20 de julio de 2008

Patriagrande

Me escriben un hermoso méil referido al post "Los nombres de la patria" y proponen el nombre "patriagrande", así todojunto. Me parece una lindeza extraordinaria. Entonces, cuando alguien llama a una radio, por ejemplo, diría: "hola, habla Enrique, de patriagrande". Puede andar, cómo no, puede andar fenómeno y es pura poesía. Habría que ponerse de acuerdo en el gentilicio: patraigrandense, patriagrandeño, patriense, patrigrandense, quizás simplemente patriota.

Me encanta. Es hermoso, sencillo y exacto. Y tiene punch.

9 de julio de 2008

Los nombres de la patria

No me refiero al plateado nombre (que proviene de un río marrón poco profundo) que usamos para designar al conjunto de nuestras crueles provincias cuya independencia festejamos hoy. Me refiero al nombre que usamos para nombrar la patria toda, ese aglomerado de pueblos hermanos que habita un continente que se extiende desde Tejas, California y La Florida hasta el Cabo de Hornos.

El nombre más usado y aceptado es el de Latinoamérica, al que yo también me resigno aunque no me gusta. El origen de la palabra "Latinoamérica" es discutido. Dicen que el primero que la usó fue el chileno Francisco Bilbao en 1856, pero no me consta porque yo no había nacido. Otros mencionan ese poema lleno de verdades y fealdades llamado "Las dos Américas" -tan distinto ¡ay! de la Oda a Roosevelt que dice lo mismo pero es mucho más lindo-. Lo cierto, lo indudable, es que el éxito de la palabra Latinoamérica se debe a los franceses, extraños y tardíos imperialistas, culposos y culpables, que aún mantienen la única colonia europea que existe en el territorio continental americano y que quisieron imponerle un emperador austríaco a México.

Fueron los intelectuales franceses como Chevalier, Vallefrange, Domenech, quienes dotaron de una teoría política y cultural al expansionismo francés: el panlatinismo, que querían oponer al pangermanismo y al paneslavismo, por entonces rivales y más sólidos. A pesar de este origen espantoso y eurocéntrico, la palabra terminó imponiéndose.

Nuestros teóricos más conservadores prefieren hablar de Hispanoamérica, palabra con la que excluyen (acaso con razón) al Brasil, a Haití y a la Guayana Francesa; pero que tiene el problema más grave de exagerar el componente hispánico y negar la identidad indígena. A los españoles les gusta, claro, y por eso organizan y pagan los congresos de la lengua castellana (a la que llaman española), pero está claro que España es parte de Europa y que de ningún modo forma parte de la patria.

"Iberoamérica" soluciona la cuestión del Brasil, incluyéndolo; pero tiene también el problema de exagerar el componente europeo por sobre los demás.

Algunas corrientes indigenistas acuñaron el nombre de "Indoamérica", que me parece igualmente falso y eurocéntrico. Los indios americanos no sabían que lo eran y sólo lo supieron cuando se vieron uniformemente sojuzgado por el invasor europeo. Los pueblos de México no tenían contacto cultural con los pueblos andinos y de ningún modo constituían una identidad común. El nombre "indoamérica", en definitiva, no difiere en nada del que usaban los españoles para designar a estos territorios ("Indias Occidentales") y sólo una mirada definitivamente extranjera puede homologar a diaguitas y esquimales, a guaraníes y toltecas (y llamarlos a todos "indios"). Otro problema de este nombre es que omite cualquier referencia al componente identitario español o ibérico y, en definitiva, no nos diferencia en absoluto de la otra América, la que habla inglés.

Hernández Arregui proponía una denominación mestiza, "Indohispanoamérica", que acaso sea la más correcta, pero no la más hermosa, y cuya difusión es claramente impracticable. Está el asunto del Brasil -además- que queda afuera.

"Indoafroiberoamérica" quizás sea el colmo de la exactitud, pero parece un trabalenguas.

Los brasileños reniegan bastante de todos estos nombres y prefieren otro más bien geográfico: "Sudamérica". A mí no me parece mal en principio porque el sur, el norte, el este y el oeste son conceptos relativos y así como el Uruguay puede ser "oriental" pese a estar situado al oeste de greenwich, México puede ser "sudamérica" pese a estar en América del Norte. Claro que entonces el nombre marcaría una oposición. Sudamérica sería lo que queda al sur de los que hablan inglés.

Pero los brasileños no quieren usar la palabra Sudamérica en ese sentido, sino en el estrictamente geográfico. Según esta idea, la patria incluiría a los franceses de la Guayana Francesa, a los holandeses de Suriname y a los ingleses de Guyana; pero serían extranjeros los cubanos, los salvadoreños, los mexicanos, los panameños, los nicaragüenses.

Esta noción identitaria reducida y mezquina es prácticamente unánime entre los teóricos brasileños, empezando por el general Carlos de Meira Matos y por el politólogo Moniz Bandeira y tiene algunos adherentes entre nuestros extraviados estadistas. Quizás se deba a la influencia que la geopolítica alemana ha tenido en el Brasil. Lo cierto es que si hay una patria común que nos hermana, esa patria no termina de ningún modo en la depresión del río Atrato.

Bolívar quería que nos llamásemos Colombia (aducía con impecable razón que Colón había hecho muchós más méritos que el imberbe de Américo Vespucio para determinar el nombre del continente), pero la idea -por desgracia- no prosperó y esa palabra solo nombra hoy a una de las parcelas estatales de la patria. Una lástima. Con ella la diferencia hubiera sido notoria: los del norte anglosajón serían "americanos" y nosotros, "colombianos".

El mariscal Sucre tuvo la idea -medio chupamedias- de ponerle "Bolivia" al Alto Perú, en homenaje a Simón Bolívar. Otra lástima. Ese también podría haber sido un nombre para designar la patria entera. Al fin y al cabo, Bolívar hizo muchos más méritos que Colón y Américo Vespucio juntos (aunque probablemente en la Argentina hubiéramos propuesto "Sanmartinia")

A mí me gusta el nombre Aztlán, que usan los patriotas chicanos y que proviene de un mito mexica, parecido al mito de la tierra sin mal (chamamé) de los guaraníes; pero es difícil que pueda imponerse y hay muchas objeciones que pueden hacerse contra su uso. También podríamos proponer el de "Provincias Unidas del Sud" que los argentinos ya no usamos aunque esté en nuestra Constitución.

Habrá que resignarse nomás a "Latinoamérica", pese a su origen imperialista y francés. Habrá que resignarse también a la ambigüedad del término, que no sólo incluye sin matices al Brasil, sino que parece incluso comprender al Québec, lo cual ya es demasiado.

Últimamente observé que en Estados Unidos nos llaman "latinos", obviando lo de "americanos", expresión que se revervan para sí mismos en exclusiva. No me llamó tanto la atención eso, sino el hecho de que -para ellos (como para nosotros)- ni franceses, ni españoles, ni portugueses son "latinos", sino sencillamente "europeos".

Eso me amigó un poco con la palabra "Latinoamérica" y recordé que los nombres no tienen por qué tener relación con lo nombrado y que la etimología sólo sirve para saber lo que las palabras ya no significan. Al fin y al cabo, el Imperio Romano de Oriente era más griego que romano y Austria no era ni sacra ni romana y acaso ni siquiera muy imperial, pese a su nombre.

Viva la patria que amamos, se llame como se llame.

5 de julio de 2008

Soy el chamamé


Hoy un videíto muy croto que filmé con mi teléfono celular en el cumpleaños de Berisso. Es don Antonio Tarragó Ros cantando "Soy el chamamé", mi canción favorita.

Linda la fiesta en Berisso, como toda fiesta popular. Muy bien el secretario de cultura que reivindicó para Berisso -demasiado conocida por su inmigración extranjera- la primacía de la inmigración provinciana, de la que dan cuenta su centro correntino y su comunidad santiagueña, con sus excelentes músicos que también tocaron.

-"Además de los que bajaron de los barcos, estamos los que bajamos de los trenes" -agregó Tarragó Ros que esa noche no se animó a exponer sus confusiones sojeras, quizás porque entre el público había mucho negro autoconvocado y temió que lo rechiflen.

Disfrútenlo con salud y recuerden que "chamamé" quiere decir en guaraní "la tierra sin mal".

1 de julio de 2008

Morir a la mexicana

Dicen que en algunas mitologías nórdicas, el paraíso se presenta bajo la forma de una batalla perpetua. Algo parecido a eso hay en los corridos de la revolución mexicana. En ellos, la guerra y la batalla (o la mera balacera) se presentan como una situación hermosa y deseable, o al menos como algo que se puede relatar sin caer en la lágrima o el desencanto. Por ejemplo:

En mi lindo Zacatecas
hubo una gran matazón
de huertistas y villistas.
Quedaron hechos montón.


En esa copla, la palabra “lindo” interpuesta en el primer verso le quita horror a la pila de cadáveres que se adivina en el último. El tono hace el resto.

Los ejemplos son muchos y no quiero aburrirlos transcribiéndolos. Sólo copiaré otra coplita, un pedido extraño para cumplir después de la muerte:

Ay chaparra, si ves que me matan,
tú te sigues en los cocorrazos;
Nomás no hagas mi tumba muy honda
así yo sigo oyendo balazos.


Los dejo con un videíto y un ¡Viva México!