30 de agosto de 2009

Abuso deductivo

-Dolores Solá y Acho Estol se están separando. Ella está triste porque él tuvo un hijo, que se llama Horacio, con una brasileña.

Lo dice mi hermana Mechi mientras me ceba un mate. A ambos nos gusta la música de La Chicana, ese maravilloso grupo de tango conformado a partir de la voz de Dolores Solá y las canciones de Acho Estol, quienes hacen pareja en el escenario y en la cama.

La revelación de Mechi me desconcierta. Supongo que no lo escuchó en "intrusos" o en algún programa así, porque esos programas prefieren más bien ocuparse de las bataclanas.

-¿De dónde sacaste eso?- pregunto.

-Es evidente- dice Mechi y se pone a enumerar los indicios precisos, graves y concordantes que la llevan a formular su peculiar -e intrascendente- conclusión.

Trataré de referirlos aquí, aunque no podré emular la apasionada convicción de Mechi.

1) Dolores Solá tiene ahora un repertorio solista. Acho Estol sacó un disco sin la compañía de su compañera. Indicio evidente de divorcio.

2) El repertorio de Dolores rescata las canciones más viejas, más desconocidas y más tristes de Corsini, Gardel y Magaldi. El disco de Acho evita el tango y se aventura más en el candombre, la música brasileña y otros ritmos ligeritos y vistosos. Evidentemente ella tiene el corazón destrozado y él, más bien encendido y proclive a la partuza.

3) Él se entreveró con un brasileña. No hay duda. Surge prístino de la letra de "lo que hay", dedicada a una señorita que "corría con alitas en los pies" y que le hizo decir "y si me fuera a Brasil / si cambiara esta pena por una risa de sol". Claro como el agua. Hasta pensó en abandonar a la pobre Dolores.

4) Lo del hijo se desprende de la letra de "nos tenemos que ir" que ya desde el título presagia una posible ruptura y que contiene esta frase reveladora: "porque si pongo mi oreja en tu panza / hay una voz que me dice mansa / nos tenemos que ir / no quiero nacer entre el pavimento y la madrugada".

5) Por último, el nombre del hijo. Si uno mira el video de "nos tenemos que ir", aparece -fugaz y casi inadvertidamente, pero aparece- un dibujito infanil con un nombre garabateado: "Horacio".

Mechi argumenta con una apasionada y pasmosa sinceridad digna de las mejores causas y me hace escuchar las canciones y ver los videos y -mientras tanto- tomamos mate, escuchamos buena música y pasamos un rato agradable.

Me gusta la forma de razonar que tiene Mechi. Lo único que me preocupa ligeramente es que su trabajo consiste en investigar crímenes y acusar a los sospechosos, y me pregunto si utilizará también estos razonamientos extensivos y soñadores para los asesinatos y las violaciones...

15 de agosto de 2009

Profesión de fe antiporteña

Clarin descubre asombrado que "el sentimiento antiporteño sigue vigente en el interior". Chocolate por la noticia. El antiporteñismo de las provincias va a cumplir al menos dos siglos y se basa en razones fundadísimas.

Hay razones viejas y nuevas, pero todas muy razonables. Como muestra fotográfica, basta ver el cuadro que publica hoy datosduros, mientras el intendente de la capital pretende que le dejen manejar la policía, pero que se siga financiando con recursos nacionales (que ya financian los subterráneos, los trenes suburbanos y miles y miles de etcéteras).

Los medios de prensa "nacionales" (porteños) reproducen el fenómeno cuando destinan horas y horas a informar sobre el estado del tránsito en los accesos a la capital y a enumerar indignados la cantidad de baches que existen "a solo cuatro cuadras del obelisco". Pero cada tanto se vuelven buenitos y condescendientes para con "nuestros hermanos del interior" y hacen programas que muestran "el país que no miramos" o investigaciones que descubren que en Misiones hay prostitución infantil (como si no la hubiera en Recoleta) y en Chaco, analfabetismo.

Los medios de prensa porteños se creen "nacionales" y, para ellos, en la Argentina hay solo dos clases de habitantes: los porteños y los "del interior" (todavía no hay un gentilicio para esta clase de argentinos, aunque Caparrós propone "interiorense"). Para esta visión porteñocéntrica, "el interior" es un lugar provisto de paisajes hermosos, a veces con montaña, a veces con nieve, a veces con selvas subtropicales. Da lo mismo. Los que viven en "el interior" pueden ser misioneros, jujeños, cordobeses o fueguinos, que es más o menos lo mismo. Todos hablan "con cantito". El porteño mira a los habitantes de las provincias con la misma lejanía con la que mira a los orientales: chinos, japoneses, coreanos, da igual.

Se podría argumentar muchísimo sobre los agravios de las provincias contra Buenos Aires, pero nadie ha superado todavía la excelente y concisa descripción de Felipe Varela:

"Ser porteño es ser ciudadano exclusivista"

6 de agosto de 2009

La bomba


Un seis de agosto como hoy, pero de mil nueve cuarenta y cinco, estalló la bomba que en un solo segundo mató a cien mil japoneses. Pocos años después -en 1953- la Unión Soviética hizo su primer ensayo nuclear y quedó inaugurada la guerra fría.
La doctrina militar que animó esa guerra es bien conocida: la mutua destrucción asegurada. En realidad, es la doctrina militar norteamericana. De la doctrina militar soviética -si es que tenían una- nadie sabe (o cuenta) mucho. Lo que se sabe -ahora- es que el arsenal soviético era sensiblemente menor que el norteamericano y su disposición -contra la propaganda yanki que mostraba a los rusos como gente sin corazón- era más bien defensiva.

La mutua destrucción asegurada nos parece ahora una obviedad. Lógico, decimos, usar armas nucleares implica inevitablemente una escalada que vuelve al planeta inhabitable. Ergo, nadie las utilizará. La mutua destrucción asegurada garantiza la paz nuclear. Pero en realidad no fue siempre tan obvio (y no lo es tampoco ahora).

Kissinger y Nixon intentaron en vano modificar la doctrina y sustituirla por la de la guerra nuclear limitada. En Corea, los norteamericanos evitaron el uso de sus trescientas bombas nucleares -contra la opinión de Mc Artur- solamente porque quisieron reservarlas para contrarrestar la ofensiva -que juzgaban inexorable- de los soviéticos en Europa. En Vietnam, un portaviones estaba permanentemente preparado para lanzar un ataque nuclear. En Suez, en Cuba. Hasta dicen que en Malvinas el Sheffield se llevó las armas nucleares al fondo del océano.

Nunca nadie volvió a usar esas armas malditas desde aquellas dos que explotaron sobre los japoneses, pero eso no es ninguna garantía. Ahí están y serán usadas -con seguridad- en el futuro. Clausewitz decía que en materia bélica todo lo posible será real. Es decir, los contendientes harán todo lo que puedan hacer, su único límite es lo posible.

Me atrevo a agregar otro límite: lo imaginable. Las armas nucleares no volvieron a utilizarse -siendo su uso posible- porque sus dueños no imaginaron aún cómo usarlas. Como los tanques, que ya existían en la primera guerra mundial, pero a nadie se le había ocurrido que podían funcionar como caballería y no como artillería. Y así estuvieron quietitos durante toda la contienda, como simples cañones, hasta que los alemanes imaginaron un nuevo uso que estrenaron en la siguiente guerra europea.
Para terminar, algo que me inquieta. Las armas nucleares no son las más adecuadas para los que van ganando. Los vencedores quieren disfrutar su triunfo, conquistar las tierras de los vencidos, acostarse con sus mujeres, expoliar a sus hombres. Las armas nucleares son ideales para los que se retiran, para los que van perdiendo, para los derrotados que aún conservan su infinita capacidad de daño.

Hemos visto la declinación rusa sin que esos temores se materialicen. Dios quiera (ojalá) que los norteamericanos -cuya declinación es notoria e inexorable- no elijan un camino diferente.

1 de agosto de 2009

Que Dios, Nuestro Señor, se apiade de su alma

Acabo de terminar de leer “Timote”, que me prestó mi amigo Ernesto porque yo no quise pagar los cuarenta pesos que dicen que vale (no es una cuestión de dinero, sino de principios). Se deja leer y es notoriamente superior a la edición dominical de clarín o a la revistita de multicanal, pero me revolvió un poco las tripas.

Me la habían recomendado mucho y –luego de leer la contratapa, en la que se auguraba un apasionante diálogo religioso entre Aramburu y Abal Medina- tenía muchas expectativas que se vieron defraudadas una a una.

La novela es crítica de montoneros –lo cual me parece bien- pero, para lograrlo, sobredimensiona la figura de Aramburu, a quien se presenta como el gran estadista de la patria, el único que aprende de sus errores y cambia, genial como el mismísimo Perón, pero mucho más íntegro. El malestar que eso produce en el honesto lector desprevenido no es sólo político, sino también literario. El recurso de invertir los roles, de convertir a los buenos en malos y viceversa (que acaso sólo utilizó con éxito Swift en sus viajes de Gulliver), es viejo como la injusticia y denota una pereza intelectual indigna de Feinmann.

Cada quince páginas, el autor nos recuerda que Aramburu tiene sesenta y siete años y Abal Medina, veintitrés. Esa es –en realidad- su única crítica a montoneros (lo que equivale a ignorar que hay buenas razones para criticarlos) y el corazón de su novela. El hombre sabio y maduro contra el joven torpe e inexperto. De las múltiples lecturas que pueden hacerse alrededor de la muerte de Aramburu, Feinmann prefiere la de un viejo sabelotodo que apostrofa a unos muchachitos irrespetuosos. Toda la novela podría resumirse en la frase “ya vas a entender cuando crezcas”.

El apasionante diálogo religioso entre dos católicos fervientes, que se anuncia en la contratapa, se reduce a unos balbuceos sobre la culpa y el castigo de Dios. Dos católicos convencidos no hubiesen abundado sobre la culpa, sino más bien sobre el perdón. ¿Es lícito juzgar –y condenar- los delitos de Aramburu que Dios, en su infinita misericordia, ya habría perdonado? Esa discusión –más interesante y verosímil- no aparece en el relato, en el que tampoco figura la palabra perdón.

Como suele suceder en estos casos, el fondo no difiere de la forma. La novela comete el imperdonable pecado (pero Dios todo lo perdona) de extenderse en explicaciones y aclaraciones y de recordarnos cada tres páginas que el autor ha leído a Hegel.

En defensa de la novela y de su autor hay que decir que lo intentó y que el resultado no es enteramente insatisfactorio. Debía saber Feinmann que la empresa era imposible desde el principio. No se puede escribir la novela de la muerte de Aramburu, porque esa novela ya existe y es insuperable. Está escrita en una prosa directa, impecable y concisa. Consta de una sola frase, pero tan extraordinariamente expresiva que cualquier cosa que se agregue es mera redundancia: “Que Dios, Nuestro Señor, se apiade de su alma”.