10 de julio de 2009

La chica que me ayuda

quien no fue mujer, ni trabajador,
piensa que el ayer fue un tiempo mejor

María Elena Walsh – “Orquesta de Señoritas”

Como a una sirvienta paraguaya

-Te juro: antes de que se me vaya la empleada, prefiero que me abandone mi marido.

Lo dice Paula, la mujer de mi amigo Ernesto. No me lo dice a mí, se lo dice a mi mujer, quien –para mi sorpresa y preocupación- asiente con la cabeza. Yo converso con Ernesto de política –porque es impropio de varones adultos e informados andar hablando de esas cosas-, pero escucho de costado porque me interesa.

-A mí me alcanza con que venga a la mañana, porque Enrique puede estar a la tarde para cuidar a la nena.

Yo sigo hablando de Cosas Muy Importantes; pero, al escuchar mi nombre, paro la oreja porque ahora el asunto afecta mis derechos personalísimos.

-¿La necesitás sólo para que cuide a la nena? –se informa Paula.

-Bueno, también quiero que me ayude con la casa.

Mi casa no es una casa, sino más bien un departamento y bastante chico, pero Ernesto me cambia ahora de tema y se pasa a la historia. Empieza a desmenuzar las causas que –a su juicio- hicieron que el Imperio Alemán perdiera la primera guerra mundial. Me gusta la conversación de Ernesto, pero presumo que a mi lado se están decidiendo aspectos decisivos de mi fututo cercano. Trato de escuchar.

-Que esté cuando vos estás, así controlás un poco, ves cómo trata a la nena, te fijás que no use todo el día el teléfono.

Esas palabras me intranquilizan ligeramente. “Que esté cuando vos estás” me prefigura un destino de niñero vespertino. A veces trato de ser o parecer un padre ejemplar. Cuido a mi hija, la llevo al pediatra, le doy la mamadera, cocino. No obstante, quisiera tener algunas horas de tranquilidad a la tarde, para trabajar o para escribir papeles como éste. Mi mujer se toma muy en serio eso de la igualdad de los géneros. Para mí, el género es una tela.

-Y tené cuidado, porque a mí, la última, me robó.

Absorto como estoy en seguir dos conversaciones diferentes, no advierto que ya es la hora de cenar. Mi mujer me pregunta:

-¿Vas a cocinar algo o pedimos unas pizzas?

La decisión es fácil. Rápidamente opto por las pizzas.

-¡Ja! –mi mujer sonríe con suficiencia- Hoy dijiste que ibas a cocinar. Me engañaste como a una sirvienta paraguaya.

Ahora, que las mujeres trabajan.
Un millón de veces he escuchado frases que empiezan con “ahora, que las mujeres trabajan…”. La frase se puede completar de cualquier modo, a veces para criticar el presente, a veces para vindicarlo; pero siempre se parte de la premisa de que ahora las mujeres trabajan y antes no. ¿Desde cuándo trabajan las mujeres?

Me acuerdo de esa zamba hermosa que dice “veo a mi tata, contento y feliz / pitando un chala y meta matiar / Mientras mi mama, déle trajinar...” y se me hace que las mujeres trabajan desde hace mucho mucho tiempo.

Alguno me dirá que lo que cambió es que ahora las mujeres trabajan fuera del hogar. Puede ser, pero –que yo sepa- ya en la antigüedad remota había esclavas y sirvientas. Además, la idea misma de hogar hace alusión al trabajo de las mujeres. Según dicen los que saben, un buen día los seres humanos descubrieron algo que ignoraban y que no tenían por qué suponer: que había una relación entre el sexo y la procreación, una relación de causa-efecto, digamos. Ese descubrimiento –que habrá sido toda una desilusión, supongo- generó la primera y más primitiva división sexual del trabajo. El varón sale a cazar, la mujer se encarga de que no se apague el fuego. Después vinieron la cultura y Aristóteles a naturalizar esa distinción y a deducir de ella consecuencias enormes y duraderas.

Han pasado ya muchos siglos desde aquel descubrimiento y –en el último siglo especialmente- algunas cosas cambiaron en forma significativa. En la Argentina las mujeres votan (1951), pueden comprar y vender aunque estén casadas (1968) y comparten con los padres varones la autoridad sobre sus hijos (1985 [1]). Todas estas cosas nos resultan ahora naturales y las juzgamos eternas, pero nuestras madres y abuelas no las vivieron.

Las mujeres pueden también trabajar, como lo hicieron siempre.

La regulación legal del trabajo de mujeres.
Toda forma de conocimiento construye y constituye un discurso, que a veces converge con otros y a veces no. El discurso del feminismo y el del derecho laboral no suelen cruzarse y empalmarse. No hay mucha mirada de género en nuestra disciplina, que sigue viendo a las mujeres con ojos patriarcales.

Sólo así se explica que –salvo algunas notables excepciones- a nadie le asombre demasiado que en la ley de contrato de trabajo siga existiendo un título entero llamado “trabajo de mujeres”, que en realidad sólo protege un determinado rol de las mujeres: sus funciones de madre y esposa.

A nadie le causa mayormente ninguna incomodidad que la protección del matrimonio este normada en esa sección del “trabajo de mujeres”, como si las mujeres se casaran entre ellas, y todavía muchos resisten la idea de que la protección de la paternidad también es algo que merece receptarse en términos de equiparación.

Nunca escuché quejas en nuestra disciplina por la existencia de un artículo como el 174 de la LCT, que establece para las mujeres un descanso obligatorio de dos horas al mediodía (que nadie cumple ni hace cumplir), aun cuando es evidente que el único fundamento de ello es permitir que la mujer vuelva a su casa para cocinar; lo cual, en definitiva, protege más al marido que a la mujer trabajadora.

Así las cosas, no es raro -y hasta resulta sintomático- que el fallo más importante en materia de discriminación laboral de las mujeres (“Fundación Mujeres por la Igualdad c/ Heladerías Freddo”) haya sido dictado en el fuero civil, bien lejos de laboralistas y laboralistos.

¿En qué trabajan las mujeres?
Cierta iconografía feminista nos ha habituado a ver en la mujer con un alto puesto ejecutivo en una multinacional el paradigma de la moderna mujer trabajadora. Las estadísticas lo desmienten.
Si utilizamos la clasificación de actividades económicas usual en los sistemas estadísticos oficiales [2], observamos que más de la mitad de las mujeres que trabajan por un sueldo lo hacen cocinando y sirviendo la mesa (Hoteles y restaurantes), enseñando (Enseñanza), cuidando personas (Servicios sociales y de salud) y haciendo la limpieza (Servicio doméstico). En otras palabras, hacen fuera de su casa las mismas tareas que tradicionalmente hacían en su casa [3].

De todas estas actividades hay una –por supuesto- que es la actividad femenina por excelencia. La mayoría de las mujeres que trabajan fuera de su casa lo hacen en una casa ajena.

El servicio doméstico concentra el mayor índice de presencia femenina (97,6% [4]) y el mayor porcentaje de trabajadoras con respecto al total de trabajadoras de todas las actividades (23,25 % del total de mujeres trabajadoras).

En otras palabras –o más bien otros números- de 3.918.000 mujeres que trabajan, 991.000 son empleadas domésticas. Más o menos una de cada cuatro.

Si la cuarta parte de las mujeres trabajadoras son empleadas domésticas, debemos concluir que no se puede –como hacen los programas de estudio y los manuales de derecho laboral- separar ambos temas. Cuando hablamos de trabajo de mujeres, hablamos –sobre todo- de servicio doméstico. Cuando hablamos de servicio doméstico, hablamos –exclusivamente- de trabajo de mujeres.

Los nombres de las cosas.
Sabemos -gracias a Borges y al Cratilo- que los nombres prefiguran y contienen lo nombrado y, por eso, el uso de sinónimos siempre implica alguna falsedad. Los obreros son obreros; los trabajadores son trabajadores; los empleados, empleados.

Algo raro pasa, sin embargo, con la manera de nombrar a las empleadas domésticas. Nadie usa ya –gracias a Dios- el horrible y ominoso sirvienta, aunque he escuchado llamarlas la paraguaya, en forma despectiva. La muchacha está reservado a señoras del estilo de Mirtha Legrand. Mucama, también está en desuso y acaso se ha transformado –en su forma diminutiva- en una palabra de uso exclusivamente erótico.

Hay también formas más raras y eufemísticas de nombrarlas. Hace algunos años, en Misiones, cuando alguien necesitaba una empleada doméstica ponía un cartel en la puerta de su casa con la leyenda “se necesita secretaria”. Giovani Guareschi, en su hermosísima novela “Vida en Familia”, la llama la colaboradora familiar.

El nombre que se ha impuesto con más fuerza es el de empleada doméstica y por eso es el que uso en este artículo. Sin embargo, es fácil observar que también este nombre genera alguna incomodidad cuya causa se me escapa. En el habla coloquial, es visible que la mayoría de las personas prefieren evitarlo y usan para ello giros de lo más complicados: la señora de la limpieza, la mujer que me viene a ordenar la casa y, sobre todo, la chica que me ayuda.

No sé a qué se debe esa incomodidad, ese uso y abuso de eufemismos, pero supongo que tiene algo que ver con el pudor. Lo que sí sé es que esos eufemismos, sobre todo el más popular (“la chica que me ayuda”), encierran cierta falsedad. La chica que me ayuda suena a una amiga que viene a visitarme de tanto en tanto y que me da una mano mientras se toma unos mates. No parece el nombre más claro para referirse a una trabajadora.

Abril.
Era en el mes de abril y en el barrio privado “abril”, el que queda cerca de la rotonda de alpargatas. Recién se había reglamentado en la Provincia la libreta de trabajo del servicio doméstico y queríamos estrenar la novedad con inspecciones y control, pero también con difusión y servicios.

La idea había sido mía y la creía muy buena. Íbamos a ir a los barrios cerrados con inspectores para controlar el registro de las empleadas domésticas y también íbamos a instalar una oficina móvil (un camión acondicionado al efecto) con computadoras, internet y cámara de fotos digital. Si la gente quería, ahí mismo le registrábamos la empleada, le dábamos la libreta y se salvaba de la multa. Era buena la idea, no me digan que no, y yo tenía muchísimas expectativas. Me imaginaba cinco cuadras de cola de empleadas domésticas en busca de su libreta.

Nos costó entrar, porque en la entrada nos dieron mil y una vueltas y, recién después de una hora, un gerente nos franqueó el acceso luego de que yo jurase por mi honor que no íbamos a sacar fotos de nada.

Yo nunca había entrado a un barrio privado y cuando pasé el portón de ingreso no pude evitar abrir la boca asombrado ante tanta tranquilidad y hermosura. No me imaginaba que en el corazón de Berazategui existiesen lugares como ése, fuera del mundo.

El resultado del operativo fue decepcionante. Las empleadas domésticas estaban todas en negro y a nadie le interesó mucho la oferta de blanquearlas ahí mismo. A la oficina móvil apenas si se acercaron tres o cuatro. Yo estaba desconcertado. No entendía –y en algún punto sigo sin entender después de mucho tiempo- cómo podía fallar tan rotundamente una idea que creía buena.

Para sacarme la decepción me fui a tomar un café al club jáus. Me acompañó el gerente que nos había habilitado el ingreso y que me seguía a todas partes preocupado porque no sacara fotos.

Empecé a cuestionar algunas ideas que tenía. Siempre pensé –y sigo pensando- que el fenómeno del trabajo en negro se explica fundamentalmente por una simple cuestión económica: el empleador que tiene a sus trabajadores en negro abarata alrededor de un 25% su costo laboral; pero esa explicación no sirve para el caso del servicio doméstico. La contribución patronal al sistema de seguridad social es, en este caso, baratísima: 35 pesos para una empleada a tiempo completo, una bicoca.

Supongamos que se trata de un empleador generoso, que –además de la contribución patronal- se hace cargo del aporte que debe hacer la empleada. Sigue siendo barato: $ 81,75 (en la época que estoy contando era $ 55). Según me dijo el gerente seguidor, en ese barrio los propietarios pagaban entre $ 500 y $ 2.500 de expensas, según la casa. ¿Cómo se explica que alguien pague esa plata de expensas y no sea capaz de pagar $ 35 (que se pueden descontar del impuesto a las ganancias) para que su empleada, la que le cuida los hijos, la que le hace de comer, tenga obra social y se pueda jubilar? Han pasado los años y todavía no encuentro la respuesta a esa pregunta.

Tampoco la ignorancia del sistema es una explicación convincente, porque desde hace ya tiempo el gobierno nos bombardea con propagandas en la televisión sobre las ventajas de blanquear a las empleadas domésticas y nadie puede quejarse tampoco de que haya que hacer trámites difíciles y engorrosos: no hay que inscribirse en ningún lado, se llena un formulario que se baja de internet y se paga en cualquier pago fácil. Mucho más sencillo que pagar la luz o el celular.

En el caso del servicio doméstico, el trabajo en negro no se explica por los costos, ni por la falta de información, ni por la burocracia. No conozco la razón por la que sucede en la magnitud descomunal en que sucede, pero sospecho que hay también algún componente psicológico, inconciente. Poner en blanco a la empleada significa reconocerle su lugar de trabajadora con derechos. Significa que ya no tiene que estar agradecida por las cosas que le doy, porque no se las doy de bueno, sino porque es mi obligación. Significa pasar de la cultura de la dádiva generosa, a la de los derechos.

Sorbía mi café, apesadumbrado, mientras rumiaba estas cavilaciones, cuando el gerente seguidor me contó una anécdota que me alegró la mañana. Días atrás había habido una reunión de padres del colegio ubicado dentro del barrio privado. Muchas madres expresaron allí su preocupación porque –pese a que el colegio dicta las clases en inglés y castellano- sus hijos aprendían primero algunas palabras en guaraní.

La cruda realidad.
La mayoría de las empleadas domésticas son pobres (71%) y, en muchos casos, migrantes (41,3 %). Sus sueldos son bajísimos. Cobran en promedio un 34% de lo que cobran las demás mujeres trabajadoras (y un 30,6% del salario promedio de los trabajadores varones). Esta enorme brecha salarial se explica -en parte- porque el 46% de las empleadas domésticas cobra un sueldo menor al mínimo que prevén las leyes para el sector.

El 94,5% de las empleadas domésticas (casi todas) trabaja en negro. Es la actividad económica que presenta el mayor porcentaje y la mayor cantidad de relaciones laborales en negro. Sobre un total de 1.980.000 mujeres que trabajan en negro, 991.000 son empleadas domésticas (prácticamente la mitad). Sobre un total de 4.075.000 trabajadores en negro que hay en el país –varones y mujeres- 991.000 trabajan en el servicio doméstico. Más o menos uno de cada cuatro [5].

Parecería que –en materia de servicio doméstico- nadie cumple la ley.

Pero, en realidad, ¿hay ley?

La ley es tela de araña.
Para la mayoría de las empleadas domésticas no hay ninguna ley de ninguna especie. Hay un estatuto, claro, que dictó Aramburu (y que refrendaron el almirante Rojas –vicedictador- y los ministros de Ejército, Marina y Aeronáutica) en uso de su poder legislativo usurpado.

Pero ese mismo estatuto excluye de sus disposiciones a las empleadas domésticas que trabajen menos de cuatro horas por día o cuatro días por semana, lo que significa en la realidad que el 52,8% de las empleadas domésticas está fuera de esa regulación.

La mayoría de la doctrina y la jurisprudencia ha deducido de ello que esas empleadas no tienen ningún derecho a reclamar nada de sus patrones [6]. Para estas trabajadoras, aquella frase de la Constitución que dice “el trabajo en todas sus formas gozará de la protección de las leyes”, es más bien un mal chiste.

¿Y las que sí entran en el estatuto? No están mucho mejor tampoco.

El estatuto no es especialmente generoso. Los derechos que concede a las empleadas domésticas caben en un solo artículo y parecen una broma de mal gusto. Las empleadas tienen derecho a dormir nueve horas seguidas a la noche (siempre que el patrón no necesite algo con urgencia), a tomarse algunos días de vacaciones, a salir del trabajo una hora por semana para ir a la iglesia, a no trabajar un día por semana –o dos medios días- (teniendo en consideración las necesidades del patrón), a faltar si se enferman (hasta treinta días), a cobrar aguinaldo y a comer. Eso es todo.

Para despedirlas, alcanza con avisarles cinco o diez días antes y, si es durante el primer año de trabajo, no hay que pagarles nada. Si ya tienen más de un año de antigüedad, les corresponde una indemnización que es menos de la mitad que la que les corresponde a los demás trabajadores.

En cambio, su jornada no tiene límite alguno, no tienen cobertura por accidentes de trabajo [7], no cobran asignaciones familiares ni prestación por desempleo y carecen de todos los derechos que se les reconocen al resto de los trabajadores, entre ellos, el más necesario y cuya omisión resulta increíble: no tienen derecho a licencia por maternidad.

-¿Qué? –me pregunta azorada Pamela, la chica que me ayuda- ¿Usted me quiere decir que si quedo embarazada no me corresponde licencia?

Exactamente. Mientras los profesores de derecho laboral nos llenamos la boca hablando de la protección de la maternidad, la cuarta parte de las mujeres que trabajan no tiene derecho a la licencia si quedan embarazadas.

Y, ¿por qué?
Las empleadas domésticas están expresamente excluidas de la aplicación de la ley de contrato de trabajo (y de todas o casi todas las regulaciones laborales generales) y sólo algunas (menos de la mitad) tienen su mezquino estatuto especial [8].

Se suele justificar esto en dos razones. La primera, que el trabajo doméstico no es motivo de lucro para el empleador. La segunda, que las tareas domésticas se desarrollan en la intimidad del hogar.

Ambos argumentos son fácilmente refutables con datos de la realidad. Hay trabajadores cuyas tareas no significan lucro para el empleador (los trabajadores de asociaciones benéficas, por ejemplo) o cuyas tareas se desarrollan en la intimidad del hogar ajeno [9] (los enfermeros a domicilio, por ejemplo) que, sin perjuicio de ello, están incluidos en las protecciones laborales generales [10].

Pero aun admitiendo que por esas circunstancias particulares sea necesaria una regulación especial, eso no autoriza a pensar que se puede desproteger del modo en que lo hace la regulación actual. Esas circunstancias particulares justifican –por ejemplo- que exista un régimen de registración muy simplificado, pero no que la jornada de trabajo sea ilimitada.

Porque, hablemos claro, el régimen normativo actual del servicio doméstico no es una regulación especial que da cuenta de circunstancias especiales como lo son el estatuto del futbolista, el del periodista, el de encargados de edificios. El régimen del servicio doméstico es sencillamente injusto. A su lado, el estatuto de los peones rurales y el de los obreros de la construcción parecen la apoteosis misma del estado de bienestar.

La verdadera razón de la desprotección de las empleadas domésticas proviene de nuestros prejuicios patriarcales más antiguos. Las trabajadoras domésticas tienen muchos menos derechos (y en la mayoría de los casos no tienen ninguno) porque sus tareas son la más clara proyección productiva del clásico trabajo reproductivo de las mujeres y, según los paradigmas tradicionales de la sociedad patriarcal, esos trabajos no valen nada.

No es que crea que Aramburu, Rojas y sus tres comandantes se juntaron a escribir el estatuto y dijeron “vamos a hacer una ley para discriminar a las mujeres”. Creo que en la época en que se dictó el estatuto (época en que las mujeres no tenían derechos civiles) esa discriminación ya venía dada, formaba parte de las premisas indiscutibles del sentido común.

El resultado es el que vimos: un régimen normativo que objetivamente discrimina a la cuarta parte de las mujeres trabajadoras y que afecta especialmente a las mujeres más vulnerables: las pobres y las migrantes. Me parece que a la luz de los nuevos paradigmas de la conciencia política, jurídica y cultural, la situación se ha vuelto inaceptable.

_________________________________________

[1] Bueno es recordar que la patria potestad compartida –y la igualdad jurídica de los cónyuges en todo sentido- ya había sido establecida en la Constitución de 1949, derogada por la dictadura militar de 1955. Vuelta por poco tiempo la democracia en 1973, el Congreso volvió a establecerla, pero la ley fue vetada por la primera presidenta mujer que hubo en la Argentina. Finalmente, fue impuesta a través de la ley 23.234, sancionada durante el gobierno de Alfonsín.[2]El Indec clasifica las actividades económicas en los siguientes ítems: Actividades primarias; Industria manufacturera; Construcción; Comercio; Hoteles y restaurantes; Transporte, almacenaje y comunicaciones; Serv financieros, inmobiliarios, alquileres y empresariales; Enseñanza; Servicios sociales y de salud; Servicio doméstico; Otros servicios comunitarios, sociales y personales; Otras ramas y Sin especificar[3]A menos que se indique lo contrario, todos los datos estadísticos volcados en este artículo provienen de la Dirección General de Estudios y Estadísticas Laborales del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación, se basan en la Encuesta Permanente de Hogares (INDEC) correspondiente al cuarto trimestre del año 2004 y pueden consultarse libremente en internet en el sitio del MTEySS.[4] Aunque, como bien se aclara en “Diagnóstico sobre la situación laboral de las mujeres.
Segundo trimestre de 2005”, elaborado por la Subsecretaría de Programación Técnica y Estudios Laborales del MTEySS , “Si se toma el servicio doméstico en sentido estricto, considerado el tipo de tareas desarrolladas y no ya la distribución por ramas de actividad, el total de ocupadas en estas tareas son mujeres”
[5] Los datos sobre el trabajo en negro volcados en este párrafo surgen de la serie histórica denominada “Empleo no registrado según sexo, grupos de edad, posición en el hogar, nivel de instrucción, ramas de actividad, tamaño del establecimiento, calificación de la tarea y horas trabajadas, excluyendo beneficiarios de planes de empleo” y se basa en los datos de la Encuesta Permanente de Hogares (INDEC) correspondiente al primer trimestre del año 2007. Los datos pueden consultarse libremente en el sitio en internet del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos.[6] El razonamiento que se sigue me resulta igualmente un poco raro. Puesto en palabras sencillas es más o menos éste: Si trabajan menos de cuatro horas por día o menos de cuatro días por semana, están fuera del estatuto. Si están fuera del estatuto, se aplica el régimen del contrato de locación de servicios regulado en el Código Civil. Si se aplica la regulación civil del contrato de locación de servicios, no tienen derecho a reclamarle nada al patrón si las echa sin motivo. Me parece que la última de esas premisas no justifica la conclusión final. Los artículos 1204, 1637, 1642, 1643 y 1644 del Código Civil –entre otros- dan suficiente sustento normativo como para entender que el patrón que echa a su empleada sin justificación debe indemnizarla por el perjuicio sufrido.[7] El artículo 1 del decreto 491/97 (1997) incorporó a las empleadas domésticas al régimen de la ley de riesgos del trabajo, pero supeditó dicha incorporación a que la Superintendencia de Riesgos del Trabajo la reglamentase. Doce años después, la reglamentación sigue sin dictarse y las empleadas domésticas siguen sin cobertura.[8] Para un análisis jurídico profundo de la inconstitucionalidad de la exclusión de las trabajadoras domésticas de la LCT y de muchos aspectos del estatuto especial, remito a la lectura de los excelentes trabajos de Irilo E. C. Carril Campusano “Estatuto del personal de servicio doméstico. Algunas dudas. Algunas Certezas” –ponencia presentada en el Foro Permanente de Institutos de Derecho del Trabajo de los Colegios de Abogados de la Provincia de Buenos Aires, 2009- y de Eduardo E. Curuchet y Diego A. Barreiro “Discriminación y control de constitucionalidad estricto (El caso del trabajo doméstico remunerado)”, publicado en el libro "Derecho del Trabajo y Derechos Humanos" (Luis Enrique Ramirez, Coordinardor) de la editorial BdeF, octubre de 2008 pag. 155 a 196[9] El caso de los trabajadores que no realizan tareas del servicio doméstico pero prestan sus servicios en hogares particulares da también algunas pistas para pensar. También en este caso el incumplimiento de las normas laborales y previsionales es muy alto (el trabajo en negro alcanza al 79,5%), pero –así y todo- es muy inferior al caso de las empleadas domésticas (el trabajo en negro alcanza al 94,5%).[10] De todos modos, esa no es la mejor refutación. Entre las muchas que pueden ensayarse –y en las que no me detendré porque este artículo no puede ser eterno- me gusta aquella que cuestiona la ausencia de lucro (el empleador del servicio doméstico gana dinero en el tiempo que ahorra gracias a que la empleada hace las tareas domésticas), porque amenaza con desnudar nuestros prejuicio ninguneadores de las tareas del hogar.