14 de septiembre de 2008

Borges y la matemática

La palabra Borges, que hoy se usa para designar eventos culturales, entregas de premios, calles y centros de estudios, alguna vez habrá servido (yo no existía y por eso no lo recuerdo) para nombrar a Borges. En aquella remota época, el nombre se usaría solo o –a lo sumo- antecedido del pronombre jorgeluis. Ahora es inevitable rodearlo de laberintos, bibliotecas, cuchilleros y nombres escandinavos.

Cuando yo era muy chico, mi madre me sugirió (con la benevolencia y obligatoriedad que llevan implícitas las sugerencias maternales) la lectura de Borges. Creo que mi padre no aprobaba esa idea por vanas razones políticas y le hubiese gustado que a mi me gustaran los clásicos. A los tres años me abrumaba con Mozart en el tocadiscos y llegó a regalarme un ejemplar de la Ilíada, lo que me alejó para siempre de la música clásica y la literatura griega.

A esa sugerencia materna (que nunca he agradecido suficientemente) debo la alegre compañía de la voz de Borges y el gusto por la literatura. Sobre todo lo primero. No hay un día en que no repita un verso o siquiera la feliz combinación sorprendida de un nombre y un epíteto.

No soy un hombre de letras y he desperdiciado mi juventud estudiando las leyes y la jurisprudencia. No soy capaz, en consecuencia, de juzgar o siquiera opinar sobre Borges, pero me gusta demorarme en sus felicidades.

Por eso, antenoche caminé las dos cuadras que me separan del Colegio de Abogados para escuchar la conferencia de Guillermo Martínez sobre “Borges y la matemática” y me volví tibiecito de ternura a mi casa.

La vanidad de los escritores suele ser infinita. En Guillermo Martínez, en cambio, tiende a cero. Entre ceros e infinitos nos paseó durante dos horas por los horrores y hermosuras de ese laberinto (Dios me perdone la palabra) inagotable que son los números.

Ayudado por un pizarrón, repasamos “La muerte y la brújula” para encontrar el error de Borges en el final del cuento, seguimos con Cantor, que convirtió la matemática en poesía, y nos demoramos en sus números transfinitos, en los que la parte no es menos copiosa que el todo.

Martínez desmintió a Xul Solar, que proponía substituir la notación decimal por una duodecimal, en la que doce se escribe 10. Esa innovación –nos dijo- de tremenda importancia práctica, no importa ventaja alguna para el pensamiento, al que le da lo mismo que los signos sean dos, diez, doce, o trescientos. De hecho, Funes, el memorioso, había ideado un sistema de numeración con muchísimos más signos. Ello no lo llevaba a pensar más ni mejor.

Con “El libro de arena” y “La biblioteca de Babel” nos asomamos a la idea de que el inhumano infinito no se lleva bien con las nociones humanas de “grande” y “pequeño”. Algo, en esta parte de la exposición, me recordó algunas palabras de Hermes Trismegisto. Por suerte, en ninguna parte de la charla traspasamos el límite que separa la matemática de la física y pudimos evitar cualquier referencia al universo realmente existente.

Creo que al final el tema era el de las series lógicas, tema de la novela “Crímenes Imperceptibles” de Martínez, llevada al cine por Alex de la Iglesia con el título de “Los crímenes de Oxford”. Me enteré entonces que los matemáticos han demostrado que dada una serie de tres números, cualquier número que se coloque en cuarto lugar –cualquier número- posee una justificación lógica. Es imposible, entonces, mencionar cuatro números al azar. Aquí terminó la charla, cuando ya estábamos a punto de caernos en el abismo metafísico.

La música –la idea es de Borges, claro- puede prescindir del espacio (nadie puede señalar el lado derecho de una melodía), pero necesita el tiempo, la sucesión. La matemática, en cambio, puede prescindir por completo del universo, porque es en realidad un universo.

Un universo compuesto de diez signos numéricos (en rigor, sólo necesita dos signos) y dos de operación (el + y el -, todos los demás son abreviaturas de aquéllos). Esos mínimos elementos son suficientes para crear un universo tan variado, completo, misterioso e insondable como el nuestro.

Al fin y al cabo, nuestro complejo universo repleto de planetas, dictadores, sílice, emociones, agujeros negros, jugadores de fútbol, desencanto; es también una combinación estremecedora de partículas elementales.

13 de septiembre de 2008

Semana del Chamamé

Creo que empieza hoy la semana del chamamé. Termina el 19 (día del paso a la inmortalidad de don Tránsito Cocomarola) en que todos festejaremos en el Luna Park junto a los alonsitos, ramona galarza, los de imaguaré, mario bofill y el Gran Tarragó Ros.

Para ir calentando motores chamameceros modifiqué el post "La Tierra sin Mal" en el que digo mis pobres verdades sobre la música que más me gusta y le agregué unas cuantas canciones para ilustración y deleite espiritual.

Unos amigos mexicanos estuvieron de visita en el blog y quieren publicar mi noticia chamamecera en una revista de allá, del límite norte de la patria.

La alegría no es sólo brasilera.

Les mando un abrazo.
http://elquique.blogspot.com/2007/08/la-tierra-sin-mal.html

PD: Apúrense a comprar las entradas para la fiesta del luna park, que ya casi no quedan.

7 de septiembre de 2008

Las mañas de Andresito

Después las llamaron “guerra de montoneras”, pero al principio se las conocía como “las mañas de Artigas”. Suele creerse que los principios de táctica militar de estas guerrillas eran inexistentes y es sabido que la expresión “montonera” alude a que –incultos e incivilizados- peleaban “en montón” y no conocían (o simplemente no usaban) las exquisiteces europeas de la doble línea o la formación en cuadro.

Lo cierto que es que existía en estas tropas irregulares una táctica militar avanzada y distinta, que les permitió derrotar muchas veces a ejércitos visiblemente superiores dirigidos por científicos de la guerra y que hizo que siempre resurgieran hasta la definitiva derrota –y muerte- de Aparicio Saravia en Masoller cuando ya estaba bien empezado el siglo veinte.

Lo cierto, también, es que algunas de estas tácticas -que se fueron refinando con el tiempo y la experiencia- (el uso que de la lanza hacía la caballería, por ejemplo) fueron después incorporadas por los ejércitos profesionales aliados durante la guerra de la Triple Alianza y, de allí, pasaron al ejército alemán que las utilizó en la guerra franco-prusiana.

Los orientales reclaman la paternidad y la primacía en materia de montoneras y, sin perjuicio de las lindezas riojanas, debemos reconocer que con Artigas y Aparicio –el primero y el último montonero, respectivamente- fueron los orientales los que abrieron y cerraron un capítulo no sólo militar de nuestra historia.

No pienso discutir con orientales o riojanos sobre ninguna primacía especial. Sólo señalaré un aporte misionero útil -pero sobre todo hermoso- a esas tácticas criollas. Lo cuenta el propio Artigas en sus memorias.

Se sabe que las tropas montoneras de Artigas no tenían propiamente infantería ni caballería (y, por supuesto, la artillería era un lujo que, por lo general, estaba reservado a los ejércitos profesionales), sino más bien una mezcla de ambas, que algunos llamaron “infantería montada”. Los montoneros (contra lo que su nombre parece indicar) peleaban dispersos y en parejas y atacaban desde todos los lados posibles. Esto disminuía la eficacia de los cañones y de las rígidas formaciones enemigas y aumentaba entre ellas el desconcierto y la zozobra. Los montoneros iban a caballo pero no efectuaban cargas de caballería, sino que se apeaban para disparar y montaban para huir cuando los perseguían. Siempre actuaban en parejas de manera que un montonero cubriese el ataque de otro.

Andresito Guacurarí, aquel mítico comandante misionero, único gobernador indio que existió en la Argentina, le propuso a Artigas una innovación que parece poesía, pero que aumentó enormemente la eficacia de estas tropas irregulares. Propuso que las parejas se formaran no por la voluntad de un sargento, sino por la de la propia tropa. Así, todos preferían combatir al lado de un pariente o de un amigo y ése era un vínculo adicional que los llevaba a no abandonarse en el combate.

La guerra de montoneras sobrevivió a Andresito, cuyo aporte y cuya historia es más olvido que recuerdo. Vayan estos apuntes de homenaje al más querible de nuestros héroes.

Boomp3.com