11 de abril de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (IV): Miguel Gila

Otra forma ejemplar de ser fusilado –bastante menos heroica, pero mucho más provechosa- es sobrevivir. No voy a contar aquí la conocidísima historia del Coronel Aureliano Buendía, porque en ese caso los soldados del pelotón no llegaron a disparar, así que no vale. Veamos mejor un hecho verídico.

Miguel Gila nació en Madrid, en 1919. A los 17 años lo sorprendió la guerra civil y –militante de las Juventudes Socialistas- se alistó en el Quinto Regimiento de Lister. Combatió en Sigüenza, Somosierra, Madrid, Guadalajara y el Ebro. En el diminuto pueblo de Valsequillo –Córdoba- fue tomado prisionero y sentenciado a muerte.

Iban a ejecutarlo al mediodía, pero justo era el día del santo del pueblo y había fiesta, así que postergaron el fusilamiento para la tarde. Ustedes saben cómo son las fiestas populares en los pueblos de España. El hecho es que el pelotón recién estuvo listo y preparado cuando anochecía y todos sus miembros estaban borrachos. Había empezado a lloviznar.

No sé si fue la oscuridad, la llovizna, el vino o las tres cosas. El hecho es que ninguno de los disparos acertó a Gila, quien se hizo el muerto igual con tanto éxito que ninguno de los soldados del pelotón se tomó el trabajo de darle el tiro de gracia.

Así se salvó Gila y, desde entonces, dedicó su vida al humor gráfico y, especialmente, a reírse de la guerra y los fusilamientos. Vivió en Buenos Aires mucho tiempo y finalmente murió en el 2001, a los 82 años de edad. De viejito.

Uno de sus mejores chistes sobre el tema mostraba a un hombre que le faltaba una pierna y que explicaba “yo no soy cojo, el problema es que me han fusilado mal”.

10 de abril de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (III): El reo de Lugones

Se trata, en este caso, de un fusilamiento literario, aunque algunos dicen que la historia sucedió de verdad y lo cierto es que es tan extraordinaria que hasta podría ser verdadera. La cuenta Lugones en los “Romances del Río Seco”.

En nuestras guerras civiles del siglo diecinueve, nadie se andaba con muchos remilgos a la hora de fusilar prisioneros enemigos y se usaba mucho cortar cabezas y airearlas en picas. Pero ese impulso homicida se desinflaba un poco cuando llegaba la hora de ajusticiar a los desertores de la tropa propia. La explicación es sencilla: en nuestras crueles provincias no abundaba la gente y era un verdadero desperdicio andar ultimando a quienes aun podían combatir.

No digo que se les perdonara la vida, no; porque algún castigo debía haber (y sólo la pena capital es suficientemente amenazadora para hombres habituados a la batalla y al degüello), pero se habían inventado divertidas maneras de combinar el castigo y el perdón.

La mejor, y la más habitual, era la "quintada", procedimiento que consistía en colocar a todos los desertores en fila y numerarlos al azar (generalmente quien los numeraba tenía vendados los ojos). Acto seguido, se fusilaba a los que les había tocado el número cinco. Eso funcionaba como un escarmiento ejemplificador, pero también permitía reciclar a la mayoría de los desertores.

Había también otros procedimientos perdonadores. Entre ellos, una tradición que indicaba que el desertor sentenciado a muerte salvaba su vida si alguna mujer estaba dispuesta a casarse con él.

La historia sucedió luego de la batalla de Quebracho Herrado y el reo era un desertor de las tropas federales de Oribe. La noche previa a su ejecución le ofrecieron un último deseo y el prisionero pidió una guitarra y cantó toda la noche y bailó incluso con la mujer del sargento. Al día siguiente, parado frente al pelotón de fusilamiento con los ojos vendados, escuchó una voz de mujer que decía que no lo maten, que estaba dispuesta a casarse con el prisionero. El final, nos lo cuenta Lugones:

Con lo cual bien los asombra
cuando ruega muy entero,
que los ojos le desaten
porque quiere ver primero.

Y en cuanto echa su vistazo,
“no me conviene la prenda”
dice con resolución,
y vuelve a pedir la venda.

No sé que creerán ustedes,
mas yo tengo para mí,
que merece algún respeto
quien sabe morir así.

9 de abril de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado (II): Hatuey

No se trata en este caso estrictamente de un fusilamiento, porque –entre otras cosas- todavía no se habían inventado los fusiles. La historia sucedió en los primeros tiempos de la conquista de América, antes incluso de que Moctezuma y Atahualpa capitularan.

Se sabe que los españoles comenzaron por las islas. La primera, Haití –que los conquistadores llamaron la Española-, estaba habitada por los taínos, que fueron rápidamente masacrados. Algunos lograron escapar a Cuba. Entre ellos, Hatuey, que enseguida se puso a organizar la resistencia.

Como primera medida, aconsejaba deshacerse del oro. Según Bartolomé de las Casas, recorría la isla de Cuba con una canasta llena de objetos de oro pregonando: "Este es el Dios que los españoles adoran. Por estos pelean y matan; por estos es que nos persiguen y es por ello que tenemos que tirarlos al mar... Nos dicen que adoran a un Dios de paz e igualdad, pero usurpan nuestras tierras y nos hacen sus esclavos. Ellos nos hablan de un alma inmortal y de sus recompensas y castigos eternos, pero roban nuestras pertenencias, seducen a nuestras mujeres, violan a nuestras hijas. Incapaces de igualarnos en valor, estos cobardes se cubren con hierro que nuestras armas no pueden romper."

Hatuey logró reunir un pequeño ejército en Cuba, armado con hondas, arcos y flechas, pero pronto fue apresado y conducido a la hoguera. Amarrado en el cadalso, mientras los verdugos apilaban la leña verde (para que el fuego fuese más lento y el suplicio más doloroso), se le acercó un joven fraile franciscano que comenzó a hablarle con dulzura de la religión del perdón y de los lirios del campo. Hatuey lo escuchaba apenas interesado, pero cuando el fraile lo invitó a convertirse, preguntó qué beneficio obtendría por hacerlo.

El religioso le habló entonces del paraíso, un hermoso lugar en el que su alma viviría para siempre. Agregó también que, si se convertía, evitaría la hoguera y sería ejecutado rápidamente en la horca. A Hatuey pareció interesarle la propuesta, pero dudaba. Al fin, preguntó:

-En el paraíso, ¿hay españoles?

El fraile respondió que sí, que claro, que España era la nación más cristiana del mundo y que, por eso, el paraíso estaba repleto de españoles virtuosos. Hatuey no dudó más:

-Prefiero la leña verde.

8 de abril de 2010

Modos ejemplares de ser fusilado: Felipe Ángeles

Las fotos lo muestran mexicano, militar y con bigote. Felipe Ángeles fue uno de los pocos oficiales profesionales del ejército de Porfirio Díaz que se plegó de inmediato a la revolución y no la abandonó hasta su muerte.

Después del porfiriato, la revolución pasó a ser un estallido un tanto caótico en el que resultaba difícil distinguir a los buenos y a los malos (el único malo inconfundiblemente malo fue Huerta). Por eso, no es de extrañar que Villa y Zapata estuvieran en varias oportunidades enfrentados uno al otro.

Ángeles se embarró bien embarrado en la política revolucionaria. Fiel a Francisco Madero, combatió a Zapata en Morelos, pero algunos años después consiguió el ingreso de Zapata a la Convención Nacional. A las órdenes de Venustiano Carranza, enfrentó a Villa en el norte, pero luego se pasó de bando y comandó la artillería villista en las batallas de Torreón y Zacatecas y encabezó la vanguardia que tomó Ciudad de México. Después volvió a enfrentarse a Villa.

Había nacido en el Estado de Hidalgo a fines del siglo diecinueve. Nadie duda de que era valiente.

En 1918 intentó liderar una revuelta contra Carranza, pero fue derrotado y tomado prisionero. De inmediato –como es usual en estos casos- se iniciaron los preparativos para que sea juzgado, condenado y fusilado. Hubo, sin embargo, dos complicaciones de importancia.

Primero fue la viuda de Francisco Madero –aquel mítico y primer presidente constitucionalista que encabezó la revolución contra Porfirio Díaz-, que envió una carta pública al Congreso pidiendo por la vida del prisionero. Argumentaba apasionadamente sobre los servicios que Ángeles había prestado a la revolución en su primer momento, los que lo hacían merecedor –al menos- de la conmutación de la pena capital por la de prisión.

El recuerdo de Madero era impactante, sobre todo para Carranza que presumía de ser su continuador. Además, los miembros del consejo de guerra podían ser implacables y crueles, sanguinarios incluso, pero -mexicanos al fin- se conmovían inevitablemente con el llanto de una mujer.

El segundo problema fue todavía más problemático. El presidente de los Estados Unidos de América envió también su nota al Congreso pidiendo que se perdone la vida al prisionero. A ningún mexicano lo conmueven los pedidos de un presidente gringo, pero nadie come vidrio tampoco.

Así estaban atribulados los miembros del consejo de guerra –y los diputados del congreso nacional- dudando en si debían cumplir con su deber y fusilar al reo como Dios manda; cuando Felipe Ángeles pidió que se lo escuchara.

Ahí les dijo bien clarito: que si lo tenían que fusilar, lo fusilen; que no sean cagones y que no se dejen correr por una vieja y un gringo.

Murió fusilado en Chihuahua, el 26 de noviembre de 1919. Los corridos mexicanos ponen estas últimas palabras en su boca: “apúntenme al corazón / no me demuestren tristeza / a los hombres como yo / no se les da en la cabeza”