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Frontera seca

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la calle de la izquierda es Brasil; la de la derecha, Argentina Desde Eldorado, y después de cien kilómetros de subidas y bajadas en medio del monte, llego a Bernardo de Irigoyen, extremo oriental de la República Argentina. Las paredes están repletas de consignas nacionalistas; algunas muy directas (“Aquí comienza la patria”) y otras más sutiles y eficaces (“Bienvenidos a donde nace el sol”), pero nadie habla totalmente en castellano ni en portugués. En la única estación de servicio del pueblo hay cinco cuadras de autos brasileños que esperan para cargar nafta argentina. Me habían dicho antes de salir que no valía la pena, que no vaya, que no hay nada para ver en Bernardo de Irigoyen; pero yo quería conocer la frontera seca, ese extraño lugar en donde las patrias se tocan sin un río, una montaña, una selva o un desierto que las separe. Por eso lo primero que hago es buscar la frontera. Bajando por la calle principal veo el puesto de la gendarmería. Una mujer gendarme me pide los docum...

La civilización iberoamericana

Arnold Toynbee explicaba la historia de la humanidad como la historia de las civilizaciones. En su monumental " Estudio de la Historia ", identificó veintiuna civilizaciones en total, contando las vivas (sínica, hindú, islámica, occidental y cristiana ortodoxa), las muertas y las fosilizadas. La idea es -quizás- fácilmente refutable, pero causa mucha convicción. Quizás por eso algunos autores -entre los que se destaca Huntington- siguen dándole vueltas a este discurso civilizacional. Cuando leí el "Estudio de la Historia" -gracias a mi amigo Marcelo, que sabe recomendar libros- lamenté que el autor nos incluyese dentro de la civilización occidental. Me pareció que era una desidia de su parte. Siguiendo sus propias reglas, era posible advertir que Latinoamérica no podía considerarse sin más una parte de la civilización occidental. Parecía más bien que el contacto entre las civilizaciones occidental (viva) y andina y mexicana (muertas), había producido el nacimiento d...

La Negra Sosa

Me resulta impresionante el poder legitimador de Mercedes Sosa. Lo comprobé el fin de semana pasado, en el Teatro Argentino, cuando cientos de señoras con colorete y señores pelados y de traje marcaban el ritmo con las palmas al compás de "El Ángel de la Bicicleta", cumbia villerísima si las hay. A veces me pregunto si a la gente que la escucha (yo mismo, sin ir más lejos) le gusta de verdad escucharla, o es que su mito imponente, su voz autorizada, su imagen de Pachamama Argentina Por Antonomasia, se impone sobre el placer de la música. No sé. A mí me gusta escucharla, aunque ya no cante folclore. A mí me gusta escucharla -me contradice mi mujer- porque ya no canta folclore.

Ignorancia brasileira

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Cuando estuve en Río de Janeiro, me sorprendió que la mayoría de las calles de Leblón llevasen nombres argentinos. Ahí estaban Mitre y Urquiza -que se cruzan-, viejos conocidos de nuestros amigos brasileños. Por fin, encontré la Avenida San Martín y este simpático cartelito que me hizo reir: ¿San Martín " Presidente de la República Argentina" ? Mirá que hay que ser animal -comenté con unos amigos- si ni siquiera había República Argentina en ese entonces. Fue Matías ( cito la fuente esta vez ) el que dio en el clavo: -¿Y cómo se le explica a un brasileño qué es un Libertador ?, ¿cómo puede entender qué es una guerra de la independencia ?

Canción para celebrar el 2 de abril

Boomp3.com Quería encontrar una canción para celebrar el día de la recuperación de las Malvinas (sí, dije celebrar) y no encontraba nada que no fuera la marcha de las Malvinas (que volví a escuchar después de muchísimos años en el acto de Cristina en el Palomar), algunos tanguitos un poco lacrimosos, una canción de copani no demasiado criolla y muy pocos etcéteras de excesiva corrección política. Cuando iba a darme por vencido, mi hermana mechi me reenvió un mail de algún ignoto corresponsal correntino con una hermosa canción cuya letra es de Julián Zini (el pai julián) y su musica es de Mario Bofill. Se llama "los ramones" y se trata de un chamamé. Ningún género me pareció más adecuado por un millón de razones evidentes y porque me gusta el chamamé. La comparto con ustedes con la alegría súbita, hermosa, irrazonada e infantil que sentí a los 10 años, cuando la directora de mi escuela en Oberá nos dijo que habíamos recuperado las Malvinas, y que revivo cada 2 de abril a pesar...

Crónicas Boliguayas. (primera entrega)

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Fútbol . -Los argentinos no somos racistas- me dice un amigo mientras miramos un partido de fútbol por televisión y yo asiento sin vacilar. A mí no me gusta el fútbol, pero sí los mates y la conversación. Es fama que las mujeres tienen la extraña habilidad –completamente ausente entre varones- de prestar atención a varias cosas al mismo tiempo. Mi amigo conversa, sí; pero mira fijo a la pantalla e interrumpe cada frase cuando algún jugador avanza en dirección al arco. El mate lo cebo yo. Mi amigo intenta orientar la conversación a temas futboleros, pero mi ignorancia lo desalienta. Por fin, hablamos de algunas de las pocas cosas futboleras que me interesan. Me quejo de que la FIFA haya prohibido jugar en altura y señalo la discriminación que eso significa para los bolivianos. -No es un tema de discriminación. –dice mi amigo con una lógica extraña pero inapelable- Es real: yo estuve en La Quiaca y me apuné. Ahí no se puede jugar. Empiezo a desgranar alguno de los muchos argumentos que e...

Desaparecidos

Ni laureles eternos, ni la muerte Con gloria, la que habían prometido En un himno gritado y encendido; No tuvieron siquiera aquella suerte. No vieron de sus madres el calvario, Pañuelo de llorar hecho bandera. No tuvieron su caja de madera, Su lápida, su cruz y su rosario. Les quitaron la risa, el rostro, el nombre; Les negaron la suerte de los hombres. Les poblaron la muerte de ruido, Eléctrica punción y desencanto. Les sacaron los ojos y hasta el llanto. Les prohibieron también haber nacido. Enrique Catani La Plata, 31 de julio de 2007

La tierra sin mal

La pequeña emancipación del chamamé. Unos días antes de navidad salí a comprar algunos regalos y –contra todos mis principios- terminé en musimundo; enorme cadena comercial que vende libros, discos y otras cosas; en donde siempre tratan al cliente como a un ladrón en potencia o en acto (“a ver señor, me muestra la bolsita”) y cuyo único mérito es estar abierta hasta las diez y media de la noche, cuando ya todo cerró. En musimundo descubrí una verdad chiquita y bastante inútil, pero verdad al fin: el chamamé se ha independizado del folklore. Es una independencia –claro- que se reduce por ahora a los criterios clasificatorios de musimundo, pero que se va extendiendo. Pero –pequeña, incipiente- la emancipación aparece muy clara. Hay una marquesina que dice “folklore”, otra que dice “tango” (la independencia del tango es tan rotunda y definitiva que a nadie sorprende; por el contrario, sorprendería que alguien lo considere lo que es: una música folklórica) y, por fin, una tercera que dice ...

El Problema de las Cláusulas Constitucionales Programáticas

La palabra problema puede ser una insidiosa petición de principio. Hablar del «problema judío» es postular que los judíos son un problema; es vaticinar (y recomendar) las persecuciones, la expoliación, los balazos, el degüello, el estupro y la lectura de la prosa del doctor Rosenberg. Otro demérito de los falsos problemas es el de promover soluciones que son falsas también. A Plinio (Historia natural, libro octavo) no le basta observar que los dragones atacan en verano a los elefantes: aventura la hipótesis de que lo hacen para beberles toda la sangre que, como nadie ignora, es muy fría. J.L. Borges, «Las alarmas del doctor Américo Castro» La cláusula social de la Constitución. En mil novecientos cincuenta y seis, una dictadura militar convocó a una convención constituyente para reformar la Constitución Nacional y –entre otras cosas- consagrar los derechos sociales. El hecho parece a primera vista curioso y singular: un gobierno de fuerza preocupado por el texto constitucional que nieg...

Crónicas Mundiales

Confesión No me gusta el fútbol. Ni verlo, ni escucharlo, ni jugarlo. Sé de otra gente que padece el mismo problema y le da un tinte excéntrico, intelectual. A mí, por el contrario, me avergüenza. No me gusta el fútbol –lo confieso-, pero me gustaría que me gustase. He hecho intentos. Por ejemplo, fui a ver a Gimnasia a todos los partidos de aquella primera y memorable campaña en que salió segundo por un pelito, pero no hubo caso; solía estar más atento a lo que sucedía en las tribunas que en el campo de juego. Fui cambiando de cuadro con la esperanza de encontrarle el gustito a la cosa (las pocas veces que lo confieso, esto suele causar horror y desprecio en las buenas gentes). Fui hincha sucesiva y cronológicamente de Estudiantes, de River, de Boca y de Gimnasia. Finalmente, y hace unos años, me hice hincha de Guaraní Antonio Franco (y viajé a Posadas a verlo jugar la final con el Godoy Cruz de Mendoza por el ascenso al Nacional B, un lamentable cero a cero que nos dejó afuera). Ser ...

Crónicas Misioneras (tercer entrega ilustrada)

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Primeros desengaños. En Oberá hubo un cine. Creo que se llamaba “Gran Rex” pero no estoy seguro. Ahora no hay, desde que se inventó el videocable y la videocasetera. Yo era muy chico y me dormía en las películas o no las entendía, pero mi padre me llevaba igual y a mí me gustaba ir. Me acuerdo especialmente de una película de piratas. Yo tendría algo así como seis años cuando mi padre me llevó a ver esa película de piratas. Íbamos solos, sin la molesta y femenina compañía de mis hermanas y mi madre; y a mí me parecía que ir al cine era cosa de hombres, algo que las mujeres no podían comprender. En la película, unos piratas muy malvados capturaban a unos niños en una isla y los sometían a toda clase de torturas (todavía recuerdo con fascinante espanto que a uno de los niños lo mantenían despierto separándole los párpados con escarbadientes). A lo lejos, en el mar, una fragata norteamericana no se enteraba de lo que sucedía en la isla. Contra mi voluntad, me puse a llorar en forma irreme...