15 de mayo de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (V): Maximiliano

Éste es un fusilamiento ejemplar porque nos da un ejemplo de todo lo que no debe hacer un fusilando. Señor, señora: si está usted por ser fusilado, evite por todos los medios imitar a Maximiliano.

Los franceses –no sé por qué- tienen buena prensa en ámbitos progresistas e incluso antiimperialistas. Lo cierto es que si tuvieron menos éxito en sus aventuras coloniales que españoles, portugueses, ingleses y norteamericanos, no fue por falta de voluntad sino por mera ineficacia.

En 1861 Benito Juárez, el primer presidente indígena de América, declaró la suspensión de los pagos de la deuda externa, anticipándose por muchos años a la doctrina Drago y a la valiente decisión argentina de 2002. La respuesta francesa fue sencilla: la invasión de México y el derrocamiento del gobierno.

Derrocado Juárez, había que buscar alguien que gobierne (y pague la deuda, claro) y ¿qué mejor que colocar en el trono de Moctezuma un emperador? Napoleón III encontró en Europa a un muchacho indolente y despreocupado, probablemente afeminado, de indudable sangre real pero fuera de toda línea sucesoria, que se aburría en su enorme palacio de Trieste. Se llamaba Ferdinand Maximilian Josef von Habsburg-Lothringen y, desde entonces, pasó a llamarse Maximiliano I, Emperador de México.

Dicen que Maximiliano, aunque estaba apoyado por los conservadores y las tropas francesas, intentó llevar adelante un gobierno abierto, moderno y progresista; pero todos sabemos que esos cuentos de reyes democráticos son pura mentira.

Por fin, las guerrillas de Benito Juárez derrotaron a los franceses invasores en Querétaro y capturaron a Maximiliano y a sus generales Miramón y Mejía y los condenaron a ser pasados por las armas en el Cerro de las Campanas.

Unas horas antes de ser fusilado, Maximiliano le preguntó al general Miramón:

-General, ¿cómo deberíamos ir vestidos al fusilamiento?

-No lo sé, Majestad –contestó Miramón-, es la primera vez que me fusilan.

Se encaminó a la muerte vestido de rigurosa etiqueta y –fiel a su idea de que el dinero todo lo compra- le dio una moneda de oro a cada uno de los soldados del pelotón para que no le disparasen en la cara y así su madre pudiera reconocer el cadáver.

Todas las balas le dieron en el rostro. Hubo que desarmar una imagen de la Virgen de Guadalupe para poner ojos de cera en las cuencas vacías de esa cara destrozada.

1 comentario:

Ulschmidt dijo...

ah, pero Miramón estuvo genial !