmente murió en el 2001, a los 82 años de edad. De viejito.

Uno de sus mejores chistes sobre el tema mostraba a un hombre que le faltaba una pierna y que explicaba “yo no soy cojo, el problema es que me han fusilado mal”.

10 de abril de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (III): El reo de Lugones

Se trata, en este caso, de un fusilamiento literario, aunque algunos dicen que la historia sucedió de verdad y lo cierto es que es tan extraordinaria que hasta podría ser verdadera. La cuenta Lugones en los “Romances del Río Seco”.

En nuestras guerras civiles del siglo diecinueve, nadie se andaba con muchos remilgos a la hora de fusilar prisioneros enemigos y se usaba mucho cortar cabezas y airearlas en picas. Pero ese impulso homicida se desinflaba un poco cuando llegaba la hora de ajusticiar a los desertores de la tropa propia. La explicación es sencilla: en nuestras crueles provincias no abundaba la gente y era un verdadero desperdicio andar ultimando a quienes aun podían combatir.

No digo que se les perdonara la vida, no; porque algún castigo debía haber (y sólo la pena capital es suficientemente amenazadora para hombres habituados a la batalla y al degüello), pero se habían inventado divertidas maneras de combinar el castigo y el perdón.

La mejor, y la más habitual, era la "quintada", procedimiento que consistía en colocar a todos los desertores en fila y numerarlos al azar (generalmente quien los numeraba tenía vendados los ojos). Acto seguido, se fusilaba a los que les había tocado el número cinco. Eso funcionaba como un escarmiento ejemplificador, pero también permitía reciclar a la mayoría de los desertores.

Había también otros procedimientos perdonadores. Entre ellos, una tradición que indicaba que el desertor sentenciado a muerte salvaba su vida si alguna mujer estaba dispuesta a casarse con él.

La historia sucedió luego de la batalla de Quebracho Herrado y el reo era un desertor de las tropas federales de Oribe. La noche previa a su ejecución le ofrecieron un último deseo y el prisionero pidió una guitarra y cantó toda la noche y bailó incluso con la mujer del sargento. Al día siguiente, parado frente al pelotón de fusilamiento con los ojos vendados, escuchó una voz de mujer que decía que no lo maten, que estaba dispuesta a casarse con el prisionero. El final, nos lo cuenta Lugones:

Con lo cual bien los asombra
cuando ruega muy entero,
que los ojos le desaten
porque quiere ver primero.

Y en cuanto echa su vistazo,
“no me conviene la prenda”
dice con resolución,
y vuelve a pedir la venda.

No sé que creerán ustedes,
mas yo tengo para mí,
que merece algún respeto
quien sabe morir así.

9 de abril de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (II): Hatuey

No se trata en este caso estrictamente de un fusilamiento, porque –entre otras cosas- todavía no se habían inventado los fusiles. La historia sucedió en los primeros tiempos de la conquista de América, antes incluso de que Moctezuma y Atahualpa capitularan.

Se sabe que los españoles comenzaron por las islas. La primera, Haití –que los conquistadores llamaron la Española-, estaba habitada por los taínos, que fueron rápidamente masacrados. Algunos lograron escapar a Cuba. Entre ellos, Hatuey, que enseguida se puso a organizar la resistencia.

Como primera medida, aconsejaba deshacerse del oro. Según Bartolomé de las Casas, recorría la isla de Cuba con una canasta llena de objetos de oro pregonando: "Este es el Dios que los españoles adoran. Por estos pelean y matan; por estos es que nos persiguen y es por ello que tenemos que tirarlos al mar... Nos dicen que adoran a un Dios de paz e igualdad, pero usurpan nuestras tierras y nos hacen sus esclavos. Ellos nos hablan de un alma inmortal y de sus recompensas y castigos eternos, pero roban nuestras pertenencias, seducen a nuestras mujeres, violan a nuestras hijas. Incapaces de igualarnos en valor, estos cobardes se cubren con hierro que nuestras armas no pueden romper."

Hatuey logró reunir un pequeño ejército en Cuba, armado con hondas, arcos y flechas, pero pronto fue apresado y conducido a la hoguera. Amarrado en el cadalso, mientras los verdugos apilaban la leña verde (para que el fuego fuese más lento y el suplicio más doloroso), se le acercó un joven fraile franciscano que comenzó a hablarle con dulzura de la religión del perdón y de los lirios del campo. Hatuey lo escuchaba apenas interesado, pero cuando el fraile lo invitó a convertirse, preguntó qué beneficio obtendría por hacerlo.

El religioso le habló entonces del paraíso, un hermoso lugar en el que su alma viviría para siempre. Agregó también que, si se convertía, evitaría la hoguera y sería ejecutado rápidamente en la horca. A Hatuey pareció interesarle la propuesta, pero dudaba. Al fin, preguntó:

-En el paraíso, ¿hay españoles?

El fraile respondió que sí, que claro, que España era la nación más cristiana del mundo y que, por eso, el paraíso estaba repleto de españoles virtuosos. Hatuey no dudó más:

-Prefiero la leña verde.

8 de abril de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado: Felipe Ángeles

Las fotos lo muestran mexicano, militar y con bigote. Felipe Ángeles fue uno de los pocos oficiales profesionales del ejército de Porfirio Díaz que se plegó de inmediato a la revolución y no la abandonó hasta su muerte.

Después del porfiriato, la revolución pasó a ser un estallido un tanto caótico en el que resultaba difícil distinguir a los buenos y a los malos (el único malo inconfundiblemente malo fue Huerta). Por eso, no es de extrañar que Villa y Zapata estuvieran en varias oportunidades enfrentados uno al otro.

Ángeles se embarró bien embarrado en la política revolucionaria. Fiel a Francisco Madero, combatió a Zapata en Morelos, pero algunos años después consiguió el ingreso de Zapata a la Convención Nacional. A las órdenes de Venustiano Carranza, enfrentó a Villa en el norte, pero luego se pasó de bando y comandó la artillería villista en las batallas de Torreón y Zacatecas y encabezó la vanguardia que tomó Ciudad de México. Después volvió a enfrentarse a Villa.

Había nacido en el Estado de Hidalgo a fines del siglo diecinueve. Nadie duda de que era valiente.

En 1918 intentó liderar una revuelta contra Carranza, pero fue derrotado y tomado prisionero. De inmediato –como es usual en estos casos- se iniciaron los preparativos para que sea juzgado, condenado y fusilado. Hubo, sin embargo, dos complicaciones de importancia.

Primero fue la viuda de Francisco Madero –aquel mítico y primer presidente constitucionalista que encabezó la revolución contra Porfirio Díaz-, que envió una carta pública al Congreso pidiendo por la vida del prisionero. Argumentaba apasionadamente sobre los servicios que Ángeles había prestado a la revolución en su primer momento, los que lo hacían merecedor –al menos- de la conmutación de la pena capital por la de prisión.

El recuerdo de Madero era impactante, sobre todo para Carranza que presumía de ser su continuador. Además, los miembros del consejo de guerra podían ser implacables y crueles, sanguinarios incluso, pero -mexicanos al fin- se conmovían inevitablemente con el llanto de una mujer.

El segundo problema fue todavía más problemático. El presidente de los Estados Unidos de América envió también su nota al Congreso pidiendo que se perdone la vida al prisionero. A ningún mexicano lo conmueven los pedidos de un presidente gringo, pero nadie come vidrio tampoco.

Así estaban atribulados los miembros del consejo de guerra –y los diputados del congreso nacional- dudando en si debían cumplir con su deber y fusilar al reo como Dios manda; cuando Felipe Ángeles pidió que se lo escuchara.

Ahí les dijo bien clarito: que si lo tenían que fusilar, lo fusilen; que no sean cagones y que no se dejen correr por una vieja y un gringo.

Murió fusilado en Chihuahua, el 26 de noviembre de 1919. Los corridos mexicanos ponen estas últimas palabras en su boca: “apúntenme al corazón / no me demuestren tristeza / a los hombres como yo / no se les da en la cabeza”

6 de enero de 2010

Día de Reyes

Hoy festejamos la llegada de los reyes magos, que es también una forma de festejar la navidad. Según el relato bíblico y la tradición repetida en miles de pesebres, los reyes llegaron el día del nacimiento de Jesús. ¿Por qué entonces recordamos su llegada doce días después de la navidad? ¿No era que Jesús, José y María se tuvieron que rajar rápido de Belén para evitar que Herodes los mate?

Bueno, según dicen se trata de un arreglo de compromiso. Hubo una época en la que el obispo de Roma y el de Bizancio encontraban cualquier excusa para excomulgarse mutuamente y hacerse la guerra. Una de ellas era la fecha del nacimiento de Jesús. Los romanos la fechaban el 25 de diciembre y, de paso, la hacían coincidir con el día de la muerte del sol invictus. Los bizantinos, el 6 de enero (los ortodoxos rusos, que nunca entraron por el aro, la siguen festejando el 6 de enero). Hasta que llegaron por fin a un compromiso que supervive hasta hoy. Navidad, el 25 de diciembre; Reyes, el 6 de enero.

Pero el mito de los reyes magos parece más influido por las locas y soñadoras ideas de la iglesia de Alejandría (no sólo por aquello de la magia y la astrología), que por Roma o Bizancio.

La única referencia a los reyes que existe en los evangelios canónicos es un breve pasaje del evangelio de Mateo (2, 1-12) que los llama "magos de Oriente" (las Biblias protestantes y las católicas ecuménicas traducen "sabios de Oriente") pero que no indica cuántos eran. En cambio, en los evangelios apócrifos (especialmente el del Falso Mateo y, sobre todo, el Evangelio Árabe de la Infancia que es el único que dice que eran reyes, que eran tres y que venían de Persia) se narra la visita con más detalle.

Mucho después, distintas tradiciones fueron perfeccionando el mito. Prevaleció el número de 3 (aunque los ortodoxos rusos creen que eran 12 y una tradición católica germana los prefirió 64, lo cual parece un exceso), se los dotó de estatus real y hasta se les reconoció nombre, raza y edad.

En la península ibérica y en los países latinoamericanos se hizo común la hermosa costumbre de que los niños dejan su zapato la noche del cinco de enero junto con pasto y agua para los camellos y que los reyes les dejan allí un regalo.

Ahora esa costumbre está decayendo por culpa del un viejo gordo anglosajón ridículo que vive en el ¡polo norte!, se viste con los colores de la coca-cola y cuya relación con la navidad es incomprensible (no deja de sorprenderme que los angloprotestantes, a fuerza de querer purificar la navidad y despojarla de santos, vírgenes, reyes magos y otras cosas ligeramente idolátricas y politeístas, terminaron por desacralizarla por completo, por convertirla en un evento meramente comercial).

El ritual de los regalos de reyes es bien latinoamericano (Lima es la ciudad de los reyes, por ellos; San Baltasar es el santo de los negros correntinos) y encierra un hermoso simbolismo. Negros, blancos y marrones representados en Baltasar, Gaspar y Melchor. Tres reyes que se arrodillan para adorar a un niño (los únicos privilegiados) y los zapatos y los regalos de cada 6 de enero para recordarnos que en cada uno de nosotros habita una secreta porción de divinidad.

Digo yo: ¿podríamos evitar que esa hermosa costumbre repleta de significados desaparezca desplazada por los papa noeles apátridas?

Es una tarea de supervivencia, de biodiversidad cultural, si se quiere. Debería encararla el Estado. Crear -qué se yo- un Ministerio o una Subsecretaría de los Reyes Magos que se encargue de recibir las cartas, de conseguir los regalos, de repartirlos. De ese modo, el asunto sería general y para todos, como debe ser. Socialismo reyesmaguístico. Así todos los niños de la patria (o del continente) tendrían su regalo de reyes, tan o más universal que la asignación por hijo.

No es imposible, porque alguna vez algo parecido se hizo a través de la Fundación Eva Perón (como lo reconoce incluso la gorila de Batriz Sarlo).

Mientras tanto, yo también me sumo a la campaña antipapanuel de "yo soy de los reyes magos punto com".