Modos ejemplares de ser fusilado (XIV): Benjamín Argumedo

A fuerza de coraje
y liderazgo fue haciéndose un lugar entre héroes y bandidos y llegó a dirigir una
de las fuerzas de caballería más eficaces de la revolución, que sólo se
comparaba con la caballería villista comandada por Urbina. La rivalidad entre
ambos era famosa.
Tomás
Urbina decía
al general Argumedo:
--Pa' mí el amigo más fiel
es mi caballo Lucero.
al general Argumedo:
--Pa' mí el amigo más fiel
es mi caballo Lucero.
Se le imputan los
hechos más extraordinarios. Algunos, de una valentía honorable y romántica.
Otros, de la más infame crueldad inmisericorde. Se dice que ordenó la matanza
de trescientos chinos en la ciudad de Torreón en mil novecientos once.
Le decían “el Tigre
de la Laguna” y a sus hombres los llamaban “los colorados” porque usaban un
pañuelo de ese curioso color. También le decían “el resellado” por las
innumerables veces que había cambiado de bando.
Argumedo había
combatido para Madero, para Orozco, para Zapata; pero también para Huerta, el
golpista contrarrevolucionario. Muchos no le perdonan que haya apoyado a
Huerta, pero ¿quién estará libre de pecado como para tirar la primera piedra?
Cuando le tocó el turno de morir, combatía contra Carranza.
Se decía que era el
más valiente de los jefes revolucionarios, que ignoraba qué cosa era el miedo.
Un corrido lo pone en boca de Pancho Villa:
Gritaba
Francisco Villa:
--¿Dónde te hallas, Argumedo?
¡Ven y párate adelante,
tú que nunca tienes miedo!
--¿Dónde te hallas, Argumedo?
¡Ven y párate adelante,
tú que nunca tienes miedo!
En mil novecientos
dieciséis, enfermo y en retirada, fue aprehendido por las fuerzas constitucionalistas
del general Murguía. Lo llevaron a la cárcel de Durango. Sus captores no
querían fusilarlo y mandaron a pedir el indulto, pero las órdenes de Carranza
fueron implacables. Luego de un juicio más bien simbólico, fue condenado a ser
muerto por fusilamiento.
Murguía –quizás presintiendo
que él también sería fusilado allí mismo, en Durango, unos años más tarde- estaba
particularmente solícito con el reo y se ofreció a cumplir con su última
voluntad. Benjamín Argumedo meditó entonces un segundo y, sereno y sin dudar,
pidió ejercer el más importante y elemental de los derechos de un fusilando:
-Quiero que usted me fusile en público.
Carranza había
enviado dos órdenes: que lo fusilen y que lo hagan sin público. Murguía intentó
convencer a Argumedo de que elija otra cosa. Le ofreció licor, un confesor,
dinero, tabaco, una mujer, papel y lápiz; pero Argumedo mantuvo su pedido.
Finalmente (según cuenta un famoso corrido) debió confesarle:
¡Válgame
Dios, Benjamín!
Yo
no le hago ese favor
pues
todo lo que yo hago
es
por orden superior
Le hicieron cavar
su tumba y lo mataron en el patio de la penitenciaría de Durango el primer día
de marzo de mil novecientos dieciséis. Sin testigos.
ElQuique.
La Plata, 24 de abril de 2015.
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