1 de agosto de 2009

Que Dios, Nuestro Señor, se apiade de su alma

Acabo de terminar de leer “Timote”, que me prestó mi amigo Ernesto porque yo no quise pagar los cuarenta pesos que dicen que vale (no es una cuestión de dinero, sino de principios). Se deja leer y es notoriamente superior a la edición dominical de clarín o a la revistita de multicanal, pero me revolvió un poco las tripas.

Me la habían recomendado mucho y –luego de leer la contratapa, en la que se auguraba un apasionante diálogo religioso entre Aramburu y Abal Medina- tenía muchas expectativas que se vieron defraudadas una a una.

La novela es crítica de montoneros –lo cual me parece bien- pero, para lograrlo, sobredimensiona la figura de Aramburu, a quien se presenta como el gran estadista de la patria, el único que aprende de sus errores y cambia, genial como el mismísimo Perón, pero mucho más íntegro. El malestar que eso produce en el honesto lector desprevenido no es sólo político, sino también literario. El recurso de invertir los roles, de convertir a los buenos en malos y viceversa (que acaso sólo utilizó con éxito Swift en sus viajes de Gulliver), es viejo como la injusticia y denota una pereza intelectual indigna de Feinmann.

Cada quince páginas, el autor nos recuerda que Aramburu tiene sesenta y siete años y Abal Medina, veintitrés. Esa es –en realidad- su única crítica a montoneros (lo que equivale a ignorar que hay buenas razones para criticarlos) y el corazón de su novela. El hombre sabio y maduro contra el joven torpe e inexperto. De las múltiples lecturas que pueden hacerse alrededor de la muerte de Aramburu, Feinmann prefiere la de un viejo sabelotodo que apostrofa a unos muchachitos irrespetuosos. Toda la novela podría resumirse en la frase “ya vas a entender cuando crezcas”.

El apasionante diálogo religioso entre dos católicos fervientes, que se anuncia en la contratapa, se reduce a unos balbuceos sobre la culpa y el castigo de Dios. Dos católicos convencidos no hubiesen abundado sobre la culpa, sino más bien sobre el perdón. ¿Es lícito juzgar –y condenar- los delitos de Aramburu que Dios, en su infinita misericordia, ya habría perdonado? Esa discusión –más interesante y verosímil- no aparece en el relato, en el que tampoco figura la palabra perdón.

Como suele suceder en estos casos, el fondo no difiere de la forma. La novela comete el imperdonable pecado (pero Dios todo lo perdona) de extenderse en explicaciones y aclaraciones y de recordarnos cada tres páginas que el autor ha leído a Hegel.

En defensa de la novela y de su autor hay que decir que lo intentó y que el resultado no es enteramente insatisfactorio. Debía saber Feinmann que la empresa era imposible desde el principio. No se puede escribir la novela de la muerte de Aramburu, porque esa novela ya existe y es insuperable. Está escrita en una prosa directa, impecable y concisa. Consta de una sola frase, pero tan extraordinariamente expresiva que cualquier cosa que se agregue es mera redundancia: “Que Dios, Nuestro Señor, se apiade de su alma”.

2 comentarios:

Ulschmidt dijo...

Feinmann venera al "Facundo" de Sarmiento, no deja de aclararlo en cada ocasión posible. El "Facundo" que es todo (según Feinmann): novela, ensayo, estudio psicológico. Por su crítica intuyo que "Timote" es una pretensión de emular...

Mercedes dijo...

muy bueno, quique